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17 min
El Chocolate sabe mejor acompañado
Fantasía |
07.12.14
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Sinopsis

Un escritor, confundido y atormentado desde muerte de su amada, encuentra a una extraña anciana cargando una canasta llena de chocolates. Pero ella, no es sino una vieja conocida de todos: La muerte. ¿Que es exactamente lo que hace la muerte con unas barras de chocolate?

El Chocolate sabe mejor acompañado.  

Frío. Frío y húmedo. La oscuridad de la madrugada reconfortaba de alguna manera todos los pequeños sentimientos que una llovizna temprana provocaban, tal vez era esa soledad que permitía dejar que mi mente volase por el tiempo y el espacio sin ancla fondeada, o tal vez era que la oscuridad permitía ocultar lo mucho que tiritaba por el frío; no estoy seguro, lo único que se es que adoraba caminar a solas en la oscuridad.

Mi mente estaba gambeteando entre cubrirme mejor con la chamarra que no lograba cerrar y cierta historia que tenia que escribir para un concurso que se avecinaba. Sabia yo que no ganaría, pero mi alma me empujaba a participar, no era acerca del destino sino del camino; deseaba con todas mis fuerzas escribir sobre aquel tema que me fascinaba de sobremanera, por ello, decidí abdicar a mi lógica pesimista y comenzar a pensar como iniciaría mi historia. La noche anterior tenia ya mis personajes, la trama principal y el final, como casi todas las historias, se había escrito antes de todo. Estaba ya hablando conmigo mismo los diálogos cuando mi mente se detuvo en una onda glacial que me había dejado pasmado. No sabia nada del tema, no podía continuar otra vez.

Al decidir a trabajar en esta historia di por hecho que entendía totalmente lo que significaba, había pasado mucho tiempo de mi juventud pensando en ello. Lo había hecho en un inicio con una fascinación e intriga propia de un alquimista al observar vapor salir del agua; después paso a ser con una triste melancolía que ofuscaba todos mis sentimientos. De cualquier manera estaba confiado en que mi experiencia me daría la sabiduría necesaria para crear una historia con sustancia que hiciese ver mas allá a quienes fuera que lo leyesen. Pero allí estaba la noche anterior, con una mano inerte sobre el teclado, sin tener una brújula que me dijese que comando debía escribir para vaciar todas las ideas que presumía tener. Pero pasaron las horas y seguía ingenuamente sentado. Cuando el reloj marco la media noche me di cuenta: no sabia nada de ella.  

Mientras caminaba hacia el camión todo esto revoloteaba en cada charco que esquivaba, cada perro dormido entre matorrales, cada gota que caía en mi rostro. Solo los reflejos naturales de la vista pudieron arrastrar mi atención a algo mas que el frío físico y simbólico. Allá a lo lejos una figura se tambaleaba en rítmica lentitud, una silueta cargaba una canasta y se alejaba poco a poco.

Al enfocar la mirada en aquella aparición me di cuenta que era una anciana, con un suéter blanco que la defendía de aquél helado clima y una falda larga que acariciaba sus tobillos a cada paso. En metronómica velocidad avanzaba por aquella pequeña calle que se entrecruzaba un poco más allá con una avenida importante. Pensé en el autocompadecimiento que sentía por tener que salir en esas condiciones al trabajo y me avergonzó que una señora mayor usando falda, caminara con toda serenidad cuando yo quería acurrucarme en cualquier rincón. Pero finalmente, la gente mayor es la que entiende mejor la importancia del tiempo, por lo que no sería raro encontrarlas activas a cualquier hora que su cuerpo lo permita. ¿Será el pensamiento al final cercano lo que los impulse mayormente a hacer o no hacer las cosas?

—¡Antonio, deja de pensar en cualquier madre y ponte a pensar en la pinche historia!  

Caminaba rápido para poder entrar en calor y a la vez recuperar el tiempo perdido luchando en mi cama contra las cobijas, así que debía rebasarla en cuestión de segundos pero ella giro en una callejuela casi imperceptible, oculta en las sombras que dejaba el espació entre los dos faroles que apenas iluminaban mi ruta. Ya salía de mi rango de visión cuando algo cayó de su canasta al golpear esta la pared de la nada ancha callejuela.

—No debe ser nada— trate de explicarlo, pero al pasar por el mismo lugar que momentos antes había tomado la viejecilla mire solo por si acaso. En la esquina, había una especie de rectángulo casi imperceptible tirado en el suelo y cubierto por las sombras.

Seguí mi camino, debía ser basura, seguro la señora tiro un poco de esa vieja pared con solo rozarla, si eso es. Ya era tarde, tenía ya que estar en el autobús de camino a llevar cafés y recoger los correos de cierta empresa en donde me encontraba. Como odiaba tener que hacer todo eso, pero era necesario, pues necesitaba la experiencia que me daría ese empleo para tener la experiencia necesaria para aplicar a otro trabajo que a su vez me daría la experiencia para cambiarme a otro mejor. Tenía tanta prisa por llegar a ese lugar y ya me encontraba a medio camino del camión y a medio camino de la hipotermia, así que no podía regresar por algo que ni había visto bien. Pero me detuve, por un momento la empatía por tener que hacer algo en esas condiciones y que además de todo perdiese algo en el trayecto haciendo este inútil toco algo en mi. Mire mi reloj: 6:46 am.

Gire sobre mi eje haciendo un pequeño berrinche, gracias a dios no visto por otra alma humana gracias a la soledad de la calle y trote un poco de regreso al callejón. El pequeño espacio entre dos filas de casas era bastante lúgubre, el piso seguía siendo de los antiguos adoquines de ladrillo rojo gastados por la erosión. Solo un farol negro viejo (para no variar), iluminaba débilmente todo aquello dando la sensación de estar caminando a las 2 de la mañana.   Mire hacía el suelo, y tome aquel objeto rectangular. Era una barra de chocolate. —Bueno, me enojaría mucho perder mucho el almuerzo— y sin más lo tome con mis mano. Estaba contrastantemente cálido en aquel clima y era mucho más pesado de lo que imagine.

Si algo me encantaba en la vida era el chocolate, no solo por su sabor, pero el hecho de que era probablemente la única cosa en la vida que le gustaba a todas las personas, no creía posible que a alguien le desagradara todas las variedades que nos ofrecía. Además, más dentro de mi, significaba un regalo que le había hecho a alguien, alguien que lo había aceptado, pero que no pudo devolverme; alguien que me habían arrebatado. Era curioso todo lo que una pequeña mezcla de un extraño fruto con algo de azúcar me provocaba.   Lo mire más detenidamente para observar la marca que aún no podía reconocer, pero lo envolvía un papel esmeralda que brillaba enigmáticamente incluso en la parcial ausencia de luz. Le di varias vueltas, pero no encontré marca alguna que mostrara su procedencia.

Me emocioné; tal vez era hecho artesanalmente y con una gula que hacía que probaba chocolate todas sus presentaciones, quería ahora preguntarle a la señora donde podía comprar uno de esos chocolates que no entendía porque, sentía que era muy dulce y me llenaría de alegría. Alcé la mirada para verla poco mas allá sentada en una banca revisando su canasta. Me acerque casi corriendo para devolvérselo y preguntarle si me lo quería vender, cuando volteo a verme. Sorprendido me pare en seco; era un desconocido tras una anciana en un callejón oscuro y solitario en la noche persiguiéndola con una barra de chocolate en la mano.

  Pensé esto y temiendo que pudiese haberla asustado mucho, me detuve a un par de metros. La venerable se limitó a mirarme sin moverse, la quietud con la que se desenvolvía me paralizó igualmente provocándome una sensación de vértigo muy curiosa. Pero más que nada me entro otro tipo de sentimiento... —¡Dios mio, le provoque un infarto!— y me dio un vértigo aún mayor. Pero ella poso su mirada en mi mano y observo aquello que quería entregarle. Su facción, que un segundo antes estaba totalmente desprovista de emociones, ahora me arrojaba una mirada compasiva, como la de una abuela viendo la curiosa diversión de sus nietos. Con un ademán de su brazo, me invito a sentarme junto a ella. La obedecí sin miramientos.

—Gracias hijito, no recuerdo la última vez que se me cayo algo así—hablo suavemente, como un susurro, pero era extrañamente claro—y para que lo hayas encontrado, supongo que lo buscabas. No comprendía muy bien lo que me decía, tan solo quería conocer en que tienda podía comprar esos chocolates.

—Si bueno, quería preguntarle donde conseguir uno de esos, vera yo...— a lo que me interrumpió con un levantándo su mano. —¿Porque te gusta?, ya sabes, el chocolate—esa pregunta me dejo perplejo, pues no esperaba ser cuestionado por la misma persona que segundos antes tal vez pensó que sería atracada por mi.

Le explique sobre como su sabor me gustaba mucho, que yo era muy friolento y como me animaba mucho; pero ante aquella mirada relampagueante de ojos claros, cedí totalmente ante una presión de seda y empecé a hablar sobre ella, sobre como se había ido de imprevisto, los padres que no conocí y como les reprochaba con todo mi ser que me hubiesen dejado; y a los tres, los odiaba en parte, por no estar conmigo, por hacerme pasar por tantas noches llorando, por haberme dejado solo. Y finalmente, culpe a la muerte por toda mi desdicha. La abuela, lanzó una mirada melancólica por un milisegundo, pero la repuso de inmediato para preguntarme secamente—¿Tu que sabes de la muerte?—Quede sorprendido, tal vez había tocado una fibra sensible y ahora se descargaba sobre mi. Balbucee un poco y caí de nuevo en cuenta que esa pregunta no era extranjera, me la había hecho todo este tiempo.

Nos quedamos en silencio, la llovizna había casi parado, el viento no daba señales de vida, todo aquello estaba muerto, salvo las miradas que cruzamos durante un tiempo que me pareció eterno.   Lentamente alzo su mano y me acarició la cara, era cariñosa y dulce, su mirada estaba empañada, húmeda y sentí el afecto que hacía mucho nadie había tenido conmigo. Antes de darme cuenta, tenía una barra de chocolate en su mano. No me di cuenta cuando la había tomado de la canasta, pero tomo un trozo muy pequeño y me lo ofreció.—Toma prueba un poco.—me dijo.

El tamaño era casi una burla, pero obedecí, lo tome, y lo saboree. Algo paso, estaba con la señora, pero en mi mente o ¿era en otro lugar?, La veía a ella, todo era muy vivo, tan claro, ella estaba caminando conmigo en un parque. También la veía en una ocasión donde pregunté si mi ensayo era bueno y levanto su pulgar como aprobación, haciéndome sonrojar como un tomate. Ahora veía cuando entró a mi salón por primera vez y sentí que el mundo dejaba de girar y giraba a dos mil revoluciones por minuto al mismo tiempo. Y finalmente, vi cuando le hice una pregunta que con todo mi valor y lo que valía mientras le entregaba una cajita hecha a mano con algo que sabia le gustaba: El chocolate. Veia como lo aceptaba ruborizada, me besaba la mejilla y decía que al siguiente día nos veríamos. Ya no hubo siguiente día. —¿Como?¿Que hiz...?— no sabía que decir, que pensar, que sentir. Mis ojos estaban humedecidos, tenia muchas sensaciones, felicidad, alegría, tristeza, vergüenza y muchas otros sentimientos brotaban al mismo tiempo y no sabía como controlarlos. —Eso es tuyo—contesto a una pregunta que no había hecho—Ahora quiero entonces que pruebes este y me entrego otro pedazo parecido al primero.

Sin pensarlo y temblando, no tanto por el frío como por lo demás, lo tome. El panorama era el mismo, pero algo era diferente, eran las mismas escenas de antes, pero contenían algo más. Me veía a mi mismo, pero no en primera persona, me veía desde otro lugar, y yo veía a ese lugar.   Sentía algo de pena por ese chico del ensayo, pero por alguna razón quería animarlo, así que levante mi pulgar. También caminaba con él mientras sentía otra carga de sentimientos muy parecidos a la primera versión de la escena. Y cuando me habló y me dio los chocolates, me sentía tan feliz, rebosaba de alegría. Lo comprendí, aunque no entendía, esos no eran mis recuerdos, eran los suyos, los de ella; pero los sentía y sentía una conexión con los mios, algo invisible, pero que los unía. —Sabes, en mi trabajo yo solo tomo los ingredientes que me dejan y les doy forma, los tomo y los cuido. No puedo decidir sobre el sabor que tienen, si son dulces o amargos, si son muy gruesos y profundos o delgados. Incluso cuando les doy una figura no puedo decidir si son barras largas o cortas, cuando llegó solo tomo lo que dejan y uso todo lo que hay.

No sabía donde estaba ya, mi cabeza no podía darle cabida a nada, pensaba en todo y en nada a la vez. —¿Son...sus recuerdos?— pregunté en cuanto la idea surgió en mi cabeza. —No, los recuerdos son información almacenada con pequeñas corrientes eléctricas en el cerebro. Cuando parten, todas las cosas materiales se quedan atrás, como los recuerdos.—Ante eso proteste—Pero lo que vi, eran cosas que pasaron, lugares donde estuve...estuvimos. —Tu recordaste esas escenas, pero el origen de ellas, ¿no estaba en tu mente cierto? —No, era diferente, primero sentí algo y eso me llevó a recordar. —¿Y qué era lo que sentiste?— —Eran sensaciones, no era algo físico como calor o frío, eran sentimientos, pero tan palpables. Sentí como si todo el mundo fuera felicidad, valor, odio o tristeza y no existiese nada más. Era como un todo.—Por primera vez la inamovible solemnidad con que me desenvolvía comúnmente desapareció para dar paso a una sonrisa y gestos emocionados que extrañamente la anciana compartía también. Una terrorífica idea cruzo mi mente, y no tuve remedio más que decirla airadamente. —¿Entonces eso era...su alma?—mientras lo decía otra ola de sentimientos me congelaban, todo era tan irreal, pero no tenia miedo.

—Podrías decirlo de esa manera, lo que te di es la esencia de alguien, lo que son formado por lo que hicieron, lo que sintieron y por otras personas. —¿Otras Personas?—pregunté—¿Acaso no era solo una persona, so..solo ella? —Veras—continuo sonriendo cálidamente con su voz tan aletargada— Lo que forma el “chocolate” no solo son los ingredientes que consiguió uno mismo en su vida; cuando te conectas con alguien más, ya sea amándolo u odiándolo, parte de ella se queda contigo y se mezcla. Lo que eras ya no lo eres, eres algo más y de la misma manera los ingredientes de la otra persona se habrán mezclado con los tuyos haciéndolos diferentes, tanto en sabor como en consistencia. ¿Como prefieres los chocolates, dulces o amargos? —Dulces—dije con una sensación de paz y claridad que jamas había tenido, no solo en mi mente, también en mi corazón. Entendía algo, algo muy simple pero muy cierto. Deseaba eso para mi, que el chocolate que creara fuera dulce, y el de todos los demás. —¿A donde los lleva?—agregue intrigado —Yo los tomo y los guardo, los protejo de toda inclemencia. Debo resguardar que lo que son, que su contenido sea eterno y único. Que lo que son no pueda ser copiado, por eso tengo que cosecharlo.

—¿Cosecharlo?, pero el chocolate no se cosecha, usted solo lo toma y le da forma. ¿No entiendo...?—de nuevo con un aire de mama grande me contestó. —Chocolate para ti, otras personas lo ven como Maíz, Arroz o Sangre. Tú vez la forma que tu espíritu le da. Hablo de cosechar porque las recolecto y las guardo.

—!Espere!—interrumpí con violencia—¡No me contesto, no ha dicho a donde va, a donde lleva los chocolates! —Para un momento y dime, ¿de verdad quieres saberlo?— Reflexione, sobre todo, todos lo que había aprendido hoy, lo que había sentido, lo que había decidido y lo que era ahora. —No, no necesito saber algo así— sonreí, sonreí verdaderamente por primera vez desde que podía recordar. Pero los recuerdos de ella ardían aún, los sentía a flor de piel, todo aquello me había mostrado tanto, pero también reavivo la amargura, el arrepentimiento que yacía muy dentro de mi. Si tan solo...;la anciana, o al menos era lo que mis ojos me decían, se puso de pie en aquél callejón, yo la seguí involuntariamente.

—Gracias por escucharme, tanto tiempo sin hablar con alguien— y miro hacía el cielo un tiempo mientras pequeñas gotas de agua rebotaban en su rostro.—Si, creo que si, oh ya veo, voy a hacer algo por ti, solo serán unos minutos, el tiempo es precioso, no lo desperdicies, ahora ni nunca; es la única cosa que no podemos hacer más. ¿Tendrás la hora?—me pregunto sorpresivamente, a lo que rápidamente revise mi reloj. —Son las 6:46 a.m., ¿Porque usted necesita...?—La frágil vieja se había ido, pero, no me había dejado solo. Estaba ahí, conmigo, en un oscuro callejón de madrugada de un día cualquiera, solo me sonreía, como la última vez, hacía ya 5 años, no podía proferir ninguna palabra, solo estaba boquiabierto mirándola. Me tape la boca y una lágrima escurrió sobre mi rostro. Estaba temblando, no podía parar. Pero con sus delicadas manos, toco mi rostro, me acaricio y seco mis lágrimas. Seguía sonriendo como lo recordaba. Y su dulce voz, arpa celestial, con la suavidad de un ángel habló: —¿Entonces, querías decirme algo?

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Soy alguien normal que tiene una rara necesidad por escribir. Estudiante de Universidad y no soy un mediocre autor porque eso supondría ser al menos tan bueno como el promedio, que no lo soy.

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