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8 min
El día que me hice hombre
Suspense |
27.04.15
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Sinopsis

Me gustaría que opinarais con sinceridad.

EL DIA QUE ME HICE  UN HOMBRE por Fran Vélez.



 

Estar encerrado en un armario de la habitación de tu chica de 19 años no parece una mala noche, pero estarlo mientras unos tipos desvalijan la casa empeora notablemente mi situación.

Olga es una morena despampanante que para con sus amigas por el bar donde trabajo, yo soy algo mayor que ella pero desde que la vi supe que tenía que hacer cualquier cosa por meterme entre sus piernas, después de unos meses de tonteo me dejo hacerle una visita bien entrada la noche y hasta que oí los chillidos de su madre iba por el buen camino, metidos en la cama y bien abrazados, ella salió a ver que pasaba y no la he vuelto a ver. Nunca he sido un tipo muy valiente así que sin pensarlo dos veces me escondí en el armario.

Allí no se veía nada pero se oía todo, oí como habían golpeado a Olga y a su familia, oí como los ataban con cinta, oí como se reían y como hablaban de lo buenas que estaban madre e hija, oí como rompían y tiraban cosas, a quien no oía era al padre, debieron de noquearle, yo le había visto en alguna ocasión que vino a buscar a su hija al bar, era un tipo alto y fuerte, de gimnasio diario, con unas gafas que le hacían parecer tonto pero con unas manos que quitaban las ganas de reírse de él, tenia esperanzas de oírle. Por lo que se oía debían de ser dos tipos, parecían bastante tranquilos, esto parecía algo rutinario para ellos, buscaban pasta.

-Señora, sabemos que este es un pez gordo del Banco Central, díganos donde guarda el dinero de las vacaciones o les voy a mandar a un viaje de solo ida.

Tenía las manos completamente sudadas y la sensación de querer echar la pizza del mediodía castigaba mi estomago. Los tipos se reían y soltaban gilipolleces continuamente sobre ellas, amenazas y algún golpe que otro, pero ellas no les decían ni mu. Eso tampoco era bueno para mí, si les dijeran donde guardaban el puto dinero ellos lo cogerían y se pirarían y yo saldría a vomitar tranquilamente, pero no, ellas se tenían que hacer las heroínas por un puñado de cochinos euros.

Por el ruido que hacían me podía suponer mas o menos donde estaba cada uno, el de la voz mas ronca de los dos prácticamente no se movía de donde estaban ellas, el otro, mas calladito, registraba y destrozaba las habitaciones.

Al sonido del interruptor y la fina línea de luz que se coló por entre los huecos de la puerta del armario los acompaño una descarga desde el dedo gordo del pie hasta el corazón, uno de los tipos estaba entrando en la habitación de Olga y mi tiempo se agotaba, tenia que pensar algo y deprisa. Empecé a mover las manos por las cosas que había allí dentro tratando de encontrar algo, lo que fuera, los pasos se acercaban y yo seguía sin nada, la luz que entraba disminuyo y comprendí que el tipo estaba justo delante del armario, un leve sonido del picaporte y por poco no domino la arcada, la luz entro en el armario cuando este se abrió y yo cerré mi mano derecha sobre una caja de plástico que tenia a mi derecha y cogí lo primero que encontré.

Cuando la puerta se abrió del todo, unos ojos verde botella me miraron detrás de un pasamontañas negro, el segundo que tardo en darse cuenta de que yo estaba allí fue el segundo que tarde en clavarle la lima de uñas en uno de esos preciosos ojos. El tipo se giro dándome la espalda mientras soltaba un grito que me dejo helado, era la primera vez que hacía daño a alguien y algo dentro de mi sentía la necesidad de disculparse. Como he dicho antes no soy un tipo muy valiente que digamos y pese a trabajar en un bar de copas donde suele haber broncas habitualmente yo siempre me las arreglo para no verme involucrado.

Salí del armario algo preocupado sin dejar de mirar al gritón y el otro tipo me propino un puñetazo en plena mandíbula que casi me deja KO, caí al suelo de costado y este se tiro encima de mí como si estuviera loco propinándome golpes que atajaba como podía con mis brazos y la mayoría con mi cara. Sentí que algo caía sobre nosotros, era Olga que se había tirado de cabeza sobre el tipo. Aproveche que se la quitaba de encima para escabullirme y ponerme en pie y como pude salí al pasillo donde la madre me señalaba con su cabeza la habitación opuesta y entre sin dudarlo un momento.

-Puta zorra ya me encargare de ti después - y un grito de Olga ahogado por la cinta.

-Mátalo Rober mata a ese cabron - le gritaba el tuerto.

La habitación estaba a oscuras y no podía perder el tiempo, si me encontraba era hombre muerto, ya tenia la cabeza como un pomelo y no sabía cuanto mas iba a resistir antes de romperme. No sabia que quería la vieja, esperaba encontrarme con una arma o algo así, buscaba a la altura de mi cabeza y no miraba al suelo y me tropecé con algo y caí al suelo. Mire atrás y la sombra del tipo de hacia cada vez mas grande, iba a entrar enseguida y allí no había nada que pusiera usar, mire a la izquierda y vi que estaba a la altura de la cama así que me metí debajo.

Allí no me vería, había algo que se interponía entre la esquina de la cama y la puerta, algo que me ocultaba, debía de ser un armario, pero, el tipo debió de darme demasiado fuerte porque veía moverse al armario incluso parecía gemir, la sombra se hacia inminente, una sonrisa cruel de película de los noventa me anuncio que él sabia donde estaba yo, y puede que en el único momento de lucidez de toda la noche me di cuenta de que aquel armario era el padre de Olga que estaba atado a la pata de la cama.

Me tire de uñas contra la cinta tratando de quitársela pero fue imposible, así que como si fuera un perro famélico y la pata de la cama el único hueso que iba a comer en siglos empecé a lanzarle dentelladas a la cinta que iba cediendo.

El tipo atravesó la habitación con esa risa diabólica flotando en el ambiente y me agarro de un pie sacándome de debajo de la cama.

-Siempre escondido como una rata, esta vez se acabo.

Y el puñetazo entre los ojos fue como si me hubiera pegado con un martillo, sentí muchas cosas rompiéndose dentro de mi y oí a mi madre gritarme que tuviera cuidado, que me tirara al suelo, y haciéndole caso me tire, pero o caía muy lento o tal vez no había suelo ¿me había engañado mi madre? No eso no podía ser, ella había muerto, pero sin embargo allí estaba de pie a mi lado tirando de mi de nuevo hacia debajo de la cama. Mire la luz del fondo donde el tuerto entraba en la habitación tambaleándose, muy despacio, con unos gritos apagados y alargados, y unos pies descalzos mas alargados que sus gritos se encaminaban hacia él y lo ponían a mi altura.

El tuerto me miró desde el marco de la puerta con la oreja pegada al suelo como si quisiera escuchar el tren y la oscuridad nos envolvió a ambos, la habitación se lleno de gritos agudos y pies descalzos y mi madre me abrazo como cuando era niño para que no siguiera teniendo miedo.


-La próxima vez que quieras entrar en casa, estas invitado – me dijo el padre de Olga cuando desperté.

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