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El derribado Belalcazar y el cacique Puben.
Amor |
17.09.20
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Sinopsis

El derribado Belalcazar y el cacique Puben.

Por: Felipe Solarte Nates

Años antes, entre otras,  tumbaron las de Mussolini, Hitler, Lenin, Stalin, Hussein.

Gracias a la intercomunicada “Aldea global”, la reciente moda de bajar monumentos a conquistadores y esclavistas se regó por todo el mundo después del asesinato del afrodescendiente George Floyd, cometido por policías norteamericanos. Ni el cruel y mutilador emperador Belga Leopoldo II se salvó de que le cobraran sus atrocidades en el Congo.

 A segundo plano de los medios locales y nacionales pasó la información relacionada con el asesinato de un dirigente indígena de Totoró y su hija; y el posterior panfleto publicado amenazando a su pariente el alcalde Conejo y a todos a los que, con mala ortografía, acusan de ser: “invasores, extorsionistas, etc”, si no abandonan el territorio.

Todos los informes de los corresponsales de televisión, radio y periódicos y las fotos, videos y compartires y comentarios navegando por las redes sociales, se concentraron en la tumbada de la estatua de Sebastián de Belalcazar, por parte de un grupo de indígenas Misaks o guambianos, que para el Cuarto Centenario de la fundación oficial de Popayán, por parte de los conquistadores españoles, le encargaron al famoso escultor Victorio Macho, -el mismo que para la ciudad de Madrid construyó el monumento al médico Menendez Cajal, según me informa Guido Enriquez- y que inicialmente iban a instalar en la plazoleta de San Francisco; mientras El Morro, cerro piramidal construido por los indígenas pubenzas o pubenences, iba a ser coronado con la escultura del cacique Puben, creada por el célebre escultor colombiano Rómulo Rozo, que al no tener respaldo en su tierra se fue para México, con la maqueta para esculpirla no se sí en su capital, donde fue maestro en la UNAM, o en Mérida, Yucatán, adonde fue a enseñar y a morirse.

 

Es un acto simbólico, que atiza la polarización alrededor: no de hechos reales de “conquista moderna”, como la  sistemática eliminación de líderes indígenas, campesinos, ecologistas, etc que luchan por defender sus territorios y “nuevas fronteras de colonización” apetecidas por narco-hacendados-ganaderos afectos al régimen y  el gran capital agroindustrial e impulsor de macro-proyectos minero-energéticos en los llamados “baldios” de la Nación y en parques naturales y territorios colectivos ocupados por comunidades indígenas y afrodescendientes asediadas por guerrillas, paramilitares reciclados, bandas de narcotraficantes nacionales y mexicanos, etc, con las fuerzas armadas esperando que se maten entre todos, y con el terror y la violencia desplacen a los escasos habitantes que son obstáculo para el “desarrollo neoliberal”.  

Logran distraer la atención de lo fundamental, al concentrarse en la destrucción de la iconografía de la empobrecida ciudad en la que no se han instalado grandes fábricas y que con vestigios de su antigua riqueza, hoy sobrevive con sus edificios coloniales convertidos en atractivos turísticos, más los centros educativos, el comercio y los servicios, que configuran su pauperrima economía;  y en la que ya no habitan los antiguos terratenientes, sino miles de desempleados rebuscadores, inmigrantes de municipios vecinos, algunos enriquecidos gracias a la producción de cocaína, miles de desplazados por la pobreza y violencia, y una cada vez más reducida burocracia.

 Se desenfoca así,  la discusión principal sobre los violentos y cotidianos hechos de la nueva oleada conquistadora desplegada por la economía legal e ilegal en territorios que el Estado dejó en manos de las guerrillas, paramilitares y numerosas bandas ligadas al narcotráfico, minería ilegal, la extorsión, el contrabando, etc, olvidando que desde hace tiempo ya estaba en discusión el traslado de la estatua de Belalcazar a la plazoleta de San Francisco,  después de la construcción del monumento al cacique Puben, u  otra escultura que consensualmente y no dirimida a garrote y machete,  acuerden entre ellas las comunidades indígenas.

 

 

 

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Escribo por necesidad de expresar lo que no puedo hablar con mis conocidos y otras personas que nos limitan con su presencia y nuestros temores y prejuicios. El papel nos permite contar historias sin las limitaciones de tener alguien al frente. Me ha gustado leer desde la niñez y empecé a intentar con la narrativa a mediados de la década del 70 del siglo pasado.Soy columnista de algunos periódicos regionales en Locombia. Publiqué mi primer libro "Relatos en busca de Título" en 2011 .

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