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9 min
El destino
Amor |
14.09.12
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Sinopsis

Hay gente que cree en el destino quizás exageradamente

 

Se trata de una fuerza desconocida que actúa de forma inevitable sobre las personas y los acontecimientos. Es algo irremediable que no se puede cambiar.En las culturas occidentales y orientales, la mayoría de las religiones han creído en formas de destino especialmente relacionadas con la predestinación. Todas ellas consideran que el destino es un plan creado por dios, por lo que no puede ser alterado o modificado.

Y este era el pensamiento y la creencia de los protagonistas de la historia que les paso a relatar a continuación.

Mónica y Alejandro eran una pareja que ya habían pasado los 40 años y tenían 2 hijos, niño y niña. Su educación religiosa, no en vano el padre de ella era pastor ortodoxo, les habían formado en valores muy cercanos a lo que interpretaban las Sagradas escrituras. Ellos también tenían intención en hacerles ver a sus hijos las bondades de la religión que desde generaciones practicaban y profesaban. Indudablemente creían en el destino. Sabían que este destino les había unido, les habían hecho tener 2 hijos e incluso trabajar en los oficios en los que estaban actualmente. Su vida se movía por el dictado divino y no por las decisiones propias.

La familia vivía felizmente, el hijo mayor ya tenía 7 años y la pequeña cumplía 3 el mes siguiente. Esta última había dejado de ser un bebé y muchos de los enseres que utilizaba no dejaban de ser una molestia en la casa, por lo que debían desprenderse de ellos. La silla, el carrito que compraron por el nacimiento de la pequeña,  casi estaba intacto. En su día era el último modelo, lo más moderno que se encontraba en el mercado. Con sus 3 ruedas, la suspensión delantera y trasera, el parasol a juego la funda protectora, los frenos de disco, etc. La pequeña apenas lo utilizaba ya, es más,  desde que empezó a dar sus primeros pasos a los 11 meses de vida, prácticamente no quiso utilizarlo más, a no ser que fuera por causa de fuerza mayor o le obligasen los padres para acelerar la  ralentizada marcha.

Un día, cansado Alejandro de “el carrito”, y aprovechando que lo tenía guardado en el maletero de su vehículo, se le ocurrió la feliz idea de desprenderse de él. Después de aparcar el vehículo en una calle alejada aproximadamente unos 500 metros de su vivienda, observando a un lado y a otro que nadie se encontrara cerca o al menos ninguna persona le  mirara ,  abrió el maletero y sacó el flamante carrito. Lo dejó con precaución encima de una zona con un césped tupido y se alejó lentamente. Nadie le había visto y si lo hubieran hecho tampoco hubiese cometido ningún delito, más bien al contrario, en vez de venderlo lo dejó para que algún necesitado pudiese aprovechar las excelencias de la silla de paseo.

Y así fue como regresó a su casa feliz y contento de su buena acción y sobretodo de ver a sus seres más queridos,  su mujer y sus hijos que le esperaban con impaciencia y alegría.

Después de una cena copiosa, como todas las noches se acostaron no más tarde de las 10, no en vano Alejandro debía de levantarse pronto para comenzar su jornada de trabajo habitual.

Así  fue como se levantó a las 7 de la mañana. Tras la ducha y el desayuno, media hora más tarde salió de su vivienda. Al abrir la puerta, cuál fue su sorpresa y su estupefacción cuando observó que allí mismo, en la misma puerta de su casa se encontraba el carrito de su hija, aquél que había dejado el día anterior en la calle. No podía dar crédito a lo que estaba viendo, por lo que cogió la silla y la volvió a dejar en la calle. Habría sido una casualidad, pensó.

Pero no fue así. A media mañana, Alejandro recibió una llamada de Mónica

-      Cariño, te tengo que contar algo

-      Dime, amor mío

-      Aunque no te lo creas…te acuerdas de la silla de paseo de Andrea

-      No me lo digas…la has visto

-      ¿cómo lo sabes?

-      Yo la he encontrado esta mañana en la puerta de casa y para que no te preocupases la he vuelto a dejar en la calle. No me digas que la has vuelto a…

-      Si, aquí estaba en la puerta de casa

-      Bueno, imagino que sabrás que significa eso…

-      Ya, aunque no es lo que teníamos previsto, pero si el destino así lo quiere, no habrá más remedio

-      Si cariño, mete el carrito en casa otra vez

Y así fue como al cabo de 9 meses un nuevo bebé vino al mundo. Una preciosa niña de nombre Alba a la que no había que comprar una silla de paseo nueva, volvió a llenar de alegría e ilusión la casa de Alejandro y  Mónica.

Transcurrieron días, semanas y meses felices. A pesar de la falta de tiempo, de las pocas horas para dormir y de las estrecheces económicas todo se compensaba con la alegría, la felicidad y el amor que siempre reinaba en esa bendita casa. Si algún mal momento pasaban, sólo debían recordar que el destino que les había hecho felices también había querido que tuvieran a un miembro más en la familia y eso les reconfortaba y les tranquilizaba.

Pero al cabo de 3 años debían enfrentarse a un nuevo reto, a una nueva prueba. El bendito o maldito carrito, la silla de paseo de sus hijos ya había dejado de cumplir su función. No debían dejarla en casa más tiempo, pero por el contrario estaban temerosos de que les ocurriese lo mismo que la otra vez. 4 hijos ya no eran posibles con un modesto sueldo.

Una noche de invierno, aprovechando la soledad de las calles y armándose de valor, Alejandro agarró el carrito, lo metió en el coche y lo llevó a un “punto limpio”. Lo arrojó a un contenedor y se marchó sin mirar atrás. Se metió en el coche y ¡oh dios mío!, ¡no podía ser! se le había caído el anillo de bodas de su dedo anular. Dio la vuelta, volvió al lugar en el que había depositado el carrito y buscó su anillo. Pidió ayuda al operario y entre los 2 miraron durante un buen tiempo, pero no lo encontraron.

Alejandro tenía un disgusto tremendo,  Nunca jamás había salido de su dedo ese anillo por el que selló su compromiso matrimonial con Mónica y ahora se sentía vació, desnudo, incompleto. Llegó a casa apesadumbrado. No sabía cómo contarle a su amadísima esposa lo que le había ocurrido.

Al introducir la llave y abrir la puerta. Observó a su mujer que le esperaba despierta mientras los niños dormían plácidamente. Tenía lágrimas en los ojos, las mismas que Alejandro. Ambos comprendieron lo que les había ocurrido. Ambos fueron conscientes que el mismo día y a la misma hora perdieron sus anillos. No podían dar crédito

-      Pero si nos queremos, dijo con sollozos Mónica

-      Más que a nada en este mundo, respondió Alejandro

En ese instante se fundieron en un abrazo interminable y se despidieron

-      No te preocupes cariño que no os va a faltar de nada, que todos los días te llamaré y que si el destino lo ha querido así, supongo que es lo mejor para todos

-      Adiós amor, hasta siempre

En ese instante Alejandro salió de casa. El destino había querido que se separaran y así lo hicieron muy a pesar suyo.

Al día siguiente al abrir la puerta de la casa, Mónica comprobó con alivio cómo la silla de paseo ya no estaba. 3 hijos eran suficientes.

Pasaron los días y las semanas. Alejandro enviaba el dinero que ganaba para que no le faltase de nada a su querida familia. Vivía con su anciana madre sin ganas de nada más que no fuera volver con su familia. Pero el designio divino se lo impedía.

Hasta que un día alguien en la casa de la madre golpeó la puerta con los nudillos varias veces. Al acercarse a la mirilla no observó a nadie. Abrió la puerta y allí en el suelo algo le deslumbró. Era un anillo, su anillo. No podía ser otro. Comenzó a gritar, a reír, a llorar de alegría. Miraba al cielo…En ese momento su teléfono sonó. Era su mujer

-      Hola cariño. Te tengo que contar algo que me ha ocurrido…

-      No sigas, amor. Salgo corriendo a tu casa, a nuestra casa

Sin cambiarse ni tan siquiera de ropa cogió su vehículo y se desplazó lo más rápido que pudo a su casa, a reunirse con su familia.

Al abrir la puerta, su mujer y sus 3 hijos le estaban esperando. Miró el dedo anular de la mano izquierda de su mujer y allí estaba el anillo. Ella hizo lo propio y se abrazaron y se besaron como nunca jamás se haya podido imaginar

Sacaron los anillos de sus dedos y comprobaron la inscripción: “MONICA, 21 de septiembre de 2012”. “ALEJANDRO, 21 de septiembre de 2012”

-      Cariño, mañana es 21 de septiembre de 2012

-      Si, amor mío ya lo sé

-      Siempre hay que hacer caso al destino, dijeron al unísono

Y así fue cómo al día siguiente, 21 de septiembre del 2012, renovaron sus votos matrimoniales en una ceremonia muy íntima pero tan emotiva o más que a primera, celebrada exactamente un 21 de septiembre pero de hace 15 años.

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  • Escribe tus comentarios...El azar son las cosas que nos ocurren sin la participación de nuestro albedrío, pero eso no implica destino o predestinación. Si fuéramos víctimas del destino cualquier meta, esfuerzo o elección no tendría sentido. Esta bueno el relato.
    Increíbles coincidencias que a veces los humanos interpretamos como el destino, la suerte, el hado, Dios... Últimamente soy de la convicción que el azar tiene mucho que ver en nuestras vidas, sin embargo me ha gustado porque produce muchas reflexiones
  • Solo nos damos cuenta de lo importante,cuando nos falta.

    Tan fea era que hubo que sacar una Ley por la cual se multaba a quien osara exponerla en público.

    Hubiera deseado no conocerte, pero caíste en desgracia y yo contigo

    La primera vez en un quirófano nunca se olvida. Lo importante es poder contarlo

    Una reflexión para un tema de actualidad...con cierta exageración

    Todo ocurrió muy rápido...

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