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5 min
El extranjero
Varios |
26.08.12
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Sinopsis

Hoy me ha dado por volver a publicar este relato que apareció por aquí hace más de tres años, y que a mí me hace una gracia especial.

     Era la hora de la tarde en la que el sol pierde todo su pudor. Yo había pasado una de aquellas mañanas de verano rutinarias y espléndidas a la vez, a las que me había malacostumbrado cuando vivía en el cantón de Sankt Gallen de la Suiza oriental. El secreto para conseguir esa dicha matinal era sencillo: no tenía más que conducir hasta las cuatro casas que formaban el pueblo de Wasserrauen y desde allí caminar durante una hora por el empinado sendero de montaña que lleva a las faldas interiores del nada despreciable pico Säntis. En el valle ocupado por el lago Alpsee terminaba mi peregrinación de montañista de poca maña. Aliado con las cuatro vacas de turno y con algún escaso pescador solitario de truchas, tomaba posesión del lago y celebraba el evento con una siesta en la hierba poco justificada en aquellas horas de la mañana. Después leería durante un rato a Italo Calvino y, solo si veía que el anzuelo del pescador había tenido fortuna, intentaría también yo cazar alguna idea para un relato.

     Y así volvía a esa hora de la tarde, deshaciendo el sendero que tanto trabajo me había costado conquistar, aguantando el azote despiadado del sol, desprendiendo satisfacción por haber logrado enjaular en mi cuaderno a un iracundo payaso en paro. Fue entonces cuando le vi.  Caminando por delante de mí, mostrando señales de considerable fatiga, avanzaba a pequeñas zancadas un hombrecillo delgado vestido con un desfasado traje tradicional tirolés de pantalones cortos y sombrero emplumado. Mientras le daba alcance, pensaba en cómo aquel hombre había adquirido la habilidad de estar completamente desubicado en este entorno, pero desubicado a pocos metros de la frontera con la normalidad: si lo hubiese localizado cien kilómetros al este y treinta años antes, no habría tenido más remedio que considerarlo como un tipo de lo más común. Finalmente sobrepasé a aquel personaje y, viéndole como una víctima del cansancio, le pasé mi botella de agua, que aceptó sorprendido. Después aceleré el paso y en treinta minutos ya me encontraba en una de las mesas de la terraza de la única taberna de Wasserauen, delante de una bien merecida ensalada con bratwurst y una buena cerveza local. 

     Estaba repasando las noticias del periódico y pensando en pedir la segunda cerveza cuando noté que alguien colocaba con timidez un objeto sobre mi mesa. Vi mi botella de agua vacía y, tras ella, al extravagante alpinista tirolés que me lanzaba una mirada de agradecimiento algo exagerada. Nos quedamos así, sonriéndonos el uno al otro durante medio minuto, en una situación bastante incómoda. En aquellos segundos algo largos, creí percibir en el tirolés unas ganas desquiciadas de comunicarse conmigo, reprimidas por algún tipo de incapacidad.

     –Alles in Ordnung? –le pregunté, ya algo inquieto por su silencio.

     El hombrecillo me respondió con un gesto de profunda incomprensión del idioma alemán, en contradicción absoluta con la indumentaria que exhibía.

     –Parlez vous français? English? Nihongo ga dekimasuka? ¿Español? –insistí sin éxito, como el que tantea con un palo en la arena buscando un agujero.

     Estaba a punto de abandonar esos vanos intentos de comunicación que solo conseguían aumentar el surrealismo de la situación, pero los ojos del hombrecillo ya habían tornado su mirada de agradecimiento en desesperación, implorándome en silencio que lo intentase una vez más.

     –Zla parli Abstraktio?–pregunté entonces en aquel lenguaje arcano que solo yo conocía y que reservaba para comunicarme con los entes de mi imaginación y de mis sueños. Me quedé casi petrificado al ver a esas palabras escurrirse sin permiso de mi boca, adquiriendo conciencia de la grave imprudencia que acababa de cometer. Mi compañero parecía no compartir esos temores cuando por primera vez pude oír su voz:

     –To! To! Abstraktio o najdú parlivo! –respondió con un gesto de alivio que lavó su cara como una brisa de verano.

     A partir de ahí se inició una conversación que quise de inmediato cortar de tajo, pero la zoledá tan desesperada de aquel hombre me impedía aliarme con el silencio.  Aun así, no podía evitar que creciera el temor al peligro más bien zulorko de abusar de aquel lenguaje. Sabía que aquellas palabras tenían la capacidad de confundir la realitá; que la imaginación adquiría con aquellos verbos una fuerza desfurrilicada que ya falîbor hervir la cerveza y que se estaba arrimpibilando al piko Säntis enterito; ke al ekstrânio mesmo probokatór paura massimala; da zla-nu zla-nudór inkongrugór oprasimiam protór. 

 

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  • Es uno de mis favoritos de siempre. No te pongo más estrellas porque no las hay.
    Hola. me ha gustado, es muy importante dominar más que el español y el ingles con el fin de hacer amistades nuevas...Un saludo.
    Me he reído a gusto, no me esperaba ese giro,muy original.
    Momento previo a cuando las personas nos quedamos absortas... muy original y divertido. Te va atrapando a medida que lo lees!
    Escribe tus comentarios... Te hace gracia porque la tiene. Luego me dices a mi, jejeje. Tremenda capacidad de abstracción gasta tu personaje. Y es que qué sería de nosotros sin nuestros sueños.
    Un relato de intención clara y fondo oscuro.
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    Dice la Encyclopaedia Britannica...

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La amistad, el amor, la familia, el arte, la naturaleza, el descubrimiento del mundo, la superación intelectual: todo eso representa para mí el 60% de las cosas por las que merece la pena vivir. El otro 40% está directamente relacionado con los placeres derivados del queso.

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