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6 min
El Dilema
Infantiles |
01.10.15
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  • 1541
Sinopsis

El dilema.

La hoja de la libreta ya había sufrido el campo de batalla a punto de acontecer, rasgada la hoja en el frenesí final por la rabia que no pudocontener.

Tenía que defenderlo, eran… muchos, muchos contra uno, ¡qué injusto! Que deleznable… qué pena que sus padres no hubiesen podido escucharlo decir una palabra como esa.

Se inventó el recuerdo donde la tinta del bolígrafo se derramaba sobre la libreta abierta, para después arder (¿por qué no?) hasta fundir la fina película como retina de su imaginación. Sintonizó en su mente con “One” de Metallica y se lanzó a la carrera contra los esbirros del mal, tan ignorantes que ni sabían que eran sirvientes del mismo.

La grasa acumulada de su cuerpo le impidió correr más rápido, y enseguida supo que llegaría el flato. No importaba, la prioridad era llegar y machacar, salvar a su amigo. Su barriga también dolería, bien lo sabía.

Se colocó frente al más alto. Se miraron ambos con confusión. Recordaba de una película que para acabar rápido con una pandilla había que ir a por el que pareciera el jefe. Lo empujó y tan poco se lo esperaba que cayó con facilidad contra el suelo, sonando y chocando con fuerza a pesar de lo delgado que era.

Ese era el rectángulo de la ecuación. Se quedó dudando de si eso estaba bien dicho.

Giró la cara de una forma épica que nadie apreció y se enfocó al resto. No huyeron, lo que ser el más alto no tenía por qué significar algo. Tragó saliva.

Las figuras geométricas que dibujó en la libreta,la caída como un héroe (como una heroína, ¿no?) no se iban de su mente. Conocía bien a esa pandilla, y los recreó como un cuadrado, un triángulo y el rectángulo. También iba con ellos uno que era una línea, pero se pasaba el día enfermo en casa jugando a videojuegos y no estaba allí. Representó sobre el papel con boli azul ese instante donde defendía a su amigo, el… el “romboido”, el “hexagonil” “el…” espera,“la estrella de muchas puntas cortas”, sí, indefenso en mitad de la geometría abusona.

Lo que más rabia le daba era no saber el motivo. ¿Cuál era el dilema que se escondía detrás de esos ataques? Los abusones eran así por naturaleza, como le oyó decir a un profesor con coleta, pero con su amigo se “ensayaban” más, ¡mucho más!

Y eso le enfurecía, le ponía Hulkperdío.

Se lanzó de nuevo y fue a por el más fuertote, que a la lógica de la ecuación tenía que ser el jefe. Le gritó que era un capo de tres al cuarto, de los de andar por casa, y debió de sonar tan ridículo (o sorprendente) que eso despistó al abusón, recibiendo un cabezazo contra la cara.

A ambos les dolió por igual.

Una gota de sangre chocó contra el suelo.

Todos los presentes se quedaron paralizados, siendo por unos segundos una escena digna de museo. Tocaba saber de qué clase.

Tragó saliva. Su amigo fue a la par.

El abusón afectado reaccionó y con las manos temblando lo señaló y miró con rabia. Enseñó los dientes apretados, resoplando entre los mismos y por la nariz como un animal. De repente se dio la vuelta y comenzó a alejarse. El abusón larguirucho ya se había incorporado y sin preguntar siguió al que se confirmaba como el cabecilla. El abusón restante obedeció al instinto y fue tras sus compañeros de fechorías, gritándole insultos para que le esperaran.

Tal escena tan tópica dejó a ambos anonadados. Otra palabra de la que presumir delante de sus padres.

 

De regreso, como dos soldados manchados y sublimes, apenas hablaron, pensativos por lo sucedido y lo que sucedería: la guerra asomaba una sombra infinita.

Por el camino observaba a su amigo, apenado también por lo que fuera el dilema. ¿Por qué le agredían? Era un chico perfecto, como le decían muchas madres, apelativo que hay ganarse sacando buenas notas, luciendo educación y siendo un delgado ancho de hombros. También lo admiraba, vaya que sí.

Llegaron a la puerta de la casa de su amigo. Éste le agradeció la proeza, mostrándose dócil, y le invitó a cenar,o a comer al día siguiente si le parecía muy precipitado. Aceptó ambos y se dieron la mano, apretando a doler pero con respeto, como signo y símbolo de ese día que no iban a olvidar.

Vio entrar a su amigo en casa y comenzó a alejarse. Conforme la casa desapareció de la vista, se sentó en la acera para vomitar bocanadas de aire y pavor. Había disimulado con éxito el flato y el temblor de rodillas. Sentía la nariz taponada, y no paró de sorber en vano. Creyó que se iba a ahogar de verdad.

Más calmado, analizó su estado y supo que volvería vivo a casa. Se levantó y fue dirección al horizonte, imaginando una música épica.

La familia de su amigo procedía de un lejano país exótico de esos. Alguna vez había comido en su casa y preparaban una verdura de vivos colores que podía comerse con facilidad, lo contrario a lo que le sucedía a la verdura apagada que preparaba su madre. ¿Cuál era el tema con la verdura de su madre? ¿En qué se diferenciaba a la de la madre de su amigo? ¿Radicaba ahí la respuesta al dilema de porqué mucha gente se metía con su compañero o incluso con su familia? Si cocinar bien suponía una condena, le daba igual convertirse en el mejor chef a cambio de arder en el infierno. Como el Chicote.

Por el camino a casa su mente no dejó de dar vueltas al asunto, vueltas y vueltas al dilema de porqué a su amigo lo trataban de esa forma.

¿Qué había hecho? Quizá en el fondo daba lo mismo; ahí estaría él para defenderlo.

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