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4 min
El Filtro de las Tres Verdades.
Reflexiones |
15.08.15
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Sinopsis

El el peso de la libertad en una realidad donde las creencias son nuestra salvación.

Ya se podía ver la tela translúcida en sus fanales cansados de tanta lucha terrenal. Recostada sobre la cama fría y áspera esperaba la sentencia. Sus manos estaban frías y lejanas. Sus ojos inquietos buscaban la esperanza de una promesa incumplida.

 

Me acerqué a ella, tomé su mano y la apreté fuertemente, aferrando mis poros a los de ella. Su pelo grisáceo caía sobre sus hombros enclenques, que dejaban ver su afilada clavícula.

 

-Hija mía-dijo la abuela, con tono áspero.

-Dime, respondí.

-Cuida a tus papitos, ellos cuidarán muy bien de ti.

 

Una lágrima rodó sobre su pómulo izquierdo. La retiré rápidamente.

 

-¿Te duele algo?-dije.

-El alma niña. Siento el frío del óbito rondar.

-¿Temes a la muerte abuelita?

-¿Y quién no ha de temerle hija?. Cuando se vive en la pueril realidad, lo que más temes es a la verdad.

-No entiendo abuelita.

-¿A dónde iré hijita?

-Al cielo irás. ¿Dónde más podrías ir? Eres la mejor abuelita.

 

La abracé fuertemente, su pecho helado como el hielo contrajo el mío.

 

-¿Entonces por qué tengo miedo?-dijo la abuela.

-No sé abuelita. Llamaré a mi papá para que venga.

-No, dile al padre que venga.

 

Salí del cuarto en busca del padre.

 

-Hija mía-dijo el Padre, acariciando la frente helada de su cuerpo medio tieso.

-Padre ¿Por qué tengo el pecho tan apretado?-dijo la abuela.

-Porque Dios te está llamando a su presencia hija mía. No te esfuerces hija, eso empeorará tu dolor.

-Padre, tengo miedo. Dígame ¿Qué es lo que me espera? ¡Dígame!

-La vida eterna hija. El Señor aguarda por ti, pues has sido una buena cristiana, una madre ejemplar y una abuela amorosa.

-¿Entonces por qué mi alma está tan agitada Padre?

 

El Padre no encontraba ya las palabras para sosegar su agitada existencia. Veía su angustia, como la de ella.

 

-Padre, ¿Por qué las personas han de morir?-dije.

-Hija-dijo el Padre-. Como señalan las escrituras; por medio de un sólo hombre entró el pecado en el mundo, y la muerte pasó a todos, porque todos pecaron. El pago que da el pecado es la muerte; pero el don que da Dios es la vida eterna en unión con Cristo Jesús, nuestro Señor. La muerte existe en el mundo como consecuencia del pecado. Como nosotros también somos pecadores, un día moriremos. Desde la fe vemos que en la muerte unidos a Cristo también resucitaremos con Él, hija mía.

-Sí padre-dije.

-¡Oh Padre! ¿He sido buena cristiana?-dijo la abuela.

-Claro que sí hija mía-dijo el Padre.

-Cuando mi padre murió, ayudé duro a mi madre. No hubo misa que me perdiera Padre. Recuerdo haber organizado un bingo para recaudar fondos para la techumbre del hogar ¿Lo recuerda Padre?

-Claro que lo recuerdo hija.

-Llevaba un vestido tan lindo, mi madre lo había hecho...Era tan joven.

 

Al ver su mirada hundida en el umbral, no pude evitar recordar la tarde en que la abuela me descubrió llorando detrás de la carretilla. Obligándome a contar la broma de Andrés en la escuela dijo, cuando no encontrara consuelo y respuesta a mis preguntas, o si mi alma estaba agitada, recurriera a Dios; pues en sus palabras encontraría la sabia respuesta y el suave consuelo, y en el día de mi muerte nada habría de temer.

Pero Dios no respondió a las preguntas de la abuela, no calmó la zozobra existencial que ahogaba su ser.

 

-¡Padre, respóndale!-dije.

-Hija mía, resignación-dijo el Padre.

 

Tomé a la abuela de las manos y las llevé a mi pecho.

 

-Abuela ¡Pregúntale! Él te responderá ¿Lo recuerdas?

-Sólo la nada hija mía...-dijo.

 

Un aire abúlico impregnó el cuarto. Mi pecho apiñado y mi espíritu caduco no soportaban mi cuerpo. Esta materia con destino y este ser perecedero no soportaban las últimas palabras de la abuela. La verdad revelada era la verdad escrita detrás de las alegorías. No existió porque fue dicha, sino porque fue descubierta a campo abierto y sin velos; que peor verdad que esa. ¡Pobre de mí y de mi revelada libertad!

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