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11 min
EL FESTÍN
Terror |
11.12.14
  • 4
  • 6
  • 1870
Sinopsis

Grotesco relato medieval de horror y misterio.

Una nueva conquista es siempre motivo de celebración, sobre todo en el reino de Lord Raghmair, cuyo poderío solo era comparable con su mórbida obesidad.

La mayoría de los miembros de su corte superaban las cuatrocientas libras, pero el sobrepeso del rey se destacaba incluso entre aquellos robustos cuerpos.

El círculo del monarca era muy ansioso cuando de comer se trataba y, para que el apetito no los exasperara, debían ser entretenidos hasta el momento en que el banquete estuviese listo. Un conjunto de seis malabaristas entró al salón con fin de distraerlos; comenzaron a realizar una coreografía poco agraciada, y para contrarrestar la simpleza de sus movimientos, sacaron unas cintas de tela de todos los colores del arco iris tras y el espectáculo cobró vida.

Los delgados personajes no hacían más que unos leves movimientos de muñecas, siendo las cintas las protagonistas de la escena, pero aquello alcanzó para alegrar al rey y hacerlo aplaudir.

Las carnes que colgaban de los brazos del monarca se tambaleaban con cada aplauso, produciendo un movimiento continuo, casi hipnótico. Pero pasados unos minutos el espectáculo comenzó a perder su gracia y el desfile de artistas no podía detenerse.

Ingresó un séptimo animador: un titiritero. Su marioneta era una burda imitación del Conde de Breonth, hermano y enemigo de Lord Raghmair. Era común que los artistas se mofaran de los opositores del rey para agasajarlo. La marioneta exageraba las desgracias del rostro del noble y había sido adornada por numerosos cascabeles que lo hacían sonar como una hambrienta serpiente.

El monarca respiraba con dificultad en su trono mientras el sudor caía de su calva, recorriendo su rostro y desdibujándose en las arrugas de la sonrisa provocada por la burla hacia su hermano. Así eran todas las fiestas en el reino, un desfile de entretenimiento extravagante enviado para distraer el apetito insaciable del rey y de su corte hasta llegado el momento de la comida. Personajes de todas partes del mundo conocido y no conocido habían desfilado por el salón principal del palacio, llevando espectáculos únicos, bestias de las que jamás nadie en su reino había oído nombrar y hasta obras de teatro que siguen siendo conocidas en la actualidad; pero a pesar del entusiasmo que el soberano mostraba ante todas esas funciones, nada lo hacía reír tanto como la función más caricaturesca que jamás se vio en sus dominios: la de su pequeño y deformado bufón.

Tan sólo mirar al desdichado hombrecito le provocaba una risotada; jamás se aburría de verlo hacer el ridículo mientras él y sus invitados lo humillaban hasta el límite.

Al principio le exigía al bufón que se mostrara feliz, pero con el tiempo el rey disfrutó más el verlo afligido, ya que el hecho de someter a alguien a actuar más allá de sus deseos lo hacía sentirse aún más poderoso.

Como era costumbre, junto al trono estaba parado un misterioso sujeto cubierto por una oscura túnica de monje asceta. Era imposible de descifrar a simple vista a aquel individuo ya que, contrastando con la túnica, poseía unos brillantes anillos en cada uno de sus largos dedos. Ese enjuto personaje no era otro que Nenddir, el consejero real.

Nenddir el Sabio era conocido en todos los rincones del reino, no solo por su aspecto y por los numerosos rumores que circulaban alrededor de su persona, sino también por su voz, que además de evidenciar erudición en cada frase, era tan grave que nadie podía imitarla sin dañarse la garganta:

– Disculpe mi atrevimiento, su majestad, pero jamás he visto bufón más horrendo que el suyo.

Lord Raghmair quedó perplejo ante aquellas palabras; sucede que Nenddir jamás hacía comentarios que no fuesen de máxima importancia.

– ¿Qué está diciendo, Nenddir? Ese es precisamente el físico ideal para un bufón. A mí me divierte mucho verlo caminar con sus múltiples deformaciones, ¿acaso a usted no?

No se trataba de una pregunta retórica, el rey realmente quería saber si al sabio le resultaba divertido el espectáculo; pero el humor de Nenddir era muy difícil de determinar, ya que su espesa barba negra disimulaba casi por completo las mínimas expresiones que realizaba al hablar.

– Es verdad, su excelencia, sus deformaciones corporales son jocosas; lo que no soporto es su rostro, que además de ser grotesco, revela un enorme rencor hacia usted.

Era cierto, el gesto del bufón se llenaba de odio ante las convulsiones de la enorme barriga del rey.

– Le recomiendo hacer algo al respecto, su majestad, los nobles no se sienten muy a gusto en territorios en donde los súbditos odian a su soberano.

El gobernante buscó la respuesta en los ojos de su consejero mientras éste levantaba una ceja señalando al Muro de la Deshonra. Se trataba de la pared del lado sur del salón principal del palacio que había sido cubierta por recuerdos de todas las regiones que el gran Lord Raghmair había visitado y sometido. Allí colgaban armas, armaduras y todo tipo de objetos que alguna vez habían sido símbolos de orgullo para los extranjeros.

El rey no comprendió el plan de su asesor pero, justo en el momento en el que se lo iba a preguntar, Nenddir sonrió a la vez que un rayo de luz se reflejó en su colmillo, y Lord Raghmair supo entonces qué hacer con su bufón:

– ¡Oye, tú!, ¡esperpento! – le gritó – ¡Eres demasiado feo para esta corte, eres la vergüenza de este reino! ¡Cubre tu horrible rostro con una máscara para que tus facciones no ofendan la belleza de estas respetables damas!

El bufón caminó hacia el muro arrastrando su pie izquierdo, la única manera en que podía hacerlo. Al tomar unas de las máscaras, el rey vociferó nuevamente:

– ¡Esa no, adefesio!, es demasiado preciada para mí, mucho más que tu propia vida. Ponte la que está a la izquierda: la máscara roja. Sé que es antiestética, pero será una gran mejora comparada a tu repulsiva imagen.

El semblante del bufón mostró un rictus de aversión como jamás había expresado; pero condenado a ocultarse tras la máscara, aquella sería la última vez que alguien notaría su disgusto.

En ese momento los sirvientes entraron al salón principal con el banquete, llevando consigo miles de platos repletos de alimentos. Algunos sirvientes se encargaron de atestar la larga mesa de comida y bebida mientras otros, para no hacer esperar a los más honorables miembros de la corte, lanzaban bocados directamente en sus enormes bocas.

El bufón seguía bailando de manera ridícula mientras los invitados devoraban la cena, en algunos casos lo hacían sujetando trozos de comida con ambas manos, pero había algunos cuyos ademanes parecían no ser tan elegantes, por lo que preferían introducir sus hocicos de lleno en el plato.

– Disculpe que lo interrumpa nuevamente, su majestad – dijo Nenddir –, pero la máscara del bufón parece incomodar a los comensales. Es demasiado seria, debería hacer algo al respecto.

El rey giró la cabeza hacia su consejero y, dos segundos después, también lo hizo su papada. Su boca contenía comida suficiente como para alimentar a una familia medieval tipo, pero a pesar de ello se las arregló para hacerse entender antes de terminar de tragar:

– ¿Y qué podría hacer?, ¿le pido que se ponga otra más alegre?

Haciendo caso omiso a los trozos de carne que expulsaba el obeso monarca con cada palabra, el sabio se dirigió con la misma opacidad de siempre:

– Eso no será necesario, su excelencia; mejor sería hacerle alguna modificación a la que tiene puesta – dijo Nenddir.

El gobernante buscó la respuesta en los ojos de su consejero mientras éste levantaba una ceja señalando el recipiente de salsa.

El rey no comprendió el plan de su asesor pero, justo en el momento en el que se lo iba a preguntar, Nenddir sonrió a la vez que un rayo de luz se reflejó en su colmillo, y Lord Raghmair supo entonces qué hacer con su bufón:

– ¡Oye, tú!, ¡esperpento! – gritó el rey escupiendo comida hacia todas partes – ¡Esa máscara es demasiado siniestra para esta fiesta, eres la indecencia de este reino! ¡Acércate, haremos algo al respecto!

El bufón caminó hacia el rey arrastrando su pie izquierdo, la única manera en que podía hacerlo.

El soberano arrancó una pata del pollo que tenía enfrente y la introdujo en el recipiente de salsa, luego se la pasó por la máscara al bufón, dibujándole una enorme sonrisa.

– Ahora si te ves alegre, adefesio – dijo el gobernante, quien también tenía dibujada una sonrisa de salsa.

Risas socarronas rodearon al bufón. Un aliento a comida entre muelas calentaba sus oídos mientras los restos más ligeros de alimento volaban hacia él. En medio de aquel hostigamiento, los huecos de la bochornosa máscara revelaron unos ojos repletos de lágrimas.

Las manos del desdichado hombrecito comenzaron a temblar mientras su rostro oculto se desfiguraba de dolor, y finalmente estalló en un lastimoso alarido.

El pequeño hazmerreír tomó un cuchillo de la mesa y saltó por encima de ésta, cayendo justo sobre el monarca; luego, haciendo uso de todas sus fuerzas, le clavó la hoja hasta el mango en su voluminoso abdomen, abriéndolo de lado a lado.

– ¡Guardias! – gritó Nenddir. Pero era demasiado tarde para el rey.

Los hombres sujetaron al regicida y lo llevaron al centro del salón para que todos contemplaran su vergüenza. El humillado personaje lloró fuera de sí a sabiendas del destino que él mismo se había escrito, pero Nenddir puso fin a sus agudos gritos al apuntarlo con la larga uña de su dedo índice:

– No perderé mi preciado tiempo contigo, esperpento. Suelo hacer que torturen a los traidores al reino antes de que se les corte la cabeza, pero los dioses ya te han castigado lo suficiente.

A la mañana siguiente decapitaron al bufón.

El reino entero estaba inquieto ante el enorme trono vacío, en especial el hermano del difunto: el Conde de Breonth, quien por llevar su misma sangre, era lo suficientemente voluminoso como para ocupar el preciado sillón.

Luego del funeral de Lord Raghmair, su viuda se encerró a llorar en la alcoba real y no quiso salir de allí por horas. La mujer cuya obesidad competía con la de su esposo, no lloraba tanto por amor como por el hecho de no saber qué hacer antes los inminentes cambios que se producirían a continuación de lo sucedido.

La princesa decidió entrar al cuarto a acompañar a su madre, mientras Nenddir observaba la situación oculto entre las sombras en un rincón del corredor.

Luego de esperar unos segundos entre las estatuas de antiguos héroes caídos, el sabio ingresó también a la habitación, y se dirigió a ellas con aquella voz que, de tan grave, nadie podía imitarla sin dañarse la garganta:

– Disculpe mi impertinencia, su majestad, pero el hermano de su esposo está ansioso por obtener la corona y debemos actuar rápidamente. Su matrimonio no ha sido bendecido con hijos varones; además, su delicioso retoño es muy joven aún.

Madre e hija quedaron perplejas mientras el asesor continuaba con su discurso:

– Lo que aquí se necesita es un hombre fiel y respetado que se case con la princesa, para que su familia pueda mantenerse en la cima del poder.

La gorda reina abrió la boca para dar su opinión pero, antes de que pudiera emitir sonido alguno, Nenddir sonrió a la vez que un rayo de luz se reflejó en su colmillo.

 

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