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7 min
EL DESPIDO DE JACINTO
Humor |
05.01.18
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Sinopsis

Existen días en que todo parece cambiar a tu favor, la euforia te embarga y vives plenamente, a tope, con alegría, aunque con cierto temor a que se acabe lo bueno.

Andrés apuró el paso, pasaban dos minutos de las ocho de la mañana, como siguiera así no tardaría en recibir una amonestación, eso sin contar con el bocado a su nómina. Respiró tranquilo al introducir la ficha y ver que no superaba los cinco minutos de margen.

 

-Hola,  Andrés, no nos libramos ni un solo día.  –Alicia encajó la tarjeta en la ranura precipitadamente.

—Tranquila, debe de ir un pelín retrasado, a mí no me ha marcado en rojo.

—Pues que suerte, mira –Alicia mostraba su ficha que marcaba el retraso en vivo color rojo.

—Acabas de donar a la empresa veinte euritos.

—Hijos de...  Por cierto, y hablando de ellos, ¿qué opinas de lo de Jacinto?

—¿A qué te refieres? ¿Qué ha hecho esta vez? O mejor dicho, ¿a quién?

—Ah, claro, ayer tuviste reconocimiento médico y no viniste, pues agárrate: ¡Le han despedido!

—¿Qué dices? ¿Estás segura?

—Y tanto, mira, aquí tengo una copia del memorando. –Extrajo un hoja doblada de su bolso—. Ayer circuló por toda la oficina, seguro que te lo han enviado, pero, claro, no estabas.

—Me dejas de una pieza –dijo tras leerlo muy rápido—. Bueno, Ali, ¿nos vemos luego?

—Sí, saldré a desayunar, hasta luego.

 

Andrés caminó hacia su puesto con la cabeza baja, no podía dar crédito a la noticia que acaban de darle. Pero aquello significaba muchas cosas, y cualquiera de ellas le afectaba. La primera: Un cambio de jefe inmediato; La segunda: Podría ser peor que el hijo de su madre de Jacinto; La tercera, aunque muy poco probable: Que le ascendieran y ocupara él mismo el puesto.

 

Nada más acoplarse en su silla ergonómica sintió una mano en el hombro. La voz de su compañero Eduardo le susurró:

—¿A ver si adivinas a quién han despedido?

—Me he encontrado a Alicia en el reloj.

—Vaya, así que ya te has enterado. Qué rabia, me hubiera gustado disfrutar de tu gesto de sorpresa.

—Pues mírame porque no creo que se me haya quitado, todavía estoy perplejo.

—Pues deja el asombro porque esto hay que celebrarlo, no todos los días te libras del peor jefe del mundo.

—No cantemos victoria, Edu, ¿Y si el sustituto es peor? En esta vida nunca se sabe.

—No seas pesimista, hombre, al mal tiempo buena cara.

—Y que lo digas, he fichado por los pelos, está todo nevado, la ciudad se mueve con mucha lentitud ¿No podrían las empresas aumentar el margen de entrada en estos meses?

—Pues si te dan el puesto de Jacinto podrás plantearlo en la junta directiva.

—¿Pero qué dices, Edu, te has vuelto loco?

—¿Quién es el más indicado? A ver, dime.

—Precisamente he sido yo el que más enfrentamientos he tenido con él, y siempre, como es lógico, he salido mal parado, los jefazos no tienen precisamente un buen concepto de mi persona.

—Eso no lo puedes saber.

—Bueno, trabajemos un poco. –Había abierto el correo electrónico y estaba repasando la bandeja de entrada—. Oye, aquí no hay ningún memorando.

—¡Vaya, así que a ti no te lo han enviado! Pues ya sabes lo que eso significa, querido compi, no sé si empezar ya a llamarte jefe.

—No digas tonterías.

—Madre mía, Andrés, me va a costar acostumbrarme. Don Andrés Revuelta, Jefe de Departamento. No veas qué bien queda eso en las tarjetas, y ni te digo la chapita sobre tu mesa de despacho.

 

Por primera vez aquella mañana Andrés sonrió. Se elevó un poco para otear por encima del separador hasta divisar el despacho cerrado. Recorrió con una mirada soñadora toda la superficie diáfana de la oficina, sus compañeros se afanaban en sus teclados o atendían los teléfonos.

 

—Buenos días, chicos. –Juanjo, el compañero del otro lado, se asomó por encima del separador—. Supongo que ya te habrás enterado, Andrés. Por cierto, que eso de no soportar más a ese subnormal se merece celebrarlo con un buen desayuno, que debería pagar el agraciado, además, lo más probable es que le sustituyas. Jefe Andrés, suena bien.

—Al parecer hoy no tenéis mucho trabajo.

—¿Y qué si lo tenemos? Hoy no vendrá nadie a ladrarnos.

—Eso es cierto, pero puede bajar alguno de los súper.

—Me ha dicho Pilar que están todos en junta hasta las doce como mínimo, pero serán más bien las dos, como siempre.

—Siendo así, ¿qué tal si bajamos ya? Nos tomaremos un desayuno de dos horas, pago yo.

—Por mí perfecto, además podemos echar una partidita. ¿Qué dices tú, Juanjo?

Darme cinco minutos que dejo esto trabajando solo y nos vamos.

A los quince minutos estaban los tres acoplados en una mesa de la cafetería de la esquina, a esa hora apenas había clientes. Andrés estaba tan excitado que no tenía mucho apetito, pero aún así pidió un buen plato de huevos con tocino y una buena ración de pan recién tostado.

 

—Esto está cojonudo compañeros. –Eduardo se estaba lamiendo impúdicamente el índice de su mano izquierda, la que usaba para mojar el pan.

—Y que lo digas, tío. –Juanjo se limpiaba el bigote aceitoso—. No te veo muy animado, Andrés ¿Te pasa algo?

—Nada, es solo que aún no me creo mi suerte.

—Pues menos te lo creerás cuando te nombren Jefe –dijo Eduardo.

 

En ese preciso instante entró Alicia corriendo como una loca, llegó hasta la mesa y se abrazó a Andrés por la espalda haciendo fuerza a la vez para que se levantara.

 

—¿Pero qué haces aquí? Te está buscando todo el mundo, don Saturnino te ha llamado a su despacho, y al no encontrarte, ha dado orden de que te busquemos y vayas ¡inmediatamente! Ya sabes lo que significa eso, Jefe.

 

Andrés miró a los tres solo un momento, estaban todos sonrientes, felices por él, le querían bien. Soltó un billete de cincuenta euros sobre la mesa y salió corriendo de la cafetería.

 

—¿Pero cómo que no sabes nada? Pero... Pilar, me acaban de decir que don Saturnino me ha llamado para que acuda urgente a su despacho.

—Mira, Andrés, no sé qué mosca te habrá picado, pero lo que dices no tiene sentido. En primer lugar porque don Saturnino no está en su despacho, sino en la sala de juntas, y si te necesitara, me mandaría a mí que te buscara. Y desde luego no lo ha hecho.

 

Bajó las escaleras a la mitad de la velocidad que había empleado en subirlas, iba cabizbajo, intentaba encontrar una explicación sin éxito. De pronto se quedó petrificado al ver salir, del cubículo que era su puesto de trabajo, a Jacinto.

 

Llevaba unos papeles que observaba con interés colgando de sus manos.

 

—¿Se puede saber dónde estaba usted, Andrés?  ¿Y qué leches es esto?

 

Los papeles tenían forma de recortable, con brazos y piernas separados. Andrés miró el calendario que colgaba en su cubículo, el cuadrito para marcar señalaba el 28 de diciembre.

 

 

 

© Eduardo Acevedo Regidor

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  • Cruel inocentada con varios confabulados, ¡ Hasta el autor! Me gustó el final porque trata de sorprender al lector y es el final que me encanta. Saludos. Gracias por su comentario en El Relato.
    A buena broma... muy pesada, diría yo. Excelente la narración de principio a fin. Lo disfruté. Un saludo.
    Me parece que del punto de vista del personaje central no fue nada gracioso. Abrazo.
    Escribiste una historia simpática. Coincido en lo de acortarla
    Muy gracioso, buena inocentada. También opino quizá eliminar algunas frases para fuese más corto. Saludos Eduardo
    Jeje,está divertido,yo lo acrortaría un poquito.
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