cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

12 min
El carro chillón
Terror |
24.07.15
  • 4
  • 1
  • 481
Sinopsis

Un hombre comienza a trabajar en una casa-museo en mitad del campo, donde encuentra el testimonio de los extraños hechos ocurridos al anterior guía.

El carro chillón.

 

Aún no tengo claro como conseguí el trabajo de guía de aquel pequeño museo.

Recién terminados mis estudios me lancé al mundo laboral con la esperanza de encontrar, si bien no el trabajo de mis sueños, una ocupación temporal digna. Recorrí durante semanas las calles de la ciudad, que para entonces se había convertido en un hervidero de ciudadanos y turistas que apreciaban la belleza de los edificios calentados por el sol.

Había comenzado a sentir la frustración típica que precede a la falta de valoración personal, dejando que la pereza y la pasividad se hiciesen fuertes—tentándome para cambiar mi montoncito de solicitudes de empleo por los sudorosos vasos de cerveza en las terrazas de bar—, cuando recibí la llamada en mi teléfono móvil.

Por algún motivo, el anterior guía había abandonado su puesto, dejando libre la vacante que yo tanto necesitaba para ponerme en funcionamiento antes de comenzar a oxidarme.

El museo, se trata en realidad de una casona solariega del S. XVII, rodeada de un grande y precioso jardín tapizado de margaritas y salpicado de grandes robles, sauces, perales y pinos y manzanos. Pese a la sensación de aislamiento y soledad, una carretera llegaba desde el pueblo—a un par de kilómetros de distancia— hasta los altos muros exteriores del acotado jardín.

Fue cuestión de un par de días enamorarme de lo apacible del lugar. Pues aunque el pueblo rugiese con sus arterias de asfalto no muy lejos de allí, ni un solo ruido llegaba hasta la finca, dejando a un lado los bocinazos y los motores y trayendo hasta mí el canto de aves autóctonas y el murmullo de las hojas jugando con el viento.

Dediqué el fin de semana a recorrer cada rincón: desde el pequeño humilladero con la efigie de la Virgen  cerca de la entrada, hasta los expositores exteriores para la porcelana, encerrada en los antiguos establos, adaptados para el uso mediante el cerramiento con grandes ventanales.

El interior de la casona es lo más parecido a viajar en el tiempo, a un pasado cercano en el que la vida era aparentemente más sencilla, como suele decirse, pero a la vez más dura y complicada. Los gruesos muros de piedra hacían que la temperatura descendiese notablemente, pues aunque el termómetro marcaba los treinta grados en el exterior, lo sombrío de la roca obligaba a usar una chaqueta fina para pasear por las instalaciones.

Llegó un lunes especialmente caluroso— con un sol ardiente que escocía sobre la piel tanto como el más frío hielo—, y con ello mi primera visita guiada. Resultaba obvio que la amplitud de horarios—pues se ofertaba una visita guiada cada hora desde las diez de la mañana—, provocaba que los visitantes se acercaran en grupos pequeños y dispersos.

Realicé con ellos el recorrido estándar indicado en las pequeñas directrices mecanografiadas escuetamente en un folio, comenzando por la pequeña sala de la madera—llamada así en honor al oficio que representaban sus exposiciones al igual que en el resto de salas temáticas de la casona—, donde los visitantes más ancianos recordaban las herramientas con las que realizaban toda clase de objetos en sus tiempos, demostrando  la prevalencia de los métodos clásicos y más conocimientos de los que yo podría haber adquirido con el contacto a través del papel a lo largo de mis estudios.

A continuación accedimos a la sala contigua a través de una puerta comunicante, donde se hallaba la cocina con todo el ajuar necesario, llegado mediante donaciones o adquisiciones del propio ayuntamiento local. Sin duda se trataba, junto con el salón, de la estancia más espaciosa de la casa, pues el servicio doméstico del pudiente linaje que habitó entre esos muros sin duda no saldría de allí más que para dormir.

El grupo y yo nos encontrábamos a punto de finalizar la visita, en el salón de la segunda planta –inspeccionando las exquisitas mesas y escritorios con profusión de labrados y detalles en pan de oro—, cuando al mostrar precisamente cómo se extraía cada uno de los disimulados cajones de un retablo, cayó a mis pies un desgastado y sucio papel, escrito con letra torcida y apretada. Sin darle más importancia y pensando que se trataba de algún elemento de la colección que no había sido indexado correctamente, lo guardé nuevamente en el cajón a la espera de examinarlo cuando el grupo se hubiese marchado.

El sol escupía sus rayos sobre las copas de los árboles en el exterior, haciendo que finos haces de luz rota llegase hasta el prado plagado de margaritas, por lo que decidí sacar al exterior el manuscrito para examinarlo a la sombra del portal mientras disfrutaba del aire cálido sin abrasarme a la intemperie.

Mi sorpresa fue máxima cuando percibí a la luz del día, que pese a lo desgastado y maltratado del papel, no dejaba de ser un moderno folio. Un simple folio escrito por mi predecesor, y con la historia más espeluznante que ha tenido ocasión de crisparme los nervios.

 

5 de Julio

Ayer por la noche volvió a ocurrir. Había echado la llave a la puerta principal y me encontraba haciendo la última ronda para cerrar todas las ventanas. Estaba en la sala de actividad agrícola, en la segunda planta, cuando oí con claridad cómo crujían los tablones del suelo a mis espaldas. Ignoré el escalofrío que subió hasta la nuca para girarme rápidamente. Como era de esperar, no había nadie, pero aun así me asomé al hueco de la escalera. Recorrí el pequeño pasillo hasta el salón situado enfrente justo a tiempo de oír como algo tosía tras de mí, en la habitación de cual acababa de salir. Tuve que apoyarme en las paredes para evitar desplomarme del susto, haciendo tambalearse varias de las ruedas antiguas ancladas a la misma. Cuando llegué a la sala de actividades agrícolas, todas las ventanas estaban abiertas de par en par y las corrientes meneaban los haces de trigo de la exposición.

 

6 de Julio

Me levanto cansado por la falta de sueño. Todas esas cosas extrañas me hacen sentir miedo cada vez que apago las luces para dormir, aunque esté en la otra punta del pueblo. Muchos pensarían que no debería sentir miedo al encerrarme entre las paredes del museo a plena luz del día, pero la ola de calor parece haber vuelto incluso más silencioso el lugar convirtiéndolo en un entorno agobiante y sobrecogedor. Para colmo, tengo suerte si me visita un par de personas al día, pues todos aprovechan la proximidad de la playa para refrescarse mientras yo sigo prisionero en este caserón…

…He vuelto a oírlo. Esta vez ni siquiera ha esperado al cierre. Estaba lavándome la cara y salpicándome de agua fría en el aseo de la primera planta cuando escuché un chirrido agudo y continuo. Juro que desde ese pequeño cuarto parecía un lamento, un quejido semejante al de un animal lastimero. Subí mentalizándome de que algún visitante habría entrado y estaría buscándome mientras enredaba, pero lo acelerado de mis pulsaciones fue mucho más sincero. Nuevamente el origen de estas…cosas estaba en la sala de actividades agrícolas. Asomé despacio por el marco de la puerta justo cuando el chillido se detuvo. Recordé entonces el sobrenombre del carro expuesto. El eje de las ruedas gira a la vez que éstas, rozando contra la parte superior del carro provocando ese desagradable sonido. Los llamaban carros chillones por algo, y al acercarme pude comprobar que el eje estaba caliente al tacto, como si hubiera recorrido una gran distancia…

…Una vez más, me sobresaltó el crujir rápido y contundente de las escaleras de madera, como si alguien huyese a toda prisa. Corrí detrás del ruido convencido de que vería a alguien, pero ni siquiera vi una espalda a lo lejos. A mi lado, ya en el exterior del portal, las plantas y flores que decoran la entrada se mecían como si les diera una ráfaga de viento, cuando todo el lugar estaba agobiado con la calma chicha…

…Cerré la puerta con llave y marché al salón en la segunda planta, desde donde podía vigilar la parte trasera por las ventanas, y la delantera gracias a la pantalla de televisión conectada a las cámaras del museo…

7 de Julio

Las ojeras negras parecen ocupar la mitad de mi cara y esta mañana he visto al acercarme al espejo, pequeños mechones nevados. El calor inusual de estos días ha dado paso a un día de tormenta estival. Del cielo, difuminado en una paleta de grises, deja caer su lluvia fresca y gris sobre el sauce llorón del jardín que silba con el viento…

..He decidido dejar cerrado con llave y permanecer en el salón ocupándome de mis tareas personales mientras el monitor vigila el mundo…

…¡Se ha ido la luz! La maldita tormenta debe de haber caído sobre el tendido eléctrico y me hubiese dejado prácticamente a oscuras de no ser por la luz de los candiles de aceite. Se supone que son puramente ornamentales, pero no pienso permanecer a oscuras aquí dentro…

…Creo que la luz de los candiles ha resultado ser un remedio peor que la enfermedad. Las sombras se acercan y escabullen cuando no las miro…

…Ha vuelto la luz, así que recorrí la casa apagando los candiles…

…¡Juro que lo he oído! ¡Salía de las antiguas estancias del capitán! El chapoteo de alguien lavándose en la palangana del dormitorio. La palangana estaba vacía pero todo está salpicado alrededor y la toalla está húmeda. Me he encerrado en el salón y no saldré de aquí hasta la hora de cerrar. No se ve absolutamente a nadie a través de las cámaras ni las ventanas. Estoy sólo, o peor aún, no tan sólo como debería…

…¡He visto una figura! Estaba de pie, quieta como una estatua frente al humilladero. O al menos ahí estuvo durante unos segundos. La luz no cesa de ir y venir por culpa de la tormenta y cuando volví a mirar, ¡estaba frente al portal!...

…Todo en la imagen resultaba claro, la luz y los colores eran apagados pero nítidos. Todo salvo esa figura, completamente negra y sin rostro, cuyas ropas no se movían con el viento a pesar de que fuera, las hojas son arrastradas sobre la grava del camino…

…Dios mío está dentro de la casa. Puedo oírlo al otro lado de la puerta, en la planta baja jugando con el ajuar, y verlo cuando la luz vuelve en sus intermitencias. En un momento está en la sala de la madera y al siguiente, distingo el sonido de las albarcas chocando contra las escaleras. Vuelvo a verlo observando la exposición de trajes al otro lado del pasillo, sin moverse ni un solo centímetro, y cuando la electricidad me abandona oigo cómo trastea con las herramientas del herrero…

 

…Por favor si alguien lee esto en algún momento salga de aquí, no vuelva a poner un pie en esta casa del demonio. He decidido encerrarme en el armario del fondo esperando a que todo pase, pero sinceramente no sé si conseguiré salir alguna vez. La luz volvió, aunque desearía que no hubiera sido así. Está al otro lado de la puerta del salón. Una negra silueta mirando curiosa a la cámara, esperando a que los cables de alta tensión se cansen de nuevo para cruzar al otro lado…

 

Cuando terminé de leer la carta, estaba empapado de un sudor frío y al contrario de lo usual, los latidos de mi pecho eran un tímido murmullo, ahogado y sin atrevimiento.  Debía comprobar si ese hombre continuaba en la casa, obviamente presa de algún tipo de crisis nerviosa, así que agarré mi teléfono móvil y me acerqué al salón esperando que no fuera tarde para pedir una ambulancia en el caso de verme obligado a ello.

El armario al fondo resultaba lo bastante espacioso para esconderse en su interior, aunque no en una postura muy cómoda. Tendí la mano hacia el picaporte y tiré con fuerza preparado para lo peor.

-Tiene color—balbuceó entre espasmos—. Tiene color. No es negro, tiene color.

El hombre estaba tremendamente pálido y demacrado. Delgado y harapiento, desprendía un olor hediondo, seguramente fruto de no poder contener sus necesidades con el pánico.

En ese momento clamé al cielo y, haciendo acopio de mis fuerzas saqué a ese vestigio de hombre agarrotado y tembloroso.

-Todo ha terminado—recuerdo haberle dicho—. Tranquilo, lo sé todo, no malgaste fuerzas. He leído su carta. Salgamos al jardín y pediremos ayuda ahora mismo. Necesita un médico.

El hombrecillo se agitaba y retorcía sus manos como una alimaña enfocada por una linterna, pegado a mi costado como un niño.

Cargué con él hasta la puerta contagiado en parte por el miedo de mi compañero, creyendo ver al pasar frente al monitor, una negra y encorvada silueta bajo mi brazo.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta