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15 min
“El final de la eternidad”
Reales |
13.09.15
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Sinopsis

“Hay veces que mientras canto me acuerdo que he dejado la lavadora puesta” Iván Ferreiro

Luces observadas desde el interior del coche son arrojadas a la avenida por una sucesión de farolas que juntas en la noche forman la silueta de una serpiente luminiscente. Carolina conduce en silencio atravesando Gran Vía  mientras me entretengo en liar un cigarrillo.

-   ¿No podrías haber mantenido la boca cerrada el resto de la noche?

Mustio es el reproche que hace referencia al comportamiento que he demostrado  en casa de Cecilia y Roberto. Cecilia es una vieja amiga a la que había perdido la pista. Comentó Carolina la semana pasada al mismo tiempo que una alergia social que sufro desde que tengo uso de razón se manifestaba a la altura del cuello. Sí, claro, por qué no, puede ser divertido. Conteste rascándome como un perro allí en el mentón.

Cecilia y Roberto. Una pareja felizmente casada desde hace más de diez años. Que ha conquistado el bienestar matrimonial  - palabras textuales de Cecilia- a base de esfuerzo, tenacidad y mucho amor. Nos queremos como el primer día.

Una cena en casa, conocer a las niñas, a mi Robert, a Sandy, un pekinés que es un miembro más de la family, jajaja, no perder el contacto. Esa era la idea principal que ha derivado en un ejercicio velado pero torpe, canalla y lo que es peor y creo no equivocarme, de apestosa autoafirmación, fraguado en Cecilia y vomitado  sobre Carolina.

…¿Todavía no tenéis niños?  No te preocupes Carol… Casi treinta y ocho… No habrá llegado tu momento…

…¿Qué vivís en una casa de alquiler? ¿Qué no os vais a casar? Oh, Carol… Bueno, eso es muy valiente…

…Y tu Franko, “eras” marinero y ahora tomándote un tiempo…Sabático. En el paro ¿No? Ya vendrán tiempos mejores…

¿Cuál es la causa para que te sientas tan insatisfecha?

Ha sido la pregunta que no me ha salido las pelotas reprimir y daba por finalizada la cena y el rencuentro de dos viejas amigas que se conocieron en antaño y que a día de hoy no tienen nada en común.

Por contestación me llevo el cigarro a la boca, lo prendo y conecto la radio del salpicadero con la idea de zambullirme en las entrañas de cualquier programa nocturno que estén echando en Radio 3.Está siendo el Mayo más caluroso de los últimos veinticinco años, no se han cansado de repetir una y otra vez en los medios de comunicación.Delatada por los faros del coche la calima se eleva desde el asfalto vaporizada en un baile enroscado. A la una de la madrugada Gran Vía se encuentra casi desierta, el tráfico es escaso. Alicante duerme.

A través de la ventanilla del copiloto observo cómo se suceden los esqueletos de edificios a medio construir de una constructora en quiebra.

ESTE HORMIGON SOPORTA EL PESO DE UNA HERENCIA DESPIADADA

Puedo leer en una de las pintadas que muestran algunas de las paredes desnudas. Una lona usada por la constructora como mural publicitario se deja caer y despliega a todo lo largo y ancho de uno de los esqueletos de hormigón: En primer plano se ve el avatar de una niña rubia dueña de unos increíbles ojos azules que invita con sonrisa de dientes inmaculados a vivir en un complejo urbanístico de ensueño, un mundo virtual situado justo detrás de la pequeña. Una urbanización idílica salvaguardada por piscinas, pistas de tenis y zonas verdes bajo un cielo azul coronado por un sol reluciente. Parques que son disfrutados por otros avatares de personas que también se gastan sonrisas blanquísimas y visten ropas de colores escandalosamente alegres que hacen juego con los coches aparcados a las puertas de las casas de una postal de ciencia ficción: Alrededor de todo ello ceniza, escombros y sucio hormigón.

Semáforo rojo, el coche se detiene y Carolina aprovecha para llevarse un cigarro a los labios. Después de darle tres caladas seguidas y por lo que parece, quemar el filtro, lo aplasta contra el cenicero.

-   Eres consciente del efecto que has causado ¿Verdad?

Sus ojos, clavados en la distancia, dibujan en el rostro una suerte de ira contenida y cierta frustración que me invita a seguir con la boca cerrada.  La serena voz de una locutora de Radio3 empieza a presentar un acústico de Iván Ferreiro mientras algo sorprendido puedo ver por la ventanilla como la lona publicitaria que  se casca un guiño interesado de “Un mundo feliz” se agita ligeramente de la parte baja. Salvando la tela se filtra un hombre en la calle. Botella de agua en una mano y por lo que puedo adivinar, trozo de papel de aluminio en la otra, nos dedica una sonrisa de dientes corroídos. Socio, se te fue la mano con el "soma".

Semáforo verde. Aun me da tiempo, antes de que el vehículo deje tirada la escena del recién aparecido, de ver como el tipo se tropieza con una colección de cascotes antes de saltar torpe una verja y perderse en el interior de una furgoneta destartalada que está abandonada en el andén.

El final siempre va detrás de los principios…

La voz de Iván Ferreiro alcanza todos los rincones del coche, incluso un recoveco escondido del interior de Carolina pues es evidente que un cable de su psique ha sido agitado sin avisar. Los músculos del rostro se han relajado y observo como la contrariedad que proyectaba hasta hace bien poco se ha sosegado rápida y ha dado paso al solemne pesar que irradian ahora sus ojos. Qué estará pasando por esa cabecita. Me pregunto y estoy seguro que se desvelara el secreto y no me agradara la respuesta.

Cuando ella se calla el mundo se para, la luna, el cielo y el tiempo…

Dejamos atrás el Hospital General y barrio de Los Ángeles. Seguimos en Gran Vía. Mi vista se pierde en las blanquiazules gradas altas del estadio Rico Pérez, a nuestra derecha se encuentra la avenida que conduce a San Vicente y la autovía de Valencia. Apago el aire acondicionado del coche, bajo la ventanilla. Un calor sofocante pero agradablemente húmedo entra en el coche con fuerza y aunque débil, viciada por la ciudad, en el microclima que se ha creado a nuestro alrededor se deja sentir la brisa del mar.

Cuando algo se para ya no puede ser y todas las mañanas son presentes…

Noventa kilómetros hora anuncia el marcador del coche cuando pasamos el tercer semáforo en ámbar. Nos acercamos al final de la avenida que desemboca en La Rotonda del Barco.

-   Últimamente sacas lo peor de mí.

Carolina embraga a tercera, reduce a segunda y agarramos la tercera salida de la rotonda. No me gusta el tono sosegado que ha adoptado la voz de Carolina y menos el tinte definitivo que está adquiriendo la situación. Sigo serio, en silencio, indiferente miro por la ventanilla. Nos dirigimos hacia el puerto.

-   Verte disfrutar en momentos incómodos, situaciones que a cualquier otro le resultaría de lo más desagradable… Me gustaba… Al principio.

Dos prostitutas son las que destacan del resto. Piernas interminables y la piel de ébano. La belleza salvaje que se gastan esta desaprovechada pues deberían ejercer la noche en un lugar con más cache que el que se da más allá del Palmeral. Ese es el pensamiento que se hace hueco en mi cabeza tras escuchar a Carolina y eso, creo, que no dice mucho de mí. Y menos en este momento.

Recuerda que un día yo solo hacia canciones para ti…

Los mástiles de las embarcaciones deportivas requiebran acordes a un desfile de pértigas. Al otro lado, paralela al mar, las farolas del parque Canalejas proyectan sombras fantasmales bajo árboles milenarios. El olor del salitre es intenso.

-   No es justo. No eres justo con los demás… Eso me decepciona.

Al final del paseo marítimo la mayor aberración visual de toda la provincia. El casino de Alicante luciendo calamitoso como esa vieja puta sobremaquillada en misa de las once.Una lágrima muda se deja caer por la mejilla de Carolina que contrarresta el timbre firme de su voz. La mirada es la de una persona cauta, previsora, que tomó una decisión en un pasado reciente y es consciente de que le ha llegado el momento de hacerle frente a las consecuencias. Estoy seguro de ello.

Un director de cine español quiere rodar unos planos en el casino ¿Dónde están ahora todos aquellos que criticaban la arquitectura de la obra? Manifestó con un par de huevos, orgulloso y pagado de sí mismo, uno de nuestros iluminados lideres valencianos, ignorando totalmente que si en algo se ha destacado la carrera cinematográfica de Bigas Luna es en ensalzar lo grotesco y chabacano de la cultura española, que si rica en matices, nunca podrá ocultar los perfiles estrafalarios que ostenta algunos  aspectos de la idiosincrasia patria.

-   Te lo pondré fácil. Dame un día para saber que hago con mis cosas.

Le suelto mientras compruebo como la determinación de Carolina se resquebraja en un ligero temblor en el labio. Aprieta los dientes, su mirada se ofusca por un segundo y el volantazo me pilla en fuera de juego. Salimos derrapando de la avenida, agarramos la  entrada al parquin de la Playa  Postiguet. De un trompo aparca en la primera plaza que encuentra. Apaga el motor y deja caer las manos sobre los muslos. Los ojos los tiene muy abiertos y la respiración entrecortada. Por un breve instante nuestras miradas se cruzan. Distancia, silencio y el olor a goma quemada. Agacha la cabeza y vuelve a poner las manos sobre el volante.

-   ¿Ya está? ¿Eso es todo?

Pregunta como si lo hiciera a sus rodillas, casi como en un susurro. Levanta la cabeza, mirada al frente. Observo las manos de Carolina al volante. Pequeñas pero de dedos largos y delicados. Tienes manos de pianista. Recuerdo haberle dicho tiempo atrás mientras sus labios se contraían carnosos y juguetones evitaban una sonrisa inminente. O de cirujana. O de sexóloga de pollos. Rematé abriendo de par en par los oídos, preparándome para recibir la mejor de las risotadas.

Y cada vez las sombras ocupaban más lugar donde dormí. Nos fuimos apagando…

El parquin esta desierto. La Luna llena cuelga del cielo de Alicante y ante nosotros el Mediterráneo en calma chica parece un infinito velo negro meciéndose bajo las estrellas. Me fijo en las pequeñas manos de Carolina al volante, de largos y delicados dedos y me pregunto cuándo fue la última vez que estuvieron alrededor de mi miembro y no lo consigo recordar.

-   No estás triste pero no eres una persona feliz…

Empieza a decir Carolina…

-   … la indiferencia que trasmites es constante y la monotonía a la que me arrastras – vuelve la cabeza hacia mí- me da vértigo Franko…

Pone su mano sobre mi rodilla y un insólito repelús cruza todo mi cuerpo…

-   ¿Cuándo fue la última vez que te vi sonreír?

En menos de un segundo un vomitivo pero  agudo resentimiento hacia el género femenino  zarandea la percepción que tengo de mí mismo trastornando la idea del hombre que creo ser. Desengaños y peligrosas frustraciones que hacinadas gritan mientras se retuercen allí en lo más profundo. Y aunque creo firmemente en el razonamiento, en barajar las opciones con calma, en el "take it easy" y en que de alguna manera extraña no  somos aquello que pensamos, indudablemente el impulso está ahí, me sacude. Los gritos, aunque breves, son certeros.

-   La última vez que me agarraste la polla…

Cojo el tabaco de liar. Salgo del coche. Mi primera intención es la de salir corriendo. Pero no voy muy lejos. Apoyando la espalda contra la ventanilla del copiloto termino de liar el cigarrillo mientras mi mirada se posa en un buque viejo y oxidado que parece anclado  en el horizonte.

-   Anclado en el horizonte pero probablemente esté en movimiento.

Le suelto seguro al viento. Separo el culo del coche, me doy la vuelta y ando un par de metros. Levanto la cabeza y observo detenidamente el monte Benacantil a escasos metros del mar. Intento localizar la cara del Moro escondida en la mole rocosa. No tendré la habilidad necesaria. O será que la imaginación tengo atrofiada porque tampoco logro imaginarme al monte  como las manos abiertas de un titán saliendo de la tierra y ofreciendo El Castillo de Santa Bárbara al mar Mediterráneo. Aparto la mirada del castillo y observo las calles estrechas que dan entrada al casco antiguo. De una de las empedradas calles salen tambaleándose un grupo de chavales en evidente estado de embriaguez.

¿Qué se estará cociendo en El Barrio un miércoles por la noche?

Por un breve instante me dejo arrastrar por la fantasía de echar andar, hacia delante, sin mirar atrás, alejándome del coche. Me imagino entrando en el primer bar que encuentre; yéndome a la mierda. Pero rápido recuerdo que no tendría a donde ir. “EL CURE”, “EL PIXIES”, “EL KAOS” con el Gran Mario y la Meme a los mandos. Bares míticos, templos musicales, lugar de peregrinación para algunos. Borrados de un plumazo. Si hay algo que marque el inexorable paso del tiempo en la vida de un hombre es el número de bares que va dejando atrás.

Si no te cuide como esperas de mí que pueda llevar estos zapatos…

La voz desgarrada de Iván Ferreiro sale de la ventanilla bajada del coche y se mezcla con el de las olas rompiendo en la arena, con el soplido de la brisa nocturna.  Desde aquí puedo ver el Hotel Sol, espigado y deslucido y más allá los edificios altos que descansan al lado de la Playa Albufereta. Vuelvo a fijarme en la pandilla de pimpollos etílicos y en como el más cocido de todos  se dirige veloz pero torpe hacia una papelera.

-   ¡QUE NO ME VOY A CASA SIN METERLA EN CALIENTE!

Grita enajenado mientras hace el gesto de desabrocharse el pantalón y los demás miembros de la tribu se dan golpes en el pecho, en las rodillas, se agarran entre ellos para no caer y le ofrecen a la noche sonoras carcajadas.

-   ¡Di que sí tronco! Dale fuerte…

-   Grávalo. Grávalo todo. Por tu vieja que con esto lo petamos…

-   ¡Te advierto que es un poco frígida!

Tiro el cigarrillo al suelo y lo pisoteo despacio contra el alquitrán del parquin.  Abro la puerta del coche, tranquilo, en calma, en mi sitio. La tormenta ha pasado.

Las huellas se perdieron en la arena. Recuerda que soy quien luchaba con las sombras en las playas…

Tomo asiento y me llevo una pequeña sorpresa al encontrar a Carolina sonriendo. Una sonrisa sincera y cargada de indulgencia mientras observa como un homo sapiens sodomiza sin piedad a un contenedor de basura colgado de una pared.

-   Cecilia  ha mandado un mensaje…Dice que la cena ha sido todo un éxito, que tendríamos que repetirla…

Se vuelve hacia mí. Su tono cansado habla de pequeñas derrotas, lugares comunes y me reconozco rápido en esos pudo haber sido y no fue. Y por supuesto que el sexo insulso preñado de fracaso no es el final ideal pero nadie me podrá rebatir cuando afirmo que es el ingrediente más grato que le podríamos añadir a la noche.Me acaricia la cara  con delicadeza,  me ofrece un beso en los labios antes de acurrucarse contra mi cuerpo.

Mira esa luz, viene hacia aquí, la dejamos pasar…

-   El final de la eternidad… Echa para atrás ¿Verdad?- suelta pensativa –  ¿Por qué le daría al Ferreiro por un título tan jodido y rimbombante?

Levanto la mirada y veo como el grupo de borrachines se adentran despacio en el Paseo de la Explanada y se pierden finalmente entre los arboles de Canalejas.

-   Habría que preguntarle al gallego. Fue él quien escribió la canción…

De repente un extraño silencio parece adueñarse de  esta parte de Alicante. Agarro a Carolina con fuerza. Los ronquidos de la ciudad suenan en la distancia. Sirenas lejanas advierten sobre la fragilidad de las cosas.

Todos los finales son fatales si no sabes que vendrá…

Los labios de Carolina recorriéndome  el cuello, su mano ágil haciéndose hueco bajo mi pantalón, el badajo respondiendo alegre con eléctricas palpitaciones y los recuerdos de la vida que hemos compartido  organizándose armónicos en un final contenido.

…Mira esa luz, viene hacia aquí, déjala entrar.

                                                           

                                                          FIN

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Si se me permite, me gustaría aprovechar este momento para echar un órdago a aquellas personas, que como yo, sufren una extraña alteración en las funciones vitales cuando se ven abocados al vacío de un “Sobre Mi”. Vértigo, bloqueo, encogimiento de las partes nobles, picor en los ojos, moqueo, estornudos constantes, urticaria repentina… Es horrible, de verdad, créanme cuando digo que cuando nos vemos en esta situación la única salida que nos queda es echarnos en el suelo, formar un ovillo con nuestros cuerpos trastornados y esperar a que acabe la pesadilla. Y ahora que he logrado levantarme del suelo y recobrar algo de dignidad me pregunto si habré logrado mi propósito. Joder, estoy desvariando. No sé si tomarme un vino o una cerveza. En fin, me hare un vinito y mientras lo pienso.

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