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6 min
El cuerpo olvidado
Terror |
31.03.15
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Sinopsis

Carlos no quería que Isabel lo supiera. Tenía que deshacerse de aquello cuidadosamente...de lo contrario...

A veces un solo recuerdo que hace tiempo teníamos olvidado basta para alegrarnos o sumirnos en la melancolía. Y otras veces, esos recuerdos pueden cambiarnos la vida, como si el pasado se volviera nuestro futuro, convirtiendo al tiempo en una rueda. Sin principio ni fin. Es por eso que entre el olvido y la ignorancia solo hay una diferencia de fonética.

Isabel no lo sabía. O Carlos presumía eso. Era más fácil creer lo segundo.  Ella estaba en la casa todo el día. La única manera de que pudiese sacar el cuerpo que había escondido en la pieza del patio consistía en que ella saliera. Por suerte, Isabel casi no visitaba esa pieza. ¿Y para qué habría de hacerlo? No había nada que le interesase en el lugar que utilizaban para guardar muebles rotos, fotos viejas y otros trastos sin importancia. También ayudaba el hecho de que su atención estaba absorbida por su arte. Isabel era una escritora muy dedicada a su trabajo. Tanto que a veces Carlos creía que si ella notaba que él existía mientras escribía, se debía a que no le gustaba lo que había puesto en la pantalla del ordenador o se había quedado bloqueada. Su fuerte eran las historias de mujeres famosas asesinadas a lo largo de la historia. Novelas históricas era el género en el que se incluían sus obras. Hacía varios días que Isabel intentaba buscarle un final a su última historia, pero por más que agotaba los borradores para decidir cuál era la capitulación más adecuada, terminaba fumando un atado extra de cigarrillos e insultando a su maldita falta de imaginación, diciéndose a sí misma que ya era hora de retirarse, que ya había agotado todos sus recursos. Hasta en esos momentos de frustración, la única compañía que necesitaba era la suya. Si Carlos se acercaba e intentaba consolarla, la ira se apoderaba de ella y le echaba la culpa por su falta de concentración. Eventualmente terminaba sus trabajos y su humor era totalmente distinto. Su “agonía de artista” finalizaba y su sociabilidad regresaba. Pero en aquella ocasión estaba sumida en el núcleo de esa agonía y era imposible que abandonase la casa. A pesar de su carácter, Carlos la amaba con devoción. Tal vez era amor por admiración. Ese tipo de amor que solo son capaces de incitar las personas de genio. No hubiese soportado la idea de que ella lo dejase. Él nunca le pidió que se fuera y ella nunca lo insinuó. Ese era el suficiente cariño que Carlos esperaba de Isabel. Pero ese día, el cadáver que se consumía debajo de un toldo en la pieza del fondo era un problema. Isabel no tenía que enterarse. Era un alivio que estuviese absolutamente absorta en su trabajo. A veces iba al baño a hacer sus necesidades, pero eso no le daba el suficiente tiempo como para sacarlo. Si se bañara podría hacerlo, pero a Isabel no se le ocurría asearse hasta ver su “agonía” terminada. A Carlos no le importaba si hacía mucho ruido al arrastrar el cuerpo por la casa. Los oídos de su novia no iban a detectar el menor ruido externo. Tampoco se preocupaba si ella por casualidad llevaba la vista al gran saco que arrastraba con esfuerzo. Aquellos ojos mirarían sin ver. Pero lo que le impedía hacerlo de la manera fácil, era el temor a que por algún efecto del azar, el toldo que ocultaba el cadáver se moviese lo suficiente como para dejar el rostro al descubierto. Y si Isabel posara sobre él sus ojos no habría bloqueo que pudiese con lo que sucedería. En aquel momento reverberaron en su mente unas palabras que una vez ella le había dicho acerca de los recuerdos: “…hay imágenes olvidadas, y solo basta un empujón de las sombras para que caigan a la luz y transformen nuestro horizonte”. Pero tampoco podía dejar el cuerpo ahí. En algún momento Isabel podría entrar en la pieza del fondo solo por aburrimiento o para despejar su mente y vería lo que escondía el toldo. No, pensó Carlos, tengo que sacarlo ya o me arrepentiré por siempre. Pero antes de ir al patio, se paró al lado de Isabel que tenía la mirada fija en el monitor del ordenador. Sus ojos escudriñaban cada palabra, buscaban algún error, alguna frase que no cuadrara y como tantas otras veces Carlos tenía la misma presencia a su lado que cualquier objeto de la casa. Por favor, Isabel- le dijo mentalmente- permanecé así por unos minutos. Isabel no se inmutó, estaba muy lejos, en su mundo. Carlos se encaminó presto a la pieza del fondo, ató bien el cuerpo desde los pies hasta el cuello, asegurando cada pliegue del toldo con fuerza, ocultando cada rajadura para que nada lo agitase en el camino de salida. Cuando ya no encontró fallas empezó a arrastrarlo. Cruzó el patio y llegó a la puerta trasera de su casa sin escuchar ningún paso en el interior. Seguro de que Isabel no había abandonado su lugar anterior, abrió la puerta y continuó el trajín hasta llegar a la entrada del garage. Pondría el cuerpo en el baúl del auto y lo peor habría pasado. Pero antes de llegar, un viento helado en su hombro lo detuvo y cuando miró hacia atrás vio a Isabel con la mano puesta allí donde había sentido el frío. Carlos quedó paralizado con una mueca de horror en el rostro. El aire caliente le salía por la boca con gran esfuerzo. Isabel se agachó hasta donde estaba oculta la cabeza del cadáver y con apenas un movimiento casual descubrió su rostro. Carlos soltó el cuerpo y cayó sentado, mirando estupefacto a su amada. Ahora recuerdo –dijo ella- Con esta misma cuerda me colgué en la pieza del fondo. Y con esas palabras, ella desapareció para siempre.

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