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16 min
El creador de piedras
Fantasía |
31.12.14
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Sinopsis

Así es como me imagino que debe ser la magia. Sencilla y dura.

            Wyrrn se remangó antes de meter las manos en el frío río. Se descalzó y fue dando saltos entre las piedras hasta llegar a la mitad del río, donde se sentó. Iba allí con un propósito, pero por un momento lo olvido. Tan solo cerró los ojos y dejó que el agua corriera por entre sus dedos mientras una sonrisa tonta afloraba en su cara tempranamente envejecida. El día era soleado en el barranco. El agua corría imparable y un frío suave invadía sus muslos sobre la piedra mientras un frío distinto e intenso lamía sus manos.

            Sin saber cómo, se puso a reír solo. Echaba de menos esa sensación. Acabó soltando un suspiro, abrió los ojos y se dejó llevar por la tarea.

            El río horadada la ladera de las dos imponentes montañas sobre la que antaño se había erigido el gran puente de piedra hasta la ciudad en la montaña. Pero eso fue hace ya tiempo. El puente cayó, y el río permaneció allí, rascando lenta e inexorablemente el perfil cada vez más hondo del escarpado precipicio gris. De mientras, el río había ido engullendo todo cuanto caía a su paso, devastándolo hasta lo minúsculo.

            La tarea de Wyrrn no era sencilla, y le llevaría mucho tiempo. Días, quizás semanas. Podía hacerlo acompañado, y acabaría probablemente antes, pero prefería hacerlo solo. Nadie como él hablaba con las piedras de aquella manera, se decía.

            Al cabo de poco más de diez minutos, ya tenía las manos rojas y entumecidas, y sentía como se iban endureciendo mientras acariciaba cada minúsculo grano de arena en el fondo del remanso formado por la inmensa piedra en mitad del camino.

            Tardó menos de lo que el mismo esperaba. Uno de los granos parecía ser el adecuado. Con total despreocupación y el ímpetu de la adolescencia, se metió hasta los tobillos en el agua para coger con la delicadeza que requería aquel grano adecuado. Agarró un pequeño puñado, y con cortesía, fue disculpando a los otros granos de arena y a las piedrecitas por haberlas sacado de su lugar.

            Wyrrn puso la mano del grano al Sol. Brillaba como el cristal mientras unas gotas gélidas se adentraban por la manga hasta el sobaco. En aquella posición, se puso a hablarle a la minúscula piedra: “vaya vaya, ¿eres tu de verdad? Cantas con mucha dulzura, pero muy flojo alrededor de las demás. Tus otras partes te han estado buscando desde hace mucho, ¿sabes? No es tu culpa, claro, pero veo que te has encontrado a gusto todo este tiempo aquí abajo. Si me lo permites, te llevaré con las demás…

            Durante unos instantes, el joven anciano ladeó la cabeza y frunció su arrugado ceño mientras hacía una mueca acompañada de un asentimiento: “lo comprendo, no importa”. Volvió a dejar las manos en el agua, dejando caer el granito y se sentó en la piedra, esta vez sin vigilar no tocar el agua. Ya estaba metido de lleno, así que se puso a mirar curso arriba, con Sol a su espalda, las piernas en el agua y los brazos apoyados tras el cuerpo, como hacía tantos años atrás.

            Estuvo así cerca de media hora, viendo como la sombra iba haciendo filigranas por las escarpadas mellas de las paredes del río. Luego miro al remanso y sonrío. La música del agua había cambiado, las piedras ya no gritaban ajetreadas en la despedida, pero ahora muchas empezaban a llorar. Wyrrn se puso de nuevo en pie y repitió la operación. Con el grano en la mano, volvió a mirar hacia Sol, cada vez más bajo y dijo: “no muchas como tu se hacen querer tanto en tan poco tiempo. ¿Cuánto ha pasado desde que te desprendiste, diez años?... Oh, disculpa… cómo pasa el tiempo… doce ya. Estoy perdiendo la cuenta…jeje… deja que te enseñe las otras partes.

            Wyrnn fue dando zancadas seguras por el agua hasta salir sobre un lecho pedregoso. Allí tenía su pequeña tienda de viaje y unas ramas preparadas para la hoguera. Junto a la madera había un saco de grano lleno de arena y piedras de distintos tamaños. “Te dejo aquí. Tendréis mucho que contaros”.

            Estaba empapado. Les dejó su tiempo a solas. Se sentía entumecido. Tan rápido como le permitió su cuerpo tiritante, agarró el pedernal y el yesquero y prendió los matojos que había bajo las ramas. Cuando el fuego cogió forma, se desnudo y se secó con una manta. A Sol todavía le quedaban dos horas, quizás, para caer entre la brecha de las montañas, y Wyrnn se sentía satisfecho. Sin vestirse de nuevo, se acerco al fuego y dejó que el calor le recorriera el cuerpo. Tras ello, giró bruscamente la cabeza hacia el saco. Fue corriendo hacia él. Miró el punto exacto donde había dejado el grano y aguzó el oído. Intermitentemente miraba y ponía la oreja, asintiendo con la cabeza mientras se mecía su barba rala. “¿Sí? ¡Qué gran noticia! Espera, le buscaremos.” Agarró con sumo cuidado el granito con una mano mientras con la otra iba removiendo el contenido del saco. En seco freno y miro a su mano “¿es él verdad? Quiero decir, eres tu…”

            Una sonrisa afloró en su cara, una sonrisa que hacía que entrecerrara los ojos y se le hincharan los pulmones. Una lágrima escapó por la comisura del ojo. Era como el amor de haber encontrado de nuevo a un hermano que dabas por muerto.

            Agarró otro grano con la otra mano y los mantuvo a ambos con el índice y el pulgar muy cerca el uno del otro. “Entiendo”, dijo. Movió la posición de la mano derecha y fue acercando lentamente la izquierda mientras musitaba algo en un tono muy bajo. Los dedos se tocaron y con ellos, los granos de arena. De repente sintió un gran calor a la vez que un escalofrío. Estas cosas no ocurrían a menudo, pero le agotaban.

            Entre las manos ahora solo había un grano. “Parece que todo ha ido bien, ¿no crees?” dijo a la piedrecita en su mano.”…” “Oh, si, disculpa el atrevimiento… mejor en otro momento”. Se sentía agotado; cuando se quiso dar cuenta, los últimos rayos de sol solo se podían discernir en lo alto de las copas de los pinos situados en lo alto de los acantilados, y el seguía desnudo. Un escalofrío recorrió toda su columna. Debía llevar mucho tiempo con las piedras. Debía vestirse, y avivar el fuego, del que tan solo quedaba una débil llama.

            Al oscurecer Wyrrn se comió unas bayas que había encontrado de camino, en el paso hasta el lecho de piedras y durmió intranquilo un par de horas, hasta que se despertó sobresaltado. Oía como del saco de piedras salían centenares de voces pidiéndole que se lanzara al agua.

            Él apenas pudo sobresaltarse cuando estaba en el agua, faltandole la respiración. No había tiempo de pedirle permiso a otros guijarros. Y pronto encontró lo que buscaba.

            Esta había quedado atascada en el lecho, río arriba, y hacía unas horas se había desprendido, cuando un salmón aleteó y golpeó las piedras a su alrededor.

            Se sentía pletórico, cansado y a la vez agotado. Apenas tuvo unas palabras con la piedra, que era de un tamaño considerable. La dejó en saco, se cambió los calzones mojados y volvió a sus mantas, pero apenas pudo dormir. Sentía como de todo el saco salían voces eufóricas. No lo dijo, pero penso que a veces aquel don era tempestuoso. Pero en el fondo se alegraba.

            Se levantó y se dirigió al saco. A pesar de estar medio dormido y agotado, pronto lo comprendió todo. Muchos granos podrían volver a casa por fin. Nadie más podría oírlo, pero reinaba la euforia.

            Wyrnn hizo un esfuerzo tras otro. Debía encontrar las piezas adecuadas, lo cual no era complicado, pero requería primero entablar de nuevo una conversación con cada piedra, conocer su historia particular, su nombre y su alma pura. Luego debía encontrar aquellas que coincidieran mucho y poco al mismo tiempo. Debía buscar una piedra que fuera distinta a la primera, pero a la vez fueran la misma (pero no idénticas). Tras ello llegaba lo complicado. Juntarlas requería tiempo, y dedicación, y le dolía pensar que lo que hacía allí, en aquel momento, hacía que en otro lugar otras piedras se desprendieran. Pero sabía que era por una buena causa. Estas piedras jamás debieron ser separadas.

            Repitió el proceso. Agarró un grano y lo observó contra el fuego “entiendo” “vaya, que triste” “se cómo te sentiste” iba diciendo. Tras ello mantuvo el brazo en alto mientras que el otro brazo se introducía hasta el codo en el saco. “¿Tu entonces? No podría estar más seguro”. Esta vez se acercó al fuego, se sentón y volvió a recitar sus balbuceos. Al acabar le dolía la cabeza. Tosió, y vió que debía poner de nuevo leña en el fuego. Pero primero lo primero… Solo había una piedra. La escuchó unos minutos y luego sonrió “me alegro”.

            Así pasó cerca de tres días, hasta que la comida empezó a escasear. Wyrnn no requirió volver a adentrarse en el río a por más hermanas, aunque sí lo hizo en un par de ocasiones para despejarse. Aquello le resultaba agotador. Las piedras empezaban a ser considerables, y entre ellas se oían alaridos de victoria. Pronto podrían volver a estar donde debían. Todas sabían que no había sido su hora aún.

            Wyrnn hizo el petate y se disculpó de las que todavía no había podido unir. Le parecía increíble. Cerca de seis años habían pasado desde que le encomendaron recoger las piedras y doce desde que cayeran… y en menos de una semana, había llenado un saco y había podido unir muchas de ellas. Nunca antes había sido tan rápido y eficaz.

            No fue difícil recoger las lonas y mantas. Comida no quedaba. Ya cogería vayas y raíces, y en la posada de camino al castillo sabía que le apreciaban.

            La marcha empezó. No recordaba que fuera tan duro subir aquella cuesta del acantilado. El camino era estrecho y a veces debía escalar. Las piedras a su espalda le pesaban más a cada colecta, y sus huesos ya estaban achacosos.

            Wyrnn no se quejaba. Tampoco tenía quien lo oyera, excepto las piedras; pero ellas tenían sus propios problemas.

            Pasaron dos días hasta que llegara a la posada de madera y ladrillo en el cruce de caminos, cerca del barranco. La niñita, Olga siempre le recibía con entusiasmo y le hacía ir a la posada mientras le llevaba de la mano. Su madre, Offelden siempre le obligaba a sacarse el saco por mucho que el no quisiera. Se sentía achacoso como para replicarle. Y encima ella siempre esta riñéndole:

            -Viejo Wyrnn. Cada día estas peor y cada vez traes sacos más grandes. No se que les dirás a las piedras, pero deberías dejarlo.

            - Déjalo Offel. Ya son muchos los años que he invertido en esto, tanto yo como los otros. Cada vez queda menos.

            - Wyrnn, cariño, no ves que esto te va a matar.

            - Cumplo mi cometido, qu…

            - ¡Tu cometido! Anda, calla… te conozco desde que ambos éramos críos. Nacimos con menos de una Luna de diferencia. Y mírate. Jamás he visto a alguien tan anciano y mientras, yo tan solo espero a mi segundo hijo. Por los dioses. Deberías rondar los veinte y pareces más viejo que el mismísimo Odín.

            Wyrnn bajó la mirada, resoplando.

            - Offel, por favor. No quiero volver a discutirlo. Ya debe faltar poco. Pronto podré dedicarme a otra cosa…

            - Wyrnn. No sabéis ni cuánto os queda. Hace siglos que nadie aparte de vosotros vais por allí y nadie comprende porque seguís yendo. Y aunque acabaras, no se a que podrías dedicarte, ya estas anciano y abusas de tu don, si es que puedes llamarle don.

            Wyrnn sabía que Offelden tenía razón, pero no quería seguir discutiendo.

            - Por favor, solo te pido una habitación. Si hemos de seguir discutiendo seguiré el camino hasta el castillo hasta que aguante.

            - Si los dioses siguieran con vida acabarían con lo que sea que haya ahí arriba. Tenlo seguro. Duerme esta noche aquí, por las barbas del grandioso. Acabarás muerto.

 

            A la mañana siguiente se despidió de Offel como pudo. Últimamente no le soportaba, y sabía que poco tiempo más duraría su hospitalidad si seguía negándose a parar.

            Tardó tres días más en llegar. El gran portón era minúsculo en la montaña. Una muesca, una hendidura que se hundía hacía las profundas oscuridades. El puente que llegaba hasta la montaña debió de ser inmenso en su día, ancho como el río al llegar al mar y largo como la misma montaña, creado por los mismísimos dioses. Otros reparadores a lo largo de los siglos habían ido reconstruyendo el puente, que cayó cuando los dioses prohibieron a los mortales la entrada al castillo tras el tiránico reinado de un hombre trastornado hasta lo monstruoso.

            Apenas se podía andar por el puente. Un estrecho pasillo a un lado que se había ido reconstruyendo a lo largo de los siglos, como el resto del puente era la única entrada.

            Wyrnn dejó en el suelo su saco y fue colocando las piedras en los sitios en los que parecían encajar. Era un trabajo agotador, pero al colocarlas, se sentía aliviado, como si hubiera perdido un peso en lo profundo.

            Se pasó allí cerca de dos jornadas, entre el día y la noche, el frío de los días y las heladas de la noche. Pero no podía descansar a las puertas del castillo. Debía trabajar.

            Aún así, solo consiguió colocar un puñado de las piedras que llevaba encima. Las otras las volvió a guardar y se adentró con ellas por los escalones y el portón hasta el gran salón oscuro del interior, lleno de runas apiladas por todas partes.

            Éste, estaba lo suficiente profundo como para que no entrara jamás luz del exterior, y la única luz que lo alumbraba era una antorcha que siempre se había mantenido prendida en una de las columnas de ónice. Esta antorcha dejaba escapar un juego de sombras bailarinas por toda la sala. Excepto una. En el trono al final de la sala una sombra se mantenía quieta e inmóvil, sin salir de ningún sitio, pero siempre al acecho.

            -Ha sido una gran colecta. Pronto estará terminado el puente, mi señor.

            - ¡No te burles de mí, simple mequetrefe! Soy solo un rey de runas traídas de millones de sitios. Reconstruye el puente como hacen los demás y deja lo que sobre aquí hasta que pueda unirse. La vida de todos los reparadores me pertenece ahora y después de muertos hasta que el puente esté acabado de nuevo. Que los dioses lanzaran la maldición fue vuestra culpa. ¡Devolvedme lo que me pertenece!

            Una oleada de frío viento sacudió la sala, levantando una nube de polvo desde el trono hasta el gran portón y arrastrando a Wyrnn a su paso.

A Wyrnn le temblaban los labios. En la presencia del gran rey no pensaba, no hablaba. Tan solo obedecía. Hizo una reverencia, se giró, y se fue notando como algo le obstruía la garganta y le temblaba todo el cuerpo.

            Cuando hubo cruzado el puente, cayó de rodillas y se puso a llorar. Allí fue cuando se dio cuenta. Las piedras en realidad eran muy desafortunadas. Les prometían volver a su lugar, pero en el gran salón había demasiadas. Muchas deberían haberse unido entre si hacia décadas, pero tenían miedo, y ellas no se veían ligadas al gran rey, así que sencillamente no se unían por mucho que se les gritara, obligara o suplicara. El gran rey no quería verlo. Tan solo pensaba que algún día se juntarían con otras. Jamás se terminaría el puente… Pero el tenía la obligación. Debía reparar. Era su cometido, su don. El gran rey se lo ordenaba.

           

            Así que pocos días después, un Wyrnn más viejo todavía se remangó antes de meter las manos en el frío río. Se descalzó y fue dando saltos entre las piedras hasta llegar a la mitad del río. Se sentía triste, pues Offel le había prohibido entrar de nuevo en la posada y a la pequeña Olga le habían prohibido verle. Pero metió las manos en el río y volvió a sentirse vivo por unos segundos, lejos de las cadenas de la obligación.

 

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