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6 min
El elfo olvidado o Glorfindel el apestado
Reflexiones |
10.11.14
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Sinopsis

Uno de los personajes más hecho a menos de una célebre saga, por fin expone su sentir.

A mí nadie aparentemente me conoce en la actualidad, y todo gracias a la “genialidad” de los cineastas que adaptaron en varias ocasiones “El Señor de Los Anillos”, la novela literaria en la que aparezco. Y sí, mi papel era relativamente corto, mas no así mi relevancia dentro de la historia, pues gracias a mi crucial y oportuna intervención salvé las vidas y destinos de varios otros protagonistas, los cuáles representaban una mayor carga dentro de la trama y son más recordados por el lector. Yo soy, por si nadie me recuerda a estas alturas (cosa muy probable, para mi descontento) Glorfindel, elfo noble de Rivendel, enviado por el señor Elrond para averiguar la situación del entorno adyacente a La última Morada y que tuvo a bien el encontrarse con los desafortunados Aragorn, el Mediano Frodo y sus congéneres; los cuáles habían pasado grandes penurias a raíz de un brutal incidente con los Nazgûl en el que el segundo fue brutalmente herido. Gracias a mi oportuno arribo y ayuda, el Portador de Anillo pudo escapar de sus perseguidores y llegar a Rivendel aún con vida, para posteriormente ser sanado por las artes de Elrond. Obviamente, mis acciones fueron cruciales en la trama, al salvar a varios individuos de una muerte casi segura, y garantizar que el Anillo no cayera en manos equivocadas, ocasionando la Dominación Total del Oscuro Sauron. Durante mucho tiempo me sentí orgullosos de mis logros dentro de ese espacio imaginario que muchos conocen como Tierra Media, o simplemente El Señor de Los Anillos, ya que ¡rayos, había hecho algo relativamente grande, era un héroe! ¡No el más importante ni el más rememorado, pero era un héroe! ¡Eso es uno de los mayores logros para cualquiera! ¿no es así?

Todo hubiera permanecido a todo dar de no ser porque comenzaron a realizar méndigas adaptaciones cinematográficas. Claro que no estaba en contra de eso en un principio, pues sabía que tarde o temprano habrían de tratar de narrar toda esta historia en una representación audiovisual de menor extensión que la que contiene todo el libro. De hecho, a veces sentía cierta emoción ante la expectativa de verme personificado en esa gran pantalla que genera tanta fascinación entre los mortales y fabrica grandes ilusiones y esperanzas. Ya me lo imaginaba yo: mi breve pero trascendente participación escenificada de manera grandilocuente y alentadora para auxiliar a los desvalidos dentro de esa situación y evitar devastadoras desgracias ¡Ah, pero que bien luciría así! Pero, aparentemente, aquello era demasiado bueno para ser verdad, incluso para una hazaña como la de mi categoría. Mi primera desilusión aconteció cuando Bakshi produjo su película: en vez de tomarme en cuenta por mis valiosos méritos, consideró mejor borrarme simplemente del mapa…¡y sustituirme por el mentado Legolas! ¿¡A quién rayos se le ocurre!? ¡Legolas no adquiere relevancia hasta la segunda mitad del libro, ya cuando se conformó la mentada Comunidad (en la cuál, dicho sea de paso, fui considerado para integrarla) e inician los combates en las Tierras del Sur! ¡Ah, pero claro, al Bakshi de seguro le simpatizó más Legolas y por ello le quiso dar más notoriedad, aunque con ello terminara mandándome al diablo (o al olvido)! Aquello fue como una fuertísima patada en el trasero, y me frustró y enojó bastante, ya que me robaron una muy valiosa oportunidad. Pero eso no sería nada comparado con lo que vendría más tarde…

Obviamente estaba decepcionado, pero no podía hacer nada al respecto para cambiar las cosas. Los personajes de un relato estamos condenados a ser incapaces de obrar más allá de lo que las páginas de los libros dictan que realicemos. Nuestros autores nos crearon para llevar a cabo lo que debemos hacer y, aparentemente, ahí se termina todo. Y como no soy un ente viviente propiamente, puesto que mi existencia se limita al imaginario particular de una saga épica y de los individuos que la leen, no puedo protestar ante nadie y manifestar físicamente mi indignación. Sólo puedo tragarme mi malestar y continuar persistiendo dentro de la memoria de quienes sí leyeron los libros, que es lo que puede aliviar mi coraje.

Transcurrieron otros veintitrés años y me enteré que producirían otra cinta. No les voy a mentir ni les diré que no me entusiasmé, pues deseaba que, por fin, se me hiciera algo de justicia; pero esta vez me tomé mis reservas para, en caso de no ser tomado en cuenta, no decepcionarme tanto. Pero nada me preparó para lo que estaba por venir: no sólo me volvieron a ignorar, sino que mi personaje fue sustituido por ¡Arwen! ¡Una elfa! ¡Un personaje del género opuesto! ¡¿Cómo demonios se les pudo ocurrir semejante estupidez?! Sin duda, algo mucho más humillante que lo que sucedió con Bakshi, en mi opinión. Mi reclamo (bueno, en realidad, el de algunos fanáticos que me recordaban) fue tal, que obtuve, como premio de consolación, el aparecer dentro de un brevísimo cameo en la tercera parte de la trilogía, como parte de la escolta de la mentada Arwen. No fue lo que yo anhelaba, ni me concedieron lo que yo merecía, pero peor hubiera sido nada.

Al final, me entristece que, a pesar de toda la fama que dichas películas le han acarreado a gran parte de los personajes de esta fabulosa saga, yo no haya conseguido el reconocimiento y los honores que amerito, cuando existen caracteres de mucho menos peso que sí alcanzaron figurar y que ya son parte del imaginario popular. No obstante, te invito a ti, ¡sí, a ti, que lees esto! a que tengas el suficiente valor para conocerme de frente, a mí y a mi intrigante historia, que va mucho más allá de lo que, probablemente, pudieron revelar una serie de films ¿Cómo lograrlo? Fácil, ponte a leer los libros de El Señor de los Anillos (y, de paso, El Silmarillion, pues también “pude” haber intervenido dentro de ese conjunto de historias) y corroborarás que soy, fui y seré lo suficientemente  llamativo como para que comprendas que no debí de ser tan menospreciado…

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