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18 min
El cura demonio
Terror |
10.06.17
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Sinopsis

...

 

Lamento, desde lo más profundo de mi ser, estar atravesando, una vez más, un estado de terror tan paralizante. Lo peor del caso, es que el responsable de esto, aunque cueste creerlo, es mi fallecido abuelo:  

Durante mi niñez, cada vez que me quedaba a pasar la noche en su casa, él entraba en mi habitación y narraba, con un inquietante tono de voz, un episodio que, supuestamente, le había ocurrido de chico, cuando vivía en la ciudad de Tigre.

Luego crecí. Mi abuelo murió cuando yo tenía 27, hace cinco años. Lloré su muerte un largo tiempo, hasta caer en una horrible depresión. Aquella historia, la que me contaba, comenzó a retumbarme en la mente desde el día en que lo enterramos hasta que el psiquiatra me recetó cierta pastilla, meses después. Recordaba, en ese lapso, su ronca voz hablándome al oído. Sufrí. Sufrí por la pérdida, pero también por su siniestra herencia. Durante una gran parte del duelo lo odié con todo mi corazón ¿Cuál podía ser el sentido de contarle semejante crónica a un chico de tan corta edad? Luego me convencí de que mi abuelo era un mentiroso, que esa historia no podía ser cierta. Quizá, esa había sido la única manera que encontró para que yo le prestara atención. Mi otro abuelo me llevaba a la cancha, pero él odiaba el fútbol. Odiaba todo, en realidad.

La semana pasada, y no sé bien por qué, volví a soñar en él y su relato. Me desperté agitado cuatro o cinco veces en la madrugada. Abría los ojos, angustiado, oyendo el aterrador sonido de la lluvia explotando en las persianas. Lloré, y no me avergüenza reconocerlo. Amaba a mi abuelo, pero lamentablemente me traumó con su macabra experiencia. Sí, hoy me atrevo a afirmar que fue una experiencia. Sé que lo vivió. Lo comprobé. Estoy enojado y confundido. También arrepentido. ¿Por qué acepté pasar el fin de semana en Tigre? ¿Por qué?

La primera vez que me contó la historia, yo tenía apenas cinco años. Fue en mayo de 1989. Me había quedado a dormir en su casa, como casi todos los viernes. Cenamos milanesas con puré, mi comida favorita de esos tiempos, y de postre una torta de chocolate hecha por mi abuela. Me habré ido a acostar cerca de las once. Esa noche, mi abuelo ingresó en la habitación, como percibiendo que yo no me podía dormir. Se sentó al borde de la cama y me dijo:

  • Martín querido, si supieras lo mal que lo pasé a tu edad.

Yo, no entendiendo a qué se refería, le pregunté por qué. Y continuó.

  • Mi mamá, tu bisabuela, me llevaba a misa todos los domingos, en Tigre, mi ciudad natal. Nos levantábamos temprano y, primero, paseábamos un rato por la costanera. Admirábamos el río. Tigre no era como hoy. No había tanto asfalto, te diría que muy poco. Era una ciudad chica, pero maravillosa. Lo sigue siendo, aunque es diferente a aquellos tiempos. No había canteros en medio de las calles, ni tantas palmeras. Como te decía, dábamos unas vueltas por la costanera y caminábamos, despacito, hacia la Iglesia.

Hasta allí, me parecía una historia común y corriente. Si bien yo no iba a la iglesia, varios de mis compañeros del jardín, sí. Lo terrible comenzó un instante después, cuando al hablarme, la voz se le puso ronca y sus ojos, inyectados, se le humedecieron.

  • La iglesia era enorme. El nombre del cura no te lo voy a decir. Las pocas veces que lo volví a nombrar, algo malo sucedió durante el día – al decirme eso, una pequeña lágrima recorrió su mejilla. No era una lágrima de tristeza, sino de bronca, lo noté – ¿Qué tenía que hacer yo en una Iglesia, Martín? Aún hoy, 50 años más tarde, no le encuentro explicación. El cura era un tipo malo, malísimo. Apenas entrábamos, sentía su mirada penetrándome la frente. Era rubio, grandote. Más que un cura, parecía un boxeador ruso de peso pesado. Me aterraba.

Mi abuelo comenzaba a asustarme. No era el mismo tipo que había cenado conmigo una hora atrás, parecía otra persona. Siguió:

  • A mamá le gustaba que nos sentáramos en la primera fila. O sea, teníamos que caminar un montón de metros entre la gente, que me asustaban casi tanto como el cura, hasta llegar a su asiento favorito. Una vez allí, escuchábamos el sermón. Nunca entendí ni una sola palabra. Me sigo preguntando si el tipo hablaba en arameo, pero creéme Martín, yo no lo entendía. El cristo que estaba detrás de él, parecía que se me caía encima. Siempre pensé que mi muerte iba a ser aplastado por ese enorme crucifijo. Lo único que me salía hacer, era temblar. Ni siquiera me animaba a cerrar los ojos. Una vez, el cura vio a una persona con los ojos cerrados y le hizo pasar el papelón de su vida. No me quería arriesgar a eso.

Esa noche, en pleno relato, la cabeza comenzó a dolerme muchísimo. Es el primer registro que tengo sobre mis recurrentes dolores de cabeza. Obviamente, con el tiempo, también le eché la culpa de eso a mi abuelo.

  • Calculo que esta parte no me la vas a creer, pero te juro por nuestra familia que es real, Martín: una mañana de febrero, en plena misa, alcancé a ver como el cura ocultaba, entre sus ropas, unas enormes y repulsivas alas que sobresalían de su espalda. El tipo era un enviado de satanás, lo supe en ese preciso instante. No sé si me explico.

Sí, se explicaba. Insisto, contarle semejante atrocidad a un nene de cinco años me parece aberrante. Me llevó años de terapia poder sacarme esa imagen de la cabeza. En realidad, dos imágenes: Una, la de mi abuelo narrando, atormentado y atormentándome. Y la otra, el maldito cura demonio, con sus alas escondidas dentro de la sotana: cada vez que cerraba los ojos, lo podía ver.

  • Eso no es lo peor, ¿Sabés? Lo más atroz me sucedió un martes de ése mismo mes, al mediodía. Yo iba caminando por el centro de la ciudad, haciendo mandados para tu bisabuela, y lo vi. No iba de sotana, como en la iglesia, por eso dudé un instante. Pero cuando me miró a la cara, lo reconocí. No me saludó ni lo saludé. Él iba como para el lado del río y yo al revés. Nos cruzamos y seguimos de largo. Caminé cinco o seis pasos hasta que me di vuelta. Las alas eran demasiado evidentes, le abultaban la camisa. A los pocos segundos, mientras yo aún lo observaba, él también giró, ¿Y sabes qué hizo? Se arrancó la camisa de un tirón, desplegó las alas y salió volando. Voló tan alto que lo perdí de vista, Martín. Al domingo siguiente, la misma estaba a cargo de otro cura. Al cura demonio jamás lo volví a ver, salvo en sueños, casi todas las noches.

Viernes tras viernes, de mis cinco hasta mis ocho años, soportaba la misma historia. La leyenda del cura demonio, como la llamaba mi abuelo. Aunque, con el tiempo, me convencí de que no era una leyenda. Para que lo fuera, supuse, tendría que haber un mínimo registro de ése relato en algún otro lado. Pero no. A la única persona que se lo había escuchado, era a mi abuelo.  

Cuando cumplí los nueve, nuestra familia tuvo que atravesar un doloroso sobresalto: mi abuela murió de un infarto, a los 60 años. A partir de allí, y durante cuatro meses, íbamos con mis padres, todos los días, a su casa. Más que nada para que mi abuelo se adaptara a su nuevo estado civil: viudo. Yo le rogaba a Dios no tener que quedarme a pasar la noche allí. Antes, al menos, sabía que en la habitación de al lado estaba mi abuela ¿Pero quedarme sólo con él y escuchar su leyenda? No por favor, eso hubiese sido demasiado.

Los años pasaron y la relación con mi abuelo se enrarecía cada vez más. Domingo por medio almorzábamos en familia, en su casa. Cada vez que nos quedábamos un rato a solas, me preguntaba, despacito, para que nadie lo escuchara, si recordaba aquella historia con lujo de detalle. Mi abuelo era un tipo extraño. Me confundía demasiado: Por un lado, me llenaba de obsequios y se interesaba, más que mis propios padres, por mis actividades. Pero por otro, parecía disfrutar cada vez que me horrorizaba con su espeluznante experiencia. Cuando cumplí la mayoría de edad, en 2002, me regaló un libro de HP Lovecraft, que aún conservo en el estante más importante de mi biblioteca. Él tenía esos gestos, por eso mi confusión.  

Como dije al comienzo, a los pocos días que cumplí 27 años, mi abuelo murió. Ya estaba viejo, tenía 86. Meses antes del derrame cerebral que acabara con su vida, nos había pedido que lo enterráramos en el cementerio de Tigre, la ciudad de su niñez.

El día del entierro llovió como nunca antes, lo puedo afirmar. No fue un diluvio, fue el Padre de los diluvios. A mí, la angustia se me notaba a simple vista, nunca lloré tanto. Mi mamá, la hija de mi abuelo, estaba tan conmovida como yo. Nos pasamos toda la mañana abrazados, consolándonos mutuamente.

Allí, en pleno entierro, me hice una serie de preguntas que me llevaron mucho tiempo responder: ¿Estaba realmente triste, o sentía que me estaba sacando una pesada mochila de encima? ¿A mi abuelo lo amaba o en el fondo lo odiaba? ¿Por qué, mientras él vivía, lo esquivaba tanto? Obviamente por la leyenda, sin embargo ¿Habría algo más? Mi cabeza era un torbellino. La conclusión que saqué, luego de años de terapia, fue que sí, lo amaba. Pero me costaba entender su obsesión por asustarme con aquello.

El cementerio de tigre era estremecedor, o al menos eso me pareció aquel lluvioso día. Estaba ubicado en la calle Uruguay al 1000. Ver tantas cruces me causaba un fuerte rechazo sin entender por qué. Nunca fui demasiado religioso, pero tampoco anti. ¿Sería que la leyenda empezaba a calar hondo en mí? Mi abuelo cada vez que veía una cruz, se violentaba.

Los meses posteriores los pasé de la cama al psiquiatra y del psiquiatra a la cama. Fue fuerte la medicación, pero dio resultado. Ya el doloroso duelo estaba llegando a su fin y yo tenía que continuar con mi vida.

Un año más tarde conocía a Patricia y nos casamos a los pocos meses. Cuando cumplí 30, ya teníamos a Cesar, nuestro único hijo hasta el día de hoy. Sigo viviendo con ella. Construimos una preciosa familia y me siento feliz. O al menos me sentía, hasta la semana pasada, cuando la misma historia volvió a revolotear en mi mente.

El jueves, y luego de varios años de paz interior, volví a tener una pesadilla al respecto. En el sueño, lo veía a mi abuelo, caminando lentamente hacia mí. Mientras se acercaba, notaba que su lengua era de fuego y que sus ojos estaban vacíos. Cuando lo tuve frente a frente, intentó ahorcarme con ambas manos. Me desperté ahogado en un grito, preocupando a mi esposa.

  • ¿Martín que te pasa? – me preguntó.
  • Una simple pesadilla, no te asustes.

Al otro día no serví para nada. Hacía pocos meses que trabajaba en algo que realmente me gustaba, sin embargo, ésa mañana lo descuidé por completo. Sentía un absoluto cansancio físico y mental; las manos me temblequeaban y los labios los tenía tan secos que parecían papel de lija. Cuando volví a casa, Patricia me afirmó que me estaba enfermando. Yo sabía que no. Lo que me pasaba era otra cosa: la leyenda estaba volviendo a lastimarme.

Para colmo, ése mismo día, cuando el sol ya estaba bajando, mi esposa me hizo una propuesta que me heló la sangre:

  • Amor, ¿Qué te parece si mañana vamos a Tigre? Salió un artículo en el diario re lindo. Me gustaría pasar la tardé ahí. ¿Qué opinás?

Lo que yo opinaba no se lo podía decir. A ella jamás le había contado sobre mi abuelo ni la aterradora historia del cura demonio. Tigre, para mí, era sinónimo de todo aquello.

  • Sería genial pasar un sábado al aire libre – le respondí – ¿Pero por qué tiene que ser Tigre? Hay muchos otros lugares para pasear. San Pedro, por ejemplo, o Campana.
  • Al final, cada vez que te propongo algo, es para que vos me digas que no. Siempre lo mismo.
  • Está bien, está bien. Vayamos a Tigre, no hay problema.

Sinceramente, no tenía ganas de discutir, no me sentía con fuerzas como para hacerlo. Además, mientras le hablaba, sentía que no era tan mala idea pasar el sábado allí. Caminar sus calles, respirar aire puro, pero, sobre todo, conocer la famosa Iglesia y darme cuenta de que no tenía razones para seguir atormentado. Podía llegar a ser la cura de todos mis males: enfrentarme con la parte más complicada de mi pasado. Eso mismo me había dicho mi psicólogo, tiempo atrás.

El sábado me desperté sobresaltado a las tres y a las cuatro de la mañana. Otra vez la misma pesadilla que la noche anterior: mi abuelo y el cura demonio.

Nos levantamos a las ocho y me fui a comprar facturas, mientras Patricia preparaba unos mates. Desayunamos y despertamos a Cesar cerca de las diez. A las once nos subimos al coche y no paramos hasta Tigre.

Pocos kilómetros antes de ingresar al centro de la ciudad, un hilo de transpiración helada recorrió mi espada hasta estremecerme. También sentía mojadas las manos, que se me pegoteaban al volante. De nuevo me sentía mal. Demasiado mal.

  • Amor, por más que vos me digas lo contrario, te estas enfermando. ¿Querés pegar la vuelta?
  • ¡No! – contesté, en contra de mi voluntad.

Paramos en el centro. Estacionamos justo a la vuelta de la estación de trenes, a pocos metros del río. Caminamos. Caminamos bastante. Me sentía nervioso y aturdido. Mi esposa y mi hijo me miraban con los ojos bien abiertos. Ellos percibían que algo no andaba bien. En el fondo, creo que Patricia también sabía que no me estaba enfermando, sino que había algo más. Algo oscuro.

Así y todo, me hice un hueco en la mente para poder apreciar el paisaje. Tigre me estaba gustando. La ciudad era tal cual me la había contado mi abuelo, pero bastante más moderna. Los barcos anclados al borde del río me atraían muchísimo. Además de las lanchas colectivas, trasladando una gran cantidad de pasajeros hacia la isla. También me agradaban las baldosas de las veredas: grises y con unos perfectos dibujos geométricos.

Cuando parecía que, de a poco, me iba olvidando de mi abuelo y su legado, paré a comprar cigarrillos y un agua mineral. En el kiosco había un puñado personas antes que yo, así que, mientras esperaba por ser atendido, saqué mi celular para chequear si tenía algún nuevo mensaje de texto.

  • ¿Qué va a llevar, joven? – me dijo una fría voz.

Me sorprendí: no era yo quien seguía en la fila, sino que se habían salteado, como mínimo, a tres clientes para atenderme. Quité la mirada del celular y la deposité en los ojos del kiosquero. Casi me caí de espaldas. Era un tipo rubio, alto y con una musculatura magistral. No parecía un kiosquero, sino un boxeador ruso de peso pesado.

  • Cigarrillos, de cualquier marca, y un agua mineral – dije, nervioso. 
  • ¿De cualquier marca? – me preguntó.
  • Si, cualquier marca. Lo que pasa es que estoy apurado.

Mientras decía esas palabras, noté que los demás clientes habían desaparecido como por arte de magia. Estábamos sólo él y yo. Cara a cara. ¿Qué pasó acá? Me pregunté, incrédulo. Los síntomas que había estado sufriendo desde el jueves a la noche y que, despacito, se me estaba yendo, volvieron todos juntos: boca seca, transpiración extrema, temblores. Habrá sido un minuto de desesperación y muchísimo miedo. Hasta que la vista se me fue nublando y caí al suelo sin conciencia.

Me desperté en un cuarto de dos metros por dos metros, en el suelo, apenas iluminado por la luz de una vela. Comencé a moverme de un extremo al otro, hasta que alguien abrió la puerta. Era él.

  • Yo sabía que éste día iba a llegar – dijo, con tranquilidad – El nieto de Juan Carlos.
  • ¿Qué querés de mí? No sé quién sos – grité.
  • Pero creo que lo imaginás. ¿O me equivoco?
  • No, no lo sé.
  • Te voy a ayudar: estuve en todo momento, sin que él lo sepa, cerca de tu abuelo. Y, por ende, también cerca tuyo. Sé todo. Cada una de las palabras que te decía cuando te quedabas en su casa, te las decía a vos… y a mí.  

Luego de ese pequeño diálogo, el tipo se me sentó enfrente, observándome. Por momentos se reía. Así pasamos unos cuantos minutos, sin decirnos ni una sola palabra. A veces se paraba y caminaba, pero sin dejar de mirarme.     

  • Nunca supe cómo – dijo, al fin – pero tu abuelo sabía quién era yo… y eso me costó bastante caro.
  • Esto no puede estar pasando – respondí.
  • Paso a explicarte, a ver si logras entender: a mí me enviaron a la tierra hace un montón de años. Del infierno, claro. Tenía que hacer un trabajo simple, pero, por culpa de tu abuelo, no lo pude lograr. Debía infiltrarme en una iglesia católica para sacar cierta información. Y para que todo fuera perfecto, nadie debía desconfiar. Quizá, me equivoqué con la cara que elegí: demasiado llamativa. Pero todo iba bien, hasta que alguien percibió algo raro en mí. Allí, tuve que desaparecer. Y para vengarme, desplegué éstas alas delante de él. – se quitó la camisa, mostrándome dos repulsivas alas negras y verdes – Sé que con eso lo traumé de por vida. Volví al infierno y comenté lo que había sucedido. La siguiente misión era no perderle pisada a tu abuelo. Él no debía contarle a nadie lo que había visto. Pero lo hizo. Se lo contó a una sola persona. Y si no me equivoco, sabés mejor que yo a quién. 

Yo estaba obnubilado. Pasé del pánico al placer en pocos minutos. Aquel relato, narrado por su protagonista, me estaba enamorando. El tipo era un tremendo seductor. Le pregunté que debía hacer, y su respuesta fue muy simple.

  • No tenés que hacer nada. Ahora vas a salir, y le vas a decir a tu mujer que te descompusiste en el kiosco y que te llevé adentro hasta que te sentiste mejor. Después de eso… nada más. Una sola cosa, en realidad: no cometas el mismo error que cometió tu abuelo. 

Me dejó salir, hice lo que me pidió y mi mujer me lo creyó. Ahora se viene la segunda parte: No cometer el mismo error que cometió mi abuelo. ¿Y cuál habrá sido ese error? ¿Contarme su experiencia? No lo sé, pero por las dudas, lo que me sucedió en Tigre voy a llevármelo a la tumba.  

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Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

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