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15 min
El día que la nieve fue roja
Suspense |
28.01.18
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Sinopsis

Los monstruos más aterradores no sólo se encuentran en las pesadillas.

La Antártida no era considerada un continente hasta tiempos actuales. Pero, ¿sabemos todo sobre el mismo.

Arnold formaba parte de un equipo científico de Estados Unidos, que trabajaba en conjunto con equipos internacionales. La mayoría estudiaba la flora y la fauna. Otros para explorar la Antártida a fondo; muy pocos iban a buscar aventuras.

Arnold, quien tenía 30 años de edad, llegó al Centro de Investigación de Nueva Orleans (nombrado así a causa de que quienes forjaron los cimientos del lugar eran provenientes de ese estado). El laboratorio comenzó a construirse en 1988 y se terminó en 1996. El gobierno estadounidense ha enviado material tecnológico avanzado para conocer más a fondo el Polo Sur desde entonces.

En la misma instalación laboraban tres ancianos, que respondían los nombres de: Duncan de 42 años, John de 45 y Harold de 40.

Sus compañeros habían estado ahí desde 1992. Los ancianos, al notarlo con mucho entusiasmo, no dudaron en contarle lo monótono y peligroso que era estar ahí.  Le contaron ciertas historias que parecían más cuentos para asustar a los niños.

Duncan relató que un día de octubre de 1998, mientras regresaba al emplazamiento, se topó con un oso polar con la quijada llena de sangre. El anciano aseguraba que recién terminaba de comerse a alguna foca. Hasta que se dio cuenta de que el oso arrastraba un cadáver. Uno humano. Llevaba el torso. Las extremidades (lugares donde la sangre dejaba charcos de sangre y algunos pedazos de carne en el camino) no estaban en sus lugares; la cabeza estaba partida de manera vertical.

John contó una anécdota similar. En agosto de 1999 el hombre regresaba de una reunión con unos científicos chinos establecidos a unos kilómetros del Laboratorio Nueva Orleans. Observaba a lo lejos una sombra que era opacada por la terrible ola de viento helado que lo azotaba. Aquella sombra parecía vociferar algo.
“¡Ayuda!”, se escuchaba (o imaginaba) el anciano.

El científico se acomodaba los anteojos antes de sorprenderse de que la sombra se esclarecía, dando a luz que era un niño. De 8 años. El pequeño corría aterrado.

“¿De quién corre?”, se murmuró.

Justo en ese momento, sus pies quedaron atascados en la nieve, que parecía tragarlo, como arenas movedizas. El niño tropezó y John observo a sus perseguidores. Pingüinos. Al notar el despiste del niño, se abalanzaron sobre éste y con sus picos comenzaron a pellizcarle pedazos de carne. Para cuando el científico pudo moverse, las aves polares notaron su presencia y comenzaron a perseguirlo. Pudo llegar sano y salvo, les contó a sus amigos científicos, quienes no le creyeron pensando que bebió de más.

 

Por último, Harold relató que hace unas semanas, en la colina J-2, logró percibir sollozos y alaridos de dolor. Arnold, se movía un poco incómodo en la silla de Convenciones, donde los ancianos charlaban la posible causa. Las manos del joven científico comenzaron a temblarle.

  • ¿Dónde está mi habitación? – preguntó a secas.
  • Arriba, a la derecha. A lado de la Sala de Ciencias.
  • Gracias – contestó.

Arnold subió las escaleras mientras observaba a los ancianos con cierto desdén. El científico se encerró y trató de hablar por teléfono. Dejo su maletín en la cama y se sentó, un poco impaciente.

  • ¿Qué ocurre? – se escuchó desde el otro lado de la línea.
  • Creo que nos han descubierto – murmuró el joven científico, casi sin fuerza.
  • ¿Cómo? No fuiste tan estúpido para contarles nuestro proyecto.
  • No…- respondió sobándose la nuca mientras contestaba.
  • ¡Maldita sea! Como es posible que seas tan imbécil.

El teléfono de repente de interrumpió por una fuerte tormenta. Arnold estaba a solas; de algún modo sabía que su jefe lo dejaría solo.

 

A unos metros del Laboratorio Nueva Orleans, en la colina J-2, unos chicos esquiaban desde la cima con la ya conocida adrenalina e hiperactividad juvenil. Eran tres, Roger, Louis y Edwin. Aquellos jóvenes poco se esperaban lo que sucedería esa noche.

Louis bajaba de la colina maniobrando con sus tablas de esquí:

-Esos estúpidos verán que soy el mejor esquiador de este maldito planeta – presumía el arrogante joven.

Louis bajaba a una cueva situada en la colina J-3. Ahí se reuniría, como todos los sábados, para platicar sobre los deportes o sobre las chicas.

 

El joven, al no ver a sus amigos, dejo sus tablas de esquí apoyadas en la entrada de la cueva y se acercó un tronco para reposar mientras se prendía un cigarro. La oscuridad lo mantenía un poco alerta desde que su padre, John, le contó lo peligroso del lugar. De la nada, gritos se escuchaban en el interior de la cueva.

  • No debería… - se obligó a no entrar a la oscuridad de la cueva.

“¡Auxilio!”, se escuchaba un terrible alarido gutural.

  • ¡Corre! -  gritó Louis inconscientemente mientras, con el valor en mano, entró apresurado a la cueva.

Louis intentó correr todo lo que los pulmones le dejaban. El eco se hacía cada vez más fuerte. Al pasar unos metros, encontró una antorcha y unos juguetes.

  • No lo puedo creer…- se asustó al ver aquellos símbolos infantiles situados en esa cueva. Misma que era la muerte literal de muchos aventureros.    

Un niño, de 10 años, se arrastraba hasta Louis, con rasgaduras en su ropa y rostro.

  • ¡Ayúdame! -  le sollozaba el débil infante.
  • Pero qué demonios haces a… Maldición – Lous soltó la mano del pequeño al notar la sórdida imagen tras de él. La mitad de la cintura a las piernas se encontraba vacía. Un largo camino de sangre había dejado el pequeño. Los intestinos parecían cadetes de zapatos en el camino.
  • ¡No me dejes! – lo gritaba el niño casi sin aliento.

De la oscuridad salió un temible oso polar dispuesto a terminar lo que empezó. Cayó encima del niño y le aplastó la cabeza con sus mandíbulas. Louis quedó en shock y poco después salió corriendo de ahí.

 

Roger y Edwin, pasados unos treinta minutos, llegaron a la cueva. Al darse cuenta de las tablas de esquí, se dieron la idea de que Louis ya estaba en el lugar.

  • ¡Louis! – Gritó Roger al interior de la cueva – Espero que no te estés masturbando dentro con las revistas de Playboy – bromeó el joven.
  • Parece que lo está disfrutando – puntualizó el otro adolescente.

Dentro de la cueva, emanaron varios ruidos extraños. Como un grupo de gente caminando a la par.

  • Louis, si estás tratando de asustarnos no lo estás logrando. Desde aquí huelo tus pañales.

De la nada, mientras los adolescentes sintonizaban una burla, unos lobos cayeron encima de ellos y comenzaron a arrancarles pedazos de carne. Los jóvenes sollozaban y daban alaridos, que se perdían en el cielo gélido del Polo Sur.

 

En el laboratorio, los cuatro científicos debatían el tema de los casos espeluznantes.

  • Caballeros, no podemos quedarnos de brazos cruzados ante este dilema – afirmó Harold estrechando sus manos.
  • No lo sé, Harold. La Antártida sigue siendo un enigma – le reprochó John.
  • No sería una sorpresa que la naturaleza esté cobrándonos todo lo que les hemos hecho a sus creaciones – contestó Duncan.
  • Probablemente se trate de una coincidencia… - balbuceó Arnold.
  • ¿Qué tratas de insinuar? – le cuestionó el Duncan.

Louis, quien se encontraba tomado de las piernas, se columpiaba en la silla, todavía en shock.

“Eran ellos…. Que bestias” se escuchaba murmurar Louis.

Los científicos se encontraban impactados e inquietos con todos los casos vistos. La misma naturaleza cobrando factura a la arrogancia humana. Comenzaron a investigar el comportamiento extraño que mostraban los animales del Polo Sur. La mayoría de los Centros notificaban un ataque animal violento contra sus equipos.

Ejemplo fidedigno fue el de un equipo irlandés emboscado por pingüinos salvajes. Los sobrevivientes relataron que aquellos animales, que superficialmente eran inofensivos, portaban en sus picos una hilera de filosos colmillos capaces de destrozar la más gruesa capa de carne. Aquellas criaturas despellejaron a sus víctimas con desdén. Los cadáveres quedaron vacíos por dentro. Se notificó también que la forma de devorar a sus víctimas era atroz. Realizaban un agujero en la cabeza de la víctima (estando viva) para que las crías pudieran limpiar el interior del cadáver.

Era un apocalipsis animal dispuesto a extinguir la raza humana del Polo Sur.

Los laboratorios se quedaban incomunicados cada día que pasaba. A pesar de ser de tecnología avanzada, no poseían el adoctrinamiento militar para resistir este tipo de ataques. Lo más letal de armamento que existía en los centros científicos eran unos revólveres con muy poca munición. “En caso de emergencia”, rezaban las muy irónicas notas que cubrían las cajas de las pistolas.

Arnold decidió tomar el único revólver del Centro y montó guardia mientras los tres científicos y el consternado chico dormían (Louis dormía con los ojos abiertos). Los radios solían funcionar unos cortos períodos de tiempo. La frustración invadía a los científicos a pasos agigantados.

El joven científico observaba el ocaso del día y el surgimiento de la silenciosa noche. La Luna parecía ser la única presencia estelar en contemplar la sangre y la masacre humana que la Antártida estaba viviendo. Los científicos no lograban dormir y el aterrado joven estaba muy inquieto. Louis veía una cinta de las aterradoras escenas violentas que presenció allá afuera. Los dientes le chasqueaban, tanto por el miedo que el frío. Sus ojos se mostraban titilantes y sin un objetivo claro. 

Arnold pensaba en todas las atrocidades que un secretario del gobierno americano y él causaron un apocalipsis animal en el Polo Sur. Recordó a sus hijos y a su esposa, a quienes mintió con que después de este proyecto se harían millonarios. Pero el secretario había sido arrestado hace unos días por el informe que escuchó en la radio.

  • Sé lo que tengo qué hacer – se respondió a sí mismo.

Al día siguiente, los científicos se despertaron de súbito al notar la ausencia de Louis. La puerta principal se encontraba abierta, dejando entrar al invitado no esperado; un aire gélido de -40 grados centígrados. Arnold, apenas comprendiendo la situación, se levantó de la silla y se lanzó a paso apresurado a la puerta. Al tomar la perilla, el joven científico notó a Louis, sentado en la nieve sin ropa. A esa distancia, Arnold notaba el vibrar del cuerpo de Louis. Avistó también que un oso polar se acercaba peligrosamente. Louis no tenía ni la más mínima intención de correr.

Los científicos vociferaban gritos de nerviosismo:

  • ¡Cierra la puerta, Arnold! – le gritaban al unísono los ancianos.

Arnold se quedó absorto en la tan aterradora escena. Louis inclusive saludaba al oso polar de una manera tímida. En plena paranoia, el chico ya no tenía el más mínimo repelús. En el oso polar brotó un enorme enfado y se abalanzó a Louis. El chico lanzaba alaridos que se perdían en el aire del Polo Sur.  

Para rematar, el oso tomó con esmero la cabeza del muchacho con su mandíbula y la comenzó a presionar. A los pocos segundos, Louis dejó de vivir y su cuerpo fue el alimento de una manada de osos que comenzaron a rodear el Centro. Arnold cerró la puerta y les gritó a los científicos:

  • ¡Hay que movernos! – vociferó Arnold.
  • ¡Al segundo piso! ¡Muévanse! – gritó Harold.

Las escaleras fatigaban al cuarteto de científicos mientras ascendían. Arnold sobre todo. El científico estaba nervioso y asustado. La creación del peor mal que ha realizado estaba limpiando el Polo Sur de todo humano existente.

Al llegar a la Sala de Ciencias, Arnold colocó el seguro y comenzó a bloquear la puerta.

  • ¿Qué haremos ahora, Arnold? – le preguntó John al joven.
  • Sobrevivir. Tratar de pedir ayuda – respondió trastornado.

Los tres científicos de mayor experiencia se comenzaron a mover y a buscar radios o algún medio que les hiciera pedir ayuda. Mientras, el científico más joven se encerraba en el cuarto de materiales. Ahí, comenzó a sollozar de tristeza.

  • ¡Maldita sea! – gritó a todo pulmón.

La expresión de su rostro formo un rictus paranoico al observar material inflamable en su alrededor.

 

  • No hará falta que tengan que descubrirme – se murmuró a sí mismo.

El hombre tomó el revolver de su bolsillo y, dejando escapar de su boca un “Adiós a todos y los amo”, disparó. Todo el material explotó, dejando así a Arnold como un pedazo de carbón.    

Harold escucho aquella explosión. Abrió la puerta de materiales y encontró el cadáver incinerado de Arnold con el revólver en la mano.

  • Creo que, a fin de cuentas, el error nos pesa tarde o temprano – dedujo de manera burlesca Harold.

 

El anciano tomó el revólver y salió del cuarto. La sala tenía seis mesas de experimentación en total. Ahí los científicos examinaban e investigaban descubrimientos de la flora y la fauna.

La fuerza brutal de los osos en conjunto retumbaba la puerta; los científicos estaban tratando de calmarse y buscando una última ruta de escape.

La puerta cedió…

Los osos entraron y atraparon al científico Duncan.

  • ¡Dispárale! – sollozaba Duncan. Sus gritos de auxilio dejaron en shock a Harold.

Harold quedó sin movilidad y se desplomó contra el suelo. El anciano había sufrido un ataque cardíaco en plena situación crítica. John, el último sobreviviente, llevó el revólver y una radio consigo al techo del emplazamiento. Sus compañeros murieron y él sabía que ellos no deseaban que John muriera.

John encontró una tubería que llevaba al techo y comenzó a abrirla con un destornillador. Contaba con la suerte de que la misma tubería fue arreglada hace unos días.

La escena tomaba un giro que le daba una ventaja (mínima) después de todo. Cuando el anciano avistó el sol, un haz de esperanza tocó el corazón del anciano.

Los pingüinos, sin embargo, le daban alcance a John. El anciano, con precaria precisión con las armas, disparaba a las aves. Muy poco pudo hacer cuando el revólver quedó vacío.

  • ¡Mierda! – refunfuño mientras lanzaba el revólver a un lado.

 

John se consideraba ya un anciano sin vida. Se sentó en medio de la nieve mientras los pingüinos, pareciendo más una ola de muertos vivientes, avanzaban con cautela hacia John. El anciano recordaba los momentos más importantes de su vida, desde su esposa hasta sus hijos; el empleo y su consecuente ascenso al mundo científico.

Todo eso se quedó en el aire cuando escuchó el sonido de un helicóptero.

Desde el horizonte, un helicóptero llegaba a toda velocidad, disparándole a todo animal que encontraba.

 

  • ¡Auxilio! – daba señales al helicóptero el anciano.
  • ¡Resista, doctor! – le señalaban los hombres del helicóptero.

Con una bengala, los tripulantes crearon una distracción a las aves asesinas; John aprovechó la oportunidad y dio un salto al suelo. Sus tobillos resintieron el golpe.

  • ¡Aquí estoy! – les señalaba el doctor a los tripulantes.

Del helicóptero, una sala salió inyectada hacía la cabeza del anciano, que, al pasarle el cráneo, se desplomó en el suelo, dejándolo rojo.

 

  • ¡Vámonos ya! – gritaba el pasajero.
  •  Pudimos rescatarlo, señor secretario.
  • El científico contaría el proyecto errado y nos traería más problemas. Era necesario.

El helicóptero se alejó del lugar. El Polo Sur fue custodiado por los animales salvajes durante mucho tiempo, hasta que las naciones más poderosas decidieron bombardear el bloque de hielo. Aquella decisión terminó en la muerte de animales y la impune justicia al descanso de los supervivientes, que cometieron el simple error de ser el objeto de prueba de unos maliciosos hombres.

Arnold y el secretario de Defensa americano habían creado un virus para formar un ejército que les sirviera. Pero aquello no funcionó debido a un mínimo error en la sustancia que terminó en la muerte de cientos de científicos y miles de animales.

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