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24 min
EL CORAZÓN DE LOS IDIOTAS
Amor |
19.12.08
  • 4
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  • 4017
Sinopsis

Solo tenía diecisiete años. Rubén, como cada día, había salido cinco minutos antes de clase y había comprado caramelos drácula (eran unos caramelos de fresa buenísimos). Los caramelos drácula eran los preferidos de Silvia. Todos los días el chico se esperaba a que la muchacha saliera de clase para darle uno de sus caramelos preferidos y acompañarla a casa. Vivían en el mismo barrio. Ella iba a la misma clase que él, solo que no coincidían en las optativas, y siempre tocaba una optativa a última hora de la mañana. Rubén la esperaba impacientemente en la salida del instituto, siempre era la última en salir. Finalmente allí estaba ella. Salía quitándose la goma del pelo y dejándose el pelo suelto.
      ─ Toma ─ dijo Rubén entregándole el caramelo.
Esta lo cogió sin decir nada, se lo puso en la boca y sonrió.
      ─ Gracias.
Se pusieron a caminar hacia casa.
      ─ ¿Qué tal te ha ido el día?
      ─ Estoy agotada, hoy no hemos parado de hacer…
Silvia era preciosa. Poseía un cuerpo de ensueño que parecía haber sido diseñado por el mismo diablo y forjado por los ángeles. Rubén quedaba absorto observando sus cabellos dorados refulgentes al sol, sus labios carnosos de color de caramelo, sus mejillas pobladas de unas pocas pecas, sus ojos azules como el mar, como el cielo, como…
      ─…Rubén, ¿me estás escuchando?
      ─ ¿Eh?..., ¡a si! Claro, por supuesto ─ mintió, quizá por miedo a quedar mal.
      ─ Pues entonces estate a las cinco en mi casa, ¿vale? Te necesito.
Silvia se despidió con dos besos y se fue.
>, pensó Rubén. >. Pero no lo hizo y ahora se maldecía por ello.
Rubén llegó a su casa, se tumbó en la cama y empezó a pensar para que la necesitaría.
No tardó mucho en hacerse ilusiones. >. Pronto su mente adolescente empezó a fantasear acerca de la cita.
Se imaginaba entrando en su casa. Allí estaba ella esperándolo en el dormitorio. No llevaba nada más que una minifalda negra y una blusa de gasa transparente donde podían verse sus pezones erguidos. Ella se levanta de la cama y ambos se acercan. Sus bocas se encuentran, se entreabren desafiándose, rozándose los labios amenazantes de comerse unos a otros. Y finalmente se besan apasionadamente jugueteando con sus lenguas mientras él pasa su mano por debajo de la falda. La besa en el cuello y va bajando hasta encontrarse con sus abultados pechos. Ella se deshace de la ropa y se tumba en la cama. Él se acerca y saborea sus pechos lamiéndolos suavemente. Ella acaricia su pelo y dirige su cabeza hacia abajo lentamente mientras su lengua la va recorriendo. Él besa su ombligo, ella sigue bajando su cabeza suavemente, él besa su vientre. Hasta que al final llega a su destino, él la ayuda a separar las piernas y ella presiona su cabeza sutilmente hacia su sexo, entonces él la besa en…
      ─ ¡Rubén, Rubeeeeén! ─ su hermana mayor llamaba a la puerta.
      >.
Rubén volvió a la realidad y se percató del considerable gran estado de excitación que tenía entre las piernas. Rápidamente se tumbó boca abajo en la cama para disimular su alegría, antes de que entrara su hermana que no tardó ni dos segundos en hacerlo.
      ─ ¡Rubén! ─ volvió a llamar su hermana ya dentro de la habitación.
      ─ ¡¿Qué quieres?! ─ le contestó de malas maneras bastante molesto y enojado.
      ─ ¡Joder, nene, que humos! ¿Te pasa algo?
      ─ ¡No! ─ gruñó. >.
      ─ Ha venido a verte Miriam. ¿Le digo que pase?
      ─ Sss…sí ─ dijo algo inseguro. >.
Su hermana salió de la habitación. Rubén se levantó de la cama. Dicen que todo lo que sube baja, pero aquello no tenía todavía la más mínima intención de hacerlo.
Inmediatamente llamaron a la puerta de su cuarto.
Rubén se sentó al instante sobre la cama cruzando las piernas y cruzando los brazos sobre su vientre, ocultando así su dura carga.
      ─ Hola, ¿puedo pasar? ─ dijo Miriam entrando en su habitación muy risueña.
      ─ Bueno, creo que ya estás dentro. ¡Jejejejeje! ─ rió él incómodamente.
      ─ ¡Jejejejeje!
      ─ Y bien, ¿a qué habías venido? ─ preguntó Rubén con toda la naturalidad con la que lo preguntaría un hombre en su situación a una mujer.
      ─ Venía a que me dejaras uno de tus discos de Marilyn Manson.
      ─ Están en ese estante de ahí, coge tú misma el que quieras ─ le indicó señalando con la cabeza.
      ─ Cogeré este mismo ─ cogió uno y leyó el título del disco ─. “Antichrist Superstar”... vaya, que simpático, ¡jeje!
      ─ ¿Sabes? Me sorprende que te guste Marilyn Manson.
      ─ Sí, a mí a veces también me sorprende. ¡Jejejeje! ─ rió entre dientes.
      ─ ¡Jejejeje!
      ─ Y tú… ¿qué tal?
      ─ Bien. Aquí sentado. ¡Jeje!
      ─ ¿Y qué estabas haciendo?
      ─ Pues… ¡escuchaba música!
      ─ ¿Con la mini cadena apagada?
      ─ Sí. Esto… es que se me acaban de terminar las pilas.
      ─ Pero si va a la luz.
      ─ Sí, pero también con pilas. ¡Jeje! Y yo prefiero ahorrar energía.
      ─ ¡Ah!
      ─ Me preocupo por el planeta ─ mintió para tratar de excusarse.
      ─ Bueno, me tengo que ir. ¡Buf! ¡Que calor hace aquí!, ¿verdad? ─ dijo ventándose al escote con las manos.
      ─ Sí ¡Jejeje! ─ soltó una risita temblorosa. >.
      ─ Pues eso. Me alegro de verte.
      ─ Yo también me alegro mucho.
      ─ Nos vemos en clase pues.
Se miraron. Ella estaba esperando a que al menos él se levantara para despedirse. Él la miraba con una inquietante sonrisa en la boca. Hasta que finalmente ella desistió.
      ─ ¡Adiós!
      ─ ¡Adiós! ─ se despidió con una teatral sonrisa y alzando la cabeza.
Por fin Rubén se quedó solo e hizo lo que creyó conveniente.

Eran las cinco de la tarde.
Rubén había salido de casa recién duchado y perfumado hasta el tuétano de los huesos.
El muchacho inseguro, pero feliz, se dirigía al portal de su querida Silvia. Su pobre cabecita cavilaba ilusas razones del porqué de tan esperanzadora visita. Antes de llamar al timbre se paró a pensar.
>.
Suspiró y llamó al timbre.
      ─ ¿Sí?      ─ era ella.
      ─ Soy Rubén.
Abrió la puerta.
      ─ ¿Ya?
      ─ Sí, ya está.
Él no lo sabía, pero sonreía tontamente.
Llegó a su casa. Allí lo esperaba ella con la puerta abierta.
      ─ Pasa ─ le dijo.
La siguió hasta su habitación. La cosa pintaba bastante bien.
Ella lo cogió de la mano, lo miró a los ojos y le dijo:
      ─ Necesito que me ayudes con las integraciones, no me aclaro nada y el examen es dentro de dos semanas ─ dijo al tiempo que señalaba una libreta de apuntes que estaba abierta sobre el escritorio.
En ese momento algo en su interior se removió. Todas sus ilusiones se vinieron abajo y volvió a poner los pies en el suelo. >.
      ─ Por supuesto ─ dijo Rubén con decepción contenida.
      ─ Gracias ─ dijo ella agradecida y dándole un sincero abrazo ─. Eres el mejor, no se que haría sin ti.
Y aquellas palabras y aquel abrazo lo curaron todo.
Rubén le explicó todo lo que ella debía saber. Silvia lo escuchaba atentamente. Con su ayuda ella aprendió a integrar sin dificultad. A él no le hubiera importado tener que explicarle las cosas mil y una veces. Ella lo necesitaba y lo miraba de un modo especial, era admiración, quizás cariño, pero era algo. Se encontraba a gusto.
Ya no se sentía desilusionado.
Se sentía grande.

Muy grande.


Al día siguiente, en la hora del recreo del instituto, Rubén se encontraba en el patio con sus amigos Juan y “el Champi”. El seguía pensando en el día que había pasado en casa de Silvia. En aquellos minutos, en la manera en la que lo miraba, en como le sonreía, en lo enorme que se sentía cuando estaba con ella. ¡Qué bello era estar junto a ella!
Estaba enamorado y pensaba que tal vez debería decírselo, pero aún no estaba muy seguro.
      ─ ¡Qué calor que hace! ─ se quejó Juan sacudiéndose la camisa.
      ─ Sí, sobre todo teniendo en clase a pivones como la Silvia ─ dijo el Champi mirando a Rubén con malicia ─. ¿A qué sí Rubén?
Éste se limitó a sonreír.
      ─ Yo me la tiraría ─ prosiguió el Champi.
      ─ Pero si tienes novia ─ le dijo Juan.
      ─ ¡Y qué! Le pondría una naranja en la boca y le comería el coño hasta que echase fanta. ¡Jajajaja!
      ─ ¡Eres poco imbécil! ─ le espetó Rubén.
      ─ ¡Uy, mira como se pica! ─ dijo el Champi burlón.
      ─ Normal, si te metes con la novia.
      ─ Ya le gustaría a él que fuese su novia.
      ─ ¡Vete a la mierda! ─ dijo Rubén enojado cruzándose de brazos.
      ─ ¡Ye, que te lo decimos de broma! Si sabemos que te mola ─ le dijo el Champi.
      ─ ¿Qué es lo que más te gusta de ella? ─ preguntó Juan.
Sus amigos ya no bromeaban, ahora estaban serios.
Rubén pensó en sus sensuales labios, en sus turgentes pechos, su cadera, su culo…
      ─ Me gusta la manera en que sonríe. Me gusta su mirada, siempre alegre. Me gusta en su manera de actuar, en como camina, en como ríe… no sé. Me gusta. Toda ella me gusta.
      ─ ¡Jo, tío! Pues si que estás colado. Te gusta de verdad ─ dijo Juan impresionado.
      ─ Creo que deberías decírselo ─ le alentó el Champi ─. ¿Por qué no se lo dices este fin de semana cuando salgamos?
      ─ ¿Crees que debería hacerlo?
      ─ Pues claro. Estás seguro de que te gusta de verdad. Si lo tienes tan claro deberías decírselo cuanto antes.
      ─ Sí será lo mejor ─ aconsejó Juan ─. Cuanto más tardes en decírselo y mayores ilusiones te hagas será peor si te dice que no.
      ─ O a lo mejor te dice que sí y habrás estado perdiendo el tiempo por callarte la boca ─ le animó el Champi.
      ─ Seguramente se lo diré, pero no estoy seguro ─ Rubén lo pensó un poco y dijo ─. Si encuentro el momento se lo diré.
El Champi se acercó a él y le puso un brazo sobre el hombro.
      ─ Pase lo que pase nosotros te apoyaremos, así que no te preocupes.
      ─ Si la cosa sale bien beberemos para celebrarlo, y si sale mal beberemos para olvidarlo ─ dijo Juan.
      ─ La cuestión es que este fin de semana vamos a cerrar las discotecas, y si no nos dejan entrar nos colaremos como sea, pero este sábado nos vamos a pegar la gran fiesta pase lo que pase, ¿entendido? ─ le aclaró el Champi ─. Así que sí te dice que no, ¡no me llores! , al menos delante de ella sonríe y aguanta como un campeón. Luego cuando nos vayamos los tres por ahí ya soltarás lo que tengas que soltar.
Rubén sonrió.
      ─ De acuerdo.
      ─ Y si te dice que sí nos alegraremos mucho ─ dijo el Champi dándole un golpecito en la espalda.
      ─ Ya. Lo sé.
Quedaron un rato en silencio y al cabo de unos segundos Juan cambió de conversación.
      ─ Bueno, pero antes del sábado creo que alguien tiene una importante cita mañana ─ dijo mirando a el Champi.
      ─ ¿Qué cita? ─ preguntó Rubén.
      ─ Este viernes mis padres no están en casa y he quedado con mi novia.
      ─ ¡Vaya que calladito te lo tenías! ¿Y que pensáis hacer?
      ─ Hombre, tú que crees.
      ─ ¡Van a esquiar! ─ dijo Juan en tono burlón mientras imitaba a un “esquiador”.
      ─ ¿Y vas a preparar algo especial? Quiero decir, si vas a decorar la habitación con flores o a poner velas…
      ─ No, no, no. Yo paso de esas mariconadas. Lo que voy a hacer es depilarme.
      ─ ¿Las piernas?
      ─ No, los huevos.
      ─ ¡Anda ya!
      ─ Es verdad ─ dijo el Champi mirándolo seriamente ─. Voy a depilarme los huevos y la polla, las piernas ya lo hice ayer.
      ─ ¿Vas a depilarte…? ¡¿Ahí?! ─ preguntó Rubén sorprendido señalándose sus partes.
      ─ Sí. ¿Qué pasa? Lo hace todo el mundo.
      ─ Claro tío ─ confirmó Juan ─. ¿Verdad que a ti te gusta que ellas estén depiladas?, pues a ellas lo mismo con nosotros.
      ─ En el amor hay que ser solidarios ─ le dijo el Champi.
      ─ ¿Y cómo os depiláis?
      ─ Pues con cuchilla ─ dijo Juan.
      ─ ¿Con cuchilla? ¿Estáis seguros?
      ─ Claro que sí. Eso se afeita igual que la cara ─ dijo el Champi, aunque en realidad no estaba seguro del todo.

Si en el amor había que ser solidarios, Rubén no iba a ser menos. Y por supuestísimo, la ingenua mente de Rubén ya estaba concibiendo la depilación como un acto de amor.


Mientras en otro lugar del patio se encontraba Miriam, sentada en las escaleras de la entrada de la cafetería, comiendo palomitas de maíz mientras observaba las nubes. Miriam era una niña bonita de ojos verdes y cabellos oscuros. Ella estaba enamorada de Rubén. Iba a la misma clase y se sentaba justo detrás de él. Desde allí lo observaba y pensaba en él todos los días. Mantenía su amor en secreto, la única persona que lo sabía era Dana, su mejor amiga, la cual llegó en ese instante y se sentó a su lado.
      ─ ¿Qué te pasa Miriam?
      ─ Nada ─ dijo desconsolada.
      ─ Tu visita a casa Rubén no fue como tú esperabas, ¿no?
      ─ Pasó de mí completamente. ¡Nunca me hace caso!
      ─ ¿Pero qué pasó exactamente?
      ─ Fui a su casa. Le dije que iba para que me dejara uno de sus horribles discos de Marilyn Manson.
      ─ ¡Dios! No puedo creer que escuches a ese tío solo para acercarte a Rubén. ¿Y te lo dejó?
      ─ Sí. No puso ningún inconveniente.
      ─ ¿Y después?
      ─ Nada. Estaba muy raro. Estaba ahí sentado en la cama, no se levantó ni para prestarme el disco, me dijo que me lo cogiera yo misma. Ni siquiera se levantó cuando me fui para despedirse. Y eso que iba escotada, hasta traté de provocarle diciendo que hacía mucho calor y me venteé el escote, pero nada. ─ Miriam hizo una pausa ─. No sé… era como si no quisiera verme. Como si le estorbara.
      ─ Tía no te ralles. A lo mejor lo pillaste en un mal día. Ten en cuenta que no le avisaste de que ibas a ir. Quizá le pasó algo y por eso te lo encontraste molesto o raro.
      ─ Puede ser. Pero no sé. Nunca me ha hecho mucho caso.
      ─ A lo mejor es por que no tiene ni idea de lo que sientes por él ─ aventuró Dana ─. Creo que deberías decírselo.
      ─ ¿Cuando?
      ─ ¡Este mismo fin de semana!
      ─ ¿Tan pronto? No sé… creo que a él le gusta Silvia.
      ─ Más motivo aún para decírselo cuanto antes. Así que decida, si ella o tú. Y si no se decide por ti te lo quitas ya de la cabeza, ¡que ya estoy cansada de oírte! ─ le regañó Dana cariñosamente.
      ─ Está bien. Intentaré decírselo este mismo sábado.
      ─ ¡Ah! Y le dices también que no te gusta Marilyn Manson, ¡por favor!
Y ambas rieron.


Al terminar las clases Rubén marchó a su casa.
      ─ ¡Buenas! ─ dijo al entrar.
Pero nadie le contestó. Estaba solo en casa. Rubén dejó la mochila del instituto en su habitación y se dirigió al cuarto de baño. Si tenía que depilarse ahora era el momento.
Cogió la cuchilla de afeitar. Se bajó los pantalones. Primero se depilaría las piernas.
>, pensó.
Se puso espuma de afeitar por las piernas y después empezó a pasar la cuchilla.
>.
Horas después había conseguido depilarse ambas piernas. Había eliminado minuciosamente todos los pelos pero había dejado el cuarto de baño hecho un desastre.
>. A continuación se quitó los calzoncillos y cogió otra cuchilla (otra de tantas). Se quedó dubitativo observando la cuchilla. No estaba seguro de si era buena idea. En ese momento oyó la voz de el Champi en su cabeza: >.
Rubén no estaba seguro de ello, pero por Silvia haría cualquier cosa.
>.
Entonces se puso la espuma y fue pasando la cuchilla poco a poco, con sumo cuidado de no cometer ni el más mínimo corte, sobretodo en la bolsa escrotal. Varios minutos (y varias cuchillas) después finalizó su obra. Finalmente, y ya exento de pelos, solo quedaba una cosa; cubrirse de aftershave. Cogió su habitual loción para después del afeitado y deposito una parte en sus manos. Primero se echaría la loción en los genitales. Llevó ambas manos hacia su escroto, y acto seguido, un terrible llanto de dolor emergió de las profundidades de su ánima.

Al día siguiente, en la hora del recreo, Juan y el Champi esperaban sentados en un banco a que llegase Rubén de su clase. Éste no tardó en llegar. Apareció con cara de pocos amigos y caminando espatarrado.
      ─ ¿Qué te pasa, por qué caminas así? ─ preguntó sonriente Juan.
      ─ ¡Por vuestra culpa! ¡Os voy a matar!
      ─ ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho? ─ preguntó el Champi.
      ─ Me depilé como vosotros dijisteis y ahora me escuece todo. ¡No paro de rascarme! Además me han salido una especie de puntos rojos que parecen granos ─ gimoteó Rubén.
      ─ ¡Buf! Pues menos mal que yo no me pasé la cuchilla ─ dijo el Champi.
Rubén le lanzó una mirada asesina.
      ─ ¿Pero tú no eras el que decía que había que ser solidarios con las mujeres y depilarse? ─ preguntó cabreado ─. ¿Tú no eras el que decía que eso se afeitaba igual que la cara, que no pasaba nada?
      ─ Eso pensaba yo, aunque verás, en realidad no estaba muy seguro. Cuando fui a depilarme lo pensé un poco y al final decidí simplemente recortarme los pelos con unas tijerillas, tampoco es necesario estar rasurado del todo.
      ─ Sí, hay mucha gente que simplemente se arregla y punto ─ apostilló Juan convencido.
      ─ ¿Y eso no lo podrías haber comentado ayer, cabrones?
      ─ Oye, nosotros tampoco sabíamos que tenías pensado depilarte ─ se excusó el Champi ─. Mira el lado bueno, al menos ahora ya sabemos como no se tienen que hacer las cosas.
      ─ Además, si tanto escozor tienes, no tendrás que preocuparte de lo que pase el sábado, ya que sabes que no va a poder pasar nada. ¡Jajaja! ─ rió Juan.
      ─ ¡Sois unos cabrones! ─ dijo Rubén mirándolos furioso ─. ¡Los dos!
      ─ ¡Va, hombre, no te enfades! ─ trató de calmarlo el Champi ─. Lo hecho, hecho está. Si lo hubiéramos sabido no hubiéramos dicho nada. Tú ahora simplemente trata de centrarte en lo que le vas a decir a Silvia el sábado, nada más.
      ─ Está bien ─ dijo dejando escapar un suspiro.


Finalmente llegó el sábado.

Rubén llegó al pub junto con el Champi, Juan y otros dos amigos suyos. Se sentaron en la barra y pidieron una cerveza. El Champi comenzó a narrarles lo bien que le fue el día anterior con su novia. Todos seguían entusiasmados su historia, todos menos Rubén, que preocupado observaba la botella de cerveza a la que daba vueltas y vueltas. Pensaba en Silvia, todavía no había aparecido. ¿Y si no aparecía este fin de semana?; lo intentaría al siguiente. Aún no tenía claro lo que iba a decirle, pero esperaba que las palabras surgieran en el momento adecuado. El Champi se acercó a él, ya había terminado de contar su historia.
      ─ ¿Cómo estás tío?
      ─ Un poco nervioso, pero bien. Todavía no ha venido.
      ─ Tranquilo que vendrá. Estoy seguro ─ dio un trago de cerveza y preguntó ─. ¿Ya sabes lo que le vas a decir?
      ─ No, todavía no. Pero espero saberlo cuando llegue el momento.
      ─ Eso está bien. ¡Y no te rasques tanto los huevos que va a parecer que has pillado algo!
      ─ ¡Es que me pica mucho! ─ se quejó.
      ─ Pues te aguantas machote ─ dijo sonriéndole y dándole una palmada en la espalda.

En esos momentos apareció Miriam. Estaba radiante. Se acercó a Rubén y le dio dos besos.
      ─ ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué haces por aquí?
      ─ Tomando una cerveza. ¿Quieres?
La chica aceptó de buen grado y tomó un trago. En ese momento sonó una nueva canción.
      ─ ¡Ooooh! ¡Me encanta esta canción! ─ mintió, solo era una excusa ─. ¿La bailas conmigo?
Rubén miró a su alrededor, no veía a Silvia.
      ─ De acuerdo.
Rubén salió a bailar con Miriam. Ella se movía realmente bien, con gracia y ritmo, pero sobretodo con mucha sensualidad. Cuando Rubén fue a darle una vuelta mientras bailaban, ella soltó delicadamente su mano y la deslizó hasta cogerse por un solo dedo. Ella siempre daba la vuelta así. Le encantaba porque de pequeña vio una película en la que la princesa y el príncipe, cuando bailaban, daban la vuelta cogidos de un solo dedo. Cuando ella hacía esto se sentía como una princesa.
A Rubén este movimiento le hacía mucha gracia, no era la primera vez que lo veía, ya había bailado en alguna ocasión con ella. Pero esta noche era diferente, ella tenía un brillo especial en los ojos.
Cuando terminó de darle la vuelta ella se acercó. Él pudo oler su pelo. Olía muy bien. Ella lo miró a la cara, en ese momento alguien se acercó dando gritos y la apartó de su lado.
      ─ ¡Miriam! ¡Tía cuanto tiempo! ─ era su prima mayor.
Se abrazaron. Aunque Miriam quería mucho a su prima y se alegraba de verla, maldecía el que la hubieran interrumpido, justo ahora que estaba a punto de decirle a Rubén lo que sentía por él. Cuando por fin se deshizo de su prima, ésta se giró hacia él. Pero Rubén ya no estaba. En ese momento Miriam comprendió que no la quería, había ido a buscar a Silvia.

Silvia llegaba al pub con sus amigas. Venía de un cumpleaños y había bebido mucho en la fiesta. Al entrar trató de ver si encontraba a Rubén, el chico mono que la acompañaba todos los días a casa y siempre le echaba una mano cuando lo necesitaba, pero a causa de la multitud de gente que había y a su estado de embriaguez no lo vio. A Silvia le empezaba a gustar aquel chico y tenía la ligera sospecha de que a él le gustaba ella. Estaba planteándose la posibilidad de insinuársele, de tratar de salir juntos.
En ese momento un chico unos cuantos años mayor que ella, apuesto, alto y musculoso se le acercó. La cogió de la cintura. Ella se dejó llevar. Bailaron. Ella sintió el cálido roce de su cuerpo y se dejó llevar por esa agradable sensación. Él se detuvo, bajó sus manos un poco mas abajo de su cintura, acercó sus labios a los suyos, entreabrieron las bocas…

Rubén por fin encontró a Silvia. Fue a acercarse a ella, pero de repente se detuvo a unos siete pasos de ella. Ella estaba bailando con otro chico. O no. No estaban bailando. Se estaban besando. Se estaban enrollando. Rubén contempló la escena, en ese momento entendió que no tenía ninguna posibilidad, que no había nada que hacer y vio sus sueños rotos. Dio media vuelta y volvió hacia donde estaban sus amigos.
El Champi lo vio llegar con los ojos acuosos y una profunda tristeza en su rostro.
    ─ Ey, ¿qué ha pasado?
    ─ Quiero irme a casa ─ dijo con la voz rota.
    ─ Ey, ¡mírame! ─ dijo cogiéndolo por los hombros ─. Dijimos que pase lo que pase estaríamos contigo. Vayámonos de fiesta y olvidémoslo todo.
    ─ Lo siento ─ dijo sin poderle mirar a los ojos ─. Pero me quiero ir a casa.
Acto seguido Rubén se fue a casa sin decir nada más.
Cuando por fin llegó a su casa, ahí por fin pudo llorar. Y lloró.
Aquella noche ninguno de los tres dijo lo que sentía. Y todos dieron por hecho que el otro no sentía nada.
Nunca volvieron a intentarlo por segunda vez. Lo dejaron correr.

Rubén nunca volvió a enamorarse de otra persona.

Miriam empezó a salir con otro chico.

Silvia salió con muchas personas, pero nunca consiguió tener una relación estable. Nunca encontró a un hombre que la quisiera tanto como ella quería.


Siete años después de aquel día Rubén recibió una invitación de boda de unos amigos suyos.
Llegó el momento de la boda. Él acudió solo. Iba vestido con un traje negro, camisa morada y corbata del mismo color. Llegó el momento del baile. Todos se levantaron, pero Rubén siguió sentado en su silla. Su amigo recién casado se acercó a él y le dijo:
    ─ Fíjate en aquella chica. Es monísima. Es compañera de trabajo de mi mujer y por lo que tengo entendido hace dos meses que rompió con su novio. ¿Por qué no intentas bailar con ella?
El se levantó de su silla y la miró. Enseguida se quedó prendado de aquella chica. Ella era una mujer bonita de ojos verdes y cabellos oscuros. Su mirada transmitía pequeñas y placenteras descargas eléctricas en su estómago. Ella se quedó mirándolo y le sonrió. Se acercaron. En ese momento la banda tocó Resurrection Fern de Iron & Wine.
Entonces ella lo miró a los ojos, aún con la sonrisa en los labios, y le dijo:
    ─ Me encanta esta canción. ¿La bailas conmigo?
Él accedió gustosamente. Bailaron pegados cuerpo a cuerpo. Aunque la canción era lenta ella se separó para que le diera una vuelta. Para ella un baile no era lo mismo si no se daba la vuelta. Cuando Rubén fue a darle una vuelta mientras bailaban, ella soltó delicadamente su mano y la deslizó hasta que quedaron cogidos por un solo dedo. Así dieron la vuelta.
Ella parecía una princesa.
Él no necesitó preguntarle el nombre. En cuanto le dio la vuelta lo supo.

Ella era Miriam.


“Nunca necesitamos encontrar a nadie
 porque ya lo habíamos encontrado.
Pero éramos tan idiotas que no nos dimos cuenta.
Y que idiotas tan felices que somos ahora.

¡Que idiotas tan felices! ”

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