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14 min
El Cholo Callampa
Varios |
18.04.14
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Sinopsis

Un mestizo, Cholo Callampa, se sobrepuso a su miseria, pero tuvo un trágico final

Se sentó a un rincón de la habitación y extrajo un cigarrillo del bolsillo de su camisa, lo prendió y fumo parsimoniosamente, mientras empezó a recordar cosas que casi había olvidado.

De niño había sido un niño muy retraído y tímido. El mejor regalo de su vida fue la carabina de aire que le regalo su tío Rosendo cuando cumplió los 11 años de edad. Su vida empezó verdaderamente desde ese momento. Todos las tardes, después del colegio, ayudaba en la ferretería del pueblo, donde su padrino Ernesto, un viejo tacaño y estricto, que apenas le pagaba una propina por todo lo que le ayudaba, pero lo único que le importaba a Callampa, es que podía apoderarse sistemáticamente de las cajas de 500 balines que tenía almacenadas por docenas en su gran depósito.

Así tenía la oportunidad de practicar con su carabina las pocas horas libres que le quedaban. Empezó con latas y otros objetos como soldaditos de plástico, continuó cazando aves, como los chihuacos de la zona y los más difíciles de cazar que eran los pequeños picaflores. Su amigo Fernando, que hacía la limpieza en el cine del pueblo, lo invitaba en las noches y allí parapetado en la galería del cine, se dedicaba a darles caza a las enormes ratas que después de la función salían a comer las sobras de dulces y golosinas que quedaban regadas en el piso del enorme cine. Las noches que iba al Cine daba cuenta de unas 7 u 8 ratas. Ayudado con la poca luz que se filtraba por las puertas de escape del local podía escuchar claramente el impacto que producía los proyectiles al penetrar la piel de los roedores. Aprendió a distinguir el sonido característico cuando un tiro había dado limpiamente en su víctima. Y fue allí donde aprendió el secreto de su infalibilidad como tirador: cuando observaba a su víctima y dejaba establecida mentalmente la trayectoria que debía describir el proyectil, era como si establecida esta conexión era imposible que fallara el tiro, y así sucedía casi siempre. Era algo casi mágico.

Todo eso no habría pasado de ser un recuerdo de su lejana infancia, pero sucedió algo que le cambio la vida para siempre: su padre fue designado gobernador del pueblo, era un tipo esforzado y muy comprometido con su gente. Hizo una gestión decidida y valiente, que lo termino por enfrentar con los poderoso del lugar por un problema del derecho del uso del agua. Fue una lucha larga y difícil, pero que después de varios años, logro que el juez de tierra de la zona, les diera al final la razón a los comuneros de la zona. Su padre ganó un gran prestigio con este triunfo, pero también el odio de esos personajes. Varios años más tarde, su padre apareció muerto, al término de una fiesta patronal. Aparentemente se había roto el cuello al caer a un pequeño abismo que había cerca del pueblo. Callampa nunca creyó ese cuento, sabía perfectamente que su padre había sido asesinando.

Tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar a sus 16 años para poder ayudar a su madre, tenía varios hermanos menores. Gracias al trabajo rudo e incansable en su chacra, Callampa se convirtió en un mozo fornido y vigoroso. El único lujo que se permitió fue comprar una vieja carabina Winchester calibre 22 y continuó practicando incansablemente cada vez que podía.

A los 18 años se presentó como voluntario en el cuartel de la zona, muy pronto se ganó el respeto de todo el mundo, no había mejor tirador que el cholo Callampa en toda la región. Ganó el campeonato provincial y luego el departamental. Disparando el famoso fusil Mauser, modelo 1909. Hubiese podido llegar hasta el campeonato nacional, pero una noche cuando celebraba uno de sus triunfos con sus compañeros de barraca, el teniente Peláez, un limeñito engreído, hijo de un general y que le tenía ojeriza, lo quiso humillar frente a sus compañeros por una falta que nunca había cometido le ordenó que dejara de celebrar que limpiara las letrinas del cuartel casi en la madrugada, Callampa rehusó hacerlo y el teniente se encapricho y como Callampa no le hizo caso lo agarro a golpes, al principio Callampa no reaccionó, se limitó a mirarlo con una sonrisa burlona, eso enfureció más al teniente, quien esta vez quiso golpearlo con su fuete, de pronto Callampa estalló y casi enloquecido rodó por el suelo con el oficial y cuando estuvo sobre él, le tomo la cabeza y la golpeó contra el piso de cemento una y otra vez. Al final sus amigos lo separaron y fue encerrado en una zona de los calabozos conocido como la Siberia. Estuvo encerrado allí casi tres semanas y el teniente se encargó de masacrarlo a golpes varias veces.

Gracias a la complicidad de dos de sus mejores amigos, un fin de semana, mientras el personal estaba distraído por las salidas de franco, logró escabullirse de su celda y antes de huir se apoderó de un fusil FAL y desapareció sin dejar el menor rastro.

Lo buscaron por todas partes, pero el término por internarse en la zona del Huallaga. Un lugar poblado de narcos y gente de la peor calaña. Al poco tiempo se dedicó a hacer lo que sabía hacer mejor que nadie:  disparar. Se convirtió en un asesino por encargo. Bajo la protección de Eusebio, un ambicioso aspirante a dominar la comercialización de la droga en su sector, fue limpiando a todos los que le resultaban incómodos: competidores, policías que chocaban con él, colombianos estafadores, etc. La lista de caídos bajo sus balas se fue incrementando poco a poco, lo mismo que sus honorarios. Después de haber ejecutado más de 90 personas, su tarifa quedo establecida en 1,000 dólares por “encargo”. Realizaba un trabajo limpio e infalible. Gracias al dinero ganado y a sus contactos con narcos del extranjero, se fue haciendo de fusiles cada vez mejores y más sofisticados: Adquirió un M-16, un AK-47, un Dragunov SVD, un Galil 7.62 mm y otros más. Y junto con ellos se hizo de los accesorios más sofisticados, como miras telescópicas, silenciadores, etc. Se había convertido después de más de 10 años en el oficio en un “ángel de la muerte” como se consideraba a sí mismo, un verdadero experto en la materia. Su fama trascendía las fronteras de su país. Y más de una vez fue requerido para hacer trabajos grandes. Esos tenían otra tarifa, bordeaban entre los 100 a 200 mil dólares.

Fue en esa época que se tomó unas vacaciones y después de más de 20 años, regresó a su provincia natal. No se había olvidado de la promesa que le había hecho a la memoria de su padre. Volvió a ver su madre ya anciana y a sus hermanos ya convertidos en hombres. Nunca había dejado de enviarles dinero mensualmente. Gracias a ello, gozaban de una buena posición en el lugar, habían comprado más tierra y ganado. Pero sin hacer mayor ostentación, tal como se los había recomendado siempre el cholo Callampa. Después de estar descansando una semana en su pequeño fundo, averiguó la rutina de Prudencio Rodríguez, el hombre que había mandado asesinar a su padre. Con mucha paciencia y cuidado, encontró el lugar perfecto para realizar una emboscada. Existía un recodo en la estrecha trocha que lo llevaba a su hacienda y que Don Prudenció cruzaba religiosamente todos los jueves para ir a visitar a su hija al pueblo.

Llevó consigo su Galil 7.62 mm, previamente lo había desarmado y limpiado concienzudamente. Le adapto la mira telescópica marca Zeiss Cargo con una pequeña alforja con un fiambre frío, una pequeña botella con aguardiente y un puñado de hojas de coca. Y su buen poncho. Se acomodó en una parte alta del recodo, entre unos matorrales espesos, y espero por más de tres horas, hasta que diviso que se acercaba la camioneta de Don Prudencio, cuando estaba a unos 150 metros, justo antes de tomar la estrecha curva, le apunto a la cabeza. Aguantó la respiración y trazó mentalmente el recorrido que iba a realizar el proyectil y apretó con suavidad el gatillo del arma, se escuchó una detonación seca y por una milésima de segundo vio el rostro de Don Prudencio antes del impacto y luego el golpe que dio su cabeza hacia atrás y luego hacía adelante. El tiro había sido perfecto. La camioneta siguió hacia delante y rodó por un abismo de unos 30 metros. Aprovechando de que había testigos, Callampa descendió rápidamente hasta el lugar, miró fijamente al hombre que él había arrebatado a su madre hace muchos años atrás y sin dudar prendió fuego al vehículo y se alejó lentamente del lugar. Estaba cumplida su promesa que se hizo de niño.

A los pocos días regreso de nuevo al Huallaga, el lugar donde se había ganado un lugar, dónde lo respetaban y le temían. Nunca se hizo de mujer ni de hijos. Cuando su cuerpo le pedía se revolcaba con alguna puta colombiana o brasileña, eran las mejores y aliviaba sus urgencias. Pensaba retirarse a los 40 años con una pequeña fortuna amansada durante todos esos años. Tenía lo suficiente para vivir con comodidad el resto de sus días en algún lugar lejos de allí.

Pero el destino tiene sus propios designios. En la capital de la región gobernaba un tipo que mantenía contactos mus estrechos con un cartel del narcotráfico y en complicidad con la policía del lugar dejaba operar a las mafias a cambio de unos cupos que debían pagar por cada avioneta que despegaba del lugar. Todo marchaba sobre ruedas, hasta que un buen día decidió duplicar el monto del cupo, los narcotraficantes no aceptaron y simplemente ordenó que se realizaran operativos que terminaban por confiscar y apoderarse de la droga. Al final tranzaron por un precio un poco menor del que pedía y aparentemente todo había vuelto a la normalidad. Pero, uno de los jefes de un cartel de la zona se la tenía jurada, su hermano había muerto en uno de los enfrentamientos con la policía y eso jamás se lo perdonaría. Decidió hacer una bolsa de 300 mil dólares y buscar precisamente al cholo Callampa a que se hiciera cargo del asunto..

El plan era simple, después de estudiar la rutina del gobernador, decidieron que como todos los domingos en la mañana se dirigía a misa. Bajaba las escalinatas del Palacio del Gobierno Regional y tomaba su auto blindado con dirección hacia la catedral. Eran unos 10 a 12 segundos que se encontraba totalmente desprotegido. Le dieron el dato a Callampa para que se encargue del resto.

Lo primero que hizo Callampa fue dirigirse a su armero favorito, el que residía en una zona alejada de la capital. Le encomendó que le hiciera un fusil a su medida.

Hacer un arma, un fusil por encargo es algo muy serio y muy trabajoso. Para el armero dedicado es un ritual. Un reto y un orgullo.

Es convertir una pieza de acero en una perfecta arma de precisión. Cada armero tiene su manera peculiar se hacer su trabajo. Puede usar un acero del tipo 4140 de tipo cromo-molibdeno o preferir o el 416 de tipo inoxidable.

Imagínese perforar justo al centro una barra de acero de 6.98 cm de diámetro y de unos 72 cm de largo y que al llegar al otro extremo no tenga una desviación mayor a los 0.012 cm. Para tal efecto de cada 10 barras de acero terminaba desechando 3 a 4 de ellos. Y luego de perforar la barra de acero el proceso del fresado para hacer los rayos helicoidales que le van imprimir mayor velocidad al proyectil.

La acción concéntrica al acoplamiento del cañón, la vibración del stock, munición adecuada, una recámara bien diseñada, todo no sirve si el cañón no está perfectamente recto y el estriado muy bien hecho.

Diseñó un rifle de cerrojo, porque era superior a un semi-automático, pues tiene menos piezas móviles o sujetas por muelles. El arma poseía un cerrojo completamente perpendicular a la recamara para poder crear una superficie de contacto máxima con el cañón. Le instalo percutores de titanio y muelles especiales.

La unión del cajón de los mecanismos a la caja tenía un ajuste perfecto, por interposición de pegamentos o resinas especiales que evitan posibles vibraciones y aseguran una gran precisión. La palanca de accionamiento del cerrojo se manejaba con facilidad, sin que el visor interfiera en el movimiento de la mano.

El fusil usaba balas Standard que en calibre 7.62 x51, el arma poseía un peso medio alrededor de entre 5 y 6 Kg. Cumplía dos requisitos fundamentales. Primero, se adaptaba perfectamente al cuerpo del tirador, algo que se consigue gracias a una culata y a un bípode ajustable. Y segundo, poseía una excelente mira telescópica marca Zeiss para aumentar su precisión. Solucionado el problema del arma.

Luego ubico un viejo edificio, ubicado a unos 600 metros del lugar donde el Gobernador tomaba su auto. Era el lugar perfecto. Se entrenó durante un semana entera en un fundo que el jefe del cartel poseía. Su arma era perfecta. Bien balanceada y se ajustaba perfectamente a su anatomía. Dos días antes de la fecha pactada, se acomodó en una de las habitaciones del edificio. Estudió todos los detalles, la intensidad de la luz a esa hora del día, el movimiento de la gente, etc. Por fin llego el día, se levantó temprano, hizo algo de gimnasia y se relajó lo más que pudo. Tomo un desayuno ligero. Y simplemente espero. Todo salía tal como estaba planificado, en la hora establecida el Gobernador bajó las escalinatas del Palacio y se dirigía a tomar su vehículo, Callampa ya lo tenía en la mira, respiro profundo y le apunto a la cabeza. No podría fallar a esa distancia, sería un tiro limpio y mortal. Y justamente cuando disparó su arma se cruzó de manera intempestiva una bandada de palomas de la iglesia cercana, el proyectil impacto a una de las aves y se desvió para impactar en la acera, unos 10 centímetros de su blanco. Una patrulla que pasaba por el lugar vio el fogonazo y se dirigió en tropel hacía el edificio. Ahora no había escapatoria posible. Habían cerrado todas las manzanas. Dejo el fusil a un lado, saco parsimoniosamente un cigarrillo de su bolsillo, se sentó en el suelo y empezó a fumar, bastaron unos pocos minutos para que su vida desfilara ante sus ojos. Eran 7 pisos, tardarían algunos minutos más en llegar. Estaba pálido, pero sereno, calculando que ya estarían por llegar al piso de abajo, extrajo lentamente su fiel Smith & Wesson, percuto el gatillo y se dispuso a hacer lo que todo hombre de honor debe hacer en estas circunstancias.

 

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