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14 min
El Grajo conoce a la Juany
Varios |
03.02.15
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Sinopsis

Es un relato de novela negra en clave de humor. El protagonista es un detective a la antigua usanza que se mueve en los barrios marginales pero su fama de buen sabueso le lleva, a veces, a tener casos interesantes. En esta primera historia conocerá a los que serán posteriormente sus colaboradores más estrechos. Personajes pintorescos, vocabulario callejero y situaciones desenfadadas. Un relato sin más pretensiones que las de hacer pasar un rato entretenido al lector.

 

 

 

             En el fondo era un líder amargado.

 Era un rufián de nacimiento. Desde niño ya marcaba maneras reventando a los demás en los momentos menos oportunos.

    Era alto y enjuto, consumido, casi impalpable. Era uno de esos flacuchos que por mucho que coman no logran pegar carne al hueso y eso le agriaba, si cabe, aún más el carácter.

 

   Le carcomía la envidia al toparse con esos  pimpollos fornidos que, apoyados en la barra del bar, marcaban bíceps. Su  deseo más recóndito era el de  ser corpulento y recio para poder intimidar a los demás con su sola presencia.

   Ese anhelo de lo imposible era la causa de su lengua viperina. Quisquilloso y corrosivo, había aprendido a usar las palabras como  estiletes afilados.

   Siempre vestía de negro. Cosa que le iba al pelo, le apodaban el Grajo y  se enorgullecía de ello.

   Intentó entrar en el Cuerpo en varias ocasiones no superando las pruebas de aptitud debido a su cinismo. Alardeaba, en su defensa,  de  que lo suyo no era combatir el mal, sino  rastrearlo y destaparlo demostrando así su valía.   Eso se le daba bien, y como de algo hay que comer, decidió sacarle partido convirtiéndose en detective privado.

 

   Su despacho, a su imagen y semejanza, era pequeño y escuálido, en un barrio de mala reputación, sucio y desaliñado, pero aun así, como su fama le precedía, todos los días había alguien en la puerta.

    

   Esa mañana llegaba tarde. Le dolía la cabeza, la resaca de la noche anterior le empastaba la boca y no le dejaba ver las cosas claras. En la puerta, apoyada en la pared y envuelta en un abrigo verde, una joven rubia le esperaba marcando el compás con el pie derecho.

   Sin decir una palabra, el Grajo, abrió la puerta dejando salir el aire viciado del interior.

 - ¡Entra!  -dijo a la joven sin ni siquiera mirarla.

   La muchacha dudó, el penetrante olor  a puro apagado que salía del despacho se le agarraba a la garganta.

   - ¿Pasas o te quedas sujetando el muro?   -Preguntó dejando el sombrero sobre la jaula vacía y metiendo en su interior la cartera y el teléfono. Se la habían regalado con un grajo dentro que él liberó instantes después, cuando se quedó solo.

  - ¿Tienes dinero, pequeña?

- ¡Claro!   -Contestó ella desabrochándose el abrigo.

 

 La miró de arriba abajo sin importarle que eso pudiera molestarla.

 Ella, le caló rápido y no movió ceja.

   -Tú dirás, ¡no pienso pasarme el día adivinando tus problemas, querida!

   Ella se sentó como si no le hubiera escuchado.

   -Quiero que vigiles a mi marido   -dijo sin descomponerse.

   Él se retrepó en el respaldo poniendo su sonrisa más burlona.

 -Te engaña con otra… con una morenaza de infarto que te da sopas con ondas, ¿verdad, muñeca?

 Ella se miró las uñas recién esmaltadas de rojo sangre -Nada de eso  -dijo al fin- .He descubierto que intenta matar a alguien.

-¡Ah! ¿Y quién sería el pobre infeliz?

-¡El pobre infeliz serías tú, pedazo de fanfarrón!

   El mazazo lo sintió en las sienes, hacía tiempo que nadie le trataba así, la rubia le pagaba con su propia moneda, la última que se atrevió a hablarle de esa manera había sido su hermana Clara, la odiaba, y notaba que ese sentimiento iba creciendo dentro de él  hacia la muchacha que tenía delante.  -¿Pero quién te has creído que soy yo para permitirte hablarme de esa manera?- le preguntó enrojeciendo por momentos.

   La mujer, sin quitarle la vista de encima como si temiera que la pudiese desnudar con la mirada si lo hacía, se abrochó el abrigo con lentitud desesperante, sonrió, casi sensual, agarró el bolso de fiesta que había dejado sobre la mesa y dirigiéndose hacia la salida  le contestó:  -Un idiota más.

   Cuando salía por la puerta oyó una voz a sus espaldas: -ese bolso no te pega nada… nena

 

   El la miraba, por la ventana, alejarse calle arriba apretada en su horrible abrigo verde

   -¿Fanfarrón a mí? ¡Pero qué se habrá creído la chalada esa!

   Vio una tarjeta  en el suelo, se agachó para cogerla en el preciso instante en el que una bala atravesaba el cristal de la ventana empotrándose en el único libro de derecho de la estantería.

  -Bueno. - Dijo agazapado en un rincón-,  por lo menos ahora tengo un motivo para tirarlo.

Se asomó a la ventana pero no logró ver a nadie.

 

                         Leyó la tarjeta: 

                                                                          Cafetería  La Juany

                                                                          calle Mala vida 13.

 

Se colocó el sombrero y salió en busca de un café que le aclarara las ideas.

 

 

 

              Detrás de la barra  estaba La Juany, con su sonrisa casi sensual miraba al Grajo avanzar hacia ella 

-¿Sigues vivo, fanfarrón?

   -Si me vuelves a llamar así te reviento la cara, nena

   -De nada, ¡no hace falta dar las gracias por una “tontá” como la de salvarte el pellejo!  Yagarrándole de improviso por la pechera concluyó: -si te atreves a ponerme las manos encima serviré criadillas de aperitivo esta mañana… ¿te enteras?

   El Grajo no se lo esperaba, era la segunda vez que la rubia le ponía firmes esa misma mañana. Gracias a Dios  la cafetería estaba desierta si no la hubiera tenido que matar ahí mismo.

   -¿A qué has venido?  -Preguntó ella con una enorme sonrisa.

   El Grajo comprendió que debía de andar con pies de plomo con esa mujer, era demasiado impredecible, tenía la capacidad de cogerle por sorpresa y dejarle desarmado.

  - ¿Quién es tu marido, nena?   -Preguntó con indiferencia.

   -No le conoces de nada.

   -No te he preguntado eso   -contestó nervioso el Grajo, él quería respuestas directas a sus preguntas, no había ido ahí de charla.

   -¿Una cervecita para calmar los ánimos?

   -Sí, ponme una, creo que la necesito.

   -¿tienes dinero?   -Preguntó mientras tiraba una caña y se la plantaba delante con un golpe seco.

   -Nena… ¿te has propuesto fastidiarme o has decidido acabar el día en el depósito de cadáveres?    -Preguntó el Grajo rojo de rabia.

   -Nada de eso, cariño,  yo soy así, ya puedes ir acostumbrándote- dijo ella alejándose prudentemente de la barra.

   -Está bien, has ganado la partida por goleada, eres casi tan cabrona como yo, pero ahora cuéntame lo que sepas.

 

 La Juany se tranquilizó, la pelea de gallos había concluido, ambos sabían a quién tenían delante.  Se sirvió una clara y se acercó a él y mirando a todos  lados como temiendo que alguien pudiera oírla.

   -Mi marido no es trigo limpio, no me fio de él, es violento y cada vez se está metiendo más en la mala vida. 

   Hizo una pausa que aprovechó rápidamente el Grajo para cortarle el rollo

   -Mira, nena, no he venido aquí a compadecerte aunque te aconsejaría que cambiaras el  bar a otra calle para empezar a arreglar tus problemas, pero a mí me acaban de disparar en el despacho…

   -Te avisé, o por lo menos lo intenté, si no fueras tan fanfarrón como…

   -¡No empecemos otra vez y suéltalo todo, nena!

   -La otra noche Pepe creía que yo estaba durmiendo. Habló sin remilgos por el móvil, apuntó tu dirección en un papel y le aseguró al otro tío que no pasarías del día siguiente. Por eso fui a avisarte, pero visto que no te importaba na…

 

 -¡Juany! ¿Vas a callar de una vez esa bocaza que tienes? ¡No me extraña que tu marido te zurre…con una cotorra peleona como tú yo haría lo mismo!   ¿Quién era el del teléfono?

 -No tengo ni idea, tío.

   -Ni tío ni fanfarrón, llámame Grajo, a secas, ¿está claro?  -Contestó dejando en la barra un billete de veinte euros. 

   -Clarísimo, meridiano… después de todo no me caes tan mal. -Le saludó la Juany guardándose el billete en el bolsillo del delantal.

El detective salió del bar, se dio la vuelta, la miró y dijo:  -cómprate otro bolso, ¡con ese pareces una buscona barata!

 Se metió en su viejo Ford aparcado en la esquina. Bajó la ventanilla y encendió un puro, desde ahí divisaba la barra perfectamente.

 El tiempo pasaba, el suelo de la parte de atrás estaba lleno de bolsas de comida vacías y en la guantera no quedaban más provisiones ni nada para beber. Se estaba poniendo nervioso y el mal humor estaba llegando  a cotas peligrosamente elevadas.

    Por fin apareció el tipo.

 

            Debía de ser él, no cabía duda alguna,  musculoso, frente corta , cejijunto y aspecto de matón. Pasó detrás de la barra y se sirvió una copa sin mirar siquiera a la Juany.

   El Grajo era listo y astuto, no se le escapaba nada. Era de esos que podía darte el nombre de tu abuela con solo estar media hora contigo. Desde su punto de observación seguía todos sus movimientos conociendo así sus posibles reacciones.

 

   El gallito y la Juany cerraron el bar y, cada uno inmerso en sus cosas, se dirigieron calle abajo hasta llegar a una escuálida casucha en la que les esperaba un chaval de unos quince años bebiendo un botellín a morro en la puerta con un par de amigos. La Juany le reprendió pero el chico no hizo caso alguno.

   El Grajo permaneció a la espera. Estaba acostumbrado a esa vida de mierda,  total, una buena comida no le habría hecho ganar peso, de eso estaba ya totalmente seguro.

    Había notado que el hombre era lento de reflejos y eso le proporcionaba una ventaja no indiferente.

 

               El tal Pepe volvió a salir, en la calle no había ni un alma. Las luces de las ventanas de las casas vecinas estaban ya todas apagadas y en la oscuridad de la noche el golpe en la nuca retumbó como una olla de barro quebrada. El Grajo logró meterlo en el capó de su cacharro  sudando tinta por el peso del hombre y salió a toda velocidad de la ciudad.

    Cuando despertó, Pepe, se encontró maniatado en el suelo de una vieja cabaña, dolorido y con un gran dolor de cabeza.

   -Buenos días bello durmiente, ¿Has descansado bien?  -Preguntó el Grajo desde una destartalada silla de madera.

   -Quién eres y qué me has hecho, ¡cabrón!   -Logró farfullar el tipo en el suelo

   -¡Mide tus palabras amigo o te dolerá algo más que la azotea!, dime… ¿el majadero que te paga para matarme no te avisó de quién era yo?

 -¡No sé de qué me hablas, tío!

   -¡Cómo no lo vas a saber si has intentado meterme una bala entre ceja y ceja esta misma mañana! ¿No te dijeron que ibas a por el Grajo?

 -¡No sé nada de grajos, tío, suéltame de una vez!

   -Muy bien. Como no sabes nada iré a ver de qué me entero por ahí. Allí tienes agua, tendrás que beber como un perro, procura no tirarla porque no hay más, te dejo también un mendrugo de pan, si me matan, tú morirás de inanición… ahh, es inútil que grites, el bosque está vallado, nadie podrá oírte desde la carretera.  -Se levantó y fue hacia la puerta.

   -Espera, tío, no me dejes aquí.

   Era la tercera vez que le llamaban tío en dos días, estaba empezando a hartarse de toda esa historia…

   -¿Se te ha refrescado la memoria, amigo?

   -Creo que sí, déjame beber un poco y te contaré lo que sé.-

   El hombre se acercó de rodillas al tazón de agua y al intentar beber lo volcó completamente.

 -Te dije que no quedaba más, ¿recuerdas?

   -¡No irás a dejarme aquí de esta manera!

   -Probablemente no, a lo mejor, traigo a tu hijo a hacerte compañía.

   -¡Espera, hablaré, yo solo necesitaba dinero, debo mucho y me matarán si no obedezco!

   -¿Por qué todos se empeñan en contarme su asquerosa vida? ¿Es que tengo pinta de hermanita de la caridad?

   -No, claro que no, te lo contaré todo, escucha, debo dinero de juego y esos memos me han prometido ponerle una piedra encima si te mato, te lo juro por la Juany, tío, es la verdad…

   -Quiero nombres, y más te vale no mentirme.  -Continuó el Grajo llenándole nuevamente la taza de agua.

   -El Pesetas y sus matones… son los prestamistas de la calle de la Esperanza, en el número 10, por favor… ¡no me dejes aquí!

   -Aprende a beber como el perro que eres, espero que no me hayas mentido o tu chaval va a lamer las gotas que tires

 

              El Grajo cerró el candado de la puerta de la caseta y se marchó dejando una nube de humo negro tras de sí.  -¡En la próxima ITV me joderán si no lo arreglo!

   La calle de la Esperanza estaba desierta a esa hora y la guantera del viejo Ford repleta de comida basura.

   Él conocía al Pesetas, ese viejo tacaño malnacido las pagaría todas juntas, intentar jugársela al  Grajo no tenía perdón.

   Le vio entrar en el portal usando la llave, señal de que arriba no le esperaba nadie. Dejó pasar unos minutos para darle tiempo a bajarse los pantalones en el wáter y subió a grandes zancadas los pocos escalones que conducían al piso. Reventó la puerta de una patada y le apuntó con su vieja colt desde la entrada, el wáter estaba justo en frente y el Pesetas cómodamente sentado encima de él con la boca abierta y el culo prieto.  ¡Cantó!, ¡como cantó el muy gallina!  El Grajo le dejó amordazado y atado, bien sentadito en su trono, luego llamó a la policía.

 

 La urbanización estaba tranquila a esas horas de la madrugada. El Grajo se arregló el traje intentando disimular las mil arrugas de la americana negra y llamó al timbre.  Tuvo que esperar bastante, demasiado para su gusto. Notó el clic del telefonillo con videocámara que tenía encima del cogote y esperó un poco más, por fin la puerta se abrió y apareció su amigo Juan.  -¡Grajo! ¿Qué se te ofrece a estas horas de la madrugada?- preguntó el hombre intentando disimular el miedo que tenía

   El Grajo no esperó una invitación y entró en la casa con las manos en los bolsillos.

- ¿Cuantos años hace que somos amigos, Juan?

   -No sé… unos diez… ¿quizás?    -Respondió el hombre cerrando la puerta inseguro.

   Juan era abogado, se habían conocido en un curso de esos que imparte la policía para gente del oficio y desde entonces habían cerrado un montón de casos juntos.

   -Te dije que no te denunciaría, que había sido un accidente y que te cubriría aun poniendo en juego mi futuro, pero tú querías más, querías verme muerto para estar más seguro, ¡fanfarrón! ¡Ahora sí que la has cagao!

   A lo lejos se oía la sirena policial, Juan intentó huir, pero ya era demasiado tarde.

 

-¡Ponme una caña, Pepe, y que esté bien tirá!

   -Descuida, Grajo

   ¡Cómo le gustaba al detective ver a un hombretón doblegarse ante  él! A partir de ese momento, aquél sería su bar preferido.

   -Espero que la Juany esté bien,  - preguntó mientras sorbía la espuma de su cerveza.

   - Sí, ahora vendrá, tenía que ir a comprarse un bolso.  

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Me dedico a la pintura decorativa y escribo por pasión.

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