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15 min
EL DON
Terror |
11.07.15
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Sinopsis

Un niño descubre que posee un extraño poder. Pronto haré un uso terrorífico del mismo

~~                   - ¿Tiene la maldad humana algún límite? ¿Existe alguna frontera que  el alma  no se atreva a traspasar? ¿Hay algo tan respetable o sagrado que  siquiera  el ser  más infame  sea incapaz de violar?  Son cuestiones que tú mismo juzgarás cuando conozcas mi inmundo relato, si soportas esta sucesión de ignominias. No entraré en detalles  que en nada afectan a los hechos y te apartarían del verdadero sentido de la parte  de mi vida que te voy a contar, o para ser más exacto, a confesar. Sí, porque de una confesión se trata. Nunca te revelaría los extraordinarios sucesos de los que he sido, y aún soy, protagonista, si un terrible fuego, hecho de remordimientos, no me abrasara la conciencia, o lo que de ella quede. Otra vez tengo que precisar. Mis escrúpulos no provienen de los hechos ya pasados sino por los futuros.  No voy a extenderme mucho. Además, conforme me escuches entenderás que no tengo tiempo. Es necesario que me  apresure.  Queda ya muy poco y es posible que jamás tengas ocasión de entenderlo. Nadie más lo llegará a conocer. Y no podemos separarnos para siempre con este peso en mi conciencia. Tendrás el privilegio de conocer una historia fantástica y aterradora.     


                       Dicen que todos tenemos recuerdos imaginarios de nuestros primeros años de vida. Es posible que sea cierto. Tampoco importa mucho. Los retazos que  quedan en mi memoria anteriores al gran acontecimiento carecen de valor. Me da igual lo que diría un psicólogo freudiano sobre la importancia de los traumas infantiles o los complejos que se desarrollan en la niñez. No dejan de ser teorías muy alejadas del fenómeno sobrenatural que sólo yo he sufrido. Tal vez algún mecanismo de mi inconsciente preservó mi cerebro para  acoger en toda su grandeza los insólitos hechos que se aproximaban.
                       Mi primera experiencia despreciable  aconteció cuando debía contar  ocho o nueve años. Yo  debía ser un niño normal.  Jugaba con mis amigos y  hermanos, como es corriente  esa edad. No destacaba sobre los demás ni por mayores virtudes ni por comportamientos  diferentes, si bien estaba dotado de cierto carácter rencoroso que asomaba  de vez en cuando.  Casi se podría decir que todo era y transcurría dentro una normalidad tediosa. Era una vida vulgar,  rutinaria, sin nada en especial que merezca  hacerte perder un minuto en escucharlo. Mis padres se ocuparon para que nuestra infancia transcurriera libre  de penalidades y de emociones.  Siempre procuraron darnos una educación disciplinada, pero tolerante.  Mi madre, la recuerdo, abnegada, incansable, sencilla y todo lo amorosa que puede ser una buena madre.  Mi padre  siempre dispuesto a colaborar y complacernos. Pero te he prometido no dar rodeos, así que no entraré en descripciones que dilaten lo que seguro esperas con impaciencia.

 

 

                   Fue una tarde de primavera donde quedó enterrada mi niñez. Jugaba en un pequeño jardín que teníamos en la parte posterior de nuestra casa. No me encontraba  bien. Tenía unas décimas de fiebre causadas por un resfriado, aunque sin revestir  importancia, cuando no me obligaron a guardar cama. Allí aconteció. No sé cómo, ni qué momentos precedieron al descubrimiento de mi don.  Fue algo sobrevenido,  accidental. Yo no participé más que como objeto involuntario. Pero lo descubrí. Se produjo una revelación, como un milagro invertido por el demonio. No tuve visión de ángeles, ni seres fantásticos de ninguna clase. No fui abducido por viajeros galácticos que me insuflaran poderes mágicos o desarrollaran mi inteligencia a su nivel. Ni siquiera entré en una dimensión desconocida de la cual regresé conocedor de mundos maravillosos. Hubiera sido un principio mucho más romántico y justificaría, tal vez,  mi conducta posterior, sobre todo porque achacaría mis culpas a entidades etéreas  y  saldría moralmente menos dañado. Pero contigo tengo que ser sincero. Tuve la certeza absoluta de inmediato. Al igual que cuando resuelves un problema o acertijo matemático sabiendo que has dado con la solución perfecta. Un leve, ligero contacto físico, ¡tan fácil en un juego de niños!, y todo el deseo que un espíritu puede crear y contagié el resfriado a una de mis hermanas. Eso en sí, no tendría nada de particular. Pero había algo más; algo inexplicable y misterioso,  tuve una curación espontánea. No la contagié, me sucedió en el resfriado.  En ese instante le trasladé  mi enfermedad. No quedó en mi cuerpo un solo átomo de ponzoña. ¡Qué sensación tan maravillosa! Y no tanto por la peculiar manera de sanar, sino por descubrir mi poder, mi DON.


                  Con la misma seguridad que tuvo mi primer éxito, mi razón primitiva entendió que lo podía repetir. Sentí la necesidad de volver a probar mi don.  Disfrutar de forma malsana de mi  poder único. Cual científico precoz, el experimento necesitaba de repetición y confirmación. Solo debía esperar. Y no tuve que hacerlo por mucho tiempo porque en la vida de un niño  afloran ciertas enfermedades leves con frecuencia. Si venían a mí de manera fortuita o respondían  a alguna causa desconocida lo ignoro. Tampoco me importaba en aquellos días. Tenía el privilegio de sembrar el mal a mi completa voluntad y eso me bastaba. No era el momento en que debía plantearme complejas disquisiciones filosóficas.  Pocas semanas después, con indigna alegría, recibí los primeros síntomas del sarampión. Fue fácil, muy fácil. Esa misma tarde mi hermano Paul ya desarrollaba el mismo mal, mientras yo sanaba de forma repentina.  .Aunque esa realidad escapó a la comprensión de nuestro médico de cabecera, que algo intrigado, concluyó que había sido mi hermano y no yo, quien incubaba la enfermedad. No era muy habitual, pero a veces en medicina se veían casos muy curiosos, y comenzó a relatar una serie de pacientes que pese a padecer enfermedades a cual más pintoresca, habían curado de forma inexplicable. Pese a que la base científica del razonamiento parecía muy dudosa, todo el mundo aceptó de buen grado la explicación y nadie volvió a mencionar el tema. Supuso la confirmación completa de mi impunidad.  


                    Por supuesto, como bien imaginas, el don se convirtió en el centro de mi vida. Necesitaba perfeccionarlo. Jugar con él a mi voluntad. Sin una finalidad en concreto, pero algo tan maravilloso precisaba de mi comprensión. Sabía  el profundo misterio que encerraba, pero era posible desentrañar sus mecanismos.  Muchas veces me preguntaba por qué  era yo el elegido y quién o qué me otorgó el don. Y si tenía algún propósito determinado.  Quizás no me hubiera gustado la respuesta en caso de encontrarla .  Ni que decir tiene que jamás hice mención a nadie. Mi poder  me fue adjudicado por algún designio incomprensible  y solo  yo tenía el derecho a poseerlo. Descubrí los esquemas del mismo. Podía expulsar cualquier enfermedad de mi cuerpo, fuera cual fuera su naturaleza. Era una curación absoluta. No es que fuera inmune, yo era tan vulnerable como todos los mortales y hubiera padecido todas las consecuencias sin el don.  Pero había un inconveniente funesto. Necesitaba un receptor  y éste tenía que ser un familiar consanguíneo directo. Los reiterados y ominosos intentos de contagiar amigos y extraños fracasaron una y otra vez. Tampoco a los familiares lejanos les afectaba.  Broma del destino o prueba de alguna inteligencia superior, el dilema era inexorable, mi salud a cambio de que los seres queridos perdieran la suya. No había otra opción.  Si el don, era en sí mismo maldad, su uso me convertía en el ser más infecto de la creación. Pero la maldad tiene un aliado  poderoso: la cobardía,  y ésta emergió en mi interior con fuerza inusitada. Me aterrorizaba un simple rasguño, no era capaz de soportar el más ligero dolor  y sentía náuseas de pensar en una simple jaqueca. Por supuesto me acompañó siempre la salud,  mientras mi familia por entero se veía  atormentada por un sin fin de  catarros, fiebres y dolencias de todo tipo.

 

 

                   La espiral hacia la depravación no llegó hasta los quince años. Mi confianza y  egoísmo  me convirtieron en persona temeraria. El primer día nevado de aquel invierno aposté con un amigo un baño en el río, cuyas aguas estaban en esa fecha, gélidas.  Tenía que buscar ocasiones que me permitieran sentir y gozar de mi privilegio, mi poder superior a cualquier humano, pues por hechos más dignos y nobles, ni por aptitudes o inteligencia superaba a nadie. Mi mediocridad iba a ser la constante el resto de mi vida. No había mejor remedio que emplear cuantas más veces mi prodigiosa capacidad de sanarme. Con la seguridad que me infundía mi extraña condición,  me sumergí en el agua primero y luego actué con la mayor naturalidad. La consecuencia fue inmediata. Al día siguiente estaba en cama con neumonía. Sólo mi abuelo podía cuidarme. Con un amoroso apretón de mano acompañado de un ferviente deseo de expulsar el mal y, de nuevo, aconteció el fenómeno. Esta vez mi imprudencia tuvo consecuencias muy graves: sus pulmones no lo resistieron y tras unos pocos días de  sufrimiento atroz murió. Mi primer crimen no ocupó más tiempo en mi mente que el preguntarme quién sería el próximo y cuánto tiempo transcurriría para que se repitiera un hecho similar.


                   No te anticipes en juzgarme. Ni creas que no conocía el sentido del bien y del mal. Sabía distinguirlo. La cuestión radicaba en que ni uno ni otro  parecían diferentes. Jamás me sentí mejor por realizar una buena obra ni peor por actuar como lo hacía. Mis principios se resumían  en la inmoralidad desnuda.  No estaba poseído por un instinto asesino ni por un ansia incontenible de ver muerte  alrededor. Ese pensamiento sería erróneo. Aunque te pueda parecer cínico, no odiaba a nadie.  Hasta se podría decir que la mía era una relación normal con las vicisitudes por las que atraviesa cualquier familia. Pero en este momento solemne en que te estoy confesando por primera  vez hechos tan extraordinarios, sería injusto omitir el placer morboso que germinaba en el rincón más oculto del alma. Me costaba aceptarlo, pero cierto erotismo obsceno me invadía cuando tenía que aprovechar el don.  Por eso deseaba tener que emplearlo una  y otra vez. Una firme adicción a un nuevo juego, el juego de ser Dios y castigar y culpar a quien en cada momento me convenía, sin importarme las consecuencias.
                 
                   La secuencia de mi vida a partir de ese momento se produjo con una lógica impecable. La cobardía se apoderó de  mis actos. Se convirtió en una forma de vida.  Un pequeño síntoma de enfermedad lo curaba de inmediato a costa de la salud de los míos.  De entre los escasos candidatos receptores a enfermos  realicé una selección nada azarosa. Los clasifiqué con terrible frialdad, según una macabra  jerarquía. La capacidad de resistencia, frecuencia de transmisiones y nivel de gravedad fueron los criterios aplicados. Lo hice con todo el detalle y minuciosidad  que fui capaz. Todo lo previne a la perfección. Cada proceso debía ser valorado en su correcta magnitud y, previa una evaluación general, que meditaba detenidamente,  alejado fuera mi, e introducido a la persona más idónea en cada momento. No creas, sin embargo,  que sólo tomaba en cuenta las circunstancias más benévolas para infundir el mal menor a cada cual. También los motivos arbitrarios entraban en liza. Si estaba encolerizado con alguien en particular, era el destinatario de mi siguiente venganza.   Elegí a mis padres para la mayoría de tratamientos, así  decidí llamarlos. A fin de cuentas ellos eran los causantes, involuntarios supongo, pero ellos, de mi peculiaridad. La maldita combinación de sus genes deletéreos creó un monstruo. Y como todo el mundo sabe, los monstruos se vuelven contra sus creadores. Les correspondía por justicia sufrir las consecuencias de su obra. Además, en plena juventud mis afecciones tampoco  podían ser tan graves que no las pudieran soportar. Limpié con facilidad mi conciencia reflejándoles mis culpas al igual que hice con mis fiebres. Incluso en varias ocasiones busqué a propósito la forma de enfermar por el sólo placer de castigarlos.   Si en algún momento tuve algo lejanamente similar a sentimientos humanos, ya no quedaba mínima huella de ellos.

                     


               Te preguntaras si nadie fue capaz de percibir algo que, así relatado, parecía tan evidente. Pero los humanos somos muy ciegos. Y mi sutil manera de distribuir las enfermedades disimuló  el don para que, hasta este mismo instante que te  lo desvelo, nadie lo percibiera, ni  lo sospechara.  Fueron pasando  todas las fases de la existencia por las que transcurre cualquier persona. No esperes acontecimientos prodigiosos, la señal de algún ser supremo o una revelación mística. El mundo era yo y mi facultad. Nada más. Aunque me juzgues  un hombre despreciable me atrevo a decirte que hasta entrar en mi madurez me podría considerar feliz.  Pese a acortar en muchos años la vida de mis padres, que no soportaron el cúmulo de males que les contagié,  no puedo decirte que sufriera penalidades. Al contrario, las cosas  me fueron bien  en otros muchos sentidos. Ninguna justicia divina me repercutía el mal que yo sembraba, ni siquiera en una pequeña parte, ni el azar quería equilibrar la balanza de mi vida. Todo resultaba a mi favor. Si Dios existe, no debió de ocuparse jamás de mí, al menos para ajustarme las cuentas.  


                   Sin embargo, mi relato no será del todo verídico si paso por alto una precisión importante. Las enfermedades no se desataban  con el ritmo normal de cualquier persona. Ya te he dicho que en muchas ocasiones las buscaba  por mero placer o por vengar cualquier ofensa contra mi personalidad caprichosa. Pero con el paso del tiempo la frecuencia era cada vez mayor por otros motivos  poco claros. El ritmo se iba acelerando. Precisé de una actividad continua para mantenerme limpio en todo momento. Y por razones obvias el círculo de víctimas posibles se había reducido ya a mis hermanos. Ellos tuvieron que recibir, sin imaginarlo,  una herencia maldita a la que no podían renunciar.  Mi instinto apoyaba la idea de que no se trataba de un acontecimiento casual. Había una clara tendencia que empujaba hacia más y más procesos. Algo o alguien estaban detrás, jugando conmigo, probando mi capacidad para generar el mal. Y si en verdad era así, no le defraudé. Si alguna inteligencia me escogió para fines impredecibles fui un alumno colaborador y aplicado. Nunca pudo hacer mejor elección. Decir que me disgustaba hacerlo, no sería honesto. Aunque –como te he dicho- no deseaba conscientemente provocar sufrimientos innecesarios, jamás me asaltó la duda de intentar dejar a un lado mi don y sufrir mi propia parcela de dolor. Las enfermedades me asaltaban con tal intensidad que en pocos años  mis hermanos fueron sucumbiendo. Creo que el precio por mi don era verme  solo frente a los males que tanto me aterrorizaban. En un alarde de malicia me mantuve siempre cerca de ellos, llegando a considerarme, pobres ingenuos, el  familiar más atento y cariñoso.   Primero fue Ana, dos años después Ricardo, cinco más tarde Paul, y recientemente Rebeca y Esther. Ha sido muy penoso. Ninguno ha podido  superar los treinta y cinco años.  Toda su culpa se limitó nacer junto  a un auténtico demonio.

 

                Así pues, hijo mío, aunque no puedas entender nada de mi narración porque sólo cuentas cinco años, me sentía en la obligación de contártela. Tienes todo el derecho a escucharla. Hace unos días, en una revisión rutinaria me han diagnosticado leucemia. Tu madre no me sirve, ya sabes, no es consanguínea. Sólo me quedas tú. Te avisé al inicio, tu vida cambiará a partir de ahora, pero no sé durante cuánto tiempo. La medicina  ha avanzado mucho y quién sabe. Ven a mis brazos…Es tan dulce la vida…


                                                   

              FIN                  

                     


 
                

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