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10 min
El circo
Varios |
08.06.16
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Sinopsis

Nuevo relato, espero que les guste

 

El circo

 

El sábado amanecía con un aire frío. El estornudo del pequeño Simón funcionó como alarma para el padre, que ya empezaba a hacerle el desayuno a su hijo. Simón, que por aquel entonces tenía diez años, vio que su padre entraba por la puerta con la bandeja en la mano. Se incorporó.

-¿Cómo dormiste Simón?- preguntó el padre.

-Bien papá- dijo Simón, con sus dedos sacándose las lagañas.

-Me alegro, acá está tu desayuno, preparate que hoy va a ser un día largo.

Simón tomó el café con leche. Podía notar perfectamente que se lo había hecho su padre. Su mamá lo hacía menos caliente, y tenía un gusto distinto, seguramente debido a la proporción de cucharadas de café y azúcar.

Los padres de Simón se habían separado hacía un par de años, por lo que ahora el niño pasaba los fines de semana con su padre. Hacían diversas actividades. A veces jugaban en su casa a numerosos juegos. Otras salían al parque con la pelota preferida del niño. Unas de sus salidas habituales era ir al cine. Siempre iban al mismo. Allí pasaban películas, en su mayoría clásicas, las de Chaplin y Keaton eran las que más les gustaban a Simón, que había heredado el gusto del cine de su padre.

Luego de vestirse con bastante lentitud, Simón fue hacia el comedor. Su padre leía el diario, y le dijo que en un rato saldrían. El niño, aprovechando el tiempo que tenía libre, fue a devolver el libro que había sacado de la biblioteca del padre. Todas las semanas sacaba alguno de la nutrida estantería. Los libros estaban ordenados de la más perfecta forma. Cada vez que Simón sacaba uno, la hilera se descomprimía, como notando la ausencia de su compañero. Luego de leerlo, Simón lo devolvía a su lugar en el mundo, y el orden se restablecía, junto con la felicidad de los otros libros. Luego de mucho pensar y recorrer los títulos, el padre llamó a su hijo. Este se apuró para seleccionar su libro, y eligió el que era su primera opción hasta el momento. “El experimento del doctor Ox” de Julio Verne fue su elección.

Luego de que el padre recomendara que su hijo se lleve un abrigo, salieron a caminar las tres cuadras que separaban la casa del parque. Las calles estaban vacías, y el viento sureño hacía que los labios se secaran. Quince minutos de juego fueron suficientes para el pequeño Simón, que por poco se muere de hipotermia. Fueron a un café, ubicado en la esquina de la plaza. Desayunaron por segunda vez en el día. El submarino estaba calentísimo, pero el tostado tenía un rico sabor.  

-Esta noche te tengo una sorpresa- anunció el padre con entusiasmo.

-¿Qué cosa papá?- preguntó el niño, imaginando ir nuevamente al cine.

-Ya verás, te va a gustar.

Simón se moría por saber a qué se refería, pero trato de disimularlo.

Llegaron a casa, contentos por ser acobijados por la temperatura de la casa. Simón fue corriendo a su cuarto. Había conseguido un pluma en el camino de vuelta a casa. Abrió una de las múltiples cajas que utilizaba para guardar sus preciados objetos. Le encantaban las cosas que tenía. Desde lapiceras sin tinta, hasta tuercas oxidadas, todo era del interés de Simón. Era un gran coleccionista de objetos. Tales objetos no tenían mucho valor, pero Simón tenía una teoría, decía que el objeto ganaba significación según el un lugar que el coleccionista le daba. En su cuarto Simón tenía diversas cosas que ocupaban sus lugares físicos. Tenía cartas, un globo terráqueo, espadas en miniaturas, autos a escala, tornillos, monedas, lupas y otras excentricidades.

Almorzaron algo tarde, ya que habían desayunado dos veces. Comieron milanesas con puré, una de las comidas preferidas de Simón. Pasaron la tarde en casa, ya que hacía mucho frío. El padre durmió la siesta, Simón leyó un poco, y jugó juegos que improvisaba con las cosas que tenía a mano. Cuando se dio cuenta ya era de noche. Él sabía por experiencias previas que el tiempo pasaba a una velocidad mayor si uno se estaba divirtiendo.

El padre entró a su cuarto. Simón ya se había olvidado de la sorpresa, pero apenas lo vio se acordó. Simón tenía ganas de quedarse en casa, sobre todo si la sorpresa era ir al cine. Pero cuando vio la cara de su padre supo enseguida que no se trataba de eso.

-En un rato salimos- dijo el padre entusiasmado-. Abrigate mucho que hace frío.

-Bueno papá, ¿me baño?

-Como quieras- dijo el padre pensando en otra cosa.

Simón se vistió, empapado de curiosidad. No se quería bañar, todavía no controlaba bien la temperatura de la ducha del baño.

La noche era fría, probablemente la más fría del año. Simón se imaginaba ser un dragón medieval mientras escupía el vapor de su boca. Los escasos faros de la calle nocturna iluminaba la neblina con un tinte anaranjado. Padre e hijo caminaban en silencio. El niño aún ignoraba a dónde se dirigían, pero no esperaba nada bueno. La luna llena se dejaba ver por momentos entre las nubes negras que deambulaban por la lúgubre noche.

Las cuadras iban pasando y cada vez se alejaban de la parte céntrica de la ciudad. La luminosidad disminuía conforme avanzaban. Simón ya no sabía dónde se encontraban. Ya estaba bastante asustado, pero el estremecimiento aumentó cuando se dio cuenta de que no había visto a nadie desde que salieron de su casa.

Luego de este descubrimiento empezó a divisar oscuras sombras que se movían en la oscuridad. Simón trató de no prestarles atención, pero de poco valió el intento. A las pocas cuadras vio que un hombre estaba apoyado en una farola. Una brasa naranja de un cigarrillo a medio fumar se veía en la oscuridad. La luz daba paso a la sombra justo cuando comenzaba la cabeza del señor, como si le temiera. Pasaron a un par de metros de él. El padre parecía ignorarlo por completo. Simón no le vio la cara en ningún momento, pero estaba completamente seguro- tal vez porque sentía la punzada de los ojos como lanzas- que lo estaba mirando. Los personajes de este estilo se fueron multiplicando. Todos tenían su cara en las sombras, a pesar de que la lógica daba a entender que la luz ahí se tenía que reflejar.

Pasaron más calles tenebrosas. El frío combinado con el miedo hacía que Simón sintiera en sus huesos una sensación que nunca había sentido. Un hombre en caballo había salido de la nada, casi atropellando al padre del niño, que parecía no enterarse de nada. El sonido de la cabalgata todavía se escuchaba a lo lejos cuando llegaron a un lugar iluminado por miles de bombillas eléctricas.

Se trataba de un circo. Aquella era la gran sorpresa de la cual su padre le había hablado. En una situación normal Simón se hubiese alegrado, pero dadas las circunstancias estaba lejos de ello. Se encontraba como en una pesadilla, pero consciente de que todo aquello no era más que la realidad. Su padre lo condujo al interior de la imponente carpa. Allí la temperatura había disminuido un par de grados. Vio al público que ocupaba las gradas. Tardó poco en darse cuenta de que allí no había ningún niño. Todos en el lugar tenían una sonrisa macabra dibujada en el rostro. Simón no miró los ojos de su padre en toda la noche, no se animaba, ya no sabía quién era.

El número empezó con unos payasos malabaristas. La sonrisa pintada de barata pintura roja era idéntica a la de los rostros del público. Recorrían en largos círculos el perímetro de la carpa. La típica melodía de la música de circo se fundía en el tiempo, confundiendo así las realidades. Los payasos pasaban clavando la mirada en las diminutas pupilas de Simón. Los adultos aplaudían a los payasos martillándose las palmas con una fuerza sobrehumana. Pasados los payasos venían las contorsionistas. Estas parecían desafiar la anatomía humana, anudándose con la facilidad de un cordón. Simón pudo ver que en su mirada no había vida. Tardó en comprender que tal apreciación era literal, y sintió que se había transportado a nuevo mundo en el cual lo diabólico era moneda corriente.

El público explotó al ver que comenzaba el desfile de los deformes. Encabeza la fila un hombre con enormes protuberancias en la cara. Se veía que en medio de tal monstruosidad había un par de ojos que pedían ayuda. La perplejidad y la pena se mostraban con igual intensidad en el resto de los deformes. Uno con cabeza extremadamente chica, una mujer enana y con barba, siameses, gigantes y hombres con múltiples amputaciones completaban la hilera.  

El terror se había apoderado de Simón. Podía intuir que todas las personas que él no veía lo estaban observando, como si todo aquello se tratara de una cruel conspiración. El pequeño e inocente niño ya no pudo más cuando vio lo que hicieron a continuación.

Entraron tres hombres con elegantes trajes de etiqueta. En sus manos llevaban martillos, serruchos y otros instrumentos que podrían usarse para torturar. Los hombres obligaron a los deformes a justarse en el medio del escenario. Con mucho esfuerzo y amenazas lograron que las pobres criaturas se fundieran en una gran orgía. No contentos con esto, los verdaderos monstruos martillaban las cabezas de los deformes, clavaban cuchillos en sus genitales, les cortaban los ojos con total impunidad. Casi tan aterrador como esta imagen era la combinación de los gritos de las víctimas y las carcajadas del público, que reían extasiados en sus asientos.

Simón salió corriendo de aquella carpa tan fuerte como les permitieron sus entumecidas y pequeñas piernas. Iba dando pasos mientras vomitaba un poco de bilis y desesperanza. Siguió corriendo por al menos un par de kilómetros. Se había adentrado en un oscuro bosque. No se atrevió a mirar a atrás, pero sentía como las brillantes luces del circo le penetraban en la nuca.  

Los árboles se extendían por lo alto y se ondulaban junto con el frío viento, haciéndole cobrar vida. La luna se escondía y reaparecía de forma intermitente. Los sonidos del bosque empezaron a sonar cada vez con más fuerza, como queriendo organizar una sinfonía natural. Zorros se movían con agilidad entre los sinuosos árboles; haciendo que Simón pensara que eran los hombres sin cara, acercándose con sus caballos negros.

La corriente del río empezó a aumentar su volumen. Simón se topó con él, deteniéndose en seco. El río interrumpía su oscuro camino. El agua corría con una velocidad y pendiente que hubiesen ahuyentado a cualquiera. El dilema de Simón consistía en tres opciones igual de aterradoras: Volver al diabólico circo. Atravesar el río, sin saber nadar. O sentarse a vivir en la hostilidad del bosque.

 
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