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6 min
El fin de las eras
Históricos |
26.11.14
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Sinopsis

Me detengo un momento, estoy tan cansado... Cada vez más abatido me pregunto ahora el porqué de mi peregrinaje. Ha sido tan largo que dejé fortuna y tiempo en mi afán de postrarme ante vos y suplicarte por el hombre. Indeciso a través de la ciudad de los reyes, llego al fin hasta el último puente, lo prefiero sin dudas al oscuro túnel del sur para cruzar así el río del este. Mediando su trayecto, mis ojos no terminan nunca de escalar los altos Zigurats de esta nueva Babel. Caigo arrodillado en reverencia. Me asombra la indiferencia hecha costumbre de la gente que camina o corre a mi lado. Confuso, me levanto y reanudo mi marcha, doblo a la izquierda y sigo la vía del sur, en cuanto me adentro por la calle del muro, siento tu enorme presencia. Tan andrajoso y vacío me ha dejado el viaje, que me siento invisible, la gente fluye a mi alrededor sin el más mínimo roce. Sus miradas no me ven, me atraviesan.

Ya estoy frente al magnífico templo que te guarda. Su poder me obnubila. Imagino a cada lado tus animales heráldicos, un rugiente oso que en dos patas amenaza y un embravecido toro que con sus astas bajas embiste. Intento encontrarte, pero no puedo entrar, como un sol me has secado, inmóvil en la acera.

Horas después, el sonido de una pequeña campana parece distraerte. Mis pies se desarraigan y huyo siguiendo la calle hacia ese otro templo que nuestros mayores colocaron allí como símbolo. Me refugio en la trinidad de su nombre, en el silencio de su nave, en el recuerdo nostálgico de su dios distinto. Allí sentado, reescribo en mi mente la historia de los dioses del hombre.

 Imagino a ese homínido nuevo, que recién se piensa, durante una tormenta. Aterrado, escondido en la gruta, ve desaparecer el sol tras las nubes ominosas que lo sacuden con cada rayo y con cada trueno. El gemido del viento le suena a dolor y para cuando cae el diluvio, casi ya no es. Cierra los ojos, tapa sus oídos y encaja sus dientes. Agotado se rinde y se duerme. Al despertar, incrédulo por no saber cuándo, el mundo se arregla.

Desde el borde mira y todo está en su sitio, aunque ahora ve algo brillar. Ya está allí curioso, comienza así ese largo camino de los porqués. Adelanta su mano para estudiarlo y siente dolor. Atónito prueba de nuevo y reconoce algo en ese dolor. Mira hacia arriba y cegado entiende su calor. Ha nacido en su corazón el primer dios: el Sol, quien lo ama y le ha enviado una parte de sí mismo en ese árbol que arde fulminado. Ese fuego ancestral aún pervive en nosotros.

En otro renglón de la crónica, me despide un desesperado beso de mi esposa. En un largo abrazo la tranquilizo, estaré bien, el trigo ya está plantado y sólo queda regarlo. También abrazo a cada uno de mis hijos, comprometiendo su orgullo de hombres en la protección y ayuda a su madre. Al más pequeño no le importa nada y me baña las piernas con su llanto. Como desde hace años, debo aprovechar el tiempo hasta la siega trabajando en las construcciones del Faraón. En Saqqara soy uno más. Nunca creí que existía tanta gente. El trabajo es pesado pero bien organizado y bajo ese sol inclemente me anima el pensar que con lo que gane quizás pueda comprar un buey. Con la pirámide que parece ya una montaña, comenzamos el día desconcertados. Los heraldos anuncian que en la zona de templos, el propio Faraón está por recibir antes del amanecer a Amón Ra. Miles nos inclinamos arrodillados cubriendo la planicie como un manto humano y cuando por fin los rayos del dios nos encandilan, reflejados en el oro y joyas del faraón, nos sabemos suyos.

Continúo volviendo. Estamos en el centro del universo, el ombligo del mundo: Delfos, con el templo de Apolo que contiene al Ónfalos, la piedra sagrada que, como marca, dejó allí el mismo Zeus. Hace semanas que esperamos el día de Apolo en que se harán los oráculos. Previamente ya entrevistamos a alguna de las pitonisas. Llegado ese día, es una muchedumbre la que espera: pobres y ricos, jóvenes o viejos, cualquiera que pueda pagar por él tendrá su oráculo. Pasamos de uno en uno, hacemos nuestra pregunta a viva voz y la pitonisa susurrando, le dicta en verso o en prosa al escribiente. Salimos aturdidos, empujados por los monjes para darle lugar al próximo. Sostenemos en las manos la tablilla de plomo que nos entregan, donde finalmente leemos nuestro destino, inexplicable, pero fatalmente definitivo.

Vuelvo a encontrarme con esa tormenta ancestral tan terrible. La gente huye despavorida del Gólgota. El viento y la lluvia han enloquecido, el cielo estalla y hasta la tierra tiembla. La cruz enorme se retrata sobre la negrura, con cada relámpago, con cada rayo. Sobrecogidos nos inunda el horror. Ha muerto el hijo del hombre y aún hoy no sabemos lo que hicimos.

Ciento once años antes del segundo milenio, entronamos a la Ciencia. Con galera y levita, entro a su templo, la Exposición Universal de París. Desfilo a través de su entrada, la torre Eiffel. Empequeñecido y reverente, me recibe orgullosa y me señala recorrer la Galería de las Máquinas. Allí, asombrado y soberbio, acepto con amnesia ese nuevo poder.

Sólo me resta contar que ayer nomás vi transformarse al oro en papel y desvergonzado, multiplicarse vicioso. Mi imaginación termina, y en un desolado silencio, te siento de nuevo opresivo. Todo ha sido inútil, lo entiendo, no hay súplica alguna que pueda conmoverte.

Has renacido desde la historia, becerro maldito, que nos dominás con tu áureo brillo de codicia. Esta vez no tenemos a un Moisés que te rompa con las lajas divinas. Estamos solos frente al abismo, más de siete mil quinientos millones y… contando.

 

        Carlos Caro

Paraná, 21 de noviembre de 2013

Descarga y derechos en la web de mi perfil, 3º antología "Cuentos agradecidos" entrada El fin de las eras

 

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Satisfecho Ingeniero Químico y hombre de negocios de diversa suerte. Hoy ya jubilado, desfachatado, intento narrar cuentos y transmitir mediante ellos lo que nunca podría “decir”. Solo puedo esgrimir como antecedente el haber leído todo cuanto cayó en mis manos, he sido un roedor infatigable de librerías. Desde los clásicos hasta los prospectos completos de los remedios, práctica ya un poco abandonada por falta de las dioptrías necesarias. Nunca me hubiera atrevido sin el estímulo y las críticas de profesionales: mi esposa y su compañera de estudios. Todos nos conocimos hace cuarenta años cuando ellas estudiaban el Profesorado Universitario de Lengua y Literatura. Inquieto, me asombro de esta predestinación. Debo también mencionar en mi haber, el estilete afilado que es la mente de mi hija quien me sigue letra a letra y me alerta cuando no escribo lo que quería escribir. Para terminar, aprovecho para pedirles críticas; todas, de cualquier índole. Solo así aprendo. Esta es la cuenta principal a mi nombre en “tus relatos”, si quieren acceder a la secundaria y sus cuentos pulsen el “Web” de este perfil. Iré publicando cuentos en ambas para facilitar su lectura y es mi intención que nos divirtamos juntos con la literatura. Mis blogs, desde: http://carloscaro7.blogspot.com.ar/

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