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4 min
El cuadro
Fantasía |
03.05.15
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Sinopsis

Visión surrealista de un cuadro que altera los espacios de la realidad con la fantasía.

Siempre me gustaron los Domingos de mañana, despertarme a eso de las nueve y no oír más que el distintivo canto de los gorriones que se posan en la parra que hay en el patio de la casa de mi abuela.

Esa mañana me levanté de muy buen humor, con la extraña pero adictiva sensación de que todo en el universo se acoplaba armónicamente. Observé por la ventana que daba al patio y allí, posados sobre la parra, estaban infaltablemente esos pequeños seres resquebrajando el silencio con su himno de la paz. Se podía observar también el árbol que construía el escenario para los pájaros, a la derecha junto al tapial había un gran cantero con helechos que aportaba no mucho más que humedad al ambiente, frente a la ventana se encontraba un galponcito construido con ladrillos, de una estructura bastante frágil por la cantidad de años que tenía, con la mayor parte de sus vigas de madera podridas. No me gustaba entrar ahí, estaba repleto de cosas que ya no se usaban, el aire era muy denso producto del encierro y la misma humedad que en general tenía todo el patio, en el techo y las esquinas había telarañas ubicadas estratégicamente por si a algún bichito distraído se le ocurría salir a explorar en busca de alimento. A la izquierda del galpón, un gran limonero que bifurcaba dos senderos, el de la derecha llevaba hacia la huerta, el otro hacia el rosedal.

Luego de desayunar un jugo de naranja exprimido y galletitas con manteca y dulce de leche que usualmente me preparaba la abuela, me dirigí hacia el living-comedor para hacer la tarea de la escuela, apoyé mis cuadernos en la gran mesa de pino ubicada en el centro de la sala y que sólo ocupábamos para acontecimientos importantes. Antes de sentarme, observé un cuadro bastante grande colgado en la pared por sobre un largo sillón de cuero marrón que generalmente usaba para mirar los dibujitos.
Éste cuadro tenía algo de especial porque siempre que entraba al comedor no podía evitar mirarlo. Sinceramente era un cuadro común y corriente, de los típicos que muestran un paisaje de fondo y una frase reveladora, se notaba que tenía ya sus años por el desgaste de la pintura y de sus ángulos, a pesar de eso, llamaba mucho mi atención.

El cuadro a primera vista mostraba un sendero largo de baldosas blancas cubierto por yuyos, que se alejaba en el horizonte y giraba levemente hacia la izquierda antes de perderse de vista, la gran cantidad de vegetación que tenía evidenciaba su abandono. A sus costados, cada ciertos metros, se ubicaban ostentosos maceteros de mármol blanco repletos de flores de todos los colores. En los extremos derecho e izquierdo del cuadro, una enorme cantidad de árboles formaban un bosque que parecía interminable y que sólo un cielo gris opacaba su esplendor, aún así, demostraba mucha intensidad, con un poco de imaginación se podía sentir la cálida y leve brisa acariciando las hojas, chocando unas con otras, produciendo ese característico sonido de tarde de primavera.

Sobre las copas de los árboles en el sector derecho se podía leer la frase "Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos." con las iniciales J.C. al pie del punto final.

A mi entender, el cuadro poseía muchas emociones encontradas, la nostalgia del abandono de lo bello y majestuoso, la paz y tranquilidad que generaba encontrarse en soledad, el sentimiento de búsqueda de un "sin saber", y la incertidumbre del querer conocer más allá del horizonte.

Siguiendo el contorno del camino y envolviendo los maceteros había una tupida pared de setos a media altura que descubría un angosto terreno con césped y que era lo único que evitaba que el bosque avance sobre el sendero.

Justo antes de que el camino desaparezca, se encontraba una casa bastante antigua ubicada a la derecha, por dentro había una cocina, un baño, dos habitaciones, un patio trasero, y una gran sala de estar. Ésta última se caracterizaba por tener un techo muy alto, típico de casas de la época. En un rincón había un armario para guardar vajillas, en el otro, un escritorio antiguo, en el centro una gran mesa de pino, y parado junto a ella, un niño buscando inocentemente y con un poco de ingenuidad, en un cuadro, su libertad.

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Escritor. Cuentista de relatos fantásticos, surrealistas, y alegóricos.

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