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9 min
El clérigo ignorante
Suspense |
22.12.14
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Sinopsis

Leyenda mística de un pobre clérigo, ignorante, que solo una misa conocía. Relato inspirado en el poema homónimo de Gonzalo de Berceo.

       En un lejano lugar, de una remota tierra, perdida en la sierra, una aldea había. El lugar era un sitio inhóspito que vivía del arado nuestro de cada día y de sus escasos rebaños. Apenas interés tenía, sus callejuelas embarradas no podían alimentar el mantenimiento de la iglesia que se hundía por momentos bajo el peso de sus numerosas goteras y sus falsos cimientos. Carecía la parroquia de alguien que velase por sus necesidades espirituales y, como nada recibían, nada daban.

En ella encomendaron su labor espiritual a un clérigo de una orden mendicante, de recién cantada misa y que al pueblo serviría. En el Arzobispado preocupaba su situación, que en los caseríos y pequeños lugares, la fe menguaba. La gente desocupaba sus tareas espirituales y los diezmos se acortaban a pasos agigantados, sin poder mantener su devoción a Jesús Sacramentado.

La primera misa de este clérigo fue dedicada a Santa María; sin embargo, la segunda, la tercera y la cuarta allí se repetían. Transcurrían las fechas, con sus tiempos litúrgicos que marcaban la vida de los pueblos, más todos los días eran santos y buenos para alabar a la Virgen María. Pronto descubrieron los moradores de la aldea que aquel hombre era corto de entendederas. Por mucho que pidieron e insistieron, aquel hombre no sabía decir otra misa y la repetía cada día, más la sabía por uso que por sabiduría.

       Los hombres necesitaban conocer la época que vivían y sus cercanías, que anunciasen las siembras, sus recolectas, los festejos locales, sus santos devotos y sus tradiciones por siglos veneradas y alabadas. Las mujeres, duras y agrestes como aquellos lugares, exigían que se rezaran las correspondientes misas con sus santorales, bautizos y devociones. Pero todo le era indiferente para a aquel hombre, corto de sabidurías y más corto todavía en sus conocimientos.

       Los lugareños indagaron y preguntaron en la orden mendicante a la que pertenecía. El superior les recibió preocupado pues imaginaba lo que encima le venía. Cuando sus dudas y quejas plantearon, el fraile les contó que aquel hombre fue un expósito confiado al convento que le vio crecer. Jamás mal alguno realizó, y pasaba horas tan largas como días, delante de la Virgen María. Los votos el joven quiso abrazar, cosa que a ningún hombre se le puede negar. Pero si sus éxtasis marianos eran de un espíritu tan elevado a Dios, poco había aprendido en su formación. Por mucho que intentaron y formaron, por mucha voluntad que el devoto ponía, tan rápido como el conocimiento venía, éste se perdía en el laberinto de sus pensares. Solo repetía con profunda devoción la misa a Santa María.

       Más frailes disponibles no quedaban, los mejores habían partido para las ciudades importantes donde eran más necesarios que en los pequeños lugares. Las quejas que los labriegos formularon al abad fueron ignoradas por la orden. En el hombre no hallaron maldad, tan solo ignorancia y falta de formación, que si bien se la dieron él no la comprendió.

       Los labriegos, molestos por la ignorancia del clérigo y atrevidos en sus decisiones, al Arzobispo presentaron sus lamentaciones. No era justo que solo a la Virgen rezaran todo el tiempo. La fe se perdía en otros santos y devotos patronos; que si la fe se perdía, añadieron malintencionados, el pueblo de la misa huiría.

       Le obispo renegando por lo que el clérigo allí estaba desorganizando, mando de inmediato llamar al subordinado, que no era bueno perder la clientela y los menguados diezmos que aportaba.

       Respetando el voto de obediencia, montó en su borrico para ir a buscar la presencia del señor Arzobispo. Tenía tanto miedo, pues campanadas habían sonado, de lo que el Vicario divino le pudiera decir, que había perdido hasta el color. Vergüenza sentía que corría por sus venas cual río desbordado de continuos fracasos.

       Llegado a su santa presencia, el abad del convento también fue convocado. Sus rostros severos se dirigieron hacia el inculpado. 

– Dime la verdad –dijo el obispo– cuentan que tan corto eres que misa no sabes hacer, ni quieres. No respetas la Cuaresma, ni Pentecostés, ni Adviento y el tiempo ordinario lo vuelves tan vulgar que solo sabes una misa a la Virgen hacer. Homilías no haces y a tu rebaño olvidas hasta en los más pequeños detalles. Próximo a la herejía te encuentras hundiéndome en mil pesares.

El hombre, temeroso y asustado, sin querer faltar a la verdad, estando presente su tutor, a quien no podía engañar, respondió:

–Si falsease mi testimonio, faltaría a la caridad que le debo a su santidad. Querer quiero, mas no puedo, que a la Virgen le debo tanto respeto y amor, que otra cosa no puede salir de mí que su santa devoción.

– Observo que tus hermanos contigo han tenido gran paciencia y siendo ciertos los rumores que no tienes más ciencia que la de cantar una sola misa sin saber hacer otra cosa, declaro que mi sentencia sea que vivas conforme tu creencia. A partir de ahora quedas relevado del encargo de hacer misa diaria. Deberás dedicarte a las tareas de limpieza y mantenimiento del convento que te dio cobijo. Que así sea como lo he mandado y este hombre de hacer misa apartado.

El hombre apenado regresó a los cuatro muros que le habían criado. De sus compañeros burlas y escarnios recibió por no haber sabido cumplir con el mandato encomendado. Tanta vergüenza sintió que en la capilla se encerró y durante días a la Virgen en soledad pidió consejo, pues se sentía indigno y condenado hasta por el propio clero.

Ocurrió que en esas fechas una gran tormenta volcó sus desafueros en toda la comarca. El cielo cubrió las estrellas, y el día en noche se convirtió. Durante una semana no cesaba de llover a raudales hasta tal extremo que los ríos desbordaron sus caudales. Piedras del tamaño de manzanas rompieron cercas, techumbres y mataron sus ganados. La furia de sus truenos atormentó a los vecinos sin descanso, ocasionando tantos males que vieron peligrar un invierno furioso que hasta ellos llegaba sin avisar.

Desde un ventanal de la catedral, el Arzobispo contemplaba la lluvia que tantos destrozos ocasionaba. Peligraban las cosechas, y con ellas se ahogaban los donativos que a sus fueros les debían. Culpando al clérigo de tamaña desgracia, que era el hombre torpe y además gafe, se fue preocupado a la cama.

Los sirvientes, después de servirle algo caliente, le dejaron solo en sus oraciones y en su lecho. Intranquilo despertó cuando el portalón de la ventana cedió y el agua entraba inundando sus aposentos. Prestos los criados limpiaron los desperfectos, mas ya habían salido de la habitación cuando la ventana se volvió a abrir.

En ella apareció la Gloriosa Virgen María, acompañada de un coro de ángeles que daban fe de lo que decía. El religioso, espantado, rostro en tierra cayó pensando que el fin del mundo se estaba acercando. Tras ella truenos y relámpagos incendiaban el cielo abriendo las puertas del averno.

La Madre de Dios, con voz potente, se dirigió al obispo aterrado:

– ¿Por qué fuiste contra mí tan cruel y tan villano? Solo te preocupabas de tus rentas y no de tu hijo a quién más debías haber amado, que por necesitado más amor merecía recibir. Él jamás daño ocasionó, ni a personas ni a rebaños y sin embargo le has ridiculizado y condenado. Cuando cantaba misa cada día, por mí lo hacía. Consideraste que eso era herejía que si se saltaba los tiempos la devoción hacía mí mantenía. Por eso, quedas advertido, que si al clérigo no permites hacer la misa mía, en treinta días tu tiempo en la tierra habrá acabado. Si no cumples mi encargo, al purgatorio serás enviado y allí, además de tus otros pecados, más tiempo pasarás por la ofensa al condenado.

Una vez desaparecida la visión de la Virgen María, mando despertar a la guardia y a un mensajero ordenó que ensillara su caballo para enviar un mensaje al abad. En el mensaje ordenaba que al monje dejase de nuevo misa cantar, que siempre que por la Madre de Dios lo hiciese, dentro de la fe estaba y permanecía. Si algo le faltase al hombre, ya sea en el vestir o en el calzar, que se lo mandara decir, que el suyo mismo le iba a dar.

El pueblo, al enterarse de lo ocurrido, y habiendo cesado la tormenta, acudieron en romería al monasterio del buen clérigo de Santa María. Le rogaron que a la aldea regresara y que hiciera cuantas misas deseara en honor a la Virgen María, que a partir de ese momento el pueblo la recibía como patrona y señora.

Se dice que la cosecha se recuperó de la tormenta. Tanta fue la riqueza que la Providencia otorgó a la pequeña aldea que sus diezmos aumentaron de forma considerable levantando varias ermitas a la Madre de Nuestro Señor, no habiendo oración ni devoción más grande que la de la Santa María Madre de Dios.

 

       El clérigo ignorante.- Miguel Navarro.

Relato inspirado en el poema homónimo de Gonzalo de Berceo.

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