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6 min
El duelo
Históricos |
13.07.15
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Sinopsis

Reflexiones de camino a un duelo

 Tocan a muerto los cascos de los caballos golpeando el suelo. Es un sonido monótono y aterrador que  me llena la cabeza impidiendo que florezca ningún pensamiento. Los caballos tocan a muerto mientras avanzamos camino de mi destino, un destino fútil fruto de los ardores de mi juventud. Solo ahora que se acerca el momento tengo la claridad mental suficiente para descifrar lo estúpido de mi conducta de hace una semana. Nadie me habría reprochado que hubiera ignorado las palabras del Conde. Pero no pude, tenia que hacerme el caballero ofendido, y es ahora, con el estomago vacío y en el frescor de una noche de otoño, cuando descubro que no soy ni tan caballero ni tan valiente como yo me tenía.

Aquel fatídico día  asistí a la cena en casa del ínclito Don Rodrigo de Montilla, tras la cena los invitados disfrutamos de una frívola velada de cotilleos  y flirteos, regada con los mejores caldos del anfitrión. La señorita en cuestión lucia un generoso escote y una mirada que hacia hervir hasta la ultima gota de sangre. La cadencia de su voz enseguida me hechizó, como el mas maravilloso e irresistible canto de sirena que jamás haya escuchado hombre alguno. Rendido a sus pies competí con el resto de pretendientes para ganarme sus favores. 

-¿Cuantos pasos quiere dar?- la pregunta de mi padrino me devuelve bruscamente al presente.

-¿Que importancia tiene?- contesto abrumado

- Cuanto mas grabe haya sido la ofensa al honor de la dama que usted viene a defender, menos paso deberá exigir en el duelo.

Trato de recordar las palabras hirientes del Conde, el corazón se me acelera, no soy capaz de recordarlas. De pronto un intenso vértigo me recorre el cuerpo revolviéndome el estomago hasta la nausea. Una idea devastadora se apodera de mi

-Me batiré en duelo por un agravio a una dama tan leve, que no es merecedor de ser recordado.   

Casi paralizado por la certeza de mi insensatez balbuceo mi respuesta

- Decídalo usted, pues confío plenamente en que su juicio y entendimiento, le harán obrar como mejor  convenga a mis intereses.

Pierdo la mirada mas allá del carruaje, pronto amanecerá. Del exterior llega un aroma a bosque bañado de rocío, que ahora que avanzo hacia la muerte se me antoja precursor de la esencia de la  vida.

Recordando aquella velada me doy cuenta que si bien la dama es hermosa, aquel  salón estaba repleto de damas igual de hermosas que ella y que quizás los jugos de uva que bebí fueron los culpables de mi nublado juicio. En mi recuerdo la belleza de mi defendida, ahora se antoja vulgar y me doy cuenta que si competí por sus favores no fue por su  eminente hermosura, sino por la laxitud de su moral.

Y ahora acobardado en un rincón del carruaje me pregunto por que me ofendí cuando el Conde alabo lo que yo buscaba en la dama, con la certeza de hallarlo. Pues es por todos conocido en Madrid  la generosidad de Doña Claudia. No en vano los quebraderos de cabeza que causo al desgraciado de su padre se lo llevaron al otro mundo el verano pasado.

Es cierto que jamás vi senos tan generoso y bien ubicados como los suyos, pero acaso ¿no seré capaz de encontrar  otros senos, que si bien no sean tan generosos, puedan satisfacerme de igual manera?.

La llegada del carruaje al lugar convenido me aparta de mis consideraciones. Se que no me puedo echar para atrás, se que encontrare la muerte a mis ardientes veinte años, pues por todos es conocida la excelente puntería del Conde que ya lleva a sus espaldas cuatro victorias en sendos duelos.

Permanezco de pie junto al carruaje, mientras los padrinos terminan de cerrar todos los términos del duelo. Intento sosegar mi respiración, el aire frío de otoño me raspa el interior, disfruto del martirio, me recreo en él. Es irónico, pues nunca me he sentido mas vivo que en este instante.

-Juntaran las espaldas, darán veinte pasos y se giraran- mi padrino me informa de las normas acordadas, mientras intento, en vano comprender sus palabras

- Cuando se giren usted disparara primero y después será el turno del Conde. Irán alternando turnos hasta que uno de los dos muera.

Empiezo a sentirme mareado y a pesar de que ya ha amanecido, tengo la vista tan nublada que mi padrino tiene que poner el arma en mi mano. Camino hasta el Conde intentando que no vea temblar mis piernas. Ahora tengo la certidumbre de que ningún par de senos merece un duelo, pero ya es demasiado tarde para mi y me lamento pues ni siquiera podré compartir mi recién adquirida sabiduría.

 Juntamos las espaldas, no se si seré capaz de dar veinte pasos, rezo para conseguirlo. Mi madre tendrá suficiente con recibir la noticia de mi muerte, no necesita saber que su adorado hijo callo al suelo acobardado incapaz de dar un paso y temblando como un niño. Comenzamos a dar pasos. Intento fijar mi mente en la imagen de mi madre, su rostro cariñoso, su aroma a jabón, mientras la voz de mi eficiente padrino me taladra los tímpanos con la cuenta de lo que me resta de vida

- uno, dos, tres...

Mi madre, mi pobre madre a la que nunca la importo el honor o deshonor de Doña Claudia, es ahora la que mas sacrifica por su salvaguarda

- catorce, quince, dieciséis...

El mareo aumenta, y el estomago a pesar de estar vacío parece que va a explotar

- y veinte, ¡dense la vuelta caballeros!  

Me doy la vuelta y en unos instante el olor a pólvora nos rodea y el sonido atronador de mi arma suena igual que el infierno abriendo la tierra bajo  mis pies.

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