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6 min
El Ciclo Lunar
Suspense |
06.08.15
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Sinopsis

Bajo la Luna llena de agosto y armado con un enorme pico, el hombre arremetía sin piedad contra el recién estrenado pavimento de la plaza del Ayuntamiento...

 

Bajo la Luna llena de agosto y armado con un enorme pico, el hombre arremetía con saña contra el recién estrenado pavimento que recubría la plaza del Ayuntamiento. Sus denodados esfuerzos resultaban baldíos y el hombre aullaba de rabia a medida que su ira y frustración crecían y se desbordaban.
Nuestro improvisado minero de medianoche había nacido con un defecto en las vértebras cervicales que le impedía enderezar el cuello y lo obligaba a caminar con la cabeza gacha mirando al suelo, eternamente pensativo y cabizbajo, humilde y sumiso a su pesar, o como un toro de lidia preparándose para embestir.
Ambrosio Carbajales, tal era su nombre, conocía la piel de las calles de su pueblo mejor que la palma de su propia mano. Cada milímetro cuadrado del firme, deteriorado y plagado de baches, le era más familiar que las yemas de sus pulgares.
Una vez al mes, justo cuando la Luna se hallaba en la fase de rotunda plenitud, nuestro hombre salía a caminar a partir de la medianoche y recorría las calles de su pueblo buscando tesoros en el suelo. Armado con un completo equipo de buscador de tesoros escondidos, localizaba fácilmente el codiciado botín, casi con los ojos cerrados, y una vez delante de la hermosa y reluciente fortuna, desplegaba sus estimados utensilios y muy lentamente, con la suprema delicadeza y ternura de un amante devoto y la fantástica destreza y precisión de un experto neurocirujano, recogía el preciado bien y lo introducía en el recipiente, habilitado a tal efecto, para transportarlo y conservarlo en las más óptimas condiciones.
Y así durante años, todos los meses, cada 28 días, fiel al Ciclo Lunar, Ambrosio Carbajales rastreaba palmo a palmo las desiertas callejuelas recolectando, con indescriptible deleite y temblando de emoción, los más brillantes y majestuosos diamantes de la noche.
Tras varias incursiones fallidas a la busca del más luminoso néctar celestial, la experiencia le había enseñado que en las noches de Luna llena y habiendo llovido previamente se daban las mejores condiciones para la obtención de la más nítida, deslumbrante y sustanciosa recompensa.
Un infausto día, el Sr. Alcalde, en época de elecciones, tuvo a bien hacer caso del unánime clamor de conductores y peatones y decidió que ya iba siendo hora de renovar el firme de las calles y tapar todos los baches.
Como tenía por costumbre, en el Plenilunio de agosto, Ambrosio Carbajales recorrió todas las calles arriba y abajo y contempló, horrorizado, como todos sus tesoros habían desaparecido, sepultados bajo una capa de cemento de unos 10 centímetros de espesor, homogénea, uniforme y obscenamente nivelada.
Ciego de dolor y pena, permaneció largo tiempo con la cabeza gacha mirando al suelo, rumiando su desgracia; desesperado y desamparado, lloró como el niño que, impotente y espantado, observa como su madre es tragada por la tierra, mientras él permanece inmóvil al borde del insondable precipicio. Luego se dejó caer de rodillas y golpeó y arañó el suelo con la furia de una bestia salvaje tratando de arrancar a zarpazos la negra y gélida mortaja de asfalto.
Finalmente, fue a buscar el pico, regresó a la plaza y comenzó a cavar. En los edificios de alrededor comenzaron a encenderse las luces y la gente salió a los balcones. Ambrosio, física y mentalmente agotado, asumió la inutilidad de sus titánicos esfuerzos y se dejó caer de espaldas.
Atónitos y silenciosos, los vecinos del lunático Indiana Jones asistieron a la insólita y espeluznante escena: un hombre tirado de espaldas, cuan largo era, aferrando aún el pico de minero, que señalaba la Luna llena, rebosante en el cénit sobre su cabeza, henchida de orgullo y soberbia ante su idólatra siervo; y hablaba con ella y se reía con una risa horrible y malsana, un aullido demente sin el menor rastro de humanidad.
En el desván de su casa, la Guardia Civil descubrió varios bidones de vidrio, herméticamente sellados, conteniendo cantidades variables de agua con distintos grados de pureza. Los recipientes se encontraban alineados pulcramente en estanterías de metal que llegaban hasta el techo, y ordenados cronológicamente según la fecha que cada uno lucía, bien visible, escrita con rotulador rojo sobre cartulina blanca.
Investigaciones posteriores permitieron comprobar que cada una de las reseñas numéricas se correspondía con un día de Luna llena distanciándose, pues, 28 días entre sí. En el centro de la espaciosa estancia y sobre una mesa de respetables dimensiones labrada en recio roble gallego, se disponían varias decenas de  frascos, aún sin etiquetar, así como un amplio surtido de enormes jeringas y un enjambre de esponjas de baño de las más diversas formas y tamaños.
Interrogado al respecto, Ambrosio Carbajales respondió con absoluta naturalidad, muy extrañado por las muecas de asombro y los comentarios de incredulidad que intercambiaron los agentes del orden ante el sorprendente hallazgo. Muy tranquilo y relajado, explicó que usaba las jeringuillas para extraer el tesoro sin quebrarlo ni deformarlo y las esponjas de baño para absorber hasta la última gota de las fabulosas y colosales monedas de Luna llena.
- Su valor es incalculable, Sr. Comisario - apostilló Ambrosio haciendo grandes aspavientos- no querrá usted que las deje tiradas por ahí.
Esa misma noche, tumbado boca arriba en la plaza, Ambrosio miraba la Luna con ojos hambrientos y codiciosos. Al fin, tras varios minutos de profunda reflexión, vio claro lo que tenía que hacer, supo con total y absoluta certeza qué estrategia debía ejecutar en vista de las nuevas y peculiares circunstancias. Se levantó con un portentoso brinco y corrió hacia su casa bramando berridos de júbilo.
Al día siguiente, comenzó a construir la escalera.
                                                                              
                                                                          FIN

 

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  • Después de haberte leído "El cuadro" no sé muy bien que decirte. Los dos me parecen muy buenos. Este, con ser más corto, me parece magnífico, desde como mantienes en suspenso el enigma hasta cómo lo resuelves. Incluso la originalidad del planteamiento (el jorobado obsesionado con el reflejo de la luna y que es incapaz de mirarla directamente para, al final, proponerse un reto más absurdo sin cabe como es alcanzar esa misma luna) Los dos relatos me han encantado, pero si yo tuviera que elegir (que no es el caso) me decantaría por éste. Por nada objetivo, es solo una opinión, pero me parece un relato con una gran fuerza, alta calidad literaria y final redondo. Saludos
    He seleccionado este relato para la propuesta de Umbrío :) http://www.tusrelatos.com/relatos/propuestas
    MAgnífico Paco. Con que delicadeza y cariño narras la obsesión de este individuo. El final además es tremendamente poético.
    He respondido a tu pregunta en mi relato de los verdaderos monstruos :D
    Fantastico, muy original. Mira que este mes pasado ha tenido dos lunas llenas y no he aprovechado... me ha encantado, de verdad.
    Fabuloso, Paco. Creo que deberíamos aprender de este enamorado de la luna llena y buscar los tesoros de nuestros sueños. Como siempre magníficamente escrito, con un final inesperado. Un abrazo y mis felicitaciones.
  • Mi nombre es John McKane y ésta es mi historia. En pleno uso de mis facultades mentales, paso a relatarles los inquietantes acontecimientos que me tocó vivir la última Noche de Difuntos, hace hoy exactamente un año.

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