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38 min
El destino de los Elegidos (Capitulo 5: Mi nombre es Ashra)
Fantasía |
10.07.22
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Sinopsis

Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

Gadiana me guió hasta una sala, de las muchas que había visto en mi paseo matutino, en la que cabían apenas un escritorio con una silla y unas cuantas estanterías. Sentado en la silla se hallaba el Condestable, con un manuscrito entre manos y detrás de él, a su derecha, firme e impasible, estaba la Alta Hechicera. No me sorprendió verla, después de mi desmayo seguramente avisaría a su señor para compartir la información. Me sonaba a que ella siempre debía estar en este tipo de actos.

    Cerré la puerta al pasar. Me senté frente al Condestable al otro lado del escritorio cuando me lo ofrecieron. Su rostro era indescriptible.

    – Como ya sabes – comenzó a decir – estas aquí por una razón de suma importancia para nosotros. No esperaba que te afectara tanto, aunque agradezco que te hallas mantenido serena el resto del tiempo. Tenemos la intención de hacerte sentir lo más a gusto posible, de ahí que Gadiana te siga allá donde vayas. También estoy al corriente de tu salida hace un rato; dentro de los muros puedes moverte con tal libertad. Te lo aseguro. Sin embargo, habrás de ceñirte a nuestras normas y costumbres, eso incluye atuendos, formas de dirigirte a tus superiores, rutinas, eventos…

    La crudeza de sus palabras me dio de pleno. Sonaba muy diferente a cuando le había visto en la cena del día anterior. Su manera de hablarme había cambiado, siendo más directa y cercana. Por un lado me gustaba poder tratar con él sin tanto formalismo, pero por otro me sentía atacada. Me quedó claro que no se trataba de una sugerencia, era un orden. Ellos habían decidido unilateralmente que debía estar en Tense, atrapada y gobernada por sus maneras. Y eso me cabreaba mucho. Después de mi fallido intento por contactar con el exterior había acabado arrinconada sin más opciones que seguirles el juego. Pero me estaba cansando. ¿Por qué tenía que creerme que era una “Elegida” y que debía salvar el mundo si quería volver a casa? ¿Quién les daba el derecho a poder obligarme? Ya no sabía si perder la compostura y empezar a pegar gritos a los cuatro vientos para ponerlos en su sitio o si dejarme manejar a su antojo hasta que se me ocurriera una idea mejor para escapar. El Condestable, a pesar de ser un hombre cordial en un principio, imponía respeto. No creía que fuera el tipo de persona que tomara bien que le llevaran la contraria.

    Miré a la Alta Hechicera, en busca de ayuda. Ella no haría nada por mí sin el permiso de su señor, eso seguro. Permanecía callada, inalterable, mirándome como hacía siempre sin mostrar ninguna emoción. Sentí rabia por dentro. Me abandonaba a mi suerte con tal de conseguir su propósito. De ella solo obtendría explicaciones, pero no compresión.

    – No – atreví a decir – Lo siento pero no tengo por qué. No he decidido nada, me habéis manejado a vuestro antojo y me gustaría volver a mi hogar, con mi familia. No es mi culpa que vuestro mundo se acabe. El mío también ha sufrido males desde sus inicios y jamás hemos necesitado de ningún “Elegido”.

    La cara de sorpresa del Condestable casi lo echa para atrás. No se esperaba que respondiera con una negativa. Si tenía que caer al menos sería luchando. Si no podía escapar pero les iba a dejar las cosas claras.

    – Ahí te equivocas – contestó la Alta Hechicera – tu mundo, como muchos otros, lleva utilizando a los Elegidos desde que Ordenes de Hechiceros, como la nuestra, existen. Ya te dije que no eras la única. Antes que tú muchos otros cumplieron con su cometido. Porque es algo mucho más grande que vosotros y vuestros deseos.

    Quedé perpleja. No recordaba esa frase cuando me había encontrado en la cueva. Estaba demasiado aturdida, en shock. Si era cierto que más personas como yo habían sido traídas hasta aquí para supuestamente “salvar el mundo” entonces no había forma huir. Tenían el suficiente poder como para retenerte. Estaba sola, me gustara o no. Tampoco sabía si cumplirían su promesa de dejarme marchar una vez terminara con lo que ellos querían.

    –Yo… solo quiero volver –dije entre lágrimas. No las podía contener durante más tiempo. Poco me importaba ya lo que pensaran de mí.

    – Volverás, te doy mi palabra – contestó el Condestable. Su tono se había suavizado, amedrentado por mi llanto. Giró la cabeza hacía su derecha, sin llegar a mirar atrás – Navea es la Hechicera más poderosa que ha habitado este mundo, te llevará de vuelta. También te prometo que cuidaremos de ti, de ahí la razón de que permanezcas en la ciudad sin abandonarla a no ser que sea estrictamente necesario. Vivimos en tiempos de paz pero siempre puede surgir una amenaza.

    – La Vidente nos avisará si se da el caso, mi señor – dijo Navea. Su nombre no le pegaba para nada. Sonaba demasiado dulce para ella.

    – Soy consciente. Mas no debemos bajar nunca la guardia. Si la Elegida –me miró – está aquí es por que algo temible se acerca. Lo presiento. No tenemos mas alternativa que esperar a que suceda y entonces, tú serás quien halle la forma de detenerlo. Es tu destino.

    Sequé mi cara mojada con el dorso de la manga. Encima ahora me hablaban de destino. Yo jamás había creído en tal cosa. Sonaba a algo que decían mis amigos de la parroquia: “Dios tiene un plan para todos”. Si ese era su plan para mí entonces me había tocado la lotería.

    – ¿Como voy a detenerlo?  No soy más que una estudiante que aún vive en casa de sus padres. – ya me daba igual que supieran sobre mí. Dependiendo de qué fuera lo que acabara con la civilización conocida, ni un ejército de soldados armados con lo último en tecnología podría evitarlo. Menos iba a hacerlo yo.

    – Hallarás el camino. De ahí que sea vital que comiences con tu entrenamiento. Tanto físico como mental. Has de estar preparada para cualquier cosa. Navea se encargará de tu enseñanza, será tu mentora. El manejo de armas lo aprenderás del Maestre de Campo. Lamentablemente se encuentra fuera de la ciudad, así que buscaremos un sustituto mientras tanto –dijo el Condestable. Sonaba decidido a retenerme bajo sus condiciones. No me quedó más remedio que aceptar. Lo del manejo de armas no me quedó muy claro, aún no conocían lo torpe y poco atlética que era. Todo lo que fuera coordinación o resistencia era un gran “no” para mí.

    –Vivirás en el castillo –continuó el hombre– has de hacerte pasar por alguien de origen noble. Sino, no tendría mucho sentido que estuvieras aquí y como doncella no durarías ni medio día. Diremos que eres mi sobrina, perdida en la infancia en algún pueblo lejano. Y que ahora que tus padres han fallecido te he adoptado. Desde luego impactará a los tensenos pero lo aceptarán. Por cierto, tu nombre no encaja con nuestro mundo. Levanta demasiadas sospechas así que has de cambiarlo.

Por ahí si que no pasaba. De ninguna manera iba a permitir que me arrebatan lo único que me quedaba. Lo que me conectaba con mi casa.

    – Yo no quiero… –comencé a decir.

    – Había pensado en Ashra, mi señor – me cortó Navea – Mantiene las letras de su nombre original y parece una variante del nombre Ashrania, que se utilizaba en los antiguos reinos del sur.

    – Ashra – dijo el Condestable, conforme. Se acarició la barba pensativo, como tratando de encajar el nombre con mi imagen –Sí, servirá. ¿Estás de acuerdo?

Ahora resultaba que pedían mi opinión. Mandaba narices.

    – Si no hay más remedio, mi señor –respondí con sarcasmo.

No pareció molestarle. Incluyo pude ver diversión en su ojos. Su cuerpo se había ido relajando cada vez más. Ya casi sus hombros tocaban el respaldo de la silla de madera.

    – Tiene carácter –habló para sí mismo con un gesto de cabeza– Vendrá de familia. Y en privado no hacer falta que me digas Condestable. Puedes llamarme por mi nombre común: Ideus. En público te referirás a mí como el resto. Eso es todo.

Se levantó del asiento con las manos tocando aún la superficie del escritorio. Yo le seguí con la mirada, sin moverme de la silla. De repente me sentía agotada fisicamente. El día se me estaba haciendo eterno.

Iba a salir por la puerta cuando de pronto, se giró.

    –Ah, casi lo olvidaba. Le he encargado a Zeón que sea tu guarda personal. Será tu sombra, mejor si te vas haciendo a la idea.

    Y tras decir eso abandonó la sala. Como señor de toda la ciudad de Tense estaba muy acostumbrado a decir cuanto quisiera, casi sin medir sus palabras. A veces podía sonar rudo, aunque no lo pretendiera. De entre todo los que había conocido, exceptuando a Gadiana, Zeón era el que más simpatía despertaba en mí. No iba a ser un problema tenerle cerca. Aun así me preocupó escuchar la palabra “sombra”. Sonaba a vigilancia.

    – El Condestable Ideus es un hombre generoso. Lleva velando por el bienestar de su gente desde que tomó el cargo. Si hay alguien con quien puedes contar, es él. No permitirá que tu incomprensión ponga en riesgo la seguridad de toda una raza. Así que te aconsejo que valores bien el privilegio de tu situación. Aunque eso signifique renunciar a tu felicidad durante un tiempo – Navea se había acercado hasta quedar a mi altura. Me hablaba con suavidad pero yo sabía que sus palabras eran una reprimenda. Casi como si pudiera ver lo que estaba pensando. Odiaba que me dijeran lo que debía hacer. Casi tanto como sentirme impotente ante algo. Y eso despertaba rechazo por mi parte hacia el Condestable.

    Yo no era capaz de levantar la mirada. Tenia la vista fija en mis manos, jugueteando con mis dedos. No quería tener que toparme con esos ojos negros, me quebraría sin poder evitarlo.

A pesar de lo silencioso de su andar supe que se había ido. El aire volvió a ser más ligero. Levanté la cabeza hacía Gadiana, que había permanecido en una esquina, apartada, durante la conversación. Ahí si que no pude evitar romper a llorar de nuevo.

    – Gadiana, por favor, tienes que ayudarme – le rogué – No soportaré estar más tiempo aquí. Necesito irme.

    Afligida, se arrodilló ante mí. Sus delicadas manos sujetaron las mías. Noté lo frias que estaban. Su delgada y menuda constitución iba acorde con ellas. Parecía que se iban a romper.

    – No lloréis, mi señora. Esto pasará, ya veréis. Yo estaré a su lado, acompañándola y ayudándola en el proceso. Pero no me pidáis que os ayude a escapar. No sería capaz aunque quisiera. Mi señor ha sido muy bueno conmigo, le debo la vida – miró nuestras manos – Veréis, yo fui una huérfana que vivía en la calle. Casi desfallezco del hambre cuando apareció el Condestable. Me acogió en el castillo y me dio un trabajo. No puedo traicionarle. Además, con el tiempo descubriréis que es un hombre de gran corazón.

    No creía lo que escuchaba. Ella también formaba parte de aquel complot. La lealtad que profesaba el señor de Tense, aun no sabía si por temor o respeto, le valía de grandes aliados en todos los niveles. Todos cumplían con sus obligaciones, no dudaban en llevarlas a cabo. Para ellos era más importante la fidelidad que una extraña a la que habían secuestrado.

    –  De su corazón no dudo. Dudo del mío. Si de verdad soy esa Elegida que tanto necesitáis eso significa que tendré que quedarme aquí hasta que encuentre la manera de evitar el desastre. Y sé que eso no va a ser cosa de unas semanas. Estaré aquí encerrada hasta que pase. Acaso no lo entiendes, puede que nunca suceda realmente – dije desesperada. Aquella muchacha no podía ser tan ingenua como para creer que yo iba a salvar al mundo de un día para otro.

    –  Confió plenamente en la Alta Hechicera – dijo con seriedad. Era lo más severa que la había visto estar desde que llegué. Aparté mis manos de entre las suyas sin ser muy brusca – Si ella cree que el día llegará entonces que así será. No le deis más vueltas, os lo ruego. No os hace ningún bien.

    Ninguna de las dos añadimos nada más. Nos dirigimos a mi habitación, donde me quité el vestido y me puse una bata. No tenía ganas de almorzar, en parte por el espléndido desayuno que había tenido.

Gadiana me había asistido, deshaciendo los nudos de los cordones y guardando mi ropa en el aparador. Evitaba mirarme en la medida de lo posible, mostrándose apenada. Sabía que era una chica sensible con solo verla. En el fondo me sentía mal por ponerla en un aprieto; no cedería ante nada pero eso no significaba que no le doliera no poder ayudarme.

    Estaba sentada en la cama, observando el día soleado que se disfrutaba al otro lado de la ventana cuando la escuché hablar.

    – Encontré esto entre sus cosas durante el baño de ayer. Lo escondí para que no lo vieran las otras doncellas. Es un artilugio de lo más curioso –me tendió mi reloj digital. Al verlo sentí una punzada en el pecho. Ni me había dado cuenta que no lo llevaba puesto.

    – Gracias – respondí poniéndolo en mi muñeca– es un reloj. Indica la hora, por si no lo sabías.

Abrió la boca formando una “o” con ella.

    –Nosotros tenemos de esos, pero son mucho más grandes y tienen agujas que señalan números.

    – Sí, nosotros también. Se llaman analógicos, por dentro tienen engranajes que hacen girar las agujas. Este es digital, pero no se explicarte muy bien como funciona. Solo que tiene una pantalla que indica las 24 horas del día.

    – Querréis decir 30, mi señora – dijo frunciendo el ceño. Sonaba extrañada por mi comentario – El día se compone de 30 horas.

    No pude evitar reírme. No conocía esa faceta de humor de ella.

    – Sí, claro. Y el año no tiene 365 días –bromeé.

    – No, mi señora. Tiene 244 –ahora parecía divertida. Me había desconcertado del todo. Tan preparada debían de tener la historia inventada del mundo alternativo que hasta tenían su propio calendario. Con horas extra incluidas. Dejé pasar el tema. No tenía sentido discutir por algo tan ridículo.

    – Entonces tendrás más años de los que tendrías en mi mundo. ¿En verdad, cual es tu edad? –sentía curiosidad, poniendo de lado el hecho de que no podía pasar de los 25. Su piel joven y tersa no daba esa impresión.

    – Tengo 40 – contestó sujetando su cara entre las manos – Ojalá pudiera quedarme con esta edad para siempre. Sería perfecto.

    Pegué un brinco de la cama. No pude evitarlo. La examiné de pies a cabeza buscando algo que me hiciera creer lo que me decía. No era posible de ninguna forma.

    –¿40? Pareces una jovencita.

Gadiana se sonrojó. Lo cual la rejuvenecía aún más.

    – Si eso es todo, mi señora, debo marchar a seguir con mis tareas.

    –Claro, no te entretengo más –dije volviendo a sentarme en la cama. Iba a quedarme sola de nuevo en aquella lujosa y enorme habitación.

    La doncella cerró la puerta y pude escuchar el sonido de sus pequeños tacones alejándose. Se estaba en absoluto silencio. Ni siquiera afuera escuchaba nada. Si agudizaba el oído tal vez percibía algunos pájaros revoloteando por el tejado.

    La soledad había sido una ventaja para mí en mi casa. Adoraba sentir que no había nadie más que yo para poder estar a mi aire. Sin embargo, el aquel momento me sentía abandonada. Indefensa. Esperando a ver que sería lo siguiente. Un nudo en mi garganta me presionaba al respirar. Trataba de contener el llanto. Aunque no hubiera nadie que me viera. Encerrada en la habitación no había mucho que hacer y tampoco tenía ganas de deambular por el castillo recordándome lo desconocido que era todo para mí. Tan solo podía dormir. Dormir y esperar. Esperar a algo. No sabía el qué. Me dejé llevar hasta que me sumí en un sueño profundo.

    Desperté sobresaltada a la media hora. Unas voces provenían del pasillo. No podía adivinar a quienes pertenecían, pero se trataba de una mujer y un hombre. Uno de ellos le indicó al otro que bajara el volumen. Ahora nada más que había susurros incomprensibles.

Tras unos minutos, alguien llamó a la puerta.

    – A delante –dije con una voz carrasposa. Me aclaré la garganta.

Apareció una doncella a la cual no conocía. Me pregunté dónde estaría Gadiana.

    – Mi señor quiere saber si va a bajar a comer en su compañía – dijo la mujer. Era más seca que la joven; no parecía conforme con tener que estar allí haciendo preguntas.

    –Eh, sí. Supongo que sí. –ya había dormido lo suficiente durante el día. Al menos con la excusa de bajar a comer podía salir un rato a despejarme. Hablar con alguien aunque fuera el Condestable. Descansar me había despejado la mente. Me encontraba más calmada que anteriormente.

    Como no, la doncella tuvo que ayudar a vestirme. Era aparatoso hacerlo yo sola y desde luego no iba a quedar igual de bien sin ella. En poco tiempo, estaba lista de nuevo. De refilón me miré en el espejo, sin terminar de acostumbrarme a mi nueva imagen de dama medieval. En el reflejo me percaté que aún llevaba el reloj. Me lo quité en seguida, escondiéndolo en un cajón del tocador. Si la mujer lo había visto, no había mencionado nada.

    Aparecí en el comedor de la mesa tan larga, cuando aún el Condestable Ideus no había llegado. El señor del castillo siempre era el último en tomar asiento, esa era la norma. Junto a mí había un par de hombres que más tarde supe, eran administradores del castillo. En el lado opuesto, un par de damas, bastante bien vestidas. Formaban parte de una familia de nobles que habían sido invitadas. Sus maneras las delataban, me miraban por encima del hombro, comentando entre susurros al oído cosas que prefería no escuchar.

    Por fin apareció el comensal que esperábamos. Vestido con su larga capa ondeante, la cual recogió hacia un lado antes de sentarse. Como ya había hecho en la ocasión anterior, nadie pudo tomar asiento hasta que la palmada sonó. Comenzaron a servir el almuerzo, de nuevo en abundancia. Yo miraba a mis acompañantes, esperando a que alguien hablara. Finalmente fue el señor del castillo quien rompió el silencio.

    – La dama es mi sobrina, por si aún no habéis sido informados – se miraron entre todos, buscando averiguar a quien se dirigía – Vivirá en el castillo a partir de ahora, espero que se la trate con el respeto y la autoridad que merece.

    Casi me atraganto con la comida. Las dos muchachas, vestidas con bastante elegancia, miraron desconcertadas como se refería a mí. En sus mentes no podían entender como alguien que acababa de llegar y de la que no se tenía ninguna constancia previa, tuviera el favor del Condestable. El tema de ser su sobrina no sonaba muy convincente. Ellas me seguían haciendo una radiografía completa mientras que los dos administradores evitaban cruzar miradas conmigo. Tomaban su sopa a pequeños sorbos y asentían conformes con lo que Ideus decía. No iba a ser tan fácil hacerme pasar por noble sin que el resto del mundo lo cuestionara primero.

Observaba con detenimiento como se comportaban las damas, por muy irritantes que sus actitudes me parecieran. Debía admitir que tenían clase, desde la forma en que sujetaban los cubiertos hasta la delicadeza con que se llevaban pequeños trozos de comida a la boca. Las endemoniadas provenían de familias con una educación exquisita. Y eso era algo a imitar, por mucho que me molestara. Si quería hacer creíble mi actuación debía ser acorde al rango que pertenecía.

    –¿Habéis llegado hace mucho, mi señora? – dijo una de las damas, la cual tenía un cabello negro y rizado recogido hacía atrás en una trenza. La pregunta me pilló por sorpresa. Solo pude abrir la boca para esperar a que saliera alguna palabra de ella. Miré al Condestable, buscando alguna indicación. Él se limitó a comer, esperando mi respuesta igualmente.

    – Hace apenas unos días. Hoy visité la ciudad por primera vez – contesté. Si algo aprendí viviendo con mi familia, es que un buen mentiroso siempre mezcla algo de verdad en su mentira.

    – Espero que sea de vuestro agrado. Desconozco si está a la altura de la cual procedéis. Vuestra llegada ha sido toda una sorpresa – comentó la otra dama. Esta era más ancha que su amiga, con el pelo de un color similar pero más lacio. Unos bonitos ojos azules, que destacaban en su cara, escondían malicia. Desde luego podía decir que de las dos, era la más lanzada.

    – Bueno, no es que haya visto muchas ciudades pero, desde luego Tense es de las más impresionantes. ¿Vosotras vivís por aquí? – traté de desviar la atención hacia algo que no fuera mi procedencia.

Una risita bastante falsa escapó de ambas.

    – Somos las damas de corte. Por supuesto que vivimos por aquí. Mi señor, vuestra sobrina necesita urgentemente una presentación en condiciones. ¡Ya sé! Podríais celebrar un banquete en su honor.

    – ¿Acaso queréis vaciar las arcas de la ciudad? Ya sería el tercer banquete este mes. Podéis hacer presentaciones de sobra sin necesidad de tanta fiesta – resopló Ideus.

Las damas manifestaron fastidio. Sus rostros se torcieron con muecas de aparente tristeza en un intento por defender su propuesta. El Condestable las miraba sin caer en sus artimañas. Estaba más que acostumbrado a ellas.

    – Lo consultaré con los administradores más tarde –dijo. Los dos hombres que permanecían callados comiendo levantaran sus cabezas al darse por aludidos. Asistieron sin cambiar sus expresiones. Sonaba a excusa.

    – Aun no sabemos su nombre, mi señora –dijo la dama del pelo rizado mirándome – Mi hermana es doña Ferina y yo soy doña Poline.

Todos esperaban con curiosidad a que yo contestara. A parte de Zeón y Gadiana, nadie más sabía como me llamaba. Me vino a la mente la escena en el estudio, cuando la Alta Hechicera había mencionado un nombre que podía sustituir al mío para no llamar la atención. Traté de recordar como era.

    – Ashra –dije cuando se me ocurrió – Mi nombre es Ashra.

Las jóvenes abrieron los ojos a la vez. Por el rabillo del ojo pude ver al Condestable Ideus hacer un gesto. Me pareció de conformidad pero fue tan sutil que no podía estar segura.

    – Encantador. De origen Trinigo, si no estoy equivocada. Mucho tiempo ha pasado desde que escuchamos un nombre como ese por aquí – comentó Ferina. Se tapó la boca para susurrar algo a su hermana. Me parecía bastante maleducado por su parte. Era obvio que estaban hablando mí. Por si no fuera poco se apartó rápidamente para dirigirme una sonrisa, de esas falsas que no paraban de poner. No pude evitar sujetar los tenedores con fuerza, tratando de controlar mis ganas de tirarle un plato la cara. En su lugar le devolví la misma sonrisa, a lo que ella respondió quitando la suya. Jaque mate, perra.

    – Tengo entendido que pronto florecerán los rosales que plantaron el año pasado en el jardín Altar. Espero con ganas poder hacer perfume con sus pétalos. Si me lo permitís, mi señor – Poline se mantenía al margen de las muecas de su hermana, aunque compartía sus cotilleos. Sin embargo se podía ver que no era ni la mitad de mal intencionada. No entraba a una confrontación si podía evitarlo. Y menos con la supuesta sobrina del Condestable.

Ideus hizo un aspaviento con la mano en señal de indiferencia.

    – Como deseéis. Si por mí fuera no tendríamos una sola flor. Atraen a una cantidad inmensa de insectos. Resulta molesto a veces incluso pasear. – contestó asqueado. Por alguna razón se le notaba molesto, como si no tuviera ganas de estar en la mesa acompañado y fuera más bien una obligación. Si había sido él mismo quien nos había llamado para comer, no tenía mucho sentido que se sintiera incómodo. Desde luego me resultaba un hombre intrigante a ratos. Con su actitud algo tosca para ser un noble pero efusiva cuando menos te lo esperabas. Quién sabía que se cocía en su cabeza.

    – ¿Haces perfumes? – se me ocurrió preguntar. No es que tuviera un interés repentino por sus hobbies, pero me resultó llamativo que alguien, a la que probablemente no dejaban bañarse sola, quisiera hacer perfumes por su cuenta.

    – En efecto, mi señora – respondió Poline. Su rostro se iluminó ante mi pregunta. No se lo esperaba – es una pequeña afición que comparto con mi hermana. Tenemos la suerte de poder acceder a un espléndido jardín que posee numerosas variedades de plantas aromáticas. Si gustáis, puedo enseñároslo en otra ocasión.

Solo por el entusiasmo que mostraba sentí que suponía algo importante para ella. Sin saber cuando iba a abandonar realmente el castillo no presentaba un problema hacer ese tipo de promesas.

    –Claro, me encantaría – busqué la aprobación del Condestable quien, de nuevo, ni se inmutó. Aquel hombre parecía completamente ajeno a nuestra conversación. ¿Acaso no tenía miedo de que pudiera meter la pata diciendo algo que no debía? No sabía si intervendría llegada la situación. Teniendo en cuenta su preocupación por mi seguridad podía deducir que hablar con unas damas de corte no suponía un gran riesgo. Más allá de que pudieran pensar mal de mí, no tenían el perfil de personas que quisieran atentar contra la vida de la “Elegida”. Así que podía relajarme delante de ellas, siempre y cuando no dijera cuál era mi verdadero propósito en Tense.

La comida finalizó con la palmada. Nos pusimos en pie, esperando a que el Condestable se fuera. Parecía que nos iba a abandonar cuando se giró para hablar.

    – He decidido que sería una buena idea celebrar el banquete. Después de todo, solo tengo una sobrina – y tras decir eso, marchó.

Las jóvenes aplaudieron alegres. Comentaban que vestidos llevarían y que adornos pondrían en su pelo. La idea les entusiasmaba, aunque yo no la compartía. Si mi llegada era una razón de celebración me alegraba por ellos pero yo aun seguía con la idea metida en la cabeza: no quería estar allí. Un banquete era lo último que a lo que me apetecía asistir, había cosas más importantes que resolver. Sin embargo en su vida banal y carente de obstáculos no podían aspirar a una mejor noticia. Entretenimiento puro al estilo medieval. Hablar, comer y bailar hasta hartarse.

Regresé a mi habitación, ascendiendo por las enormes piedras que formaban la escalera. Había decidido quedarme allí el resto del día, esperando a que tal vez Gadiana viniera a verme y poder conversar con ella aunque fuera un rato. Aún sentía que teníamos que hablar de temas diversos, entre ellos mi nuevo nombre. Sabía que no estaba dispuesta a ayudarme pero sin duda podía confiar en ella para contarle lo que pensaba.

     – Ashra – dijo una voz. Me giré cuando faltaban apenas dos escalones para estar en la plata superior – Si no estás ocupada en estos momentos me gustaría tener unas palabras contigo.

Era Navea, la Alta Hechicera. Las únicas dos ocasiones que la había visto desde que llegué a Tense no habían acabado del todo bien. A la tercera iba la vencida. Bajé las escaleras para reunirme con ella, era hora de aclarar unas cuantas cosas.

    – En absoluto, de hecho quería poder hablar contigo a solas. Después de la reunión que tuvimos con el Condestable quería preguntarte ciertos detalles.

Su rostro no se inmutó. Ni siquiera expresó una pizca de sorpresa. Sus manos entrelazadas, lo cual se había convertido en símbolo de su imagen, no se despegaron ni siquiera cuando comenzamos a caminar. Ni llegué a fijarme hacía donde lo hacíamos. Solo sabía que seguíamos dentro del castillo.

    – Tú primero. Estoy aquí para resolver cualquier duda que tengas –respondió.

    No estaba muy segura si lo decía por cumplir o si realmente le interesaba que yo saliera de mi estado de confusión. Ella, a diferencia de Ideus al que sí que muchas veces se le veía venir, era todo un misterio.

    – Bueno, empiezo por lo gordo. ¿Qué es eso de que ahora tengo que llamarme Ashra? Me gusta mi nombre, no creo que suponga tanto peligro como pensáis.

    – Si has de hacerte pasar por la sobrina del Condestable, es imprescindible que tengas un nombre que concuerde con tu clase y procedencia. Como bien sabes, tu nombre original no existe en nuestro mundo. Lo más cercano es el que te hemos dado. Conservas las mismas letras, es lo máximo a lo que puedes aspirar.

    – Menos mal, gracias –dije con sarcasmo – Nadie se va a tragar que soy la sobrina de un noble y que de un día para otro, ha decidido acogerme. Hasta en mi mundo sabemos que eso es una tapadera.

Mientras recorríamos los pasillos podía ver la mirada atenta de Navea, comprobando que nadie nos escuchaba. Si me llevaba a un sitio privado, debíamos de estar cerca.

    – Aunque te extrañe, aquí es habitual que se pierda el contacto con parientes lejanos. Sobretodo si viven en ciudades o villas que pertenecen a otros Estados. Hay regiones que han decidido cerrar fronteras y prohibir toda comunicación con otros pueblos. Pero esto lo aprenderás conforme avancemos en nuestras clases.

    –Ahora que lo pienso, aún no he visto a la familia de Ideus en el castillo. ¿No está casado? ¿No tiene hijos? –pregunté. Si que parecía poco usual que un hombre de su posición no estuviera rodeado de familiares tratando de ganar su favor.

La Alta Hechicera negó con la cabeza.

    –Ese tema solo concierne al Condestable. A efectos prácticos, tu eres la única relación sanguínea viva. Si alguien quisiera hacer daño al dueño de una ciudad tan poderosa como Tense, empezaría por ti.

No pude evitar tragar saliva. Sonaba alarmante. Teniendo eso en cuenta, no me daban muchas ganas de ir diciendo a todo el mundo quien era mi tío (aunque fuera mentira). Además, nadie sabía que tan cercana era nuestra relación o si era tan importante para el Condestable. Yo sabía que importancia tenía, no por ser su falsa sobrina, sino porque era la Elegida.

    – Osea que, según la versión oficial, he aparecido sin más después de años de incomunicación – supuse. De pronto paramos frente a dos grandes puertas. Navea se giró para mirarme.

    – Eres la hija de la hermana menor del Condestable. Su último pariente vivo. Vivías en un pueblo apartada ajena a la vida en la ciudad. Tus padres han fallecido recientemente por una enfermedad desconocida y al encontrarte desamparada, has acudido al único que puede ayudarte, tu tío. Él, generoso y gozoso de saber que existes te ha adoptado como si fueras su propia hija. ¿Te parece apta esta versión? – acto seguido abrió las puertas, dando paso a una inmensa biblioteca.

    Entré con la boca abierta, perpleja de lo grande que era. Tenía dos niveles, con estanterías de madera talladas. Largas columnas, con la función de separar espacios, llegaban al techo, el cual tenía delicadas pinturas de flores y animales. La cantidad de libros, papiros y manuscritos era incalculable. Algunos estaban amontonados sobre mesas, sin haber podido encontrar un lugar adecuado. Unas cuantas vitrinas en el centro de la sala albergaban libros de gran tamaño, abiertos específicamente por páginas de interés. En un lateral se encontraba otra sala más pequeña anexa, con escritorios para leer y estudiar. Me fascinaba no sólo por su número prolifero de libros sino también por su belleza arquitectónica. Hubiera pasado días enteros allí.

    – Creo que quiero cambiarme de habitación – dije observando las estanterías.

    – ¿No estás a gusto con la actual? –preguntó frunciendo el ceño. Era la primera vez que la veía hacer un gesto tan humano.

    – Oh, sí pero dormiría aquí encantada. Esta biblioteca es alucinante. –dije sonriendo de oreja a oreja. Si tan solo pudiera aguar mis penas entre todos aquellos libros...

    – Es la biblioteca personal del Condestable. Exclusiva de su uso y los administradores. Sin embargo nos ha cedido amablemente su uso para las tutorías. Aquí encontraremos todo el material necesario.

    – Exactamente, ¿qué es lo que me vas a enseñar? De donde vengo acababa de entrar a la universidad, mi nivel de conocimientos ha superado a la media de la población.

    – El camino al conocimiento es infinito, nunca dejamos de aprender. Da igual cuanto supieras en tu mundo, aquí no eres más sabia que un infante. Has perdido muchos años de enseñanza y tu misión como la Elegida requiere lecciones básicas. Llevará tiempo sin duda.

    –¿Y eso va hacer que salve al mundo? –pregunté. Sonaba ridículo cada vez me escuchaba decirlo.

    – Lo desconozco pero te hará capaz en el proceso. A día de hoy, eres una salvadora en potencia. Has de prepararte para serlo.

    – Eso lo podíais haber dicho desde el principio... ¿y si ocurre mañana?

    – Mas razón para comenzar cuanto antes. –contestó la Alta Hechicera con un amago de sonrisa. Parecía ese tipo de personas a las que les gusta tener la última palabras.

    Nos sentamos en una de las mesas de la sala anexa. Una pila de libros nos esperaba preparados para ser abiertos. Me entregó uno que tenía una tapa dura de color azul. En letras doradas de estilo gótico se podía leer: Compendio de los saberes balianos. La miré divertida, no pretendería que me estudiara aquel libro.

    – Esto puedo aprenderlo hablando contigo. Por mucho que me guste leer, he dedicado suficiente tiempo a memorizar cosas a lo largo de mi corta vida.

Navea abrió el libro que sostenía entre mis manos, ignorando mi comentario.

    – Estos tres capítulos has de leerlos para mañana. No necesito que memorices, tan solo que conozcas los conceptos básicos de nuestra cultura. Te haré preguntas – dijo señalando el índice que se encontraba en la primera página – Por cierto, no esta permitido sacar ningún libro de la biblioteca. Puedes pasar aquí tanto tiempo como quieras.

Apoyé el torso sobre el respaldo de la silla. No parecía mala idea entretenerme leyendo sobre la historia de un supuesto mundo diferente al mío. Aunque tuviéramos cosas en común, la gran mayoría resultaba desconocido para mí. Incluido una gran cantidad de palabras inventadas, como balianos, Tense o nombres de personas. Una importante pregunta surgió en mi mente.

    – Espera un momento, entiendo lo que pone. ¿Como es posible? –pregunté mirando las letras escritas en el libro – ¿No es mucha coincidencia que aparezca en un mundo que justamente habla y escribe mi mismo idioma?

Los ojos de la Alta Hechicera parecieron aclararse, aunque supe que había sida impresión mía. Al fijarme de nuevo tenían el mismo color negro de siempre. Su postura recta y perfectamente alineada casi daba la sensación de ser forzada, sin embargo no lo era. Por naturaleza guardaba compostura en todo momento.

    –Sabía que acabarías dándote cuenta. En realidad eres tú quien habla nuestro idioma, de hecho hablas cualquier idioma. Es un don adquirido por haber cruzado el portal. De esta manera facilitamos la transición. Existen demasiados idiomas y dialectos y su pronunciación a veces te resultaría excesivamente difícil, si no imposible. Agilizamos la comunicación gracias al don de las lenguas.

    –Y no podías haber metido todo esto –dije con ironía alzando el libro – en mi cabeza también, ya que estabais.

    –Tu mente colapsaría –Navea hablaba en serio. Las bromas no formaban parte de su vocablo– Por eso sentías agotamiento y fatiga cuando te encontramos. Demasiada información de golpe hace que tu sistema se sature. Los humanos no sois capaces de procesarlo tan rápido.

    Fruncí el ceño. Sonaba como si fuéramos ordenadores. Ni mencioné la palabra para no "saturarla" yo. No creía que existiera nada parecido para ellos. Que tuvieran relojes, aun siendo analógicos, me sorprendió. Aquella explicación parecía demasiado conveniente, no creí que fuera cierta, sin embargo le seguí la corriente.

    –Tiene sentido –dije mirando al libro. Sentido tenía, otra cosa era que fuera verdad. –Oye, ¿que querías decirme? Se me había olvidado por completo.

    – El Condestable planea hacer un banquete en tu honor. Supongo que estás al tanto.

    – Desde luego. Estaba presente cuando la tal Ferina lo sugirió. Al parecer las noticias vuelan. ¿Como te has enterado tan rápido? Ha sido justo ahora en la comida. –pregunté con curiosidad. La mujer del pelo de plata parecía estar al tanto de todo. Nada escapaba a su conocimiento.

    –Fui yo quién le dio la idea. Es una oportunidad adecuada para dar a conocer tu posición. Los tenenses no tardaran en esparcir rumores sobre ti. Tomaremos la ventaja antes de que eso ocurra  – contestó Navea. Ella siempre debía estar un paso por delante.

    – Eso es verdad. Ya he notado a algunas personas hablar a mis espaldas – era de esperarse pero no significaba que debiera aceptarlo. –¿Qué debo hacer en el banquete? Mi idea era mantenerme callada el mayor tiempo posible.

    – Nada y todo al mismo tiempo – dijo. Sacudí la cabeza, creyendo haber escuchado mal – No tomes la iniciativa en ningún caso, ellos vendrán a ti. Cuando te pregunten por tu origen, se breve y concisa, cuéntales la historia que yo te he dicho. Sonríe, haz que te diviertes y sobretodo, no te separes del Condestable. Él es el responsable de ti a partir de ahora y si alguien trata de ser demasiado inquisitivo contigo, su mera presencia le frenará los pies. No bajes la guardia, los grandes nobles y empresarios de Tense estarán allí. Querrán acercarse a ti para ganar el favor del Condestable.

Puse los ojos en blanco. La ansiedad comenzaba a invadir mi cuerpo. Por si no fuera suficiente el hecho de estar sola en una ciudad desconocida, iba a tener que ser el centro de atención en un banquete repleto de gente de clase alta. Temía que mi comportamiento y maneras acabaran por delatarme.     Estaba claro que sería un evento importante y mis nervios podían jugarme una mala pasada.

    – Dime que tengo tiempo para prepararme…– casi sonó como un ruego. Navea se acercó más para mirarme directamente a los ojos.

    – El banquete se celebrará mañana. ¿Por qué crees que soy yo la que necesita que te aprendas estos capítulos? Las más interesada, eres tú –respondió suavemente.

Mañana. La palabra me cayó como un jarro de agua fría.

    –¿No lo pueden retrasar? –pregunté consternada.

    –Así lo ha decidido nuestro señor. Debemos respetar sus deseos.

Para lo que interesaba bien que tenía prisa. Me parecía demasiado precipitado, más cuando yo aún no había podido aprender nada. Resoplé pesadamente. Iba a tener que hincar los codos. Pasaría toda la noche leyendo si hacía falta, pero no me iban a pillar desprevenida. De eso estaba segura.

    – De acuerdo, entonces me pondré manos a la obra. No saldré de aquí hasta que sepa las nociones básicas sobre vosotros –dije abriendo el Compendio de nuevo. Empecé a leer, aunque sin entender del todo lo que ponía. Estaba más pendiente de los movimientos de la Alta Hechicera.

Navea se levantó del asiento, observando durante un par de minutos como recorría las líneas de las páginas con los ojos. Debió de parecer satisfecha porque decidió marcharse sin mediar palabra.

Acabé sola, rodeada de tomos cubiertos en polvo, tratando de descifrar y asimilar toda la información que absorbía en la lectura. No sería tarea fácil. Así pasaron las horas, hasta llegar la noche. No supe en que momento oscureció porque en la Biblioteca no había ventanas. Ni siquiera me di cuenta de que no había cenado; sin apetito, estuve leyendo hasta altas horas de la madrugada. Tan solo cuando el sueño me venció, dejé caer mi pesada cabeza sobre la mesa. Y ahí pasé el resto de la noche, soñando con castillos y reyes de otro tiempo. Me veía a mí misma enredada en sus historias, sin encajar y sin poder regresar. Todo se mezclaba en un coctel de escenas aleatorias. Me pregunté si era posible soñar dentro de un sueño y si, cuando despertara, estaría de vuelta en mi cama de estudiante, en mi hogar.

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  • Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

    Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

    Sara lleva toda su vida cumpliendo expectativas. El último paso en su camino hacia la independencia es ir a la universidad. Sin embargo, su perfectamente planificada vida se tuerce cuando atraviesa sin querer un portal hacia otro mundo. Allí descubre que es la Elegida, la encargada de averiguar cómo evitar el fin del mundo al que ha caído. En su trayecto encontrará peligros, amistades e incluso el amor.

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