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7 min
El despertar
Suspense |
19.02.15
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Sinopsis

Raramente encontramos explicación a determinados sucesos que celosamente esconden las familias, secretos que no obstante llegan a ser públicos y de los que nadie tiene el valor de comentar. La historia transcurre en una pequeña aldea de Jaén, en una época en la que se sobrevivía entre hambre, aislamiento y demasiada miseria.

Durante el parto, la abuela María se apresuraba a calentar agua en la chimenea, no hay tiempo que perder gritaba, viene mucho antes de que nadie lo haya llamado. La lumbre era poderosa, y la cazuela, abollada y ennegrecida, parecía no tener prisa por comenzar la ebullición. Una tela improvisada a modo de toalla, cuyo origen se remonta a la única dote de nupcias recibida por la anciana, constituiría el primer contacto del nuevo venido con el mundo terrenal. Había perdido el bordado original, apenas se podían percibir formas homogéneas en su dibujo, aunque tampoco llegó a entender nunca el significado de aquellos grabados, prefirió pensar que se trataban de flores aunque tenían cierta similitud con aves rapaces.


El dolor fué repentino, agudo, en pleno gallinero, justo antes de la recogida de huevos por la preocupada preñada. La cesta de mimbre cayó sobre el estiércol a plena entrada del cercado, tan sólo hubo tiempo de cerrarlo para que las gallinas no se despirgaran de nuevo por la callejuela. Corre a la ciénaga y avisa a tú padre, necesitaré sus manos en seguida. Tan pronto lo escuchó, Juan, el primogénito, salió a la carrera, dejando cada vez más y más lejos los gritos de su abuela, corre maldito, corre.


La cazuela estaba a punto, retirarla del fuego no era tarea fácil, máximo cuando el trapo dedicado a tal fin debía ser más útil en el propio parto. No queda mucho por perder, pensó la abuela, estiró las mangas de lana de su mantón y agarró con fuerza y determinación la cazuela. El asa quemaba, y antes de poder acercarla a la mesa ya había provocado que parte de su contenido se desperdiciara por el suelo de piedra. Los gritos de la preñada cada vez sonaban más desconsolados, no desesperes que ya estoy ahí, gritaba también desesperada la anciana. Optó por acudir a la habitación dejando por ahora la cazuela sobre la mesa, al entrar, tras apartar la tela que servía de puerta, su rostro se volvió pálido, inerte. La cama estaba encharcada en sangre y la parturienta no dejaba de retorcerse sobre si misma rabiando a los cuatro vientos su dolor. La sujetó con todas sus fuerzas, sosteniendo los brazos alzados hacia el cabezal de la cama, agárrate fuerte, agárrate fuerte, rápidamente levantó la colcha por su parte inferior, el sudor y la sangre se habían mezclado de tal forma que repelieron de una bocanada a la anciana. De nuevo lo intentó, destapó a la parturienta tirando fuertemente de la manta, que recayó al otro lado de la cama. La que debía ser madre, al percibirse de la sangre levantó la mirada apresuradamente alcanzando la cara de espanto de su suegra, acto seguido se desmayó sin que diera tiempo a que sus manos se desprendieran del cabezal de hierro.


Pocos segundos pasaron entonces, la veterana comadrona corrió hacia la chimenea, agarró la cazuela sin prevención alguna y llegando a la cama vertió buena parte del agua en los bajos de su nuera. El colchón, saturado de líquidos, no tardó en chorrear un agua tintada en sangre que empaparon los pies de la anciana. Dejó la cazuela en el suelo, y con las manos aún ardiendo palpó el sexo de la joven. Como era posible, se preguntaba en voz alta, aún no es la hora. Al levantar la mano pudo comprobar que el riego de sangre no había cesado, ágilmente intento reanimarla, bofeteándola varias veces, marcando el rostro con su propia sangre. No obstante, no obtuvo resultado alguno. Intentó tomar el pulso de la joven, primero en una muñeca y luego en la otra, pero fué algo que nunca supo detectar, aturdida y sin opción a errar volvió a alzar la cazuela, esta vez para volcarla sobre el rostro de la parturienta. Con la cazuela ya vacía, y aún caliente, sostenida sobre su mano derecha entendió que la madre ya había marchado.


La rabia e impotencia contenida desbordó por sus cuerdas vocales, malditas seas, maldita seas, ni para parir has servido, se lamentaba entre un llanto seco y frío. De repente su hijo llegó a la casa, en apenas dos zancadas ya estaba dentro de la habitación, frenó en mojado. Chapoteando se acercó a la mujer, apartando con violencia a su madre, le puso el índice en el cuello, y perdido insistió más abajo, siguió con dos dedos, tres, más a la izquierda, ahora arriba, pero nada notaba. Desesperado se llevo las manos a la cara, mientras su mirada se perdía en la barriga de la no-madre. Y el niño? preguntó tembloroso, cómo... el niño?, sí, sí, el niño respondió él. Ambos, sin tener claro como actuar buscaban un aliento y respuesta en la mirada del otro encontrando temor e inseguridad. No volvieron a dirigirse la palabra esa noche.


El hombre, tal y como esperaba su perpleja madre, acudió con paso firme a la cocina, buscó y encontró entre el escueto menaje el cuchillo que tantas veces había servido para depellejar pollos y conejos, entró en la habitación. La anciana al verlo le cogió del antebrazo derecho, él la miró rabioso y empuño aún más fuerte. La anciana, con el otro brazo, recogió del suelo la tela de su boda, la acercó hacia la mano del hijo y temblorosa limpió el filo del cuchillo mirándole a los ojos. Nunca más volvieron a mirarse a la cara.

Apretando con una mano la barriga, se arrodilló subido a la cama, abrió todo lo que pudo las piernas de la que fue su esposa y, tras santiguarse con la mano derecha empuñando el cuchillo y con los ojos cerrados, realizó un corte horizontal lo suficientemente profundo como para que sus rodillas también se impregnarán de placenta.


Resulta imposible determinar cuánto tiempo transcurrió, quizás un segundo, quizás un minuto, quizás una vida. Juan llegó fatigado a la casa, le faltaba el aliento necesario para preguntar cuando vió salir a su padre de la habitación con un bulto envuelto en sus brazos. El padre hizo caso omiso del fatigado niño, se acercó a la mesa y con el antebrazo la limpió contundentemente haciendo caer todo lo que en ella estaba. Tembloroso, dejó el bulto de tela encima de la mesa, y sin mediar palabra salió de la casa. El niño, asustado, esperó a no escuchar los pasos del padre para acercarse a la mesa, utilizando una silla se asomó al bulto de tela ensangrentado, con sumo cuidado destapó la parte superior cuando pudo apreciar los ojos despiertos e iluminados del que sería su hermano. Rápido corrió hacia la habitación ilusionado, ya llegó el niño, madre ya llegó el niño, gritaba, de repente su abuela le veto el acceso, mirándole con frialdad la anciana le contestó, no es un niño, es una niña.
 

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