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18 min
El cementerio de los enamorados
Amor |
26.10.14
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Sinopsis

En Baviera yacen dos enamorados en un pequeño pueblo

 

I
Al cumplir veinte años, mi padre me envió con Míster Thornton, mi antiguo preceptor, a recorrer Europa para completar mi formación. Durante más de un año, recorrimos casi toda Italia, Austria, Baviera y Chequia, conociendo las costumbres de pueblos acogedores, paisajes pintorescos y lugares de una belleza inusitada para un joven como yo, que apenas había salido antes de su pequeña ciudad. Recuerdo cómo fascinaban a Míster Thornton los viejos barrios de las ciudades de nuestro periplo. Al llegar a una de ellas, se hacía informar por el dueño de la posada en la que nos alojábamos y, luego, me hacía recorrer callejuelas angostas de suelos empedrados, en las que sólo se oía el eco de nuestras pisadas, únicamente para contemplar una pequeña iglesia del tiempo de los normandos que, luego, no resultaba ser sino un conjunto de ruinas.

Durante nuestra visita a Baviera, tuvimos que detenernos varios días en un pueblecito cercano a la frontera austriaca debido a unas fiebre reumáticas de mi preceptor. Fueron días, para mí, de mucho aburrimiento. He de de decir, en perjuicio mío, que no sé entretenerme sino es en compañía de otras personas; cuando estoy solo, soy presa fácil de la melancolía y el hastío. Me dejo llevar por pensamientos pesimistas que no logro acallar ni con la lectura de un buen libro ni con la contemplación de la belleza que me rodea. Ya sé que esto no dice mucho en favor mío, mas ¿qué le voy a hacer? Volviendo a Míster Thornton, sufría mi preceptor horribles dolores en los brazos y en las rodillas que lo mantenían casi todo el día confinado en su habitación. Conociéndome como me conocía desde mi niñez, me enviaba a visitar el pueblo y sus alrededores para sosegar mi aburrimiento y, a la noche, me hacía relatarle con todo lujo de detalles los acontecimientos del día.

Fue en uno de estos peregrinajes por aquellos lugares cuando encontré “el cementerio de los enamorados”,  como lo bauticé después. Ocurrió una tarde que salí a pasear por un bosque que había a unas millas del pueblo. En mi caminar, me distraje cavilando sobre el relato con el que iba a entretener la velada con Míster Thornton, sin apenas fijarme en el paisaje que me rodeaba. El bosque, cuajado de hayas de gran altura, no dejaba ver sino, a ratos, trozos de un cielo azul limpio de nubes. Mis pasos me condujeron a un llano despejado sin más vegetación que unos rastrojos secos. El contraste con el bosque me hizo salir de mi ensimismamiento y, en medio de aquel páramo, me sorprendió la humilde presencia de una pequeña iglesia. La serenidad y la soledad que transmitían sus viejas piedras me invitaron a traspasar la puerta de la verja. Mis pasos me llevaron al cementerio, escondido detrás del baptisterio y, durante casi media hora, me entretuve leyendo las inscripciones de las lápidas, mientras intentaba imaginar las historias que escondían. Cansado de dar vueltas, me senté en una de estas lápidas a deleitarme con un cigarrillo que me había dado Mister Thornton. Pasee la mirada por el cementerio siguiendo la estela del humo y me sentí colmado de paz. Recorrí con los dedos la piedra sudorosa de humedad, acariciando el musgo que la cubría. Guarecidos bajo este verde terciopelo, dos nombres: Margarhetta y Pietre.

 En esas estaba cuando me sorprendió una voz que me increpaba. Como nunca he conseguido aprender alemán, fui incapaz de comprender lo que me quería decir el anciano que se acercaba desde la iglesia; no era consciente sino de su gran enojo. Al fin llegó junto a mi y pude, mediante gestos, hacerme entender. Cuando se percató de mi origen extranjero, se sonrío y, hablándome en francés, me ofreció sus disculpas:

—Excuse mi conducta de hace un momento. Cuando le he visto sentado en esa tumba, he creído que se trataba de algún chicuelo del pueblo -me tendió la mano y añadió -.Soy Franz Fischer, el archivero de esta iglesia y me ocupo de catalogar los documentos que se guardan en su biblioteca.

Como si quisiera compensarme por su primera reacción, me invitó a tomar el té con él. En seguida me di cuenta de que estaba deseoso de tener un compañero que prestase oídos a sus historias. Conocía, de su trato con los legajos que tenía a su alcance, los avatares de todos los nacidos en aquellos parajes, que me narraba con una voz capaz de transportarme a otras épocas. De todas las historias, perdura en mi recuerdo la historia de Margarhetta y Pietre, los amantes que descansan bajo la lápida en la que me senté a fumar. 

II

Doscientos años antes de mi visita a aquellos lugares, se divisaba en lo alto de una colina la casa señorial de Mattia Henz, un mercader que se había hecho rico con el comercio de las perlas, telas preciosas y perfumes que traía de oriente. Se había desposado, ya casi un anciano, con una de las hijas del pastor de la iglesia. Lo tardío de su amor lo cogió desprevenido. Su espíritu no encontraba sosiego sino estaba cerca de su joven esposa, a la que colmaba de mimos y alhajas: no había antojo que saliese por su boca que no fuese satisfecho. Sus largos viajes a la India y a la China se espaciaron en el tiempo para poder disfrutar de las caricias de su esposa. Mas su dicha no duró mucho. Al año de la boda, ella murió de unas fiebres después de dar a luz a la hija de su corazón. Apenas tuvo tiempo la joven madre de colgarle del pequeño cuello un camafeo con un mechón de su dorado cabello.

Mattia se entregó en cuerpo y alma a su dolor sin hacer caso de nada de lo que ocurría a su alrededor. Estuvo meses encerrado en su habitación o caminando por el bosque de las hayas, sin que ningún ser humano pudiera arrancarle una palabra. Su rostro se cubrió con una máscara y no dejaba escapar una lágrima, un gemido; mientras, su corazón se deshacía en mil pedazos.  Hasta que, una mañana, preparó el equipaje, montó en su caballo y partió hacia tierras lejanas.

La niña hubiera muerto de abandono de no haber sido por Mary, la hermana soltera de su padre. La acogió en sus brazos y la puso por nombre Margarhetta, como la dama que dio su vida por ella. Se fue a vivir a la casa de su hermano Mattia, donde acondicionó para ella y Margaretta unos aposentos en los que entraba los rayos del sol de la mañana para jugar con los rizos dorados de la pequeña. Mary se tomó muy en serio la tarea que se había encomendado a sí misma: Magarhetta no tendría una madre que la cubriese de besos ni un padre que la alzase en sus brazos; mas la tenía a ella que le daría su corazón pleno de amor y ternura. Mary recogió sus primeras palabras y sus primeras sonrisas; le tendió las manos cuando dio sus pasos incipientes y vacilantes; curó de sus heridas; aguantó sus berrinches cuando el enfado se apoderaba de ella y ahuyentó los miedos que, en la noche, la visitaban antes de dormir. Mary fue para Margarhetta madre cuando la colmaba de caricias, padre cuando la enseñó las primeras letras o a cabalgar en mansos caballos, y hermana cuando compartían juegos y canciones.

Tenía Margarhetta siete años cuando Mattia regresó, calmada ya la pena que en otro tiempo le consumía. Entrando en sus tierras, se topó con una criatura, de largos cabellos rubios y ondulados, jugando entre las flores del campo mientras unos pajarillos revoloteaban en derredor suyo. El corazón de Mattia saltó en su pecho sobresaltado y contento. Por un momento tomó a Margarhetta por su madre; mas, en seguida, se percató de su error. Y en aquel mismo instante, la niña conquistó su alma para no dejarla jamás. Abrió para ella el cofre con sus mercancías y puso a sus pies zafiros y rubíes, abanicos de nácar, perfumes de aromas exquisitos que nunca antes se olieran en Europa, cajitas de música, peines de plata y otros objetos que, de tan bellos, asustaban a Margarhetta.

La pequeña se acostumbró a los mimos de su padre y lo convirtió con su fantasía en un príncipe. Buscaba su compañía si lo veía solo y soñaba en las noches que la llevaba con él a países lejanos. Su tía Mary, pese a no ser ya la única que habitase en el corazón de Margarhetta, era feliz viendo la dicha de su niña.

A los quince años, Margarhetta quiso aprender a tocar la vihuela. Mattia, que no le negaba nada, recorrió pueblos y ciudades en busca de un profesor digno de los dones de su hija. Hasta dar con Pietre, que no sólo enseñaba el arte de distintos instrumentos, también sabía guiar a una joven por medio de la danza y cantar bellas baladas capaces de encantar a quienes le escuchaban. Como le ocurría a todo el mundo cuando se encontraba con Margarhetta, Pietre cayó bajo el hechizo de su pupila nada más cruzar una mirada con ella. A sus ojos, ninguna imperfección manchaba las perlas que embellecían a la joven: Sus ojos eran los más dulces; su boca, la única digna de recibir el beso de un príncipe; su blanquísima oscurecía la belleza de la madreperla; su corazón era el más tierno y bondadoso. Pietre quedábase ensimismado viendo los pálidos dedos de su amada revolotear mientras interpretaba alguna melodía a la vihuela.

¿Y Margarhetta? También quedó prendada de la dulzura de Pietre. Los ojos de la joven volviéronse vergonzosos. Buscaban los de su amado siempre que éste, distraído, no se percataba de ello y, si él sorprendía su mirada, bajaba la cabeza azorada, mientras su rostro cubríase de rubor.

Una mañana entró Pietre en los aposentos de Margaretta más temprano de lo que era costumbre en él; le había confundido el canto de una alondra, único reloj que le indicaba la hora al profesor de música. Encontró a su amada sentada ante el espejo mientras Mary peinaba su largo cabello con un cepillo de plata. Ensimismado, veía Pietre el ir y venir del cepillo por aquellos mechones de filigrana, cuando sus ojos se desviaron y tropezaron en el espejo con los de su amada. Aquel fue un momento mágico en el que dos corazones se encontraron y ya no hubo un instante en el que no les consumiera la impaciencia por encontrarse a solas.

Al principio, se buscaban en el bosque cuando caía la tarde y cogíanse de las manos, aún vergonzosos y algo incómodos por el cambio que se había producido entre ellos. Ya no eran, simplemente, un profesor y su discípula; aún no eran el amante y su amada: eran, sí, dos jóvenes estrenándose en el arte de entregarse el uno al otro. Por el día, practicaban con la vihuela y la danza; al atardecer, competían por darse más y más besos y caricias. Hasta que, una noche, la luna llena los sorprendió mientras unían sus cuerpos y, discreta, se ocultó tras una nube para que su presencia no les perturbase.

Margaretta sospechaba que a su padre no iba a complacerle los amores de su hija. No se equivocaba la joven. Mattia andaba entonces buscando a alguien digno de merecer la mano de Margaretta. Si por él hubiera sido, nadie menos que un príncipe habría aspirado al honor de ser el futuro esposo. Desde luego, en su mente no estaba un profesor sin fortuna como Pietre. Su mirada ya se había fijado en el hijo de un rico mercader como él: un joven estudiante de Leyes en la vieja Salamanca. Al orgulloso padre del sabio salido de la ciudad del Tormes no le disgustaba la idea de unir las dos fortunas y ya estaba en tratos con Mattia para organizar los esponsales. Mas nada de los planes de su padre llegó a oídos de Margarhetta mientras disfrutaba de sus noches de amor con Pietre.

Los dieciocho años de Margarhetta llegaron tan esplendorosos como el renacer de las rosas rojas aquella primavera. Su amado quedábase extasiado contemplándola mientras ella, ajena, leía poemas de amor. La mañana de su aniversario, su padre la llamó a sus aposentos. La recibió junto a la escribanía y puso en sus manos un estuche de terciopelo. Al abrirlo, se topó con el collar de perlas que había sido de su madre. La emoción por tocar la joya que, en otro tiempo, tocaran las manos para ella amadas, la dejaron sin habla; y sin habla permaneció cuando Mattia le habló de un tal Hans, su futuro prometido, y de la fecha de una boda, ya fijada para antes de Navidad. No prestó atención a los detalles que le explicaba su padre ni entendió las palabras que le hablaban de una visita cercana del joven pretendiente y su familia, asustada como estaba con las noticias que estaba recibiendo.

Durante días, anduvo con el alma traspasada de dolor; no había consuelo alguno para ella. Las noches las pasaba en vela; las mañanas, ocultando sus lágrimas. Pietre y ella hacían planes para huir de aquella situación; planes que morían antes de nacer. Y, mientras, los pensamientos de uno y otro giraban cual norias sin llegar a ninguna parte.

Mary adivinó lo ocurrido mucho antes de que su sobrina le abriese el corazón; mucho antes, también, que Margarhetta adivinó que la joven estaba encinta; y mucho antes que ningún otro en la casa adivinó que se avecinaba la desgracia.

Pocos días antes de la llegada del futuro esposo, se descubrieron los amores de Margarhetta, y Mattia supo de la venida de un nieto casi antes de que lo intuyeran siquiera sus propios padres. Mary, aun sabedora de la repulsa que le suscitaba a Mattia cualquier forma de escándalo, le contó cómo había sorprendido amándose a los dos jóvenes una noche sin que ellos, tan absortos estaban, se dieran cuenta de su presencia. Le habló de los mareos que acuciaban las mañanas de Margaretta y del incipiente grosor de su cintura. Le contó todo, no dejó una palabra en su pecho, confiada en el infinito amor que albergaba el corazón de un padre por su hija. Mas se equivocó si pensaba que Mattia se dejaría llevar por la clemencia. La cólera le desgarró el alma y apagó cualquier dulce sentimiento que pugnara por hacerse oír.

Expulsó a Pietre de sus tierras, prohibiéndole cualquier trato con quienes vivían en aquella casa. A Margaretta la encerró en sus aposentos, no dejándola salir de ellos sino era en compañía de su tía Mary para asistir a la misa del domingo. La joven contaba las horas que la separaban de la visita dominical a la iglesia, donde, por breves instantes, su mirada se podía cruzar con la de Pietre: en unos segundos, apenas, vivían toda la eternidad de su amor.

Ni Hans ni su padre sospecharon nunca la razón del adelanto de la boda. El pretendiente quedó cautivado nada más ver a su futura esposa. La tristeza de sus ojos la hacían aún más bella; su silencio era tomado por modestia virginal; y sus suspiros hacían aletear el corazón del joven recién llegado.

La boda se celebró con toda la pompa y boato que merecían los herederos de dos grandes fortunas. A ella acudieron parientes cercanos y lejanos, de oriente y de occidente, que agasajaron a los novios con regalos, buenos deseos y mejores augurios. Margaretta se sentía como en un sueño, le parecía que la joven llevada al altar por su padre no era sino una extraña que le había robado el rostro. Y mirando tras de sí, no sabía si las lágrimas derramadas por su tía Mary eran de dicha o de aflicción.

Hans resultó ser un marido tierno y bondadoso. Enseguida aceptó con triste resignación el tibio cariño que le ofrecía su esposa. Aunque le llegó alguna palabra indiscreta, nunca puso en duda la pureza de su Margarhetta. La colmó de amor, pendiente, siempre, de sus deseos, y esperó con anhelo al hijo que creía suyo. Ella, entre tanto, iba muriéndose de pesar: pesar por la añoranza de su amado Pietre; pesar por no poder darle a Hans ni una ínfima parte del amor que recibía.

Una fría mañana de noviembre una niña llamó a la ventana. Su madre llevaba días con dolores esperando el alumbramiento. El parto se prolongó durante horas y horas; la mañana dio paso a la tarde y la tarde, a la noche, que acompañó a la sufriente madre hasta las primeras luces del alba. Y, cuando el canto de la alondra anunció otra mañana, se pudo oír el llanto de una recién nacida mientras el alma de Margarhetta era conducida a los cielos.

La niña se llamó Margarhetta, como antes se llamaran su madre y su abuela. Fue la alegría de su padre, Hans, que no le negaba nada que pidiese su boquita de fresa. Dejó a Mary una habitación para que cuidase a la niña como ya había hecho con la madre. Su tía, ya anciana, no podía seguirla en todos sus juegos, mas aún conservaba su dulce voz para deleitarla con canciones y coplillas. Entre tanto, Pietre la espiaba entre los árboles y, luego, visitaba la tumba de su amada para contarle mil y una gracias de la pequeña Margarhetta.

Tendría quince años la niña, cuando supo Mary que Pietre yacía gravemente enfermo. Sin que Hans se enterara, condujo a Margarhetta a la casa del bosque en la que vivía su padre. Durante toda la tarde, le contaron la historia de amor que había vivido su madre; y ella, una vez repuesta de la sorpresa, prometió acompañarle mientras estuviera enfermo. Días después, el alma de Pietre voló hacia la de su amada; mas, antes, pudo entregar a su hija el camafeo que llevara siempre junto al pecho su querida Margarhetta.

La niña no contó nunca a Hans lo que viviera con Pietre para, así, no llevar la tristeza a su corazón. Mas, cuando, años después, el que siempre amó como a un padre falleció, hizo construir una tumba para que los dos amantes, Margarhetta y Pietre, descansaran juntos bajo la misma lápida durante la eternidad.

III

Mediaba ya la tarde cuando dejé la compañía del archivero. Antes de adentrarme de nuevo en el bosque, hice una última visita a la postrera morada de Margarhetta y Pietre. Me senté en el suelo intentando imaginármelos y, en ese momento, vi que, escondidas entre las piedras, crecían junto a la lápida dos margaritas que parecían querer amarse. Las arranqué de la tierra y, al llegar a la posada, las guardé entre las páginas de los poemas de Byron. Y, hoy, muchos años después, aún las conservo.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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