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11 min
EL CRISOL DE CRISTAL
Fantasía |
11.04.08
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Sinopsis

      Rufus era uno de esos chicos con tendencia al autismo en clase. No es que no le gustase estar allí mientras el profesor enseñaba a sus alumnos, lo que pasaba era que prefería perderse en sus asuntos. Se quedaba absorto en la banalidad de sus pensamientos y ensoñaciones. Por esa razón, siempre se situaba en el lugar más apartado del aula junto a la ventana que daba al patio. Desde aquel primer piso, Rufus tenía una visión amplia de aquel lugar arbolado, ahora desierto. Más tarde sería un hervidero de chicos sentados aquí y allá, unos con el bocadillo y otros, más precoces o ansiosos tal vez por parecer más adultos, con el cigarro en la mano y aires de superioridad. Él tan sólo miraba a través del cristal. Sin buscar nada. Sin esperar pasase cualquier cosa del otro lado.

      Estaba en mitad de la clase de matemáticas. Senos y cosenos se plasmaban en la pizarra por un recién instruido pupilo que dudaba y se balanceaba mientras el profesor aguardaba con sigilo que el chico acabara su demostración. Tuvo que darle algunas indicaciones antes de terminar, pero quedó bastante contento con el resultado. Después de todo, aquel era uno de sus preferidos. Por esa parte, Rufus estaba tranquilo, en matemáticas nunca le sacaban para esos menesteres. Podía evadirse de la realidad con cierta calma. Sus compañeros de las mesas adyacentes tampoco eran un problema. Cada uno iba a lo suyo o, por lo menos, no se preocupaban demasiado de aquel chico ensimismado.

      No tenía porqué ser un día diferente aquel de primeros de Mayo. Se acercaba el fin de curso. El sol era más amigo de los días que las estrellas. El calor se incrementaba cada jornada. Apetecía más estar fuera que dentro de las aulas. Los profesores lo notaban y se ofrecían al alumnado menos exigentes y más comprensivos. No había un motivo para lo que sucedió en ese instante, a diez minutos del término de las enseñanzas de Don Pedro. Pero sucedió y aquello hizo que Rufus echara la silla hacia atrás y diera con su trasero en el suelo. El estrépito de la caída hizo que el profesor corriera hacia él con preocupación. Para sorna de los demás, Rufus recibió una reprimenda de Don Pedro en cuanto vio que se encontraba perfectamente y una carcajada sonora de sus compañeros. La humillación acabó devolviéndole a la realidad, pero aquello que le hizo caer aún permaneció durante mucho en su memoria. Y fue a eso a lo que recurrió mientras esperaba frente al despacho del director. No sería una amonestación severa, tan sólo una breve charla de aleccionamiento y, tal vez, un pequeño castigo.

      Mientras el director trataba de poner en su sitio a Rufus, éste caminaba distraído por sus ensoñaciones. No obstante, tan centrado estaba en regañarle y tanta práctica tenía Rufus en el disimulo, que ni uno ni otro sacaron nada en claro y aún así ambos quedaron satisfechos. Sonó el timbre que anunciaba el fin del día y el director invitó al chico a marchar a casa. Rufus puso cara de disculpa, subió a la clase vacía y cogió su mochila. Antes de abandonar el centro se acercó al lugar en el que había estado sentado y miró con detenimiento la ventana. Pasó la mano por el cristal como si intentara limpiar livianamente una mota de polvo o alguna mancha. Estaba embobado cuando una señora de la limpieza le advirtió que ya era hora de irse y dejarle hacer su trabajo. Rufus se encogió de hombros y se marchó.

      A punto estuvo de perder el autobús. De igual modo que solía hacer en clase, se situó en el lugar más apartado del resto de la gente, junto a la ventana. Sus compañeros de viaje gastaban bromas entre ellos, reían estrepitosamente ante la mirada severa del conductor y quedaban para la tarde. Rufus no tenía amigos desde hacía tiempo, así que siguió con sus cosas. Estaba mirando otra vez hacia fuera cuando volvió a suceder. Esta vez dio un respingo que nadie percibió. Se le erizó el bello de la nuca y respiró entrecortadamente. No apartó la mirada del cristal. Veía ahora lo mismo que hacía tan sólo unos minutos en el aula.

      Al principio había pensado que aquel reflejo era él mismo. Sin embargo, cuando advirtió que la imagen se movía de una manera diferente a la de él y que incluso le sonreía, comenzó a dudar. Era difícil advertir una forma clara en el reflejo de una superficie transparente. Aquello no era como un espejo y temió el momento en que tuviera que ponerse delante de uno. No obstante, se percató de que la imagen contenida en el vidrio era la de una chica risueña de ojos ambarinos y piel morena. Ella le veía tan claramente como lo hacía él. Era, sin duda, un misterio. Nadie excepto él podía verla. O quizás, nadie excepto él pasaba tanto tiempo con la mirada perdida hacia ninguna parte como para darse cuenta de algo así. En cualquier caso, qué le importaba a Rufus lo que los demás hiciesen o dejasen de hacer. Se preguntó si se trataba de una quimera más de su imaginación. También se cuestionó, en caso de que no fuera así, si podría establecer algún tipo de comunicación con la chica del otro lado del cristal. Lejos de asustarse, una vez acomodado a la situación, sentía una inmensa curiosidad por el fenómeno.

      Cuando llegó a casa, saludó a su madre, dejó la mochila y subió corriendo a su habitación. Una vez allí, se tiró a la cama y acercó la cara al cristal que daba a la calle. La imagen seguía estando allí. Tan clara como antes. Rufus acercó la mano a la ventana y puso sus dedos sobre ésta, mientras su madre chillaba que la comida ya estaba lista y debía poner la mesa. Antes de bajar, vio como la chica reflejada imitaba el gesto del chico y ponía las yemas de sus dedos unidas a las de él. Rufus sintió un escalofrío apacible, una chispa eléctrica que le rozó la mano. Ella sonrió. Mientras comía se preguntó si ella podría oírle desde donde estaba. Devoró la pasta en cinco minutos y, ante la sorpresa de su madre, volvió a su habitación con la excusa de hacer los deberes. Algo a lo que no pudo oponerse. Tal vez su chico estuviera cambiando y haciéndose más responsable.

      Rufus pensó que era el momento perfecto para probar si podía ver a la chica en el espejo. Se fue al baño y entró con una cadencia lenta y pausada. No sabía lo que podría encontrar en su reflejo. Lamentablemente, la decepción fue lo único que había allí. Su propio rostro enfrentado al de Rufus en la realidad. Volvió cabizbajo a la habitación y se situó al lugar donde sabía ella debía estar. No le falló. Allí estaba, tan risueña como la primera vez. El chico se quedó prendado de la belleza de aquel reflejo y pasó el resto de la tarde admirando la imagen que a veces se perdía por los destellos del astro rey.

      Nacieron en él entonces otras preguntas más profundas. ¿Sería aquella chica un fantasma? ¿Acaso una proyección desde otra dimensión? ¿Sería una chica de cualquier otra parte del mundo, como él? Y, en caso de ser así, ¿cómo habría echo para estar del otro lado y establecer ese contacto con él? ¿Sería el único? Divagando en cuestiones que no encontraban respuesta, Rufus se durmió.

      A la mañana siguiente, la chica ya le esperaba para darle los buenos días. Le lanzó un tierno beso y Rufus pegó la cara al frío cristal para recibir el obsequio. Los días que continuaron fueron muy felices para el muchacho. Ahora tenía una amiga que, además, era muy especial. A veces la veía mover los labios tratando de decirle algo, pero no era capaz de identificar sus palabras. Tal vez su idioma fuera diferente. No lo sabía. Desconocía cualquier dato que pudiera darle una pista sobre la chica. El verano llegó y las vacaciones permitieron a Rufus disfrutar más aún de la compañía del reflejo. Su mayor secreto. Sus padres no dijeron nada en ningún momento. Era tan insólito verlo así de feliz que preferían no inmiscuirse en asuntos que no les atañían pero que, por el contrario, alegraban a su hijo de tan extraordinaria manera.

      El verano, como siempre, pasó como una flecha y se acercaba la hora de volver a coger el petate y los libros. Apenas a una semana del fin de las vacaciones, Rufus despertó con el ánimo exaltado. Tenía intención de lanzarse a la chica y darle el mayor de los besos que la historia jamás contemplara. Había practicado mucho frente al espejo. Sería su primer beso. Y se lo daría a la chica del cristal. Su amiga especial. A estas alturas, tal vez algo más. Ella le recibió tan bella como siempre, con su encantadora sonrisa. Sus ojos le regaron de ternura y él, acicalándose un poco el pelo, se acercó tímidamente al reflejo. Ella, que lo vio venir, le imitó juntando los labios. Rufus tragó saliva. Era un momento importante. Cuando el chico puso su boca cerrada sobre el cristal, ella acercó la suya y la unió a la de éste. Una descarga agradable le recorrió la comisura y se le durmió la lengua. Rufus cerró los ojos para saborear el instante. Al abrirlos... comprendió.

      Vio su cama. Su habitación y la puerta que daba al pasillo al fondo. Pero no vio la imagen de la calle llena de árboles a través de la ventana. Al mirar atrás tan sólo veía oscuridad. Se sintió liviano. Estaba atrapado. La chica seguía del otro lado, pero ahora era perfectamente visible. Su belleza era sublime, mucho mayor de la que se advertía en un simple reflejo. Tenía una mirada cautivadora y un cuerpo que, para la edad que tenía, resultaba de lo más atractivo. Rufus sabía que rompería muchos corazones después del suyo. La chica bajó de la cama de un salto. Miró hacia atrás y lanzó un beso al muchacho antes de perderse con cautela por la puerta que daba a las escaleras. Rufus no oyó como bajaba hacia el piso inferior y salía a la calle. Posiblemente en busca de su hogar o quién sabe qué. Él, en cambio, tomó el relevo de aquella cárcel inmaterial. No oyó los gritos de su madre llamándole para comer. Tan sólo la vio minutos después subiendo a su habitación para buscarle algo enfadada por la desidia de su hijo. Horas después la policía fue quien estuvo en su habitación, buscando pruebas o alguna pista del posible paradero de Rufus. Semanas después, harto de ver dolidos a sus padres, el chico abandonó el reflejo de aquella ventana y comenzó a recorrer los vidrios de todas las ventanas del mundo en busca de una víctima que pudiera coger el testigo. Cuando encontrará a alguien, le regalaría la mejor de sus sonrisas y jugaría a conquistar su corazón. Entonces, sólo entonces, volvería a ser libre. Y quizás, era posible, buscara a la chica que un día le dio prisión para amarla o castigarla por aquello. Llegado el momento, dejaría que el Amor decidiese por él. Si aún seguía existiendo, claro. En tanto permanecería encerrado en aquel crisol de cristal.
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