cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

7 min
EL CORREDOR
Drama |
02.06.17
  • 5
  • 1
  • 620
Sinopsis

Una reflexión acerca de como manejamos los retos y los conflictos personales.

EL CORREDOR

Acaba de amanecer. El sol se asoma por el horizonte lamiendo las colinas sobre las que se asienta una urbanización de gente acomodada. Ésta se extiende ladera abajo hasta la playa, donde vemos a Julián haciendo sus ejercicios habituales de estiramiento antes de iniciar la carrera. Nunca fue un deportista asiduo. Quizás algún partido de pádel o algún paseo en bicicleta con la familia, pero nada que le llevara al límite de su resistencia física. Y ahora, tras los duros meses de su divorcio, ha convertido el running casi en el centro de su nueva vida.

Hoy toca carrera continua hasta el Mirador del Cuervo y volver. Unos doce kilómetros con varias pendientes duras en el recorrido. Inicia la marcha, como siempre, ataviado con ropa deportiva cómoda y unos auriculares conectados al móvil. Las sensaciones en sus dos primeros kilómetros son buenas, muy buenas. Y piensa que puede ser una oportunidad para bajar su marca personal. Acelera un poco la marcha al ascender la primera cuesta, animado por la melodía de una pieza de música africana cuya percusión marca el ritmo de sus zancadas.

Corre contento. Esa noche tiene una cita con una antigua compañera de trabajo. Y mientras corre medita sobre que va a ponerse, sobre el lugar a dónde la va a llevar a cenar y amaga una sonrisa cuando valora si tendrá opciones de hora feliz después de los postres. Saluda a un joven colega de fatigas que corre muy rápido y con la misma rapidez desaparece, dejando que Julián se zambulla de nuevo en sus pensamientos.

A sus cincuenta y dos años aún se ve con posibilidades como para rehacer su vida y volver a encontrar ese equilibrio que tanto añora. Semanas atrás aceptó una importante oferta laboral. El divorcio al fin ha quedado atrás. Considera la relación con sus hijos como aceptable después de muchos vaivenes. Y por qué no decirlo, siente que conserva cierto gancho con las mujeres. Pero, joder, llegar a todo esto no ha sido fácil, piensa, mientras un atisbo de amargura surge de entre esos recuerdos.

En honor a la verdad, puede decirse que el running ha contribuido a ello más de lo que él es capaz de admitir. Hace solo siete meses Julián vivía literalmente escondido. Abandonado. Huido de su pasado y de sí mismo. Hasta que un buen día, hastiado de tanta desidia, se calzó unas zapatillas y comenzó a correr. Y no ha dejado de correr un solo día hasta hoy.

Ha completado más de las tres cuartas partes del entrenamiento y sus sensaciones son inmejorables. Mira el reloj y no se cree su tiempo va camino de ser el más bajo de aquellos doce kilómetros y eso lo anima a subir un poco más el ritmo. Ya queda solo una de las pendientes más duras. Es cuestión de superarla a buen trote y luego bajar a la playa a todo tren, se dice. Ese es el plan.

A Julián le gusta hacer planes. Siempre le gustó. Podría decirse que lo lleva en los genes. Es algo que por sí mismo no es malo. Salvo que lleves esa tendencia a un terreno que no sea el tuyo. Y claro, eso no es algo que acepte de buen grado todo el mundo, en especial su esposa, lo cual terminó por romper el matrimonio. Tu problema es el control. Todo tienes que tenerlo bajo tu control, le reprochó su mujer la última vez que hablaron sentada junto a abobada.

Imágenes perturbadoras del pasado afloran a su mente de forma súbita justo cuando ataca la cima. Intenta no dejarse amedrentar, aprieta los dientes y aumenta el ritmo un poco más. Pero las emociones que han despertado esos recuerdos empiezan a pasarle factura. Una emoción prevalece sobre el resto: el miedo. Siente como le flaquean las piernas, cómo la visión se le nubla y el aire que mal respira no oxigena ni sus músculos ni su cerebro. Siente como ese miedo paralizante lo detiene y lo hunde en el fracaso. Y ahí surge la rabia. Detesta el fracaso. Detesta la humillación de sentirse fracasado. Lo odia. No puedo fracasar, se grita a sí mismo. No puedo. Toma aire con fuerza y se empuja hacia arriba en un intento de desbloquear la parálisis a la que le está sometiendo aquella sensación. Siente aún más dificultad para respirar, pero no cede en su ritmo de carrera.

Un todoterreno hace sonar su claxon antes de adelantarlo a escasos centímetros. Y luego se oyen las risas de dos jóvenes que desaparecen diluidas bajo el rugido del motor. Cabrones, farfulla Julián.

La cima se le antoja cada vez más empinada y las fuerzas cada vez más exiguas. Tengo que batir esta puta marca, se dice. Tengo que hacerlo. Llega a la cima dentro de un tiempo ajustado pero suficiente como para superar su marca. Ya le queda menos de un kilómetro.

Corre así solo cinco minutos más y lo habrás conseguido, se dice. Todo en su mente se revuelve, recuerdos, emociones y sensaciones. Todo dentro de una maraña entre la que resurge una idea. Tengo que batir esta puta marca. Debo conseguirlo. Y comienza un sprint a todo lo largo del paseo marítimo que a esa hora comenzaba a poblarse de ancianos y paseadores de perros.

Un chica joven que se anuda las zapatillas se le queda mirando sorprendida. Pero a él no le importa ya nada ni nadie, solo le importa esa puta marca y el puto fracaso si no lo consigue. Y corre hasta alcanzar la barandilla sobre la que ejecuta sus ejercicios de estiramiento tras las carreras. Mira el reloj entre jadeos y una sensación de alivio se apodera de él.

Lo conseguí. A joderse puta marca. Te crees que ibas a poder conmigo, se dice mientras intenta recuperar la respiración. Ha bajado casi un minuto su mejor registro. No lo puede creer. Está emocionado. Jadea con una dificultad inusual y empieza a sentir mareos y nauseas. Se sienta en el suelo y se lleva las manos al pecho. La chica que se anudaba las zapatillas se le acerca y lo mira inquisitiva. Se encuentra bien, le dice al fin. Julián antes de contestar pierde el conocimiento.

Es trasladado de urgencias al Hospital. No obstante, el equipo sanitario que le atiende en la UVI móvil no puede hacer otra cosa que certificar su muerte.

Julián ya no podrá cenar esa noche con su antigua compañera, ya no podrá volver a correr, ni batir ninguna marca personal. Ya no podrá volver a sentir. Ni alegría, ni ira, ni miedo. Ya no tendrá que huir, ya no tendrá que odiar sentirse dominado por el fracaso.

Julián aprendió tarde, que huir, siempre de algún modo, nos mata.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta