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4 min
EL DESVÁN
Varios |
20.02.08
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  • 2830
Sinopsis

“no amo lo bello porque es bello,
hago bello lo que amo”.

Platón

El desván


Según la Real Academia Española, el desván es la parte más alta de la casa, inmediatamente debajo del tejado, que suele destinarse a guardar objetos inútiles o en desuso. El primer desván que yo conocí fue la buhardilla de mi casa natal en la calle Concepción Jerónima en el número veintiocho, en pleno corazón de Madrid. Era un cuarto piso sin ascensor de una más que amplia casa que además tenía dos habitaciones abuhardilladas en la quinta con varios tragaluces al exterior. Desván en el que mi padre tenía gallinas - comíamos huevos frescos a diario - y un número elevado de palomas. Allí, siendo niño, pasaba muchas horas del día jugando, observando a los mencionados animales y soñando; algo que ahora a mis cuarenta años y tal vez por mis vivencias, he dejado de hacer.
Pero no es este desván el que os quiero dar a conocer. Me fui muy joven de casa y me dediqué no solo a disfrutar de la vida y experimentar, si no también a pintar. Una de mis mayores aficiones y de la que llevo viviendo desde que dejé el hogar materno.
Alquilé con mis primeros ingresos un desván en el número once de la plaza de la Cebada. Buhardilla con vistas a los más que centenarios tejados del viejo Madrid y desde donde se divisa la maravillosa iglesia de San Francisco el Grande; donde mi padre y mi tío Pepe, hicieron la comunión. Desde los ventanales de mi hogar veía la antigua taberna en la calle del Humilladero, negocio que perteneció a mi abuelo Magín; leonés nacido en Fabero del Bierzo. Taberna en la que se conocieron mis padres y se enamoraron locamente. Y como todos los enamorados intentaron por todos los medios vivir juntos y lo consiguieron, a pesar de la rutina que con los años destruye lo mejor de nosotros. Las vistas nocturnas desde mi nuevo hogar eran una maravillosa postal para cualquier viajero.
Y es en este desván donde empieza mi historia. Donde comienzan los capítulos de mi vida. Cada uno con un nombre de mujer, porque fueron ellas quienes marcaron mi rumbo, quienes decidieron junto conmigo y sin saberlo mi vida. Yo tenía que pintar, necesitaba dibujar mujeres. Hembras desnudas. En carboncillo, a lápiz o al óleo. Quería desnudar no solo sus cuerpos si no también sus almas. Y eso es lo que hice sin darme cuenta, sin saber que al mismo tiempo de despojarlas de su ropa, iba perdiendo parte de mí sin quererlo. Me iba volviendo duro y frío para protegerme del dolor que el amor causa; del siempre temido desamor.
Tenía mi casa, mi estudio de pintor en el que vivía, invadido de dibujos, de lienzos y murales de figuras de mujeres desnudas; estilizadas unas, redondeadas otras, audaces, altas o de baja estatura, adolescentes, jóvenes y maduras, dulces o enigmáticas. Vivía con la necesidad de plasmar en mis lienzos su belleza, sus temores y su sexualidad. Varias de mis modelos fueron también mis amantes. Otras eran prostitutas que alquilaba para pintarlas y con las que terminaba fornicando. Había días en los que comía poco o nada, pero nunca faltaban al menos un par de botellas de ginebra que consumía junto con la modelo o modelos de turno. Algunas de mis amantes fueron víctimas de mi espíritu atormentado por el sexo; fue el precio que tuvieron que pagar por quedar inmortalizadas para siempre en mi obra y representar algo en mi vida. Tam
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