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2 min
El espectro putrefacto
Terror |
24.02.15
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Sinopsis

Poco recuerdo ahora de todo lo que pasó aquella noche, tengo almacenados vagos fotogramas, difuminados por el terror y la desesperación. La mansión de la Condesa, su fiel sirviente Salvador y su maldito híbrido de perro araña, el Sodomita con el que perderé la vida, el niño hediondo que protege a su dulce hermana del resto... y yo, un payaso que trabajaba en el programa 'El submundo' para sacarme un dinero con el que comprar a Vanesa la serpiente que tanto quería.

Aquel fétido hedor deambulaba nauseábundamente por toda la casa, al igual que aquel espectro que le precedía, seguramente ahora vagaría por la planta baja, habría traspasado ya el salón y el corredor principal, y habría llegado al último punto donde econtrarme: la cocina. Yo estaba escondido bajo el armario del fregadero, mal herido y con un cuchillo. Aquello era estúpido, cierto, pero de la misma manera que uno pierde la noción del tiempo cuando se haya ante situaciones límite yo perdí la cordura, cualquier objeto afilado me habría entregado un ligero consuelo, una ligera defensa, o eso creía.  

El putrefacto olor me golpeó de lleno, y me aturdió momentáneamente. Estúpidamente me pregunté '¿desde cuando un fantasma etéreo apesta a cadáveres de hace siglos?'. Traté de no respirar, cosa fácil, traté de no sangrar... aquello era imposible. Tenía un corte severo bajo el ombligo, un palmo de largo, y una gran cantidad de contusiones por todo el cuerpo por la caída del caballo y después por el barranco. Pero lo que me preocupaba era el corte que la Condesa me había producido con las oxidadas tijeras que usaba para castrar a los hombres que según ella no eran dignos de ser montados.

Tras unos infernales minutos, o segundos, vaya usted a saber, no pude aguantar más la respiración, y la profunda bocanada de aquel aire infecto y repulsivo que tomé me provoco unas arcadas que no pude refrenar. Un segundo después las desgastadas y rosadas puertecitas del armario se abrieron de par en par, y lo último que vi antes de despertarme maniatado en la habitación del Sodomita fueron los ojos de aquel chiquillo, esos ojos acaramelados de los que no quedaba vestigio alguno de candidez ni inocencia, sólo la amarga certeza de que no habrá piedad, ni segunda oportunidad.

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