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4 min
El ejército normal
Varios |
13.10.14
  • 5
  • 0
  • 1982
Sinopsis

Soy normal y neutro porque es lo normal, tan normal que somos legión, y no estamos dispuestos a pensar así como así. Tenemos preparación y podemos llevar a cabo todo tipo de actividades. Di lo que quieras, pero dominamos el mundo y amamos todos los vallados. Soy imparcial –en general– excepto con lo insustancial, hago cosas normales, no llamo la atención si no toca llamar la atención, me adhiero, follo con normalidad y mantengo al día al resto de seres normales sobre ello (explícita o implícitamente). Alimento amistades normales con fechas normales de reunión, me abrigo normal según qué ponga en el calendario. Crecí normal, haciendo cada cosa a su tiempo según me dijeron cuándo debía de hacer qué. Fui un niño normal, aplicado y algo revoltoso, hice la comunión y no me acuerdo del bautismo. Hice hasta mecanografía. Con máquina de escribir. Soy tan normal que controlo mi vocabulario casi sin tacos y visto siempre según la ocasión me dicen lo requiere. Conocí a una chica normal y salimos de modo lógico, tres citas antes de tener sexo y luego asentar sentimientos normales y reposados. Hicimos un cálculo para el filtrado de nuestro enamoramiento. Dijimos “con calma”, contestamos “aún no nos planteamos eso”; nos instalamos en un piso normal. Yo treinta y pocos y ella veintimuchos. A veces vamos al cine a entretenernos cuando no sabemos qué más hacer. Nos gusta leer, pero sobre todo cuando un libro tiene realmente éxito, por asegurar el tiro. Cenamos fuera tres veces a la semana, viernes, sábado y domingo; a veces el domingo no. Hemos mecanizado nuestra forma de socializar, normalmente con otras parejas normales, casi siempre cenando y a menudo comentando cuán normales somos en contraste con otros que ya quisieran serlo. Soy tan normal que ya ni soy consciente de decir cosas como Buenos días o Voy a sacar al perro. Tenemos un perro, claro, se llama Común. Nos turnamos para sacarlo a pasear por las mañanas temprano y luego al atardecer. Es porque amamos los animales y la naturaleza. Común es nuestra transición hasta nuestro primer hijo, aunque esto por supuesto no es algo que verbalicemos. Que seamos normales, además, no quiere decir que no seamos modernos. Vivimos y copulamos bajo el mismo techo sin habernos casado. El plan, de lo más aceptado y en nuestra opinión original (dentro de ciertos márgenes de normalidad respetables), es que nuestro primer hijo nos traiga los anillos en la boda.
Como tipo normal que se precie, no soy racista en la versión oficial, aunque lo soy, de un modo vago y típico de clase media. Lo soy, digamos, al mismo nivel que lo es mi madre. Mi novia lleva esto al paroxismo, puede enfadarse conmigo si bromeo por la calle al ver a un moro o un negro, y a la vez regañarme si la dejo sola cerca de uno o le doy limosna a uno. No somos racistas, pero del modo más normal. Lo mismo pasa con la homosexualidad; la respetamos, pero no nos parece normal, no abunda en nuestro entorno que sepamos, de modo que para nosotros levanta suspicacias. ¿Tanto cuesta ser normal? De hecho esa es la clave, ser normal requiere de mucho sacrificio, demasiado para que nos parezca bien que alguien quiera hacer otras cosas, ser de otros colores o follar de otras maneras. Somos comprensivos, pero no nos vamos a cansar de señalar lo anormal. Tu color ha de ser claro, debes follar con el otro sexo, debe darte por culo tu trabajo, has de ser educado con normalidad y has de unirte al ejército. Sabes que cualquier otra opción te va a llevar por el camino de la amargura. Además de que no es normal.

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