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6 min
El escritor
Reales |
25.01.18
  • 4
  • 9
  • 1927
Sinopsis

Vaya por delante mi enhorabuena a todos los que consiguen publicar. Comprendo bien la satisfacción que produce y cuánto representa para las legítimas expectativas de cada uno.

Dicho lo anterior, hay que echar una mirada a lo que ha llegado a ser este negocio. Las editoriales han cambiado su estrategia en las últimas décadas. Antes seleccionaban el material con una tropa de sesudos asesores de publicación. Leían antes de decidir. Ya no es así. Se han dado cuenta de que el mercado es imprevisible y los criterios de selección poco fiables, siempre desde el punto de vista del objetivo buscado, que nadie dudará de que sea otro que vender. Hay una buena colección de historias de textos repetidamente rechazados que al final se convirtieron en grandes superventas. Recordarlas hace temblar a los jefes de los Departamentos de Publicación que, como todo el mundo, desean conservar su empleo en este juego enloquecido. En cambio, saben que ya nadie, en estos tiempos, les echará en cara unos cientos de tiradas de 1000 ejemplares al año, aunque las librerías las devuelvan a los tres meses para ir directas a la trituradora de papel. El nuevo método es, en realidad, muy viejo. Se llama disparar a todo lo que se mueve y, después de muerta, si acaso, mirarle el pelo a la pieza cobrada. A veces, suena la flauta. Nadie sabe por qué. Los costes de tiraje han bajado mucho desde que se inventó la impresión digital. La tapa dura, el cartoné y la encuadernación esmerada han pasado a mejor vida, pero la rústica da el pego. El diseño de cubierta se puede copiar de Internet. Hay casos a montón. De momento, no se considera plagio. Con los ejemplares que compra el autor para regalar a su familia y amigos, algunos conocidos que no se pueden escaquear de la adquisición para que se la dediques y los pedidos de las bibliotecas municipales, se cubren gastos. Algunos caen en la vileza de sugerir la compra en el colegio de su hijo. Si con todo no llega, las pérdidas se contabilizan como inversión en desarrollo de mercado.

Un becario de la sección de ventas escribe una entradilla para la contraportada con faltas de ortografía. Seguramente, incluirá aquello de ‘estamos ante una nueva forma de narrar’. Si tienes menos de 30 años: ‘a pesar de su juventud nos sorprende la madurez de su estilo’. Si eres viejo, nada. Nadie publica a los viejos desconocidos. El perfil de la solapa, si lo hay, que no siempre, te lo tienes que montar tú y nunca sabes qué poner. O te pasas o no llegas. Cuando se lo das a tu mujer para que lo revise, se te queda mirando y te dice ah, no sabía que habías hecho un curso de terapia mediante escritura creativa. Lo quitas con rabia y te quedas sin nada porque no te apetece poner que eres administrativo en la delegación del ministerio de Hacienda.

No hay un duro para la publicidad, eso queda para los grandes lanzamientos. Como mucho, un inserto en el periódico local, con una foto que le hicieron al autor en el estudio de su calle, para que sus vecinos le digan que no lo reconocían por la cara pero que, eso sí, les sonaba el nombre. Luego dicen aquello de yo sí que tengo historias para escribir, si yo le contara, si quiere quedamos un día. Te da un escalofrío, pero aguantas porque estás ante un posible lector.

De la presentación se encarga el propio autor, que si no anda fino negociando se tendrá que pagar el viaje y el hotel. Nadie te sale a recibir a la estación, pero el conserje de la recepción tiene una nota para ti: esperamos que haya tenido un buen viaje, nos vemos mañana a las tantas en tal y tal. En las películas te mandan una botella de champán a tu cuarto. Esperas un rato consultando un callejero para buscar la dirección que te han dado. No llega. Decides encargarla por tu cuenta. Hay que celebrarlo. Son 60 € y la propina. No te atreves a pedir que lo añadan a la factura de la habitación.

Como lugar de reunión se utiliza una librería, que pone el sitio gratis para captar clientes y así se matan dos pájaros de un tiro. Jode bastante ver que los asistentes acaban comprando libros de otros en lugar del tuyo. Si viene mucha gente, cosa no demasiado rara porque hay un sector de población fijo que no se pierde una, no hay sillas para todos y te desesperas cuando el barbudo del fondo, que tenía una cara que te sonaba a un crítico de Babelia, se va, harto de estar de pie, mientras las señoras de la primera fila siguen aguantando mecha hasta que llegue el refrigerio. A veces se le pide a algún escritor en nómina que eche una mano y el muy aguililla también se trae su último libro por lo que pueda caer. Lo normal es que improvise los comentarios sobre la marcha sin haber leído el tuyo o, en el mejor de los casos, sólo las primeras páginas. Durante el discurso que hace te asombras de lo mucho que ha llegado a ver en tu novela y que ni habías sospechado que hubieras puesto. De hecho, ahora mismo quitarías algunas cosas, si es que de verdad están como dice. Empiezas a creer que habla de sí mismo en lugar de ti. Pero te emocionas cuando llega a los halagos. El más común suele ser: estamos, sin duda, ante un escritor que ama las palabras. Cuando es la tercera vez que te lo dicen, empiezas a odiarlas. En el coloquio, un tipo se enrolla a hablar de Mulisch, escritor que no has leído. No hace ninguna pregunta. Respondes lo primero que se te ocurre sobre Musil. Un par de chicos listos entre el público levantan las cejas y sabes que has metido la pata. Tu presentador resulta ser una persona caritativa y levanta la sesión. Los canapés se encargan a un catering de segunda y se quedan fríos enseguida. O simplemente no hay. Tu esperanza de darte a la bebida en un rincón del bufete se ve frustrada. Cuando llegas sólo quedan refrescos. De comer, migas de patatas fritas y tres ganchitos. Hay una tapa de tortilla de patata despachurrada debajo de la mesa. Te la quedas mirando mientras calculas de cabeza el 10 % de doce ejemplares vendidos. Antes de impuestos.

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  • Di que sí. Con la auto-edición he tenido cabreos cero, y muy contento desde que amazon da la opción de editar en papel. Las trampas que comentas es para la gran cantidad de ingenuos que están empezando, cegados por la ilusión de verse en papel, asumiendo que eso es sinónimo de fama o autor reconocido. Da rabia quienes se aprovechan, vaya. También es que las editoriales se ven en las últimas y ya muestran su lado más depredador.
    Una buena descripción de lo que con frecuencia pasa en ese tipo de eventos. Lo disfruté. Un saludo.
    Paco, Pablo Neruda en su biografía ya se quejaba de eso. Decía, si no estoy confundido, que se podía comparar libros con zapatos: abundaban, abundan, de todo tipo y tamaño.
    Un texto sin desperdicio, genial y reflexivo.
    Lo has explicado muy bien. Ahora bien, es cierto que se siguen publicando muchos libros, demasiados, diría yo. Si la gente leyera más, publicaría menos.
    Es muy evidente que no estás cerca de ese ámbito. Te informo: Sigue habiendo editoriales muy serias y, aunque en todos lados hay 'amiguismo' (no solo en las editoriales), muchas siguen respetando el buen decir y escribir. Ahora piensa en esto: si el nivel del escritor publicado ha bajado... ¡Imagina el nivel del escritor novel! A veces (te lo digo en serio) algunos escritores vienen a este tipo de foros y Redes S. a reírse un poco y a tranquilizarse: están muy lejos de quitarles un puesto en la estantería.
    Muy buen texto, la verdad me pone a pensar en el mercadeo editorial de mi país, sus críticos que hacen de meretrices cortesanas y y toda esta pleyade o plaga que ha creado una élite maligna de sabihondos de la literatura. Muy acertado.
    Excelente, VV.AA! Yo podría algunas experiencias que tuve por estas bandas (el Sur del mundo), pero no agregaría nada a tu maravillosa crónica-reflexión. Estoy leyendo un libro publicado en España. En la bibliografía aparece un VV.AA, disculpa la curiosidad, sos vos o apenas aprovechaste las letras? Abrazo.
    Me atrapó y me pareció excelente. Nada más que decir.
  • Para hacer compañía a los divertidos cuestionarios de León27. La primera vez que se publicó esto no se entendió que era una autocrítica o, al menos, una advertencia dirigida a uno mismo. Aunque si alguno se las quiere aplicar, no hay inconveniente.

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Soy casi como la sombra gris. Me he acicalado un poco. Domar la guedeja canalla llevará más tiempo.

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