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4 min
EL FONDO SUBMARINO DE UN VASO DE AGUA
Reflexiones |
21.02.08
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Sinopsis

EL FONDO SUBMARINO DE UN VASO DE AGUA

Estoy en una sala antigua. El suelo es un gran tablero de ajedrez: una baldosa blanca, una negra. Yo soy la torre, la pieza favorita de mi abuela. Mi abuela tiene la cara cubierta de pequeñas carreteras que confluyen en la barbilla. Sus ojos acuosos anuncian las cataratas que se han instalado en el color azulado de ese mar con el que mira sin ver. Un par de peinetas sujetan un moño recién peinado, donde las horquillas pugnan por escaparse. Huele a colonia fresca su pelo blanco, brillante nieve bajo la luz que se refleja en el balcón por el que ella mira y sueña. Su nariz continúa intacta, pero sus dientes, sonríen desde el fondo submarino de un vaso de agua. Todo su atuendo es negro, incluso las zapatillas con las que se mueve como una reina por el tablero de ajedrez. Mi abuela se llama como su madre, como mi madre; como yo me llamo. Aún falta mucho para que cada generación decida rebelarse y tener un nombre exclusivo, desligado del resto de la familia. Igual ocurre con el trabajo. Mi abuelo es carpintero, mi padre también, y mi hermano se deleita tocando la superficie barnizada de los muebles. Ya de pequeño jugaba con el serrín en el taller de mi padre, porque también mi padre jugó con las virutas del taller de mi abuelo.

El tiempo se ha detenido. En el dormitorio de mi abuela, se oye un coro de voces repitiendo los rezos. Primero los misterios: gozosos, gloriosos o dolorosos; luego la letanía. Después un silencio corto, y todas esas voces invaden el salón para tomar chocolate con suizos. Un desfile de olores se esparce por mi memoria, esa misma a la que me aferro para no perder mis orígenes. El azúcar brilla sobre la forma panzuda de esos bollos de leche recién horneados, a los que hay que tocar con cuidado, como si se tratara del cuerpo de un cachorro humano; mientras tanto, el color castaño del chocolate inunda la estancia de marrones lejanos, y lo hace sin piedad, tiñendo de rojo todas las mejillas. Mi abuela ha recuperado su dentadura, sus ropajes negros, su moño y su peineta. Huele a colonia fresca. La miro con mis ojos oscuros ausentes de agua; la abrazo desde la lejanía, como se abraza una quimera.

Adora el chocolate. Dice que a su edad, es de los pocos placeres que le quedan, porque envejecer es una continua merma. Con los años, asegura haber olvidado por completo los afanes del sexo, los embutidos, el café, el tabaco, la sal y el azúcar, así que de vez en cuando, se venga de la longevidad hartándose de chocolate. Muchas veces la sorprendo escondiendo una pastilla en la cómoda de caoba de su dormitorio, bajo siete llaves. El servicio es goloso y puede caer en la tentación. Pero de vez en cuando la abre para darme una onza. Mi gula la recibe como si fuera el plano de un tesoro, dejando que se deshaga en la boca, y colme mi lengua de expectativas.

Le gusta mirar por la ventana, absorta, aunque no vea, observando su huerto. Su vieja criada también envejece, pero sigue haciendo ramilletes con los jazmines del huerto. Un aroma de jazmín antiguo se aproxima, y contempla conmigo el declinar de la tarde; la manera cobarde que tiene de escaparse la vida, oculta entre las agujas del viejo reloj. Estoy segura de que ella supone cuál de las dos se irá antes, qué será primero, si el huevo o la gallina. Me pregunto si la reina de nuestro familiar tablero de ajedrez, teme jugar su última partida.

Pero sus dientes sonríen desde el fondo submarino de un vaso de agua.

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