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5 min
El Despertador
Amor |
07.07.15
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Sinopsis

Sin saber por qué

El Despertador

 

El despertador sonó como cada amanecer. Su mano izquierda no encontraba en el espacio la trayectoria más acertada para devolver al silencio la estancia. Ausencia de esa alarma, que crispaba en esta ocasión sus nervios completamente, al reafirmar ese frío timbre una jornada que no era posible prorrogar más.

Las  tostadas tenían un corte muy desigual aquella mañana, la leche acabó por dibujar en el suelo cartografías imposibles ya que su pulso vacilo en exceso antes de introducirla en el microondas. Su cama era en esos instantes una montaña de ropa sin ningún criterio, pantalones y camisas se enredaban como las piernas de los amantes sin solución aparente. Sabía que no podía dejar al azar su vestuario ese día, ya era bastante su desaliño habitual, tenía que elegir.

Y en medio de esas prisas, frenadas de alguna manera, su mente estaba en otro lugar, a millas de todo lo que estaba a punto de dar un golpe sordo e irremediable a su existencia. En esta ocasión no podría mirar el cielo, o distraer su concentración en ninguna forma ni color que le rodease.

No era capaz de encender el móvil, le temblaba el pulso justo cuando su dedo índice se acercaba haciendo el intento de encenderlo sin remedio. Una tormenta se desato allí fuera tras los cristales, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo dejando una rara sensación, como si todas esas gotas besaran las ventanas. No era la primera vez que tenía la sensación de que iba perdiendo la cordura, que ya no dominaba sus pensamientos más íntimos, que era tarde para tener seguridad alguna en ese aspecto.

 El grifo del baño seguía abierto y empezaba a rebosar su lugar natural para empezar a expandirse por el suelo del cuarto de baño, en una procesión sin estridencias hacia el piso del dormitorio. No transcurrió apenas tiempo para que el agua entrase en contacto con los documentos que descansaban en el suelo junto a la mesita de noche. Este contratiempo fue silencioso pero arruinaba por momentos el trabajo de semanas que él había realizado con una fatiga fuera de lo normal debido a que cualquier acto de afirmación pareciese hacerlo desaparecer gradualmente.

La lluvia ahogaba sus esperanzas, no podía evitar pensar en su infancia en esos momentos. De niño disfrutaba con momentos como ese, pasando largas horas en ocasiones mirando como las gotas de lluvia lo penetraban todo, como cambiaba radicalmente toda esa apariencia en cuestión de segundos. Era casi inevitable que muchas veces sacase la mano al exterior para girarla rápidamente enseñando la palma de su mano al cielo mientras sentía el agua recorrer la geografía de su pequeña mano. Nunca supo el por qué pero ese gesto le inundaba de calma, como si el color azul llegase a cada rincón de su cuerpo, como si su madre le hubiese dado aquel abrazo que no llegaba.

Todos tenemos algún día que andar a ciegas, arriesgar todo a la espera de haber acertado, en ese punto se encontraba él, entre la cama y el ascensor, parecía un espacio inabarcable, enorme y tan frío. El reloj del despertador ajeno a todo marcaba la proximidad casi molesta del final  de esa espera involuntaria y necesaria. Le visitaba; su aroma, sus sonrisas, su forma de caminar, sus ademanes, su tez, era justo lo inevitable. Justo ahora intentaba evadirse asido a su cintura, la de la mujer que le miro a los ojos, supo de su extraña existencia, era delicada y como vapor de fresa.

Como un martillo los segundos se agolpaban y llenaban todo el espacio en aquella habitación reducida a lo básico para vivir modestamente. Sus posibles pantalones seguían en aquella madeja de ropa sobre la cama, sus papeles esparcidos y mojados eran un imposible a estas alturas, no contaba con tiempo para arreglar lo inevitable. El móvil desconectado ajeno al paso de los acontecimientos esperaba su dedo índice, pero hace ya rato que él se encontraba desbordado por sus miedos a ser el mismo, a enfrentar aquella entrevista que ponía de nuevo el suelo bajos sus pies.

No todo había salido mal en su vida. No todo lo había desconcertado de ese modo; sin embargo respiraba esa impresión de ir fragmentándose en cada paso desde que fue aceptando seguir el camino de los días. La vida era impasible y no había forma de desbloquearla, de romper su cadencia, de escapar a sus decretos. Ella aquella noche le había besado con una densidad que absorbió su felicidad, compartiendo un infinito que sólo pasa una vez en la vida.

 

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