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35 min
EL CREPÚSCULO DE ALICIA
Drama |
06.07.14
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Sinopsis

Una terrible historia de amor, obsesión y muerte. !La realidad!

 

Se llamaba Alicia Beltrán, era una bonita muchacha de ojos azules; esbelto y hermoso cuerpo virginal de sirena adolescente––con trece abriles, aparentaba la edad de una chica de dieciséis años––dé talle flexible y mejillas sonrosadas, y una blanca piel, tersa y sedosa como la cera más fina y perfecta, que contrastaba con sus rizados cabellos negros, esparcidos casi siempre sobre sus finos hombros alabastrinos. Desde la infancia su belleza había repuntado con halagos de sus familiares y las tiendas de ropa. Alicia tenía una tía que era cantante regional. Está contaba con amigos entre diseñadores, y en las vacaciones de verano llevaba a su bella sobrina a la bulliciosa ciudad de México, para que modelara ropa en catálogos de modas locales.

A pesar de ser modelo en sus tiempos libres, la niña siempre se había mostrado responsable y obediente ante sus padres, y humilde y amigable ante sus amigos. A veces, cuando le ganaba la emoción, sacaba del viejo buro, la revista donde aparecía vestida, con diferentes prendas originales, y junto con sus alegres amigas se imaginaban en elegantes fiestas, vestidas con esos ropajes caros y ajustados. Más nadie le envidiaba, pues ni ella misma usaba ese tipo de vestidos de pedrerías superficiales. Ella provenía de una familia de escasos recursos, su padre obrero en una empresa que elaboraba bolsas de plástico, casi no estaba en casa, y la madre simplemente ama de casa.

A los diez años, quizá no era de las más aplicadas en la escuela, incluso reprobó y repitió año, en quinto grado de primaria. Como consejos recibió regaños y uno que otro insulto inocente, que se le escapo a su madre, pero a partir de ese día se propuso ser de las más estudiosas, y lo consiguió; en los dos años que siguieron, estuvo en la escolta y en el cuadro de honor. Se gradúo a los trece años, el 15 de julio del 2003... Su madrina fue la tía Carmen que le regalo un bolso de marca. Al tenerla entre sus manos, Alicia reboso de alegría y repartió besos a cuantos encontraba en casa.

Un mes después faltaba una semana para entrar a la secundaria. Y  no había día en que no dijera a sus padres todo lo que necesitaría para sus estudios. Ellos sólo le decían: no te preocupes hija, el domingo te lo compraremos. Ella respondía con muchos gritos infantiles y besos en las mejillas. La semana transcurrió como un suspiro, y rápidamente llego el día esperado. Una vez aprovisionada de los útiles escolares, y todos dentro del bolso, que le había regalado la tía Carmen. Se acostó––unas horas antes de la víspera––tan ilusionada para comenzar ese nuevo mundo, que le esperaba el siguiente día, en la nueva escuela.

A la siguiente mañana, sonriente y risueña caminaba por la acera del parque, vestida con una falda escolar plisada, azul claro y una blusa blanca como la nieve de botones transparentes. De repente, detuvo un momento el paso. Le llamo la atención, un andrajoso y calvo hombre que vendía periódicos, iba montado en una vieja moto, que rugía como un león sin dientes. De la bocina, ubicada en la parte de atrás, brotaba una escandalosa, grave y siniestra voz, anunciando la muerte de una jovencita. “Se ha envenenado con veneno mata ratas…porque el novio la dejo,” gritaba, mientras las paredes y las bardas de las casas, al instante le respondían, produciendo un sombrío eco macabro. Alicia, inocente de la inmundicia del mundo, se estremeció al escuchar semejante monstruosidad de quitarse la vida. Con paso rápido y con los dedos en los oídos, atravesó la calle, y se alejó para dejar de escucharlo; cruzó dos cuadras y al dar la vuelta, apareció ante sus ojos la nueva escuela, donde pasaría los tres años futuros. Era un edificio escarlata de dos pisos, “Escuela Secundaria General," se leía arriba en la fachada, escrito con grandes letras negras. Al frente un estrecho patio asfaltado, donde los estudiantes jugaban a la pelota en el recreo.

Las aulas de los grupos de primer y segundo año, estaban en el segundo piso.  Alicia bajó las manos sorprendida, por la suntuosidad del edificio, y subió despacio las gradas de mármol, con la vista anhelante y caprichosa. Y pronto se encontró caminando en el estrecho pasillo. Muchos alumnos estaban apostados en la balaustrada del balconcito. Inmediatamente se dio cuenta de que le miraban con ojos desvergonzados, principalmente los barones, como si desearan comérsela viva.

El sol fulguraba con rayos de oro, en la tranquila y hermosa mañana. Los árboles que en primavera cobijaban al edificio escolar, dándole sombra y frescor, ahora estaban las ramas desnudas y silenciosas. A sus pies centenares de hojas secas y amarillentas las barría el viento, arrojándolas con ímpetu contra el esquelético barandal del estrecho jardincillo.

Una vez llegado al final del pasillo, sacó una libreta del bolso de cuero que llevaba al hombro, recargo la espalda en la barandilla, y busco entre las blancas páginas el recibo de inscripción, donde se mostraba el número del aula. De repente alguien paso y, con el codo del brazo le movió la libreta que tambaleo entre sus blancas y bellas manos, cayendo al piso y dejando escucharse un áspero chasquido. El chico se volvió ¡porque era un chico! e inclinándose recogió la libreta.

––Disculpa. Aquí la tienes––dijo mirándola fijamente.

Alicia se sonrojó y no supo que decir. El chico alto, delgado y bien parecido, le pasó lo mismo, o al menos es lo que creyó Alicia. En un silencio de segundos se contemplaron como hipnotizados. Él había quedado como un lobo prendido de su belleza, y ella le contemplaba atónita, sonrojada y tímida. Después el chico agacho la cabeza y vio el recibo escolar tendido en el piso. Lo recogió.

––Es el aula 2––exclamo.

––Si. Gracias––contesto Alicia. Mientras en su inocente semblante se mostraba una sonrisa de agradecimiento.

––Bienvenida a la secundaria––dijo el chico.

––Igualmente.

––Bueno. Yo voy en el tercer año. Sólo que vine a ver, si ya había llegado un amigo.

–– ¡Ah!…claro.

––Si. Mi nombre es Manuel––dijo, mientras le tendía la mano.

––Alicia.

––Mucho gusto Alicia. Algo me dice que seremos muy buenos amigos––dijo Manuel, sonriendo.

Alicia no le dio tiempo de contestar. En el instante, en que se rozaban las manos, sonó la campanilla, y todos los estudiantes entraron a las aulas. Manuel bajó corriendo la escalera y Alicia con su rostro feliz, entro en el aula 2, y se sentó en primera fila, pues la mayoría de los chicos se habían acopiado de los pupitres de atrás. Y estos eran más que las chicas.

Terminada la jornada escolar, llegó a casa sonriente, tal como había salido en la mañana, le platico a su madre todas las experiencias vividas, reservándose el percance con el chico para al final. La madre, conforme su hija le contaba lo sucedido, volvía el rostro y le miraba con ojos inquietos y con cierto aire de enfado, hasta el punto que Alicia se arrepintió de habérselo contado.

––Hija. Cuidado con ese chico––dijo la madre––Tú eres apenas una niña––Añadió.

–– ¿Por qué mamá? Pregunto con voz inocente, Alicia.

Un terrible silencio, atravesó la  conversación como una espada maligna que desgajo las palabras, que explicarían la curiosidad de Alicia. La madre no se había dado cuenta de que su niñita, su pequeña Alicia se estaba convirtiendo en una señorita. A sus trece años buscaba, no un amante, sino un padre, un guía, un Merlín familiar que le diera consejos para conocer la fría y aciaga naturaleza de este mundo, y así, sobrevivir a la jauría de lobos acechantes y hambrientos.

––Ve a hacer tu tarea––fue el único consejo––y no hagas más preguntas––le recrimino con aspereza.

Alicia obedeció, entro al cuarto, y después de quitarse el uniforme sé tumbo en la cama boca arriba. Con la mirada  fija en el techo, permaneció unos minutos, a veces sonriendo y hablando sola entre suspiros. Un rato después llego su padre y comieron pollo asado. Rieron alegremente y él conto todo lo que le había pasado en la empresa. Alicia también deseaba contar su anécdota, dirigía furtivas miradas al rígido semblante de su madre que la contenía, y estaba ansiosa por contarle a su papá aquella extraña sensación que sentía en el estomago, ese algo que le hacía dar suspiros y pensar en el extraño chico de la mañana. Sin embargo, creyendo que le respondería al igual que su mamá, se abstuvo, y permaneció callada, anhelante por descubrir por si sola el extraño mal, que le empezaba a aflorarle en las entrañas.

Al siguiente día por la mañana sé levanto como de costumbre. Al llegar a la escuela todo seguía igual, nada había cambiado; los árboles, las banquetas y la escalera de caracol finamente construida por la cual subió. Se sentó en la orilla del aula, deseaba pensar y buscar respuestas en sus pensamientos. Pero por más que rebusco en su corta experiencia, no encontró nada que le ayudara descifrar aquel enigma, ese misterio tan sombrío que le quitaba las ganas de comer y sobre todo de estudiar. Pronto transcurrieron las horas como suspiros. Llego el recreo. Bajó a la tiendita de la esquina a comprar una barrita de galletas de avena y un jugo de naranja. Saco su almuerzo y comió alegremente con las nuevas amigas, que había hecho en el primer día.

Después de comer no tardo mucho para que sonara la campanilla, indicando que había llegado la entrada a clases. Estando en el salón empezó a sentirse mareada y un sudor frio le recorría la frente y bajaba por todo su cuerpo. Ligeros estremecimientos le provocaba ese dolor en la parte baja del vientre. Alicia se aferraba a la banqueta con las manos y el retortijón aumentaba. Me ha hecho mal la comida, se dijo, pero después, todo quedo tranquilo como si nada hubiera pasado. Trato de poner atención y cuando el profesor hizo una pregunta, Alicia deseosa por participar, contesto. Todos le miraron, hasta los de enfrente volvieron el rostro hacía ella, pues había acertado la respuesta. Se ruborizo y la sangre se le agolpo en las mejillas. De repente una mano le toco en el hombro, era Tania su amiga. Y le apunto abajo en la falda. Justamente ahí en los bordes de la plisada falda unas gotas de sangre sé extendían manchando el asiento. Alicia se estremeció y se levanto rápidamente como si hubiese visto una víbora. Una gran mancha carmesí pintaba la falda azul en la parte de atrás. Llévenla al baño, dijo el profesor a las chicas de enfrente. Las jovencitas se levantaron y corrieron para cubrirla con sus cuerpos. Mientras la sacaban por la puerta, una de ellas se regreso y se llevo su bolso.

Ya en el baño, la ayudaron para que se limpiara y le dieron una toalla femenina para que se la pusiera. Alicia toda asustada no sabía que hacer. Había visto bultitos manchados con sangre en el cesto de basura del baño, y siempre preguntaba a sus padres ¿Quién se había lastimado? Pero ellos le contestaban que dejara de hacer preguntas tontas, sino la castigarían, encerrándola todo el fin de semana. Ahora, empezaba a aprender sola como una huérfana en el cruel mundo. Las muchachas le ayudaron dándole indicaciones bien detalladas, y cuando todo estuvo bien, le consiguieron una camisa, la ato a su cintura y se fue a casa.

Ese día por la tarde, después de varios gritos de sus padres, recriminaciones y uno que otro insulto. Su mamá salió del cuarto matrimonial, le explico lo mejor que pudo y con cierto bochorno, todo lo que había pasado, indicándole que debía usar desde ese día, cada mes aproximadamente una toalla femenina, y que el cuerpo mismo se lo pediría con ciertos cólicos que avisan el sangrado. Alicia no había entendido muy bien, pero aun así, asintió con la cabeza y sin proferir palabra, pues se sentía mal, por ser el motivo del enojo de sus padres.

Tres días pasó recuperándose de semejante trastorno. Al principio se sentía cohibida, temerosa de que alguien se burlara de ella en la escuela. Más cuando llego al aula, todo seguía igual, los gritos y saludos a las primeras horas se seguía repitiendo como de costumbre. Cuando llego el profesor, le pregunto si todo estaba bien, ella contesto que si, no sin ruborizarse. Saquen los libros de matemáticas, dijo el profesor, que era un hombre calvo, regordete como de sesenta años. Alicia hurgo en su bolso, y sus dedos palparon la bolsita, donde llevaba la camisa gris de a cuadros blancos. Cuando llegue el recreo, le preguntare a Tania, por el dueño de la camisa––se dijo Alicia a si misma. Abrieron el libro de matemáticas y se perdieron entre infinidad de números, cálculos de aéreas y perímetros de triángulos equiláteros, isósceles…

Al salir a comprar el jugo y la barrita de avena, en el recreo. Pregunto a su amiga sobre la camisa mientras caminaban hacía la tiendita.

––Es de Manuel––contesto Tania––estudia en aquel salón.

Alicia miro a donde apuntaba la mano morena de Tania, y recargado en la esquina estaba Manuel platicando con una chica. Él volvió el rostro y le sonrió levemente con los labios. Ella se sonrojo y aparto el rostro. Se la entregare a la hora de salida––dijo Alicia. Si porque esta ocupado ¿verdad?––contesto Tania que la había alcanzado oír. Al instante una sensación extraña, un tipo de enojo despertó en el interior de su alma, al ver a Manuel con aquella chica. Una presión le paralizo el pecho y sintió que se ahogaba. ¿Qué tienes, amiga? Estas muy pálida––le pregunto Tania con preocupación. Su carita de rasgos hermosos sudaba terriblemente, y sus labios que antes semejaban al capullo floreciente de una rosa roja, ahora estaban lívidos y temblorosos. No te preocupes, estoy bien––contesto con voz ahogada. Juntas avanzaron hacía la banqueta del edificio y se sentaron, recargadas la cabeza y la espalda en la pared.

––Es él ¿verdad? ––pregunto Tania, mirándole con inquietud.

Pasaron unos minutos.

–– ¿Qué?

––Manuel es el culpable. Porque nomas lo miraste y luego, luego te sentiste mal.

––No sé, no entiendo lo que dices. Pero ya me siento mejor. Vamos a comprar porque luego termina el recreo.

Se sentía tan mal que a la salida ni siquiera se acordó de entregar la camisa al dueño. Alicia salía presurosa por el pasillo hacía el portón de la Escuela, acompañada de su amiga, cuando Manuel las alcanzo. Y le pregunto si se sentía bien.

––Si. Muy bien. Gracias––contesto secamente Alicia.

Le entrego la camisa y le dijo que podía quedarse con la bolsa.

––Yo mire que te pusiste pálida––exclamo Manuel.

––Bueno. Si––contesto Alicia––pero ya me siento mucho mejor––añadió, pues no sabía mentir, ya que nunca lo había hecho.

––Amiga. Me voy por acá. Cuídate. Nos vemos mañana––dijo Tania ya en el portón, despidiéndose de su amiga.

Alicia, la despidió, dándole un beso en la mejilla y le deseo bonita tarde. Pronto su silueta desapareció en la lejanía de la calle. Coches pasaban veloces en la avenida oculta. Como estaba del otro lado, sólo se escuchaban sus ruidosos arranques y desaceleres. Más los tráileres que rugían como leones apagaban el tumulto de la ciudad y la algarabía de los estudiantes.

––Yo…voy por este lado––dijo Alicia a Manuel.

––Te acompaño.

––No te preocupes. Estoy bien.

––Por favor. Voy por ese lado––insistió el.

––Si. Bueno. Vámonos––dijo Alicia ya mas tranquila.

Ambos caminaron acompañados de una grandiosa conversación sobre mascotas. Él le dijo que tenía un conejo y prometió regalárselo. Alicia alegremente en un impulso de agradecimiento, le arrojo los brazos al cuello, pues estaba acostumbrada hacerlo con su papá. No se dio cuenta como paso todo, el chico, la conquisto con sus mareantes palabras, con el mentiroso detalle animal y con mil cosas que hizo por ella. Meces después se arrepentiría de esa conversación. Lloraría amargamente anhelando no ser mujer, y deseando nunca haberlo conocido…

Nubes negras tapizaban el cielo, aquella mañana de Octubre, y un gélido aire agitaba los arbolitos bien recortados que deban más penumbra a las banquetas, donde apenas un par de años antes, Alicia solía sentarse en las piernas de su papá, metiéndole sus deditos en la boca, y jugueteando con su rasposa barba y su nariz aguileña. Sin embargo, ahora se encontraba muy cómoda, riendo y retorciéndose como una rosa ahogada por la cizaña, en las escuálidas piernas de su novio, Manuel.

Apenas habían pasado dos meces, desde que se conocieron aquella mañana de agosto. La luna había salido y ocultado el sol en casa de Alicia. Las cenas en familia parecían más normales que nunca. Los besos en las despedidas por la mañana al irse al trabajo, a la escuela. Todo seguía el mismo ritmo. Dinero en la casa y recompensas los domingos. Alicia se sentía dichosa, por que por primera vez se enamoraba. Muchas veces había tratado de contar a sus padres, que tenía novio, y que era muy feliz, sin embargo, ese gran temor a ser reprendida y castigada, le dejaba sin voz.

––Amor. Me amas––preguntaba Manuel.

––Sin ti no podría vivir––contestaba Alicia, aferrándose a su cuello con sus largos bracitos blancos y delgados.

––Entonces. Déjame demostrarte lo mucho que te amo.

––Amor––dijo Alicia, mientras le daba un beso en la comisura de los labios. Entendía perfectamente la doble intención de aquellas palabras––No me siento preparada. Dame más tiempo. Si.

Manuel aceptó esperar, no sin regatear haciéndose el ofendido.

Aquella tarde  siguieron la plática hasta la hora de la cena. Se levantaron de la banqueta ya con el crepúsculo sobre la ciudad, juntos, abrazados caminaron por varias calles, hasta llegar a un puesto de comida china. Después de cenar él la acompaño a casa. Mejor dicho una cuadra antes, pues el padre de Alicia, le tenía prohibido acercarse al hogar, desde aquella vez que los encontró en  el estrecho jardincillo besuqueándose bajó la pálida luna. A ella le habían castigado, sin dejarle salir, sin embargo, en vez de disminuir la intensa y enfermiza obsesión, está fue en aumento, como un perro que come huevos, entre más garrotazos que se le de, incrementa más el deseo de comer ese algo prohibido que su amo le niega.

Abrió la blanca puerta de pino, y lo primero que vio, fue a su madre sentada en el viejo diván, mirándole fijamente con ojos enfadados. Alicia, agacho la mirada y cruzo el vestíbulo despacio con su bolso al hombro, como una autómata que solo camina perdida y sin rumbo, sin una huella que seguir, y en la cual guiarse en la senda oscura y sombría de la vida. Al llegar frente al umbral de su cuarto la voz de su madre le detuvo.

–– ¿Dónde estabas? ––le pregunto con cierta aspereza.

––Con Tania, mi amiga––contesto fríamente Alicia, levantando a medias la cabeza.

–– ¿Por qué nos haces esto, hija mía?––pregunto la madre endulzando su voz––sólo queremos tu bien––añadió.

Alicia le miro fijamente, y en los enrojecidos ojos de su madre contemplo desechos de lagrimas, y por un remoto instante, en el reflejo, miro su propio rostro, con arrugas en la frente y en la esquina de los ojos, pero de repente apareció Manuel, guapo y alto que esfumo todo vestigio de sinceridad.

–– ¿Ya no confías en mí? Alicia. Antes me contabas todo lo que te pasaba––dijo, al ver el silencio de su hija.

––“Tú me callaste, cuando trate de contarte lo que me pasaba––habría contestado Alicia.”

No contestó, su semblante frió y terrible ya no tenía sentimientos para los seres que le habían negado auxilio, cuando más lo necesitaba. Aparte, su novio le había estado aconsejando, sobre como actuar para escaparse del supuesto yugo familiar. Le manipulaba como un maniquí, aprovechándose de su corta experiencia. Sus padres justificaban su reacción, pues creían que ella había dejado de ver a su novio, y que por eso se estaba comportando silenciosa y taciturna. Alicia, volvió la vista a la puerta entre abierta y se metió al cuarto cerrándolo tras de si, con un brusco sonido que estremeció a su madre en el sofá.

Gran parte de la noche, lloró y evocó hablando entre dientes, todos los momentos felices que había vivido con su familia; los paseos por el parque, por las noches las cenas de tacos en su puesto favorito.  Cruzo por su mente un viejo recuerdo; Un día, mientras caminaba de la mano de papá, le dijo, “yo nunca me casare…quiero estar siempre contigo.” Él sólo sonrió y le dijo que algún día, cuando sea mayor, conocería a un buen hombre y se casaría, y por supuesto, sería muy feliz. Ella lo negó repetidas veces con su fina y hermosa cabecita azabachada, y se abrazaron como dos ángeles prometiéndose amor en la eternidad. Esa promesa, le llamaba más dolorosas lágrimas a los ojos, pues entendía que su papá  tenía razón. Porque ese hombre había llegado, y sin duda alguna era Manuel, si…su adorado Manuel. Una y otra vez se preguntaba ¿Por qué papá no acepta a mi novio? Si el buen hombre ha llegado. Si ha llegado––repetía entre suspiros. El tiempo transcurrió velozmente entre el coro de los grillos y la densa oscuridad, y como las tres de la mañana, sus hermosos ojos cansados de llorar y de sueño, se cerraban contra su voluntad, trataba de abrirlos pero se volvían a cerrar. Me portare bien, dijo entre sueños…

Amaneció más alegre que nunca. Centelleantes sonrisas iluminaron el desayuno que fue como antes; alegre y risueño, con palabras de confortación y alivio. Marcho a la escuela, y mientras transitaba por el acostumbrado trayecto, recordaba el primer día de clases, el encuentro con Manuel, y miraba como había cambiado su existencia desde aquel día. Extrañaba los padres de antes; tan amorosos y comprensivos. Llego al umbral del edificio, iba a dar el primer paso para subir la grada, cuando de repente, alguien le dio una palmadita en las nalgas sacándola de su ensoñación. Era su novio proponiéndole que se fugaran por ese día. Al principio ella rehusó con vehemencia, pero cuando él le prometió llevarla al río en la motocicleta que su hermano le había prestado. Anhelante de nuevas experiencias, Alicia cedió y se dejo conducir, olvidó pronto la promesa, y juntos pasaron parte del día bajó los arboles, entrelazados, recostados en frescas y verdosas hojas de plátanos como Adán y Eva en el edén. Ahí se entrego a los infaustos deseos de su novio, desencadeno su virginal cuerpo de la inocencia y se arrojo al mar de placeres indefinidos en esa corta edad, hundiéndose en un pantano de aguas fangosas y oscuras.

Cuando Manuel la pasó a dejar una cuadra antes de su casa, con el semblante abotagado, y con lágrimas en los ojos, camino Alicia varias cuadras hasta llegar al parque, donde se sentó en una banqueta. Sentía un verdadero asco a las acciones que había cometido unas horas antes. Tallaba sus ojos repetidas veces y murmuraba palabras crueles contra su cuerpo. En eso alzo el rostro y entre la penumbra vio a una pareja besuqueándose y manoseándose como si estuvieran en un hotel. Lo que vio, le devolvieron los ánimos y pensó que no es nada malo, pues todos parecían hacerlo. Así que se restauro la melancolía y pensó en lo bonito y extraño que había sido la extraña experiencia. Una vez que su rostro disipo las lágrimas sé fue a casa y al ver a su madre, la abrazo por primera vez en varios meces, y al llegar del trabajo su papá, le arrojo los brazos al cuello, como solía hacerlo en días pasados y felices, y le lleno de besos en las rasposas mejillas. Al principio los negligentes padres se asombraron, pero dieron paso a la bulla familiar borrando todo vestigio de escenas desagradables.

Florecieron tres semanas de primavera. Para sus padres él invierno se había ido de sus vidas para siempre. Su pequeña Alicia había vuelto a ser la misma niña de antes, iba a la escuela y regresaba temprano a casa. En las tardes salía un rato con Tania, su amiga. A veces, está le visitaba misteriosamente dos o tres veces por semana. Y pasaban horas platicando, largo y tendido con la puerta cerrada con llave, pues su madre nunca la había visto llegar, y varias veces trato de entrar al cuarto, al escuchar rechinar el camastro, pero se había topado con una muralla de pino. ¡Hija! ¡No salten mucho en la cama! ¡Se puede quebrar!––solía decirles. ¡Si mamá!––contestaba Alicia con voz jadeante. Se hacía un sepulcral silencio y volvía a reanudarse el intenso traqueteo y rechinido del lecho…

Un martes por la mañana se fue a clases. Su rostro irradiaba felicidad. La madre la despidió deseándole buen día y agregando que se portara bien.

––Siempre me porto bien––contesto riendo, Alicia, sin volver el rostro.

Al llegar al edificio escolar, subió, entro en el aula y se sentó en el asiento cercano a la ventana. Se sentía sofocada. Es por la caminata––se dijo a si misma. Permaneció varios minutos con la cabeza reclinada en la fría mesa de granito. De repente volvió el rostro y apareció ante sus ojos Tania, con una mirada furiosa. Se saludaron. Alicia se levanto para ir al baño, pero su amiga le retuvo diciendo que estaba ocupado.

––Si no ha llegado casi nadie––contesto.

Tania, trato de detenerle, pero al ver el pálido rostro de su amiga, la dejo pasar haciéndose a un lado. Te sientes bien, le pregunto, mientras la seguía de cerca. Alicia se paralizo al llegar al umbral, sus ojos fijos quedaron como petrificados por medusa. No querías que lo viera ¿verdad?, exclamo, mirando a su amiga que ya estaba a su lado. No vale la pena––contesto Tania. Al otro lado de la plazuela, Manuel abrazaba a una chica de cabellos castaños que le llegaba a media espalda. Sus paralizados ojos azules se le llenaron de lágrimas. Un terrible mareo la acometió y un asco le revolvió el estomago, corrió al baño y vomitó todo el desayuno de cereales.

Al instante, sonó la campanilla y todos corrieron a sus respectivas aulas. Aunque estaba ahí sentada, con la mirada fija en la pizarra, no ponía atención, si el maestro le habría preguntado, no hubiera podido contestar. Pero el profesor sólo preguntaba a los distraídos.

Ya en el receso, Alicia permaneció callada, devorando todo cuanto encontraba. Tania le consolaba diciéndole que no valía la pena. Sin embargo el hambre se intensificaba, no le dejaba tregua para llorar. Comió la barrita de avena acostumbrada y todos los tacos que llevaba, en la lonchera  de plástico transparente. Además su amiga le ofreció un taco de huevo con frijoles que le había sobrado, y también lo comió.

A la hora de la salida estaba más calmada. Parecía que ya había olvidado todo y que retomaría su vida de castidad. Pero el ciego amor por su novio la tenía tan obsesionada que  nomás lo vio, fue tras el, y al escuchar las excusadas mentiras, le perdono, y juntos pasaron la tarde en la habitación de Manuel. Varias veces por semana, se habían estado entregando a esos lujuriosos encuentros. Él iba a casa de Alicia, entraba al cuarto por la desenrejada ventana, mientras la madre creía que era Tania. Creyendo que hacían tarea, las dejaba solas, a sus anchas. Ella se iba al mercado, o visitaba a sus hermanas que vivían cerca.

––Niño ¿me amas? ––preguntaba Alicia a su novio con voz agitada, aquella tarde.

Manuel contestaba con un mmmhu, sin abrir la boca.

–– ¿Cuánto me amas?––Volvía a preguntar, Alicia, con más fuerza, recuperando el aliento.

Él la miraba fijamente, contemplando su carita inocente, sudorosa y sonrosada.

––Mucho––exclamaba con voz ininteligible.

––Mucho, mucho.

––Si––contestaba secamente Manuel.

Después se levantaba del lecho y se vestía, y salía de la casa, escondiéndose entre lo rosales del jardín, como si hubiera cometido un crimen con aquella niña que se le entregaba en cuerpo y alma, creyéndose en brazos de su príncipe azul.

 

Una semana después, los mareos y los vómitos se intensificaron. Los antojos la acosaban terriblemente. Como se portaba bien––de acuerdo a sus padres––le compraban todo tipo de chucherías que se le antojaban. Pero el jueves por la tarde, estando en su cuarto con Tania, está que estaba enterada de todo, le pregunto si se estaba cuidando en los encuentros sexuales.

––Si, contesto Alicia––Después agacho la cabeza––Bueno, la primera vez no, porque todo fue tan rápido que ni nos acordamos de eso. Pero siempre dicen que para que se embarace es necesario varias veces––añadió, riendo.

––A veces basta con sólo una vez––dijo Tania, seria––Piensa amiga. Tienes vómitos, mareos, antojos, todos son síntomas de que estas embarazada.

Alicia, se le congelo la sonrisa en el rosto, y sus manos dejaron caer la bolsa de palomitas que tenía sujetada.

Se cambio de ropa, y salieron precipitadamente, dirigiéndose a la farmacia a comprar la prueba de embarazo. Unos minutos después en el baño, Alicia esperaba ansiosa que el signo negativo se encendiera, pero fue todo lo contrario. Fue positivo. Estaba esperando un hijo a sus trece años. El mundo se le cerró ante sus ojos. Quedo atrapada en esa red de pesadilla, deseaba desparecer y regresar al pasado. Deseaba haber escuchado a su madre que un día, aunque ruborizándose le había advertido de ese peligro. Más tarde su amiga se marcho y quedo sola. ¿Qué voy hacer, ahora? ¿Mis papás ya no me van a querer? ––se preguntaba. De pronto un rayo de luz cruzo por su mente; Manuel es el padre…tendrá que hacerse responsable…yo se que el me ama y se casara conmigo, y seremos muy felices los tres…si muy felices––exclamo con un suspiro de satisfacción, mientras se acariciaba el vientre con ternura maternal inefable. Pidió permiso a su madre y salió a las calles. Anduvo cabizbaja por varias cuadras hasta llegar a una casa de dos pisos, de color amarillo. Toco varias veces él timbre y nadie contesto. Espero sentada, mordisqueándose las uñas en el borde de la acera. Como media hora después apareció Manuel, ella se levanto, el inmediatamente la abrazo y le levanto la falda.

––No. Aquí no––dijo ella.

Ingresaron al cuarto entre besuqueos. En un momento de agilidad ella separo bruscamente su cara de la de él. Tengo algo muy importante que decirte––le dijo––y ahí sin más ni más, le dejo caer la nueva noticia de que pronto seria papá.

Manuel quedo atónito. Su semblante lujurioso se borro al instante, como un camaleón al sentirse acechado cambia de color.

––Estás completamente loca––exclamo después de varios segundos de estupor––como pudiste embarazarte. Es una broma seguramente ¿verdad?––añadió, mientras retiraba las manos de los muslos de ella, como si le dieran asco.

––No, no es una broma.

––Pues tienes que decir que es una broma. ¿Y con quien más te as acostado? ––Pregunto furioso––Ese otro es el padre…––añadió dando unos pasos hacia atrás.

–– Pero si…si mi primera vez fue contigo––dijo Alicia, interrumpiéndole con voz entre cortada.

––Mira, tú eres la embarazada––le dijo el más furioso––mientras le agarraba por el brazo, jalándola hacía la puerta––Es tu problema. Y, ahora lárgate y no vuelvas a molestarme––Alicia trato de darse la vuelta en el umbral, pero Manuel casi le rompe su bonita nariz, con el fuerte portazo que dio al salir ella.

Más sola que un naufrago en una isla, Alicia, desahuciada, humillada y  con la vida anonadada en llanto, salió a la calle y se interno entre las tumultuosas calles de Culiacán. Recorrió el bullicioso mercado y vago por la catedral, sentándose en ratos en las gradas, en las banquetas. Cruzo repetidas veces la plazuela Obregón con la mirada extraviada. No miraba las decenas de personas que iban y venían, como hormigas desperdigadas en su hormiguero. Subió al quiosco, recargó sus brazos en la balaustrada del estrecho balconcito, y anheló que el tiempo regresara, y ser una niña. Deseaba no ser mujer, y jamás haber conocido a aquel maldito demonio, que se había aprovechado de su corta experiencia, para seducirla y luego abandonarla como un harapiento trapo. Alicia se sentía sucia en cuerpo y alma. Se reprochaba por haber desobedecido a sus padres. Porque fui tan ciega––decía––no escuche a mis papás que sólo deseaban mi bien. Sin embargo, estos tampoco se habían interesado tanto en sus problemas. Ella tenía dudas y encontró las respuestas en la práctica, sin armadura y sin fusil, anhelando un verdadero amigo––un padre, una madre––que no pidiera nada a cambio, para que la guiase en esa oscura senda de espinas que es la adolescencia.

El crepúsculo fulguraba con un leve resplandor rojizo en el horizonte. Los edificios, las torres, los árboles iban oscureciéndose poco a poco, mientras en los cristales de las ventanas, empezaba a reflejarse con más vigor las rueditas encendidas del semáforo de la esquina.

El primer día de clases…él del periódico––dijo Alicia entre dientes–– veneno…veneno para ratas––repitió varias veces semejante a un melancólico y siniestro robot programado. Con la mirada hundida en deletéreos sueños, bajó Alicia del quiosco y regreso a la farmacia, donde minutos antes, había comprado el aparatito para la prueba de embarazo. Una vez en la calle aprovisionada del fatal veneno, ingreso en un sombrío callejón y ingirió casi todas las pastillas rojas que venían empaquetas en un frasquito, donde se miraba en unas de sus caras, una calaverita negra anunciando el infierno. Luego arrojo el sobrante de veneno a un bote de basura, y se dirigió a casa. Al llegar nadie estaba, las habitaciones silenciosas, la densa oscuridad reinaba regocijando la muerte en su diván de espera. Sin prender la luz entro al lóbrego cuarto, y se tumbo en la cama, tapándose con una blanca sabana de raso, que en la oscuridad semejaba a una infausta y fúnebre mortaja. Un sabor acre y metálico sentía en la lengua y la garganta. Se levanto del lecho, fue a la cocina y tomó medio baso de agua. Al instante un intenso frescor paso por su garganta, bajó por el esófago hasta llegar al estomago. Se sintió mejor y regreso a la cama, mientras pensaba en voz alta ¿que dolores sentiría? Será en el corazón, no…no, más seguro en el estomago. Permaneció así varios minutos, como una estatua de mármol recostada, fría e inerte; no sentía nada, absolutamente nada, era una especie de ensueño siniestro, pero tranquilo, sin violencia, ni algarabía, sin dolor, si…sin dolor. Es sólo una pesadilla––pensó––mañana despertare y abrasare a papá, a mamá y todos felices. Se durmió y fue despertada por una cegadora luz amarillenta. Habían pasado tres horas. La vieja lámpara estaba encendida y sus padres a las orillas de la cama, sentados, contemplándola con preocupación. Ella miraba dos sombras borrosas, retorciéndose como fantasmas por acción del viento, un gélido viento de muerte.

–– ¡Hija!––dijo el padre por fin––No deseamos regañarte. Pero el director nos llamo para decirnos que as estado faltando mucho a clases.

Ella, percibió aquel sonido con variante modulación.

––Si, hija. Queremos ayudarte––Dijo la madre.

Con las manos temblorosas sé talló Alicia los ojos, después sacudió la cabeza como para acomodar sus pensamientos, y de repente, se llevo la mano al vientre y arrojo un escalofriante y agudo grito de dolor que resonó en toda la casa. Se levanto de la cama y corrió al baño trastabillando y empujando cuanto encontraba a su paso. Vomito varias veces y callo desmayada de horror, pues había arrojado sangre. Sus padres, la llevaron al hospital. Los médicos lograron reanimarla con lavados de estomago, pero después de varios estudios él medico, encargado, les dijo a los padres que ya era demasiado tarde, pues había ingerido demasiado veneno. La mayoría de sus órganos digestivos están dañados, como mucho sobrevivirá un par de horas––añadió el medico con acento de como sino le importara. Bañados en lágrimas y tomados de la mano, los esposos Beltrán entraron en la habitación donde estaba Alicia. La  encontraron desnuda, temblando y resollando violentamente. El embolico cabello desparramado por su sudorosa frente. El rostro antes terso y sonrosado, ahora estaba lívido, y conforme avanzaba el tiempo iba ennegreciéndose su blanco cuerpo de Circe, y pequeñas llagas empezaban a aflorar como sanguijuelas acechantes y leprosas.

––No lloren––dijo Alicia al verlos entrar––Nadie me obligo a comer veneno.

–– ¿Por qué hija? ¿Por qué lo hiciste? ––replico la madre sin saber lo que decía.

––Estoy embarazada––contesto entre mugidos de dolor––No quería que se avergüencen de mí.

––Oh. Es nuestra culpa––dijo la madre entre sollozos––No supimos ser buenos padres. Perdónanos hija…perdónanos.

––Yo no les hice caso––exclamo Alicia, mientras se llevaba las manos al estomago y dejaba escapar un terrible grito de muerte.

La madre se desmayo al ver el sufrimiento de su pequeña, si su pequeña Alicia.

––Perdónanos––dijo el padre, después de acostar a su esposa en el sofá, con ayuda de una enfermera.

––Si. Mamá, papá perdónenme ustedes a mi. Estoy arrepentida. Debí de habérselos dicho...

––Te perdonamos, hija. Te perdonamos. ––Exclamo el padre con desgarradora voz––Algún día nos encontraremos…

Alicia se desmayo y tiempo después volvió a recobrar el conocimiento, trataba de hablar pero no se le entendía nada. La garganta, quemada, gangrenada ya no producía voz, sólo un sordo y horripilante mugido de dolor. Le inyectaron sedantes y le siguieron practicando los lavados de estomago…suero intravenoso. En fin, los médicos hicieron lo que estaba en sus manos, pero ya no aguanto más. De los oídos y la nariz, le había empezado a brotar sangre que le escurría lentamente por las mejillas, cayendo en las blancas sabanas deshilachadas.

En unos minutos sus ojos perdieron la visión. En vez de esa mirada agradable, dulce y azulada, brotaba sangre oscura y viscosa. Entre terribles convulsiones sólo alcanzo decir con voz de ultratumba; “Los amo, papá, mamá. Arrepentida estoy…” Despues su oscurecido y sangrante cuerpo, se convulsiono por última vez, como una oleada de un terremoto al sacudir la ciudad, y espasmódicamente estiro las extremidades con impetuosidad, arrojó más sangre por la boca, y expiro su corta y triste existencia, aquella noche de octubre en el laberinto de la ingenuidad…

 

FIN

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