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12 min
El marqués y el emperador
Históricos |
13.07.13
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Sinopsis

La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

El hombre era muy poderoso en sus tierras. Alto, casi gigantesco, de pelo largo, negro, de ojos oscuros y dientes muy blancos. Con medio siglo ya de vida no le temía a nada. Hace treinta años fue nombrado marqués por el emperador. A partir de ese momento se ocupó, en territorio fronterizo, de mantener a raya a los ejércitos extranjeros que desde hace años invadían el imperio en busca de sus tesoros o de esclavos.

La Marca era enorme, gigantesca. Era un territorio agreste, con grandes desiertos de polvo y piedra que se encontraban ladeados por cadenas montañosas. En algunas partes era desolador, y muy difícil de defender.

El marqués creó un ejército fuerte, lo proveyó de caballos, de uniforme y muchas otras cosas necesarias. Todos los soldados estaban bien alimentados, y la logística funcionaba perfectamente. Estableció un numeroso grupo de ciudadanos que durante las batallas se encargaban de los heridos de inmediato. Los proveyó de muchos elementos curativos y de limpieza. Muchos de sus miembros eran mujeres. Creó y organizó un sistema de torres esparcidas inteligentemente por el territorio para prever cualquier ataque. Las torres eran ocupadas por un grupo de ciudadanos responsables que se ocupaban estrictamente de la vigilancia.

Poco a poco fue venciendo a todos los enemigos, luchando valientemente siempre al frente de sus tropas. Con el tiempo se atrevió a cambiar de rol, a salir a atacar, y arrebató a los reinos vecinos un sinfín de ciudades, pueblos y tierras. Triplicó de esta forma las posesiones sobre las que comandaba y los hombres a su servicio se hicieron incontables. Su ciudad capital era floreciente, el comercio le trajo riquezas y las conquistas, más riquezas. Fueron treinta años muy fructíferos al servicio del imperio.

Ahora recibiría la visita del mismo emperador que lo nombró marqués. El monarca llegaría agotado, luego de una larga campaña contra los enemigos. El marqués había contribuido al ejército imperial con una buena parte de sus hombres,  y la campaña había sido un completo éxito. El imperio estaba destruyendo a todos sus adversarios, era respetado en todo el mundo conocido y la prosperidad comenzaba a notarse en todas sus ciudades.

El soberano llegó a la ciudad muy temprano por la mañana. El marqués y su mujer lo recibieron muy cordialmente, y su majestad se mostró muy complacido. Cuando entró a la ciudad observó que tenía hermosas calles arboladas, que las casas de los barrios principales eran ostentosas, y que las plazas eran magníficas. Al llegar a la calle principal no pudo dejar de sorprenderse por el lujo de las mansiones, por los comercios repletos de mercaderías de todo tipo, por la cantidad de gente comprando en el mercado y por la suntuosidad de las vestimentas de los ciudadanos. Pero cuando llegó al palacio del marqués, allí observó con gran sorpresa y con admiración que todo era muy superior al palacio donde él mismo, el emperador, daba las órdenes para que se cumplan en todo el imperio. En principio todo era más moderno. El palacio del monarca en la ciudad capital, si bien era mucho más grande y espacioso, era muy antiguo, casi milenario, y a pesar de las constantes reformas y de toda la gente que trabajaba en él, estaba poco menos que viniéndose abajo en muchas de las habitaciones y estancias que lo conformaban. Este palacio era nuevo, revestido en mármol, con columnas enormes que sostenían una estructura extraordinaria.

El marqués y su esposa recibieron a su majestad con todos los honores que se merecía. Estuvieron en enormes salas cubiertas de alfombras, de oro y plata, de adornos de las maderas más sublimes. Tuvieron un banquete extraordinario, comieron frutas, panes deliciosos, carne de diversos animales muy bien cocida y aderezada y las más increíbles exquisiteces hasta hartarse, junto con el mejor vino que se haya probado jamás. El día fue una constante sorpresa, con la ciudad, el palacio, los magníficos jardines de las afueras, la revista al ejército entero del marqués, al que juzgó más poderoso que el mismísimo ejército del imperio. Incluso comprobó que la cantidad de sirvientes que tenía el marqués era superior a la suya.

Por la noche, el emperador gozó de la estancia principal del palacio del marqués. Allí, una vez solo, con su guardia protegiendo la puerta de entrada de su dormitorio, comenzó a rememorar todo lo que había visto en ese territorio fronterizo del imperio. La envidia ya había hecho mella en su corazón. Un simple marqués no podía ser más poderoso que él. No podía tener tantos lujos, ni tantos sirvientes, ni un ejército tan enorme. Podría conspirar en contra del imperio y nadie sería capaz de detenerlo. Es cierto, el imperio le debía muchos años de buen servicio, pero ahora se había convertido en un peligro potencial. Había que eliminar ese peligro. Decidió que esa era una cuestión de estado.

A la mañana siguiente se levantó más temprano que nunca, y le ordenó al jefe de su guardia personal que fuera con otros diez soldados al dormitorio del marqués y lo arrestara. Una vez arrestado por el motivo de alta traición, el ejército de la Marca quedó bajo las órdenes directas del principal general del imperio. Cualquiera que se opusiera a esa orden sería a su vez arrestado por la misma razón que el marqués. Nadie dijo nada, nadie defendió al indefenso noble, que ya no portaba la espada ni el escudo, ni siquiera las botas.

Vestido con una simple camisa que le llegaba a los tobillos y sin pantalones, descalzo, el marqués se preguntaba qué era lo que estaba pasando. Los gritos de su mujer fueron callados con un golpe de un soldado de la guardia del emperador. La guardia lo llevó al centro de la plaza principal de la ciudad, que se encontraba enfrente del palacio. Allí la guardia se puso en formación, con el marqués delante. El ejército del emperador rodeó mientras tanto la plaza entera, mientras los soldados vociferaban al pueblo para que se reuniera allí mismo, a escuchar la sentencia del soberano. Un soldado de la guardia le ató fuertemente las manos al marqués con una soga, detrás de su espalda.

Cuando se hubo reunido una multitud asombrada y conmovida por la noticia, la llegada del primer señor del imperio fue anunciada por las trompetas de campaña. Apareció vestido con sus mejores ropas de guerrero, rodeado por los nobles y los generales más temibles. Cuando estuvo frente al marqués dijo en voz bien alta:

-Yo, el conquistador, el emperador más grande que ha tenido el imperio en toda su existencia, he confirmado que este señor que se encuentra enfrente de mí, es un traidor. Su palacio recubierto del mármol más caro, lleno de objetos lujosos, de sirvientes que salen por todos lados como las hormigas, habla a las claras. Eso significa que no ha pagado los tributos que debía por haberse enriquecido de esta forma. Nadie en este mundo puede vivir con mayores lujos que el emperador. Por eso, decreto que el ejército del marqués será comandado a partir de este momento por uno de mis generales victoriosos y junto con él partirá hacia la capital, y allí servirá a mis órdenes. Por eso, decreto que el marqués sea despojado de sus títulos y de sus honores, así como está ahora despojado de sus vestimentas. Por último, decreto que el marqués sea decapitado por el delito de traición al imperio. Guardias, procedan.

Un murmullo se escuchó entre la gente que había acudido a la plaza. De forma inteligente, los soldados del marqués habían sido asignados a cubrir el camino de entrada y salida de la ciudad, por donde el emperador tenía pensado dirigirse en cuanto terminara sus labores en esta ciudad. Así, ningún guerrero podía pensar siquiera en defenderlo, porque ignoraba lo que estaba sucediendo. La gente de la ciudad, sola, desprotegida, no podría hacer nada. Los soldados de la guardia les hablaban con altivez y agresividad, les pegaban a los que intentaban protestar y los amenazaban con la muerte si insistían en ello.

El marqués avanzó rodeado de soldados de la guardia. Uno de ellos puso una pieza de tronco de roble de medio metro de alto sobre el suelo de la plaza. El verdugo avanzó y puso un cesto delante del tronco. Los soldados colocaron la cabeza del marqués sobre el tronco. El marqués, todavía conmocionado, alcanzó a gritar:

-Señor emperador, señor del imperio, si quisiera usted perdonarme la vida, yo viviría para servirlo allá adonde usted vaya. Como he hecho toda mi vida.

El emperador levantó la mano, el verdugo bajó el hacha que ya estaba preparada para el golpe. El silencio se hizo dueño de la plaza entera, donde miles de almas se habían dado cita. Hasta el viento dejó de soplar. La tensión era demasiado fuerte.

-Se le han sacado todos los títulos, ¿cómo podría servirme alguien como usted?

-Sería su vestidor, o podría cuidarle los caballos, o enseñarle estrategia a sus niños, los herederos. Yo siempre lo he servido, señor emperador, de una u otra forma. Si me mata, sólo se asegurará su propia muerte y la caída del imperio, se lo prometo.

El emperador dudó por primera vez en toda la agitada mañana. ¿Podría eso ser verdad? No, pensó, soy el mejor emperador de todos los tiempos, la gente no se cansa de alabarme y cantarme canciones, acabo de ejecutar una campaña exitosa, mi imperio está más fuerte que nunca, y unos pueblos vecinos de mala muerte no pueden perjudicarnos. Después de unos instantes de meditación, gritó con su acostumbrada, enérgica, voz de mando:

-¡Ejecútenlo!

El verdugo subió de nuevo el hacha y finalmente la bajó con toda su fuerza. La cabeza del marqués rodó hacia el recipiente y todos los presentes hicieron un silencio perturbador.

Durante el resto del día el monarca estuvo ocupado en ordenar el saqueo del palacio del antiguo marqués. Se llevaron joyas, cuadros, jarrones, alfombras y todo lo que encontraron de valor. Sus tierras quedaron confiscadas por el imperio. Todos los familiares quedaron, por orden del emperador, sin dinero ni casa ni títulos. Luego nombró a uno de sus hombres de confianza como nuevo noble responsable de la Marca. Y finalmente hizo cumplir su orden de que la mayor parte del ejército de dicho territorio fuera enviado a la capital a servirlo. Así el nuevo encargado de la Marca no podría enriquecerse vilmente como su antecesor. El emperador quedó satisfecho por todo lo actuado en la Marca, y por la tarde ordenó al ejército partir hacia la capital. No quería pasar una noche más en una ciudad fronteriza como esa, y por sobre todas las cosas quería volver a la capital para enterarse de todas las novedades de la corte. Antes de irse, ordenó que incendiaran el palacio del antiguo marqués.

Cuando se supo la noticia de la muerte del marqués, los belicosos vecinos festejaron la caída de su más temido rival, el que los asustaba sólo con pronunciar su nombre. Estaban asombrados por la pobre visión de quien comandaba el enorme imperio vecino. Rápidamente se armaron para recuperar sus territorios y saquear la Marca. En sólo unos meses la frontera del imperio perdió casi todo ese territorio, y sus ciudades fueron saqueadas salvajemente. Sus habitantes fueron muertos o ultrajados y los que se salvaron fueron condenados a ser esclavos de los vencedores. Luego los crueles y vengativos ejércitos se animaron a entrar hacia el centro del territorio imperial. Saquearon ciudad por ciudad, incendiaron los campos y se llevaron miles de esclavos, hasta llegar a la capital. Ésta fue rodeada por todos los enemigos que entraban por ese territorio desprotegido.

En ese momento desesperado, mientras el gobernante se debatía entre dos nombres para designar al defensor principal de la ciudad, y no podía decidirse dada su natural desconfianza, tuvo éxito una rebelión armada por generales de la Marca. Luego de semanas de negociaciones y planificaciones provocadas por la desgracia que estaban sufriendo los ciudadanos del imperio, los conjurados terminaron de armar su plan. Desarmaron a la guardia, entraron en los aposentos del emperador, le cortaron la cabeza y la exhibieron para la gente en la plaza principal de la capital. El pueblo, asustado por los últimos acontecimientos, los saludó como a sus libertadores. De esta forma se había cumplido el vaticinio que el marqués deshonrado había hecho al soberano antes de morir.  

Poco después el general triunfante se proclamó emperador, previo casamiento con la esposa del monarca recientemente ejecutado, una vieja costumbre de los usurpadores para validar su legitimidad. Pronto, antes de armarse para combatir a los enemigos que cercaban las murallas, comenzó a pensar en quienes podría confiar. Tendría una ardua tarea por delante, y no quería perder su cabeza a la mitad del camino.

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  • Un buen relato histórico con una lograda ambientación y una narración a la manera de un cuento de tiempos pasados. Los papeles bien repartidos, los personajes los conocemos por sus acciones, una alegoría contra el poder absoluto y déspota y con moraleja final en una época en la que no se andaban con tonterías: " quién a hierro mata a hierro muere". Saludos.
    Muchas gracias stavros, J.M., La Maga por seguir leyéndo mis relatos. Sus comentarios son bien recibidos, siempre inteligentes y alentadores. Un fuerte abrazo y muy buenas noches!
    Un relato muy entretenido de leer, y bien escrito. El marqués es un claro exponente del despotismo ilustrado, y por su talento guerrero me ha recordado a Federico II de Prusia. Sin embargo creo que, atendiendo a las circunstancias, el marqués fue bien ajusticiado, por ingenuo; la envidia de su señor no debió haberle cogido de sorpresa, las diferencias de riqueza, cultura, modernidad y fuerza entre la periferia y la corte eran tan radicales que debió advertirlas, y que, es verdad que ese contraste colocaba al emperador en posición de debilidad respecto del marqués, aunque no lo quisiera. Y el final es lógico y sabido. Saludos.
    La envidia casi siempre se muestra inflexible. Vuele más alta o más baja, es como un ave negra y rapaz que revolotea en los siglos de los hombres, despedazando sueños de triunfo, y que, tarde o temprano describe una amplia curva equívoca en la que también será abatida con idéntico resultado. Un texto el tuyo, compañero Rolando, límpido y casi embriagador, que se despliega como una perfecta fábula histórica, meditativa como un verdadero juicio salomónico y a la que no le falta la firmeza moral que conllevan, finalmente, los actos justicieros. Como dice nuestra encantadora amiga Maga, los actos desalmados siguen dejando sus heridas y cicatrices en un mundo que hoy, en el siglo XXI. no amaina sus tempestades destructivas de la ética. La tersura del relato y el resultado tan auténtico de su planteamiento me ha traído el recuerdo de Ana María Matute y su bello libro medieval "Olvidado rey Gudu" ¡Enhorabuena!... Bueno, sigo leyéndote, amigo Rolando, mientras frente a mí se dibuja mi mar Mediterráneo, ardiente y veraniego, casi soñando un poco con ese fresquito invernal que se pasea, jeje, en pleno verano (este mundo nuestro al revés) por tu hermoso país argentino. Abrazo, compañero, y buenas noches. Stavros
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

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    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

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    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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