cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

4 min
El Espejo (Capítulo 8)
Drama |
05.06.15
  • 5
  • 1
  • 1046
Sinopsis

¿Y si fueras el último?

8

—¿Sabes quién soy? —preguntó Ayna completamente estupefacto—. ¿Me conoces?

—Eres famoso… bueno lo fuiste, y solo durante un breve periodo de tiempo. Ayna, tú eres la única persona que se curó de verdad. Tú eres la única persona a la que el cáncer no solo no recayó, sino que no le llegó a afectar.

Ayna no se lo podía creer. Estaba muy asombrado con las palabras de Nando. Apoyado sobre sus codos, quería hacerle miles de preguntas que se agolpaban en su cabeza, pero estas se quedaban atascadas en la garganta.

—Tú madre fue la única mujer de las pocas que recibieron la vacuna que pudo tener un hijo. —El fuego era ahora una débil llama que apenas alcanzaba el metro de altura. El frío y la oscuridad empezaban a absorber el agradable calor. Ayna, sin retirar la vista del perfil de Nando, quien volvía a mirar la decadente lumbre mientras jugueteaba con el palo como un niño, se tumbó con la cabeza sobre la mochila y se hizo un ovillo—. Las demás mujeres, que no llegaban a la docena, ni siquiera podían quedarse embarazadas. La cura afectaba de algún modo a la concepción. Sin embargo, la enorme barriga de tu madre seguía creciendo.

—¿Conociste a mi madre? —Una pregunta que logró esquivar el obstáculo de estupor.

—No —rió de un modo extraño, y la risa le cedió el paso a los espasmos de la tos. Recortadas por la lengua del fuego, Ayna percibió puntitos negros que no podían ser más que sangre—. Esto también lo leí en los periódicos. Y bueno, también lo vi en la televisión; aún funcionaba, aunque solo uno o dos canales estaban disponibles.

Haciendo un gran esfuerzo, otra pregunta surgió de los labios del chico. Su voz denotaba que de nuevo, el cansancio exigía el control del cuerpo. Ayna bostezó, y luego formuló su última pregunta.

—¿Y por qué mi madre sí se quedó embarazada?

—Sencillamente, porque ya lo estaba cuando la vacunaron. Y ahí está la clave de todo. Cuando naciste nadie cabía en su asombro. ¡Eras el niño más sano del mundo! El cáncer incidía con mayor rapidez en los niños, sobre todo en los más pequeños, y cuando vieron que tú seguías igual, que este no te atacaba, descubrieron el por qué. La vacuna solo se desarrollaba en su totalidad si se inyectaba en un metabolismo nuevo. Pero ya era demasiado tarde. La mayoría del repugnante grupo limitado que recibió la vacuna volvían a padecer la enfermedad, científicos incluidos, y a pesar de vislumbrar un barco de rescate en el horizonte, no había fuerzas para seguir nadando. Además, ¿a quién se le inyectaría? Todas las personas que se lo podían permitir, o mejor dicho, las pocas personas que se lo podían permitir, ya la habían recibido. Por no hablar del duro golpe que de por sí supuso el fracaso. Así que finalmente decidieron dejar de mover los brazos y hundirse y ahogarse en su propia desesperanza iluminada débilmente por ti.

Esas últimas palabras dejaron satisfecho a Ayna. Saciaron su más absoluta curiosidad. Una de las manos que aferraba la puerta de la vigilia había dejado de agarrar el picaporte. Pero aún había otra, y a diferencia de la primera, era oscura y fría…

—Esos malditos científicos… La debilidad pudo con ellos.

… Se trataba de la sensación profunda de alarma que le decía una y otra vez que no se durmiera, que no debía hacerlo. En ningún momento desde que saliera de la iglesia, el chico la percibió conscientemente. Sin embargo, cuando el extremo cansancio y el sueño se hartaron de llamar a la puerta y decidieron asestarla una patada, logrando que la mano oscura se soltara definitivamente, la alarma llegó hasta su razón en forma de voz…

—Una persona débil no es capaz ni de dar un último empujón, ni de dar una última brazada para alcanzar su objetivo cuando todo parece estar perdido. No son capaces de hacer lo que es necesario para sobrevivir. Lo que sea. La vida es valentía; la muerte cobardía.

… En forma de su voz, pero una voz firme y confiada. La voz del nuevo niño.

«No te duermas», escuchó quedamente en la distancia de su alma. Pero ya lo había hecho. 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Llevo escribiendo desde muy pequeño, cuando dejaba las historias a medias para realizar las portadas con folios doblados por la mitad. Mi principal inspiración es Stephen King, por lo que me gusta escribir relatos de terror, aunque yo siempre digo que escribo una HISTORIA, no un GÉNERO.

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta