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12 min
El Galeón.
Amor |
21.06.13
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Sinopsis

Sobre el resurgimiento del conde de Cagliostro.

Eran las seis de una mañana de junio que se adivinaba despejada, la primera del verano; el crepúsculo de la aurora había disipado las estrellas cuando de la ventana que da al patio interior del edificio irrumpió un gran estruendo que al instante se perfiló como la voz casi humana de un violonchelo.

-¿Eh? –desde el lado izquierdo de la cama, María Ángeles tenía la expresión de quien se enfrenta a una pesadilla que no le corresponde.

El volumen del reproductor era atronador y, sin embargo, la melodía, ¡qué melodía!; yo la conocía, el preludio de la primera suite para violonchelo de J.S. Bach, la que ha turbado los huesecillos de mis oídos como nada ni nadie en el mundo ha sido capaz de hacerlo; el ejecutante (no era la grabación de Pau Casals, inconfundible, sino una versión un poco más rápida y sostenida, más bachiana, bien mirado) caracolea con sus dedos sobre el negro diapasón como una mariposa en un campo de margaritas, ordena los sonidos voluptuosos del instrumento en series de compases cuaternarios de cuatro grupos de cuatro semicorcheas que van desarmando sucesivos acordes concatenados en arpegios, cuatro acordes por compás, escalando y descendiendo la serie cromática con sobria elegancia, como si se tratase de un estudio elemental de ejercicios de técnica musical; después de veintidós compases un último arpegio culmina una escala ascendente y muere suspendido en un calderón; el intérprete levanta el arco con su derecha y la mano izquierda deja pasar libre el aire entre las cuerdas, el chelo suspende el resonar de su caja, transcurre un silencio de tres semicorcheas que dura tres negras, y de nuevo el arco y los dedos se lanzan en picado hacia los compases treinta y uno al treinta y seis donde desarrolla un “bariolage” alternando un la estático en las semicorcheas pares y, por debajo y luego también por encima del continuo, una melodía en las semicorcheas impares, transitando luego hasta los compases treinta y siete y treinta y ocho del preludio donde otro bariolage (casi como un punto de pedal de bajo continuo de un órgano) en re rugiente y reiterado en las semicorcheas pares escolta una ascensión salvaje, trepidante y angustiada de ajustados semitonos en las semicorcheas impares hasta llegar al éxtasis, el sol agudo de la cuarta escala, donde mis frágiles huesecillos se sienten cimbreados, la piel de la nariz se estira hacia las cejas arqueadas y la vista, ahora habilidad trivial, desdibuja las figuras; en este momento la cuerda prima la del instrumento modula un sol muy próximo al puente, el sonido más agudo de todo el preludio, llenando el espacio de tensión extremada, cuerdas crispadas, que repetirá cuatro veces en otras tantas notas negras, cuatro soles arrebatados, en los compases treinta y nueve y cuarenta (un sol en negra seguido de otros dos soles en corcheas picadas seguido de otro sol negra y otros dos más en corcheas, y lo mismo en el siguiente compás), con un pie bajo en si de ocho semicorcheas en cada compás (dos para cada negra, una para cada corchea) que extrae del chelo los lamentos más descarnados, como si pronunciara un postrero te amo desesperanzado, hasta que en el penúltimo compás el sol desciende medio tono hasta un fa sostenido acompañado por un pie en do, medio tono aliviador y agradecido, que sirve para abandonar el modo menor más lúgubre y propiciar el modo mayor, sereno y armonioso, con el que se remata el preludio un acorde final sol-si-sol redondo y calderón; el mismo sol cuya tensa figura exacerbaba los sentidos (en el modo menor) ahora aparecía como un cuerpo lanudo y mollar, levemente mecido y flotante (modo mayor). La música maravillosa de Bach.

-Dios mío; José Manuel, hoy vas a hablar con el vecino. –(Sí, bajaré y le diré que le quiero, que, aunque no le conozco, yo soy su alma gemela, y él mi obsesión, mi sinrazón, quiero su despertador).

Diiin/dooon -Hola buenos días! verá, yo soy José Manuel, su vecino de arriba –sosteniendo la hoja de la puerta me atendía un anciano de edad indefinida, muy delgado y huesudo, menguado pero lleno de vitalidad que me miraba y sonreía todo interesado.

-¡Hola! yo soy Cagliostro, qué gusto saludarle; pero, por favor, pase dentro, no se va a quedar ahí- y yo, que siempre soy aquel vecino callado e inadvertido, inexplicablemente entré.

Me guiaba hasta el salón -verá, señor Cagliostro, resulta que esta mañana su despertador tenía el volumen… -que presentaba un estado de caótico desorden, rebosante de cajas de cartón repletas de libros usados -ajá, siéntese aquí, José Manuel; un poco desordenado, ¿verdad? –marchó a la cocina y trajo dos vasos de agua.

–Tome, amigo -su rostro tan expresivo y su mirada transparente causaban un irreprimible sentimiento de atracción –en la noche de hoy, noche de san Juan, saque a su ventana un barreño vacío donde recogerá el agua que pueda caer de la lluvia, y coloque también otro igual pero lleno de agua; la luna se bañará en él; después embotelle el líquido y tómeselo poco a poco durante el siguiente año; llegará a viejo, infalible, se lo dice Cagliostro “el gran curador” –ahora se reía con ganas, y yo con él, chocamos los vasos de agua salutífera, nos tomamos la mano; para justificar la invasión libresca me contó que regentaba una tienda de libros en Madrid, próxima a la Glorieta de Bilbao; -¿sí? –se me pusieron los ojos como platos.

-Se llama “El Galeón”* –resultaba que yo conocía esa librería…, será preciso indicar que es muy particular, nada más que una estrecha y oscura gruta abierta a lo largo del local a través de infinitas pilas de libros enladrillados hasta el techo que se ciernen sobre la galería formando arcos; por ese pasadizo solo transita el librero, el cliente debe aguardar afuera para recoger su pedido, habitualmente solicitado dos días antes (no es un lugar para curiosear tapas), y donde un par de posibilistas se prestan como ayudantes y vigilan los escasos ejemplares expuestos en la calle.

–Señor Cagliostro, yo frecuento “El Galeón”, y nunca le he visto a usted por allí, -está mi hijo Juanito, yo dirijo desde aquí –abría los brazos como queriendo abarcar su casa -en este momento se encuentra usted sobre el puente de mando de “El Galeón” –su rostro se tornó severo a modo de almirante oteador de horizontes esmeraldas; le conté al señor Cagliostro que estaba muy satisfecho con el servicio de “El Galeón”, que me había proporcionado todos los libros que le había solicitado hasta entonces, algunos ciertamente difíciles de encontrar; bueno, casi todos.

-Sólo hay un libro que no me ha podido satisfacer “El Galeón”.

-¡Cuál! –el viejo se puso en guardia al ver que su prestigio estaba en entredicho.

–“Anna Livia Plurabelle”, ya sabrá, la traducción al español del capítulo octavo del “Finnegans Wake” de James Joyce; comprendo que está descatalogado desde hace mucho tiempo.

-Parece usted un joven inteligente, bien, y agradable, muy bien, le gusta leer, ¿verdad? -Cagliostro se dirigió hacia una habitación que se abría al final de un pasillo, volvió con un ejemplar del Anna Livia Plurabelle.

–Tome, para usted, se lo regalo –ahora mostraba una sonrisa de encantador de serpientes este Cagliostro, no podía evitar que me evocara al legendario falsificador homónimo que inspiró a Alejandro Dumas.

–¡Muchísimas gracias, señor!; la verdad es que este libro solo lo buscaba por fetichismo, porque es ilegible, usted ya sabrá.

-Todavía no ha llegado el día en que pueda ser leído; los jóvenes -me señalaba con dedo largo y huesudo, -los jóvenes os tenéis que movilizar para que acaezca; la catedral que levantó James Joyce no debe quedar inconclusa, esta obrita es la culminación de la fabulosa aventura literaria emprendida por un gran hombre (yo le conocí, sí, qué gran hombre) -no comprendía qué quería decir, si está claro que decenas de páginas colmadas de letras colocadas al azar son necesariamente ilegibles.

-Hace mucho tiempo, querido José Manuel, nosotros bastante tuvimos con el “Ulisses” -proseguía el viejo, -los primeros años fueron realmente duros –mi desorientación acrecía nuevamente, no sabía a qué se refería, ¿la dificultad de comprensión intrínseca del texto? ¿los obstáculos que tuvo que superar la mítica novela de Joyce para llegar a las librerías (censuras y prohibiciones gubernamentales en Inglaterra y Estados Unidos, que la consideraban un panfleto pornográfico, escandaloso e inmoral)? pero, además ¿quiénes eran ellos, y qué hicieron? ¿comprende Cagliostro de que me habla de una novela que se publicó en el año 1922? ¿me ha dicho que él conoció a James Joyce? ¿va a resultar que es el conde de Cagliostro, el legendario timador francés que vivió en vísperas de la revolución francesa y del que, entre otras muchas cosas, se dice que con sus conocimientos de la alquimia dio con la fórmula que le hacía extraordinariamente longevo, casi un inmortal?

-La obra provocó un gran jaleo cuando se publicó, la sociedad burguesa, la que adquiría libros, parece que no toleraba…tantas libertades artísticas, ¿no cree usted? –yo trataba de sonsacarle aunque tanteaba como un ciego sin bastón. -Es cierto, pero nosotros éramos un grupo de jóvenes entusiastas que no nos deteníamos ante nada; lo conseguimos, finalmente, pero no fue fácil; nos batimos como leones -su mirada se tornó hacia mí con feroces reflejos iridiscentes subrayada por una sonrisa de franco orgullo, retadora; –¡nosotros nos llamábamos “La Hermandad”**!

-Ah, qué interesante, ¿se organizaron en una…logia? –parecía que había pulsado la tecla correcta.

–No exactamente, por lo menos no al principio, aunque pronto algunos se empeñaron en domeñarla, controlarla, lo que provocó discusiones, peleas y cismas; ahora La Hermandad está fragmentada en camarillas; hay una que se muestra muy activa, liderada por un utopista –su rostro tan expresivo adquirió un visaje sombrío, asentía lentamente mientras continuaba su historia.

-En particular, está…un cierto…enderrador…, un liante tergiversador –asentía frenéticamente con la cabeza, como señal de confirmación (innecesaria, desde luego) de que aquél era un tipo de cuidado.

–Él y otros de su ralea son los responsables, entre otras calamidades, se lo aseguro, del ocaso del libro de papel; él publica en electrónico, fíjese usted, ¡¡anatema!! –daba pasos briosos por el salón, que se le quedó pequeño a causa de la excitación.

–Me parece que exagera, señor Cagliostro, debería saber como librero que desde el nacimiento de internet ya nadie compra libros de papel, ni discos, ni películas, que los derechos de autor no…

-Lleva unas gafas ridículas -me interrumpió, -todo en él es odioso – sus gestos desfiguradores denotaban hastío (yo no estaba seguro si dijo enredador  u otra cosa).

–Y se comunica a través del internet, ¡es la gatera directa del infierno para acceder al mundo! ¡¡herejía, conjúrote!!

-Señor Cagliostro, contésteme ¿es usted conde? -Conde Alessandro di Cagliostro, médico, alquimieta, ocultista, Rosacruz, alto masón y caballero enamorado. No haga caso de lo que escribe de mí el mentecato de Alejandro Dumas en su "Memorias de un médico", no es más que una sarta de mentiras de un enfermo de envidia –no recuerdo a Dumas pero sí me hice después con el “Cagliostro” de Vicente Huidobro, que difieren poco, creo (un estafador, hipnotizador y hechicero que ha vivido muchas generaciones derrocando monarquías). Cuando me pareció más calmado me despedí de este anciano extraordinario, sea quien sea. Estaré pendiente de sus andanzas y de “El Galeón”.

 

*La librería “El Galeón” atiende al público en la calle Sagasta, 7, de Madrid; la descripción que de ella ofrezco intenta ajustarse a la realidad.

**“La Hermandad” es, en realidad, “La Hermandad de los Abderrahim”, un ingenioso mecano de construcciones literarias cuyo autor es ender (que también aparece mencionado, equívocamente, en este cuento). No le solicité permiso para utilizar su “Hermandad…”, pido perdón; surgió inesperadamente cuando trataba de dar forma al personaje de Cagliostro y ya no lo pude evitar, me fue impuesto por Cagliostro; y puesto que la literatura es juego, como los mecanos, apelo a la proclamada benevolencia de ender para que no se muestre demasiado severo con esta atrevida y torpe escisión de La Hermandad, pudiendo, desde luego, disponer de ella como mejor le pete. Mi deseo es que lo tome como una modesta muestra de admiración.

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Otros relatos del autor
  • Otra falta de unidad y equilibrio: parece desproporcionado el párrafo sobre Bach cuando su única función es la de servir de excusa para bajar a ver al vecino; porque el tema musical se abandona. (Por cierto me ha recordado el libro de Hofstadter Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle en el que se compara a los 3 a partir de la recursividad). Del mismo modo luego se tocan diversos temas: Cagliostro, la librería, J. Joyce, el libro de papel. Vale, sí, tienen en común el libro y la literatura, pero no están ensamblados sino ensartados uno detrás de otro.
    Buenos guiños en una historia donde la música toca su sonata. La historia, escrita con un estilo pulido, a veces ingenioso por sus expresiones, sabe mantener la trama hasta el final.
    Sorprendente y original enfoque de la literatura, la narracion pasa por momentos, sobretodo al principio en los que parece pura prosa. Me ha hecho recordar esas veces en las que buscamos libros que ya no se pueden encontrar,un buen guiño tambiñ´´en a la fantasia en la historia del conde,me recuerda a la del conde de saint germain y su vida mágica.Felicidades
    Mi casa está siempre invadida por la música. Siento que las emociones florecen con ella. Muy bueno lo tuyo. Eso sí, me matan los relatos tan, tan largossssssss
    Hola J.M.: a mí que me encanta la música clásica, me parece excesivo el número de líneas que le dedicas a la presentación de ese majestuoso despertador, será porque soy amante de lo breve... por lo demás me parece un buen texto, escrito con maestría, con guiños, referencias, sin demasiada intriga -eso si-, pero bien escrito.- Un saludo
    JM Boy! jajaja creo que te debo una explicación! no es que esté concisa, es que estos dos relatos están cortados en el inicio! Es decir, que han sido seleccionados para un libro: un recopilatorio de algunos de mis relatos, y entonces solo están colgados los principios para que el lector conozca algo, el inicio, lo justo para despertarle las ganas y la curiosidad de comprar mi ebook en amazon para seguir leyendo! Un abrazo!! ;-)
    Me encantan los guiños, yo los utilizo muchas veces cruzando mis relatos o metiendo en ellos a conocidos de estos lares. Me guardo este, que me gustó. Como iba a molestarme todo lo contrario. Me costó más interpretar el primer párrafo porque no entiendo de música, pero tiré de Bach y youtube para impregnarme de la esencia. Tenía un amigo hace muchos años que tocaba el saxo y habia aprendido por un sistema de colores del que nunca me enteré (acabó mal, enganchado a la heroina, una de esas historias lamentables) El resto del relato lo he disfrutado acompañado de la misma música, y me han encantado todas esas referencias que vas sacando para terminar de armarlo. Gracias por el saludo literario.
    Soy admirador de Bach, me gustó mucho la descripción de la ejecución del preludio (sería Rostropovich? tal vez Yo-Yo Ma? Apostaría por el primero. Luego se me hizo muy interesante el diálogo y por qué no, divertido, porque es cierto, la literatura es juego. (aclaro que no puedo leer más de media página seguida de Joyce, me siento frustrado) Lo disfruté, gracias! Saludos
    Sigue con el vigoroso encuentro entre los dos personajes principales, y nos trasladamos a Joyce. Decía Joyce - creo recordar- que al escribir Finnegans estaba proporcionando tarea a los críticos para cien años o más. No se si así habrá sido. La obra de Joyce, no por su culpa, cerró más caminos de los que abrió - suele pasar cuando se alcanza una cumbre-. Y finalmente, cerrando un suave bucle, la narración hace referencias a esta página web, nos devuelve a esta realidad. ¿Qué queda, finalmente? En mi opinión, un poderoso y sugestivo despliegue de literatura y de saber.
    Lo malo de que J.M. Boy publique un relato es que no podremos disfrutar de los siempre ingeniosos y esclarecedores comentarios que hace a muchos otros textos. Lo bueno, es que es una narracion de J.M. Boy. Una narración que empieza con la brillante descripción de una obra musical (creo recordar que A.Huxley también lo hace, y también sobre un concierto de Bach -quizá éste mismo- en Contrapunto)Frecuento a Bach y creo poder decir que el fraseo literario reproduce muy bien el fraseo musical, en toda su barroca armonía y espléndida sinuosidad. (sigo en otro comentario porque se agotan los caracteres)
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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