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12 min
El espejo interior
Reflexiones |
02.06.15
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Sinopsis

Elisa tan solo se ve defectos, y está produndamente acomplejada con su aspecto físico. Sin embargo, un buen día su perspectiva cambia radicalmente al encontrar un extraño espejo...

 

EL ESPEJO INTERIOR

 

Ojalá todos fuésemos capaz de ver a través del espejo interior

 

Belleza. Parecía ser la única clave para ser querida. Y tan solo el amor aquello que podía hacerla sentir realmente viva.  Tal vez la clave para cubrir todas sus carencias se escondía allí…tras su reflejo. Su imagen. Aquello era lo único que el noventa por cierto de las personas llegaban a conocer de ella. Quién comienza a leer un libro si la portada no le resulta atractiva?

 

Elisa se sintió de nuevo presa de la tristeza tras revisar, uno por uno, todos y cada uno de sus defectos en aquel maldito espejo, situado en la puerta de su armario ropero. Aquella era su obsesión. Mirarse cada cinco minutos y condenar una y otra vez lo horrible que se veía. Tal vez por ello nadie la escuchaba. Para qué? Elisa era la tonta. La fea. La marginada. Marisa era la guapa. La simpática. La atractiva. La chica más popular de todo el instituto. Elisa se sentía como un insecto al compararse con ella. La gente se detenía para mirarla más de dos veces al verla pasar, ella sonreía a todos, y todos la sonreían a ella. Salía con el peor abusón de la clase, Alberto. Hacían buena pareja. Eran guapos…o almenos aquello parecía. Se besuqueaban durante todo el día, a la vez que se metían con todo el mundo. Él parecía algo baboso, pero a ella no parecía darle asco. Ella sí daba asco. Se lo decían aquellos borregos que fumaban en la puerta todos los días. Aquellos que no eran guapos pero tampoco feos, tan solo formaban parte de una  masa sin personalidad, con aquella ansia impresionante por humillar a otro más débil para sentir que eran alguien.

 

Cada día tenía menos ganas de ir a clase, o de hablar con nadie. Para qué? Solo recibía desprecios. Dónde estaban los juegos, la simpatía, la comprensión que le habían dado sus padres y algunos compañeros durante su infancia? Con la llegada de la adolescencia todo aquello parecía haberse desvanecido.

 

Tan solo insultos, burlas y humillaciones parecían ser el pan de cada día. Sin embargo…qué podía hacer? Si hacía campana tendría problemas con sus padres…y menudos eran ellos.

 

Aquel lunes tal vez fuera algo diferente a los demás días. Irían de excursión al museo natural. Tal vez el grupito de Alberto decidiera ir a lo suyo, y podría pasar un día tranquilo. Aunque le doliera la soledad, almenos la dejarían en paz. Aquella mañana incluso se despertó de mejor humor, se preparó la mochila, y se dirigió hacia aquel edificio que le resultaba tan carcelario. En la puerta ya les esperaba el autocar, y muchos charlaban y reían alegremente, mientras los profesores intentaban organizarles por parejas para ocupar los asientos. Como siempre…nadie quiso ir con ella. Qué le iba a hacer? Se sentaría sola, e intentaría disfrutar del paisaje. Almenos algo nuevo. Cuando el autocar por fin arrancó se sintió algo mejor. El tráfico era bastante fluído, pero cuando atravesaban una especie de descampado, de pronto se escuchó un ruido seco que parecía proceder del motor, y el autocar se detuvo de pleno. Algunos de los alumnos empezaron a protestar, otros a reír, otros a gritar. Al cabo de cinco minutos les hicieron bajar a todos, mientras resolvían la avería. Ivonne, su tutora,  propuso que fueran a desayunar mientras tanto y así lo hicieron. Les dió media hora para volverse a reunir todos frente al autocar. Elisa decidió alejarse un poco del resto para evitar burlas, y a la vez para no sentirse tan sola entre tanta gente, cuando de repente, escuchó una música bastante alegre. Y es que tan solo a unos metros donde se encontraban, había una zona de feria, llena de caravanas, algunas atracciones y diferentes paradas donde vendían golosinas, llaveros, peluches y todo tipo de extraños objetos. Algunos de sus compañeros se habían dado cuenta, y también fueron a echar un vistazo, pero ella fue la que más se alejó, cautivada por la cantidad de objetos curiosos que había en casi todas las paradas. En una de ellos había un pequeño espejo de bolsillo…justo aquello que necesitaba. Aquella mañana se había dejado el suyo en casa. La vendedora era una mujer con aspecto parecido al de una bruja de cuento; mentón pronunciado, un grano en medio de la nariz, pelo gris, y un sombrero estrafalario. La única parte realmente bella de su rostro eran aquellos brillantes ojos verde esmeralda. Seguramente debió ser una muchacha preciosa cuando era joven, pero la edad le había pasado factura, como a todo el mundo. Tenía un aire misterioso y enigmático, pero tampoco conseguía apreciar maldad en sus facciones.

 

Elisa cogió aquel pequeño y antiguo espejo.  El diseño era bonito. Parecía de estilo gótico.

 

-Disculpe, cuánto cuesta?-le preguntó a aquella señora.

 

La señora la miró fijamente, como si le costara verla de verdad.

 

-De verdad lo quieres?-preguntó en un tono misterioso.

 

-Sí, es bastante bonito.

 

-Son diez euros.-sentenció finalmente.

 

Elisa se sobresaltó y volvió a dejar el espejo en su sitio. Aquello era excesivo. Todo lo que llevaba y la cantidad que le daban sus padres de paga mensual.

 

-Por lo pequeño que es me parece bastante caro, sinceramente.-se quejó.

 

-En realidad éste espejo no tiene precio. Mírate en él.

 

Elisa empezó a pensar que tal vez aquella mujer quería tomarle el pelo, pero el hecho de poder hablar con alguien le resultaba mucho más interesante que dar vueltas por allí sola. Así que le hizo caso. Se miró en él, pero no se vió a ella.

 Vió a una muchacha hermosa, sin un solo grano, alegre y entusiasta, original, con un aire bondadoso que la cautivaba. Era una versión mejorada de sí misma. Tras levantar la vista de aquel espejo, intentó buscar la mirada de aquella señora, pero no la encontró. En su lugar había una muchacha rubia de ojos verdes, con un aire amable, inocente y bondadoso que no había visto nunca en ninguna otra persona.

 

-Disculpe, dónde está la señora de antes?

-Qué señora?-preguntó la chica.

-¡La señora con la que estaba hablando hace un momento!

-Has estado hablando conmigo todo el rato.

 

Elisa se quedó boquiabierta. Tal vez estuviera soñando. O tal vez fuese cierto que aquel espejo tuviese poderes. Cómo podía ser que el espejo reflejase un aspecto totalmente diferente al de los demás? Con qué tipo de material estaba hecho? Era un truco de feriantes?

 

-Cómo puede ser…?-musitó de nuevo, al mirarse, y verse tan singularmente bella.

 

-Ya te he dicho que éste no es un espejo convencional. No refleja el aspecto externo, sino el aspecto del alma. Todas las personas a las que reflejes con éste espejo mostraran su belleza interior. Con él puedes ver cómo son los demás por dentro, y no por fuera.

 

- Y por qué quiere venderme un objeto tan milagroso?-preguntó estupefacta.

 

-Porque hay personas que lo necesitan más que yo.

 

Elisa sacó el billete de diez euros del bolsillo, dispuesta a pagarle, pero la chica no lo aceptó.

 

-No hace falta que me pagues con dinero.

 

-Y cómo puedo pagarla entonces?

 

-Escribe todo aquello que logras ver con el espejo, e intenta que llegue al máximo de personas posibles. Cuando termines tu relato, llámame y quedaremos para que me lo puedas devolver. Hay más personas que lo necesitan.

 

Aquella chica le entregó una tarjeta con su nombre y su número de teléfono. Elisa la leyó.

 

Miranda Miramás. Caravana diecisiete. Quilómetro catorce, carretera principal.

 

Se la guardó en el bolsillo, y le dió las gracias a aquella amable muchacha, prometiéndole cumplir con las condiciones de pago.

 

Al volver al autocar con el resto de sus compañeros decidió estrenar su nuevo juguete. Al reflejar a los demás, no podía creer que fueran las mismas personas a las que veía cada día en clase. Muchos tenían un aspecto totalmente distinto. Algunos eran mucho más guapos y guapas, y…nunca habría imaginado que algunas de las personas mejor consideradas por todos fueran tan horrorosas. Cuando reflejó a Marisa y Alberto, que como siempre se estaban besuqueando ocurrió algo realmente extraño. Los dos se separaron pegando un salto hacia atrás.  Se miraban mútuamente con una expresión de profunda repugnancia. Alberto tenía un aspecto espantoso, con  sus pequeños ojos negros  hundidos en una arrugada cara de pervertido llena de acné. Y respecto a Marisa…parecía una chica completamente distinta. Tenía la cara llena de granos, una nariz enorme, y en lugar de sus  delicadas uñas habitualmente pintadas de color rojo presentaba unas zarpas de gato realmente sucias.

 

-Qué te pasa en la cara?!-le gritó Alberto a Marisa con un desprecio anormal teniendo en cuenta que hacía tan solo dos segundos la estaba besando.

 

-Qué te pasa a tí! Eres un cardo!-le gritó ella.

 

Pronto empezaron a discutir y a faltarse el respeto, incluso querían pegarse. Ivonne tuvo que separarlos. Elisa también la había reflejado, pero tenía el mismo aspecto que antes de que lo hiciera. El aspecto de una mujer joven, luchadora y honrada. En cambio…Alberto y Marisa tenían un aspecto tan distinto con aquel repentino ataque de acné, y la ira  de uno hacia el otro… Es que su amor tan solo era algo superficial?

 

Ninguno de los dos tortolitos comprendía qué les sucedía, y se sentían realmente amargados e irritados. Ivonne trataba de consolarlos, diciéndoles que probablemente aquellos granos se debieran a alguna alergia o cambio hormonal, y que se les pasaría, pero ni ella misma podía creer cómo el aspecto de aquellos dos adolescentes podía haber cambiado en tan poco tiempo.

 

 Al descubrir a Elisa mirándoles con cara de diversión decidieron arremeter contra ella.

 

-Qué miras, cardo?-le gritó Alberto.

 

El insulto era realmente ridículo, teniendo en cuenta que  Elisa era una auténtica belleza humana comparada con ellos.

 

-Antes la he visto hablando con una bruja….-murmuró Marisa, tratando de inculparla de su desgracia.

 

-No seas ridícula, Marisa. Las brujas no existen.-la regañó Alberto.

 

-Sí que existen. Ésa mujer es una bruja, he oído hablar de ella…-insistió Marisa.

 

Los días fueron pasando, y Alberto y Marisa cada vez se volvían más horribles. La gente cada vez les odiaba más, entre ellos también se odiaban y cada día se metían en más peleas. Marisa seguía creyendo que Elisa les había maldito gracias a aquella bruja, así que aquella mañana decidió increparla al verla salir de clase sola.

 

-Qué me has hecho?! Dime qué me está pasando o te partiré la cara!

-Yo no he hecho nada!

-Todo esto es muy raro, por qué me estoy convirtiendo en un cardo, y tú en una tía buena?

-No lo sé, aquella mujer tan solo me dió un espejo y me dijo que podría ver la verdadera belleza de todos los que se reflejaran en él!

-Qué quieres decir con eso?!

 

Elisa estaba asustada. Marisa se volvía más agresiva por momentos, pero para su sorpresa, no llegó a tocarla. En lugar de ello, estalló en lágrimas.

 

-Por favor, dime la verdad. Tienes que ayudarme. No soporto más todo ésto. Todos me acosan. Los chicos, o me ignoran, o me humillan. Ya no soy capaz de mirarme al espejo.

 

Elisa empezó a sentir lástima por ella, porque sabía exactamente por lo que estaba pasando.

 

-No sé qué hacer, aquella mujer no me dijo cómo revertir el efecto del espejo…pero me dió su tarjeta. Podríamos intentar hablar con ella de nuevo.

 

 

Aquella tarde, Elisa y Marisa cogieron el autobús, y justo al llegar al quilómetro catorce, le pidieron al conductor que las dejara allí. Todavía había feria, pero  Miranda no había montado su parada. Preguntaron hasta encontrar la caravana diecisiete, y solo tras insistir mucho aquella mujer les abrió la puerta.

 

-Qué ocurre?

-Es usted una bruja! Mire lo que me ha hecho!- le gritó Marisa.

Miranda arqueó una ceja, indignada.

-Yo no te hecho nada, muchacha! En todo caso agradécelo a tu compañera, ella decidió utilizar aquel espejo maldito!

Elisa sabía que discutiendo no iban a conseguir nada, así que intentó encontrar una solución.

-Hay alguna manera de revertir el efecto del espejo?

-El espejo tan solo refleja la belleza de tu alma.  A diferencia de la belleza física, que muchas veces no se puede escoger, ésta si se puede cambiar. Tan solo tienes que intentar ser mejor persona, portarte bien con los que te rodean, y sobretodo no juzgar tanto por la apariencia.

 

A partir de aquél día Marisa y Alberto empezaron a comportarse mejor con todo el mundo. Ya no se burlaban ni empujaban a nadie, intentaban ayudar a los demás, y trataban bien a Elisa. Aunque nunca fueron tan guapos como ella, sus granos fueron desaparecieron, sus caras se volvieron más amables y agradables a la vista, y poco a poco empezaron a parecer personas normales de nuevo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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