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12 min
El camino del río - Capitulos 4 y 5
Terror |
28.01.20
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Sinopsis

Un iluminado ermitaño emerge en el país más pobre de América; hace milagros, camina sobre las aguas. Pronto se ve cercado por un Cardenal, ex papable, un "apóstol" evangélico y un politico que, más que buscar respuestas, buscan desacreditarlo y acabar con él. Narrado en una atmósfera tétrica y apocalíptica.

4

El presidente de la res pública

 

A pesar de mis ansias de seguir con la entrevista, después del cruento escenario que se me había revelado –si en la Tierra o en el Cielo, no lo sé–, decidí abandonarla; si soy franco, estaba sobrecogido. Aquello no había sido una alucinación, y no estaba dispuesto a correr el riesgo de pasar por ello de nuevo. Estaba claro que, más allá de mi escepticismo,  había cosas que escapaban del control humano.

Caminé por la playa y ya para llegar al puente hechizo, se me volvieron a caer las quijadas del asombro. No lo podía creer: veía con las pupilas bien ensanchadas cómo cientos de personas eran levantadas y aventadas contra la orilla rocosa del río en la forma de una ola humana surgida y empujada sin conmiseración de aquel océano de desesperación. Cabezas, torsos y pies giraban por el vacío para caer aplastados como gusanos sobre las piedras del río, sin que ninguno pudiera siquiera poner las manos. Tras esto, emergieron de ella unos veinte automóviles blindados que frenaron con furia en la playa; descendió de ellos un señor de traje con corte elegante; detrás de él, aparecieron como cien agentes de seguridad que cargaban bolsas de plástico llenas de granos básicos.

Al aguzar la vista, pude diferenciar que se trataba del presidente de la república, un hombre bastante sombrío que, en menos de lo que canta un gallo, había pasado de ser el escribiente de un bufete legal de escasos recursos a diputado, luego a presidente del congreso y por último a dictador del país entero, –al que llenó de miseria, muerte, extorsión, crimen y exilio masivo en caravanas– todo por medio del soborno, la manipulación política, el asesinato y el fraude.  Su familia completa estaba salpicada en el narcotráfico, el lavado de dinero y el robo de los fondos públicos; su hermano menor, que se consideraba a sí mismo una especie de Tony Caracortada, había sido arrestado en Miami y condenado a cadena perpetua por tráfico de cocaína y otras drogas a mayor escala; entre el populacho, bromas en serio debido al carácter desviado de la familia, se decía que una de las hermanas, la que apodaban “la ministra que no era ministra”, se había hecho la muerta para evitar la justicia estadunidense –la Temis hondureña nunca les encontró dolo alguno, ni siquiera una infracción de tránsito– simulando un accidente de helicóptero, pero que en realidad vivía escondida en Europa o Dubai. La esposa del presidente, el cuñado, sus secretarios privados y sus amigos estaban señalados por entes de investigación internacionales de apropiación indebida de bienes públicos y lavado de activo. Eran la familia Borgia hondureña.

Pues bien, el presidente, sin importarle los cientos de heridos y accidentados, sonrío ante la muchedumbre, los saludó con el aplomo de un personaje consumado y giró instrucciones a sus hombres para que regalaran las bolsas que traían consigo.

“¡Esto agradézcanlo a mi Plan de Nación Vida Nueva, pueblo querido!”, dijo. “Aquí están mis bolsas solidarias  con su arrocito, sus frijolitos y su barra de manteca”, agregó sin desparpajo. Quizá si no lo hubiera visto, no lo hubiera creído, pero, de pronto, la muchedumbre, como muertos vivientes excitados por el olor a carne fresca, le cayeron a las bolsas como zopilotes a los desechos.

“Que les quede claro a los malos hondureños”, añadió: “Yo estoy aquí para proteger a los buenos. No voy a tolerar más terror en las calles, no vamos a tolerar que gente que no ama al país, motivados por la oposición política y los comunistas, lo destruya. Tienen mi promesa. Voy a hacer lo que tenga que hacer para liberar a la nación de las fuerzas oscuras que lo atacan y no lo dejan trabajar con sus manifestaciones políticas que buscan el atraso de los pueblos. ¡Es hora de trabajar, pueblo, de trabajar sin descanso y de sacar a la nación de la miseria! No estamos para paralizar al país por cuestiones políticas ni para pensar y creer en que los que luchamos por el bien del país somos los malos”.  Luego, escondido en una sonrisa bonachona, acabó gritando con el puño alzado: “¡Honduras somos todos! ¡Qué viva nuestro Señor Jesucristo, qué viva el Partido Nacional, qué viva Honduras y qué viva Honduras!”

La multitud quedó aturdida, con la vista pegada en el cielo. El dignatario subió por el puente y, al cruzarlo, se topó conmigo.

–Buenas tardes, joven –dijo–. ¿Sabe usted dónde puedo encontrar al ermitaño? 

–Sí –le contesté.

–Hágame el favor de conducirme al lugar donde se encuentra.

–No creo que… –balbuceé, apocado.

La verdad no quería volver a sufrir los horrores.

–Gracias, se lo agradezco –finalizó tomándome de la mano, obligándome con ello a retroceder–. Me informan que este señor es todo un espectáculo y que hasta el Cardenal y el apóstol Cash vinieron a verlo esta mañana.

No quise responderle. Con los demonios que había visto era suficiente.

Por fin llegamos. Otra vez lo extraño se hacía presente: el Cardenal y el apóstol Cash estaban suspendidos en el aire, con la cabeza inclinada y el rostro al cielo. El presidente sonrió para sí. Aplaudió con fuerza y éstos tocaron tierra de nuevo.

El Apóstol Ermitaño, sentado en una piedra, comía unos frutos de yuyuga, bajo la sombra de un frondoso y copado árbol de guanacaste. No le importó nuestro arribo ni que los religiosos volvieran a la consciencia.

El Cardenal y el apóstol Cash corrieron a abrazar al presidente, lo persignaron, le pusieron las manos en la cabeza y lo llenaron de oraciones y rezos. Era un espectáculo bastante turbio y tremebundo.

Yo movía la cabeza de un lado a otro, a la vez que me volvía a rascar los ojos, ya que, por momentos, las fisonomías del Cardenal y del apóstol Cash, incluso la del presidente, se difuminaban en el espacio y, en cambio, adoptaban una apariencia infernal.

En un nanosegundo de tiempo, tuve la visión de que, al ver a los tres personajes juntos, en realidad estaba ante la presencia de un culto de adoración donde, sentado en un enorme trono construido de huesos humanos, un gigantesco dragón alado con cabeza de carnero, sostenía una cruz invertida de la que salían haces de energía con las que controlaba a una especie de espantapájaros diabólico. A su lado, dos espíritus negros atormentados le hablaban al oído. De pronto, el ojo del Cardenal me sacó de la abstracción.

–¡Sea quien seas, mi Dios! –grité horrorizado en busca del ermitaño–. Sácame de aquí.

–¿Qué le sucede, joven? –me preguntó el presidente, sonriendo, tomándome del antebrazo.

No dije palabras. Retrocedí temblando de miedo, apartándole mi brazo.

 

5

La Justificación

 

–Sea bienvenido a mi tierra, querido Apóstol Ermitaño –dijo el presidente volviendo el rostro hacia el eremita, riendo con un deje macabro y los dientes atravesándole los labios, muy parecido al Joker del comic de Batman pero mucho más grotesco–. Espero que el trato de mis lacayos haya sido acogedor, como corresponde a una figura de su talla y…

Yo caminaba sobre mis pasos, aterrado.

–Calláte –le cortó el habla el ermitaño con autoridad–.  Escuchá con atención mis palabras, porque quizá sean las últimas que vas a escuchar en tu ciclo de vida. El Creador me lo ha encomendado que te dé una oportunidad más: ¿O te entregás o te perdés para siempre? Tus días de perversión han terminado; tu hora ha llegado. El camino del río es mi testigo.

–¿Mi hora?... –le respondió a carcajadas el presidente –. ¿Acaso se trata todo esto de una película del Viejo Oeste? Por favor…Recapacite, Apóstol Ermitaño, vengo en son de paz y de negociación.

El ermitaño bajó los ojos al son de un suspiro; aunque dirigía su voz hacia el presidente, parecía hablar más bien con un ente que se encontraba atrás de él. La maldición no sería fácil de eliminar.

–Pongámonos de acuerdo en que nunca nadie podrá cambiar lo que ya está escrito en la Esencia misma de la Creación y, por ende, en la de mi Región aquí en la Tierra –dijo el presidente dando por firme su argumento–. Porque yo gobierno por la sangre de Cristo Poderoso, Lucero del Alba, Dominador de Naciones, el de la Lanza en Mano, el del Sello de la Obra Perfecta que empodera a sus siervos y los bendice con poder y maldice a la pobreza y la necesidad. Me acompañan Dios Padre y la voluntad de este Pueblo fiel.

–¿Cristo, Dios y Pueblo fiel? –lo sonsacó el eremita, serio; enseguida giró la cabeza hacia la multitud que los observaba, hipnotizada, por momentos, ya que en otros, era sometida a severos castigos–. ¿Pensás que los podrás engañar por más tiempo? Este estado de cosas es imposible. Te afanás en hacer el mal, no sólo a ti mismo, sino a esta miserable gente, a la que mantenés en la absoluta pobreza, ignorancia y herejía.

El presidente abrió los ojos y unas manchas negras se le adhirieron en los contornos.

«Miralos ahí», rugió sonriente. «Han pasado ya más de quinientos años: piden todavía más, ¡y hasta para llevar!».

Luego echó un vistazo al Cardenal y al Apóstol Cash, para que le ayudaran a perfeccionar su testimonio.

–Santo Apóstol –interpeló el Cardenal con falsa sumisión y la cola de un alacrán blandiéndole arriba de la cabeza–. ¿A qué “mal” te referís? ¿De cuál “ignorancia” hablás? ¿Qué “pobreza” argumentás? Este pueblo, cuya vista la tiene fijada en el Reino de los Cielos, no entiende que vive “mal”, pues ciertamente no le hace falta nada e ignoran cualquier concepto referencial de lo que supone y da usted por llamar “pobreza, ignorancia y herejía”. Reflexione, esta “ignorancia” representa un estado de felicidad simple para ellos, los humildes, que no desean, por otro lado, lo que no saben que puede ser suyo ni a lo que pueden tener acceso, mientras a diario sea alimentada su alma por la Palabra del Señor Cristo Poderoso y sus benditas penitencias.

El Apóstol Ermitaño, disgustado por aquella justificación, meneó la cabeza.

–¡Escuchá, oh Demonio! –irrumpió el Apóstol Cash empleando su arte dramático, con la cabeza puesta hacia atrás de la espalda en tanto que arrastraba sendas cadenas sujetas a sacos llenos de pesados lingotes de oro; el gran peso aparentaba cansarlo y rasgarle la piel hasta llegar al hueso–. La pobreza de este pueblo se debe a ellos mismos, a su pereza, a su mal corazón, a su espíritu de rebelión, a su alma infiel, y no debido a nuestro Ministerio. ¡Son un pueblo de dura cerviz! Ya lo dijo Lucas: «Vosotros, que sois duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, resistís siempre al Espíritu Santo; como hicieron vuestros padres, así también hacéis vosotros».

»¡Y asimismo es este pueblo homicida! –acabó gritando–: ¡Nunca se arrepiente!».

            El Apóstol Ermitaño, impertérrito, se mantuvo callado pero la molestia afloraba en todo su cuerpo; en cambio yo, estaba arrodillado, con las venas del cuello sobresaltadas del terror y el dolor, arrastrándome por el suelo polvoriento. Aquel cuadro apocalíptico e infernal llegaba a mis sentidos de forma brutal. Con suprema turbación, veía a cien gárgolas, con bolsas en las manos, descargar toneladas de estiércol en la garganta de los escarmentados, que ahora formaban una especie de ciempiés humano cuyas bocas se conectaban al ano del prójimo por medio de costuras asimétricas.

            Mientras los cebaban, las gárgolas les gritaban estas palabras:

«¡Todo esto es culpa de la Oposición, todo es culpa de aquellos que se oponen al desarrollo de tu libertad individual, tu búsqueda personal de riqueza y de provecho propio! ¡Todo esto es culpa del comunismo, que te mantendrá esclavo para siempre sin que puedas llegar a alcanzar tus sueños personales! ¡Sólo Cristo, la Estrella de la Mañana, podrá rescatarte del Mal y la Colectividad, postrate ante Él, arrastrate, adorale, Él te bendecirá con bienestar material y bienestar físico pues esta ha sido siempre la voluntad de Dios!

»¡Corran! Busquen de Dios, oigan a sus poderosos y ricos hombres ungidos, refúgiense en sus catedrales y sus mega-iglesias, y ¡sean liberados! ¡No dejen nunca que su beneficio personal esté por debajo de cualquier obra colectiva! ¡Por esto sufrirán el eterno fuego!».

            Vomité en semejantes arcadas, sin control y con violencia.

(Continuará)

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