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30 min
El círculo del tiempo
Drama |
05.03.15
  • 4
  • 5
  • 1533
Sinopsis

Un joven atrapado en el círculo del tiempo


 

“En conclusión, el tiempo es un círculo en el que, como en un carrusel, los milenios y los siglos transcurren girando alrededor del mismo eje repitiéndose una y otra vez durante la eternidad”.

 

Así finalizaba el estudio de Galileo “El círculo del tiempo”. Había dedicado años y años de su vida casi en exclusiva a descubrir las razones científicas que explicaban una teoría que había surgido en su mente mucho antes de doctorarse con una tesis sobre la Teoría General de la Relatividad; antes de finalizar su licenciatura; antes incluso de dejar su pueblo natal para estudiar la carrera a la que estaba predestinado desde que le llamaron Galileo. Ya muy joven, había creído en ella con la fe de un piadoso anacoreta que dedica su vida a la oración. Y durante buena parte de su vida, cual si tal anacoreta fuese, habíase separado de los hombres para dedicarse día tras día a ella. Y una noche de septiembre, a escasas semanas de su treinta y seis cumpleaños, por fin había puesto punto final a la obra de su vida.

 

... Pero no nos adelantemos y empecemos por el principio.

 

El destino había decidido que Galileo fuese físico antes de que viniera al mundo. Su padre y su abuelo, físicos también, ya lo habían sido mucho antes de que fuera concebido en el corazón de su madre. Cuando nació, se entabló una disputa por el nombre que había de acompañarle el resto de su vida. Mientras su padre quería que se llamase Isaac, como el gran Newton, su abuelo porfiaba por el nombre de Galileo. A su madre, que contemplaba extasiada su bebé después de horas y horas tratándole de convencer de que abandonase el cálido vientre materno, a su madre, digo, nadie le pidió opinión sobre el nombre que deseaba para su pequeño. Y, como nadie le preguntó, a nadie pudo contar su deseo: que llevase el nombre de su padre y abuelo materno del niño, Juan. Tal vez si le hubieran pedido su parecer, hubiese rescatado a su hijo de un destino tan... digamos peculiar. Finalmente, fue una moneda lanzada al aire la que decidió en tan transcendental asunto. Y es por ello que nuestro amigo lleva el nombre del gran científico pisano.

 

Casi antes de que se soltara la lengua de trapo que gobierna las primeras palabras de un niño, Galileo ya se había familiarizado con términos como masa, tiempo y espacio; casi al tiempo que aprendía las primeras letras del abecedario, descubría los secretos de las fórmulas que rigen el movimiento de las cosas o describen el vaivén de las ondas. Su abuelo y su padre seguían disputando; esta vez sobre la senda que había de tomar el todavía niño Galileo: ¿Mecánica?, ¿Óptica?, ¿Acústica?

 

Y, mientras, su madre, que conocía la obsesión de su marido y su suegro por tan oscura ciencia, se preguntaba si, con tanta física, no estarían robando la niñez al pequeño Galileo. Preocupada ante tal idea, entraba sigilosamente en su habitación por las noches y, casi entre susurros, llenaba de fantasía su imaginación. En pocos instantes, aquella pequeña estancia en la que no había espacio sino para su cama, un arcón y el escabel en el que se sentaba la joven madre, llenábase de hadas de largos cabellos azulados, príncipes que recorrían el mundo en bravos alazanes, princesas de traviesos modales o gnomos que custodiaban tesoros ocultos en las profundidades de la tierra. Los momentos que precedían al sueño, cuando Selene se colaba curiosona entre los visillos, eran los únicos de su corta vida en los que la ternura y el amor entraban en su corazón, después de una jornada de relacionar conceptos incomprensibles para el resto de los mortales. En esos primeros años, el futuro físico se convirtió en el único motivo de dicha de su madre. Casada casi antes de que se marchitasen las flores de la infancia, desde el día de sus esponsales, vivió sin apenas una caricia o una palabra cariñosa que avivasen su dulce corazón. Hasta que pusieron a Galileo en sus brazos, claro. Entonces conoció la dicha del amor correspondido.

 

Mas, los hados son envidiosos de la felicidad de los mortales. Antes de que la niñez abandonase a Galileo, los espíritus del mundo de las almas bajaron del cielo y reclamaron la vida de su dulce madre, que, tras una noche luchando con la fiebre, se despidió de su amado hijo con un tierno beso en la frente. Con ella partieron las hadas, los príncipes, las princesas y los gnomos; con ella partieron las risas y los besos, la alegría y la ternura. Tenía entonces el futuro doctor en física doce años; tenía, digo, doce años cuando supo por vez primera lo que era que el corazón se quebrara en mil pedazos cual fino cristal.

 

En el colegio, Galileo no fue un niño feliz. Él, que sabía desentrañar los misterios del universo, se conducía de manera patosa en los juegos que encandilaban a otros niños. Temía el momento de salir al recreo, ante la posibilidad de tener que lanzar el balón a lo largo del campo: siempre le quitaban la pelota los del equipo contrario. Si jugaban al escondite, se resguardaba en lugares tan recónditos, que le sorprendía la campana que llamaba a clase sin que nadie hubiera dado con él. Si hacían carreras por el patio, no dudaba de que nadie le iba a disputar el puesto de llegada: Galileo siempre alcanzaba la meta en el último lugar. Así que no era de extrañar que no tuviese muchos amigos y los pocos niños que llegó a atraer acabaron abandonándolo, aburridos del rebuscado lenguaje que utilizaba al hablar. Y es que Galileo tanto tiempo pasaba con su padre y su abuelo disertando de los secretos del universo, que habíase contagiado de su erudito lenguaje. A los niños de la escuela les asustaba su, para ellos, extraña sapiencia y les movía a burla su ignorancia de todas aquellas cosas que sabe cualquier niño: pescar truchas en el río, jugar a las canicas, cantar canciones... Así, los años pasaban sin que Galileo, que sabía tanto de masa, tiempo y espacio, conociese el gozo de quien tiene un amigo.

 

A la edad de dieciséis años, una bella joven recién llegada al pueblo le enseñó lo que no le había mostrado hasta entonces ninguno de los gruesos libros que se guardaban en la biblioteca de su casa: que el corazón es algo más que un órgano que bombea sangre al ritmo de los movimientos de sístole y diástole.

 

Se llamaba Carola y su piel alabastrina tenía la suavidad de los pétalos de rosa. Sus pupilas, enmarcadas por largas y rizadas pestañas, cambiaban de color según su estado de ánimo: azul celeste cuando estaba contenta; violeta cuando sus ojos golosos divisaban un dulce que deleitase su paladar; azul turquesa cuando la colmaban de mimos y arrumacos; del color de la mora madura cuando la ira se apoderaba de su corazón. Su estrecho talle se podía rodear con sus largos y finos dedos. Y sus labios semejaban un sabroso fresón, dulce y delicioso. Tan pronto su mirada se posaba en los ojos de otra persona, ésta caía rendida a su encanto y era tal el hechizo, que sólo su hermano mayor era capaz de negarle un capricho.

 

Su familia procedía de una gran ciudad construida de acero y cristal en el otro extremo del país. Pocos días después de su llegada al pueblo, empezó a asistir al colegio al que cada mañana acudía Galileo. Tan pronto hizo acto de presencia en la clase de matemáticas, todas las miradas quedáronse prendadas de tan bella joven y hasta la profesora que intentaba inculcar a sus alumnos el sentido de las integrales cayó bajo el influjo de su encanto. No había transcurrido una semana desde esta entrada triunfal, cuando cada jovencita de la clase ya había ideado algún plan para ganarse su amistad y cada muchacho aspirante a sus favores habíase tornado en galante caballero. Mas Carola repartía sus atenciones a su antojo y sólo unos pocos afortunados se beneficiaron del privilegio de su compañía.

 

La hermosa joven había descubierto el placer del galanteo y jugaba con sus ardorosos pretendientes como juega el gato con el jilguero. Tal vez no hubiese maldad en aquella peligrosa diversión; tal vez nunca tuvo intención de hacer daño; tal vez sólo se trataba del despertar de la juventud, el cosquilleo del alma al sentirse admirada. Lo cierto es que en aquel juego dejó maltrecho más de un corazón. Aunque ninguna herida fue tan profunda como la que infligió en ese joven solitario que todos tenían por un extraño y aburrido pedante llamado Galileo.

 

Fortuna quiso enredar a la bella coqueta y envió a Cupido para que tocase con sus flechas el corazón de Carola. Pero el travieso diosecillo más se comportó como hijo de Marte que de Venus y sembró la discordia en el pequeño colegio sin necesidad de contar con una manzana. De todos los jóvenes que acudían a la misma clase de Carola y Galileo, Roberto era el único que no había caído bajo el encantamiento de la bella joven. Era Roberto un robusto muchacho al que sólo importaba quedar el primero en las competiciones deportivas. Cualquier medio era válido para él si con ello conseguía el preciado trofeo y no se detenía si tenía que hacer uso de tretas y estrategias, digamos, poco limpias. Carola tomó por audacia lo que no era sino el carácter tramposo de quien no sabe perder y sentía palpitar en su pecho el corazón cada vez que cruzaba la mirada con él. Mas Roberto, para desesperación de la joven, no se fijaba en ella y sólo ocupaban sus pensamientos los torneos deportivos. Así pues, tras mucho pensar, decidió emularle y maquinó engaños mil para atraer su atención.

 

Fue en este juego de astucia y seducción en el que se vio enredado el ingenuo Galileo.

 

Carola sabía que ni sus ojos de cambiante color, ni su boca de fresón, ni la suave caída de sus pestañas lograrían atraer al bravucón muchacho. Conociendo el espíritu competitivo de Roberto, le propuso una apuesta. Haría caer en sus redes al raro de Galileo en menos de una semana. Difícil tarea para otra que no fuera ella, dijo, pues el futuro físico no tenía ojos sino para sus libros. Si lograba tal fin, el premio para Carola sería una tarde de merienda en la pradera a la vera del río; si perdía, el premio para Roberto sería que la joven distrajera con su presencia al resto de atletas, situándose un poco antes de la meta, para retrasarlos en la carrera de fin de curso. Roberto no lo dudó: aceptó el desafío con el convencimiento de quien ya se ve ganador.

 

Carola se preparó concienzudamente para seducir al distraído Galileo. Peinó sus rubios bucles, rizó sus largas pestañas y tiñó con un poquito de carmín sus labios de fresa. Se roció de perfume de tal manera que, antes de ser vista, un aroma a vainilla con toque de limón anunciaba su presencia. Primero recurrió a las miradas: miradas plenas de melancolía que dirigía al ingenuo Galileo. Luego, fueron profundos suspiros cuando se encontraba con él. Y, como ningún ardid de pícara coqueta atrajera la atención del joven, se sentó una tarde junto a él y, fingiendo un interés que estaba muy lejos de sentir, le hizo mil y una preguntas acerca de la docta ciencia que tanto apasionaba a Galileo. Poco acostumbrado a ser el centro de atención, el incautó joven se entusiasmó por tener una oyente tan rendida a sus palabras y, sin pararse a pensar si ella comprendía su significado, la apabulló con términos y nombres de imposible pronunciación. Tal era su emoción que no se percataba de los bostezos que Carola con disimulo ocultaba. La joven, más y más en su papel de enamorada, le sorprendía, de cuando en cuando, con una caricia en la mano, como escapada sin ella quererlo; y, al despedirse, un suave beso en la mejilla iba abriéndose paso al corazón del joven.

 

No fue necesario esperar el plazo convenido para que Galileo quedase prendado de aquellas pupilas de cambiante color. Al tercer día, su sola presencia bastaba para que su corazón galopase en su pecho cual corcel desbocado. Pasaba las noches en vela inventando palabras para ganarse su amor, mas, cuando estaba junto a ella, sus labios enmudecían. Dejó de encontrar placer en la resolución de las complicadas ecuaciones con las que le desafiaban su abuelo y su padre; y permanecía con frecuencia ensimismado con la mirada perdida en el horizonte, mientras furtivos suspiros escapábanse de su alma enamorada. En casa vagaba cual fantasma extraviado y sus ojos volviéronse ciegos a todo lo que no fuera Carola.

 

La joven disfrutaba de su triunfo sin comunicárselo aún a Roberto. El día anterior al dado como plazo, pidió al bravo muchacho que se apostase detrás de un árbol y, así, poder ver hasta dónde había llegado su conquista. Citó al futuro científico en un banco de la plaza del pueblo a las seis de la tarde y lo dispuso todo para vestirse de primavera.

 

Galileo llegó muy ufano, ajeno a la tela de araña en la que iba a caer. Se sentó en el banco a aguardar a su amada sin atreverse a abrir el libro que llevaba en la mano, no fuese Carola a tomar por descortesía lo que no era sino un modo de engañar la espera. Ella se hizo esperar. El reloj de la torre de la iglesia parecía haberse vuelto loco, tan aprisa corrían sus agujas. Y, cuando marcaba las siete menos cinco y ya creía que su adorada no acudiría a la cita, unas bellas manos le cubrieron los ojos desde la espalda y una palabra de amor dicha en su oído le hizo estremecer. Después de unos instantes de extasiada contemplación, sus labios se unieron en un beso que nació tierno, creció apasionado y murió con el grito exultante de Carola:

 

—¡¡Gané la apuesta!!

 

Y sus pupilas se vistieron del color del cielo en primavera.

 

A la confusión inicial de Galileo, siguió una punzada de dolor en su corazón. Vio como, al aparecer a Roberto, Carola lo soltaba y, con una carcajada, lo abandonaba a su suerte. Detrás del joven deportista venía toda su pandilla de gamberros que formaban Roberto y sus amigos. Y todo el grupo de pendencieros rompió en fuertes carcajadas ante el pobre Galileo:

 

—¡El excéntrico además es tonto! —decían —. ¡Pues no se creía que Carola iba a enamorarse de él!

 

Abrumado por la vergüenza y afligido por el desengaño, los dejó con sus risas y sus burlas. Cogió su libro y, cabizbajo, se marchó de vuelta a su casa.

 

Ni su padre ni su abuelo se percataron de la herida lacerante que torturaba el alma de Galileo. Y él, al que nadie había enseñado a hablar de sentimientos, fue cerrando su corazón más y más en silencio. Tal vez si hubiera tenido a su lado a alguien que le diese consuelo, hubiese podido dejar atrás el dolor de la decepción; mas nadie acudió a él con el bálsamo que alivia los corazones dolientes. Así que permaneció callado escondiendo su pesadumbre en las profundidades de su corazón. Sólo un día permitió que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Fue una fría mañana de domingo. Cogió unas margaritas del campo y las llevó a la tumba de su madre. Allí, ante el sepulcro de la única persona que le había mostrado amor y ternura, lloró por primera y última vez en muchos años.

 

Fue al comparar su destino con la triste vida que había llevado su madre, lo que le llevó a su “Teoría del círculo del Tiempo”. También ella había probado el amargo fruto del abandono, viviendo sin más amor que el de Galileo. Todo acababa repitiéndose una y otra vez: los hombres estaban abocados sin remedio a sufrir el dolor del abandono. A no ser...

 

A no ser que cerrasen su corazón, como él hizo.

 

Cuando Galileo finalizó sus estudios del colegio, partió a la ciudad para emprender la carrera que habían elegido para él su padre y su abuelo. Durante años y años, brilló, cual si de Sirio se tratase, en el firmamento de las aulas de la universidad. Y, aunque no llegó a intimar con nadie, era respetado por sus profesores y admirado por sus condiscípulos. Se graduó con las mejores calificaciones y se doctoró “Cum laude”. Las universidades del país se lo disputaban y hasta lejanos países llegaba su fama de sabio. Le tentaban con suculentos ofrecimientos de trabajos que hubieran sido los sueños de cualquier físico al terminar sus estudios. Y, tras mucho meditar, finalmente eligió una pequeña universidad situada en una ciudad olvidada, donde, además de impartir clases, le quedaba tiempo para desarrollar su teoría.

 

A los treinta años, su padre y su abuelo le apremiaron para que buscase esposa. Era su deber tener un hijo que continuase el linaje de sabios físicos. Aquel nuevo cometido llenó de inquietud a Galileo. ¿Dónde iba a encontrar una esposa con la que compartir su tiempo y su casa? Le parecía que tal propósito era casi inalcanzable. Y tarea imposible era para él persuadir a una mujer para que se uniera a un hombre que no tenía nada que ofrecer. Hacía tanto tiempo que había renunciado a la intimidad con otras personas, que estaba seguro de que su corazón había muerto el día en que Carola le engañó. Con el paso de los años, su pensamiento había volado a menudo a la tumba de su madre. Creía con ciega fe que su padre no había sabido hacerla dichosa; que la muerte prematura de la joven madre debíase a la tristeza y abandono que acompañaban su vida. Volvió a recordar su sufrimiento, cuando Carola le rompió el corazón y, convencido de estar abocado a revivir una y otra vez el mismo dolor, toda su alma se estremeció.

 

Pese a creer que la búsqueda sería ardua tarea, encontró a la mujer con la que llegaría a unirse a la vuelta de la esquina. Se llamaba Alba y era hija única de un profesor de filosofía al que le encantaba disertar sobre lo humano y lo divino. Los domingos por la tarde, invitaba a tomar el té a un grupo de colegas, entre los que se encontraba Galileo y, durante horas y horas, este erudito profesor elevaba la voz mientras defendía tesis imposibles sobre el sentido de la existencia. Quien le viera sin conocerle, le hubiese tomado por una persona temible e irascible; mas sus alumnos podían dar fe de su carácter bonachón. Su temperamento se encendía con la celeridad de una bombilla y parecía querer avasallar a su adversario con su voz grave y potente; pero, con la misma celeridad, accedía a los deseos de quienes le pedían algún favor por extravagante que fuese, dejándose convencer con historias que sólo un niño creería. No se le conocía más vicio que su hija, por quien sentía debilidad y a la que no hubiese negado ningún capricho si no fuese porque no los tenía.

 

Cuando Galileo reparó en ella, estaba en un rincón del salón atendiendo a las esposas de los profesores que acudían al té de los domingos. Para cada una, tenía una palabra amable, una sonrisa. Las tardes en las que ninguna mujer acudía a tan célebre velada, Alba se sentaba junto a los sabios profesores y, aunque no hablase mucho, escuchaba atentamente los argumentos de unos y otros. Si le pedían su opinión, respondía con sencillez, sin alardear de erudición, mas dando unas respuestas cargadas de entendimiento y saber. Espero que nadie se llame a engaño y piense que Alba despertaba la admiración al conocerla o que rompía corazones con su sola presencia. No. Nada más lejos. Alba no era una flor esplendorosa, reina de suntuosos jardines; era florecilla del campo sin perfume ni color a la que hay que acercarse mucho para reparar en ella.

 

Galileo tampoco se sintió cautivado por los encantos de Alba, pero era la única joven ante la que no se mostraba intimidado, ante la que podía hablar sin embarazo, sin que el rubor tiñera sus mejillas.  Aunque de pocas palabras, cuando estaba con ella surgía siempre alguna conversación acerca de algún agradable asunto. Con frecuencia hablaban de las historias que corrían por la universidad, de las noticias del día o de la música que embelesaba sus almas. Otras veces el joven físico la ayudaba a servir el té, llevándole las bandejas de la cocina al salón. Y, aunque no añoraba su presencia cuando no la tenía a su lado, se acostumbró a su compañía y la idea de hacerla su esposa fue más y más grata a su corazón.

 

Se casaron a finales de abril y a finales de abril del año siguiente vino al mundo su hijo. Como ya ocurriera con Galileo, al nacimiento siguió una discusión entre el padre y el abuelo por el nombre del pequeño infante. Isaac, como el padre de la ley de la gravedad, fue el nombre propuesto por el abuelo; Albert, como el padre de la teoría de la relatividad, el propuesto por Galileo. Y, como ya ocurriera treinta años antes, una moneda al aire decidió el nombre del bebé: Albert.

 

La familia que había formado hubiese podido rescatarle de la burbuja en la que vivía; mas el temor de Galileo a sufrir un nuevo desengaño le llevó a alejarse más y más de su esposa y su hijo. Mientras Albert crecía entre besos y caricias, él se encerraba en su estudio y perfeccionaba su teoría del círculo del tiempo desde las primeras horas de la aurora hasta que moría el día. Su padre y su abuelo partieron hacia el cielo de los físicos casi al tiempo y le dejaron solo en la tarea de resolver complejas ecuaciones. De vez en cuando, despertaba de su ensimismamiento y levantaba la vista de sus gruesos libros. Su mirada tropezaba entonces con un vaso de leche y un plato de galletas junto a un búcaro con lirios blancos. Alguna vez se quedaba dormido de cansancio hasta que le parecía que un beso en la frente le rescataba del mundo de los sueños. Levantaba la vista y sus ojos se encontraban con los de Alba que le tomaba de la mano y le llevaba hasta el lecho. Otras veces, entraba desde la ventana la risa cantarina de un niño. Y, al asomarse, veía a Albert, su hijo, que corría persiguiendo una mariposa mientras Alba lo contemplaba embelesada. Y, pese a sentirse atraído por aquel reducto de paz y cariño, el temor a ser rechazado le hacía retroceder. Así dejaba correr el tiempo alejándose más y más de su esposa y de su hijo.

 

Una noche de noviembre, a escasos días de su treinta y seis cumpleaños, por fin puso punto final a la obra de su vida: La Teoría del Círculo del Tiempo. Hizo varias copias que mandó encuadernar y, cuando ya las tuvo preparadas, presentó una en el rectorado de su universidad y el resto las envió a prestigiosas academias científicas con la vaga esperanza de que se hicieran eco de su obra. Como se le hacía larga la espera, burló su impaciencia escribiendo un artículo tras otro para revistas especializadas de todo el mundo. Los domingos en casa de su suegro, donde seguía asistiendo a las tertulias a la hora del té, permanecía en silencio con la mente distraída en sus pensamientos. Alba, aunque desconocía la razón, advertía la inquietud de su esposo. No le extrañó que hablase poco, pues estaba acostumbrada a su parquedad en palabras, más  le causaba asombro cuando se mostraba irascible si alguna cosa le contrariaba. En esos momentos de irritabilidad, la joven esposa miraba a su hijo, le sonreía y, llevándose el dedo índice a los labios, le pedía que guardase silencio.

 

Por fin un día llegó una carta de una prestigiosa universidad invitándolo a exponer su teoría ante un grupo de eminentes científicos. Tuvo que leer la misiva varias veces antes de comprender lo que en ella decía y, cuando al fin la entendió, no pudo evitar que se le escapara un alarido de alegría. Asustada por el grito, Alba acudió en un instante y encontró a Galileo derramando lágrimas de gozo. Después de varios vanos intentos, consiguió explicarle lo ocurrido. La abrazó y danzó con ella un baile alrededor de la mesa de estudio. Así los encontró Albert que, entre risas, se unió a la pareja de danzarines.

 

El Destino quiso que la exposición de la “Teoría del Círculo” tuviera lugar el quince de febrero, día que se conmemoraba el nacimiento de Galileo Galilei. El joven científico vio en aquella coincidencia un presagio venturoso. Como tenía cinco meses para preparar su intervención, volvió a encerrarse en su estudio desde la aurora hasta el anochecer, sin apenas comer, sin apenas dormir. Pero, esta vez, su trabajo iba precedido de la satisfacción de quien sabe que el esfuerzo será recompensado.

 

El ocho de enero una nueva misiva vino a turbar el alma de Galileo: misiva o paquete, que, por su volumen, por tal podría tomarse. No vio la correspondencia hasta entrada la noche, cuando el silencio se había hecho dueño de la ciudad. Venía del otro lado del mundo en un gran sobre color crema bordeado con filos azules. Acostumbrado a recibir cartas de los cuatro puntos cardinales, abrió el paquete sin darle importancia. Sin ninguna carta que lo acompañara, sin nada que indicase quién era el remitente, apareció un pequeño libro, si es que libro podía llamarse con apenas setenta páginas. Era un volumen encuadernado en piel azul cuyo autor era un reconocido físico alemán con un enorme prestigio que le seguía por todo el mundo y que estaba invitado a la exposición de Galileo. En la portada y con letras doradas, su título: “El tiempo en línea recta”. Al pasar la primera página, se veía la fecha de impresión, exactamente el mismo mes en que terminó él sus estudios acerca de su teoría sobre el Círculo del Tiempo. Con la curiosidad de quien se siente embrujado por los libros, pasó las hojas del opúsculo y fue saltando de unos párrafos a otros. Su asombro, a medida que avanzaba en la lectura, dio paso al estupor y el estupor precedió a un difuso sentimiento de dolor, aflicción o rabia, que de todo hubo. Allí estaba la refutación a su teoría del Círculo del Tiempo, a fórmulas que, durante años y años, le había costado tanto hallar; la teoría que le había robado el sueño y lo había alejado de los hombres. A escasas semanas de presentarla en sociedad, alguien le había enviado aquel librito que demostraba que, casi al mismo tiempo que él, un físico apreciado por todo el mundo científico había llegado a conclusiones que convertían en falsas las suyas. Y alguien que lo sabía había querido avisarle. ¿Para demostrarle que estaba equivocado?, ¿para disuadirlo de acudir a exponer su teoría en la prestigiosa universidad?, ¿para que lo tuviera en cuenta el día de la presentación y supiera que, como ocurriera más de trescientos años antes, no podía enfrentarse a los grandes poderes si no era pagando un precio?, pues ¿quién se pondría de su parte frente a tan célebre sabio?, ¿y si el paquete sólo lo había enviado una persona que lo único que pretendía era dar a conocer el libro? Galileo no tenía respuesta para las mil y una preguntas que se agolpaban en su mente. Leyó, releyó y volvió a leer el opúsculo; consultó sus notas; se desanimaba cuando le parecía que el germano estaba en lo cierto; se animaba cuando la razón parecía estar de su lado.

 

En las semanas que siguieron, a nadie habló de su inquietud. Mas las arrugas que aparecieron en su frente y la desazón que asomó a sus ojos alertaron a Alba de que algo malo le estaba sucediendo. Intentó averiguarlo mediante preguntas formuladas muy seriamente, mediante bromas burlonas, mediante ruegos, sin que Galileo le dijera más que tenía prisa por terminar su exposición. El padre de Alba se negó a participar en las pesquisas de la joven esposa. Para él estaba muy claro lo que le ocurría a su yerno: había de concentrarse para prepararse para el día más glorioso de su vida. Y Alba vio partir en el tren a Galileo una fría mañana de febrero: no como el que asciende hacia el Olimpo, sino como el que se dirige al cadalso.

 

Entró en el Paraninfo de la prestigiosa universidad dejando tras de sí sus temores. El salón de actos estaba repleto de estudiosos y no tanto, que, movidos por la curiosidad, acudían esperando asistir a un espectáculo. Un periódico local había publicado un resumen de la teoría de su rival y se prometía una acalorada discusión entre el célebre científico y el principiante en aquellas lides. En la tribuna ya habían ocupado sus puestos el decano de la facultad y el rector, mas el afamado físico alemán aún se haría esperar. Con una voz clara, Galileo empezó a exponer su teoría ante tan numeroso público y a la mitad de la misma estaba cuando otra voz, rugiente cual un trueno, se impuso a la suya.

 

No le dio ninguna oportunidad de defenderse. Una a una fue rebatiendo las premisas de Galileo con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad. Levantaba la voz al pronunciar las palabras claves de su exposición y señalaba con el índice a Galileo como si quisiera acusarlo de algún vergonzoso delito. El joven físico intentaba defenderse con el argumento de sus fórmulas y buscaba la complicidad del auditorio mediante ejemplos sencillos y amenos. Todo el Paraninfo, sin embargo, se puso de parte del viejo erudito y, como ocurriera muchos años antes, salió de aquel recinto con la sensación de ser el objeto de las burlas de una pandilla de pendencieros.

 

Era noche cerrada cuando abrió la verja que le conducía a su casa. Escrutó en las tinieblas de la noche y apenas pudo distinguir el sendero que le conducía a la escalinata del porche. A su alrededor sólo el susurro del viento entre las hojas de los robles y el ulular de un búho lejano rompían el silencio de la noche, mientras que la casa parecía deshabitada, tal era el sosiego que le envolvía. Un sentimiento de desamparo inundó su pecho. Hacía tanto tiempo que vivía rehuyendo la compañía de la gente, que le pareció que sólo el abandono le esperaba en su hogar. Abrió la puerta de la casa y entró en el vestíbulo. Sus pasos resonaban por el largo pasillo. Al final del corredor, divisó una luz que escapaba por debajo de la puerta de la habitación de su hijo, la misma que fue suya durante su niñez. Desde el interior, se oían alegres voces y susurros. Se asomó sin ser visto y lo que encontró le trajo el recuerdo de otro Galileo. Alba, estaba sentada en el escabel donde, tantos años antes, solía sentarse la madre del joven físico. Entre sus manos sostenía un libro que leía en voz alta; voz que era, junto a la tranquila respiración del niño, el único sonido que se oía en aquella estancia llena de paz. La habitación permanecía casi en penumbra y sólo la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche iluminaba el rostro y el regazo de su esposa. Alba hilvanaba una tras otras historias de países lejanos con palacios de cristal y casas construidas con gotas de agua. Una ola de ternura inundó el corazón de Galileo y todo el amor que dormía en su pecho se desbordó en sus ojos anegados en lágrimas.

 

Entró en la habitación y, en silencio, tomó asiento en la alfombra, entre el lecho de su hijo y el escabel donde estaba sentada Alba. Les dirigió una sonrisa y con su voz clara, la misma con la que había intentado convencer a los sabios doctores, empezó a contar una larga historia que hablaba de hadas de largos cabellos azulados, príncipes que recorrían el mundo en bravos alazanes, princesas de traviesos modales y gnomos que custodiaban tesoros ocultos en las profundidades de la tierra.

 

Y, en aquel momento, el círculo del tiempo se rompió y Galileo pudo bajarse del carrusel en el que llevaba tantos años dando vueltas y vueltas alrededor de su eje y que lo mantenía aislado de los hombres.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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