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11 min
El Gritón
Terror |
21.03.15
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Sinopsis

A veces vender el alma es la peor decisión que puedes tomar. Se nos refleja una leyenda popular, de esas que se cuentan en las aldeas y comunidades alejadas a la ciudad.

El gritón

 

Lo que a continuación leerán, no es una historia sacada de los libros de terror, ni mucho menos, un cuento de fantasía. Esta es una historia real, vivida por muchas personas y comentada por todos desde hace mucho tiempo. Esto sucedió hace aproximadamente noventa y cinco años (95 años) en las cercanías de la aldea “Río Grande”, específicamente en dirección a la aldea aledaña llamada: “Río Grande Abajo”.  Todo parecía transcurrir con normalidad, el viento soplaba y las nubes se deslizaban en el cielo. El río acariciaba las piedras y hacía que silbaran los finos brotes verdes dentro de las aguas. La familia Barrientos Salazar ejercía sus labores cotidianas. El padre, Don Agustín Barrientos cultivaba la tierra, como lo hacía todas las mañanas. La madre, Doña Francisca Salazar, más conocida como Doña Pancha, echaba las tortillas en su comal que ahumado se encontraba. Metido en una hamaca que se sujetaba a los troncos gruesos que sostenían el techo de la casa, se encontraba un bebé durmiendo apaciblemente, mientras en el patío de la vivienda jugueteaba un perro con un hueso. Doña Pancha detuvo su trabajo y salió al patio a recoger una “manta” que se había caído al suelo, al levantarla fijó su mirada en el cielo y en ese momento supo que algo malo sucedería. Con inquietud en su corazón volvió a la cocina,  mientras que su cuerpo se erizaba al sentir un aire frío recorriendo su espalda. Un grito de espanto y desespero se escuchó por la ventana de varitas que tenía la casa de Doña Pancha, el bebé que dormía tranquilamente despertó afligido y atormentado por aquellos alaridos de aflicción que se colaban hasta el patio. Doña Pancha corrió rápidamente a la puerta de lámina que tenía su casa, para atender aquella alma en pena que la visitaba llena de desesperanza.

 

  • ¡Pancha! ¡Pancha! – Decía aquella voz llena de aflicción – ¡Ni sabes lo que acaba de pasar!

 

Doña Pancha llegó a la puerta casi tropezándose y al salir se dio cuenta que era Doña Felipa la que desesperadamente la buscaba.

 

  • ¿Qué pasó? – Preguntó Doña Pancha con un tono de intriga.
  • ¡Le pasó algo a Don Agustín! – Dijo Doña Felipa tragando saliva de la angustia.
  • ¡¿Qué fue lo que le pasó?! – Exclamó Doña Pancha mientras que la desesperación la atormentaba.
  • ¡Don Agustín se desbarrancó del terreno y esta grave! – Comunicó Doña Felipa mientras agitaba los brazos por los nervios.   

 

Sin pensarlo dos veces Doña Pancha tomó al bebé que lloraba agitado por el susto  y junto a Doña Felipa se dirigieron al lugar de los hechos. Al llegar, ambas pudieron observar que cerca del río se encontraba el cuerpo de Don Agustín ya sin vida. Las personas curiosas impedían apreciar con detalle el acontecimiento, pero Doña Pancha observó en el suelo marcas que denotaban que Don Agustín había sido arrastrado hasta ese lugar. Uno de los vecinos que se encontraba ahí se acercó a Doña Pancha y viendo que ella estaba despedazada por lo sucedido, se la llevó con paso lento hasta su casa. Mientras los dos caminaban rumbo a la construcción de adobe y varitas en donde vivía Doña Pancha ella le hizo una pregunta al vecino:

 

  • ¿Qué fue lo que pasó?
  • La verdad no se sabe Doña Pancha, Don Agustín ya se encontraba en ese lugar y desde que lo vieron nadie lo ha tocado – Respondió el vecino.
  • ¿Pero lo mataron o que pasó? – Preguntó Doña Pancha conteniendo el llanto.
  • Pues la verdad, nadie sabe… – Dijo el vecino con  un tono de  nerviosismo en su voz.

Ese suceso marcó la vida de todos. Doña Pancha quedó destrozada por la muerte de Don Agustín. Los vecinos en cambio, comenzaron a comportarse de manera distante con Doña Pancha, ella no sabía porque lo hacían, pero podía darse cuenta que lo hacían porque algo les incomodaba demasiado. Quince días después de lo ocurrido, sonó la lámina de la puerta de la vivienda de Doña Pancha. Ella se sorprendió, ya que desde que su esposo había muerto, nadie la había ido a visitar. Con un poco de temor se acercó a la puerta y su sorpresa fue tan grande cuando vio a Don Roberto Lima parado afuera.

 

  • ¡Don Roberto! ¡Qué milagro! – Dijo Doña Pancha secándose las manos en el delantal.
  • El milagro de siempre – Respondió Don Roberto dirigiendo su mirada hacia todos lados como escondiéndose de algo o de alguien - ¿Puedo pasar? – Concluyó preguntando.
  • ¡Claro! ¡Pase adelante! – Respondió Doña Pancha invitando con su mano a Don Roberto.
  •  Disculpe que la vengo a molestar a esta hora; pero… Necesito  hablar con usted – Dijo Don Roberto sujetando raramente su sombrero.
  • Y ¿Qué es lo que quiere hablar conmigo? – Preguntó Doña Pancha llena de intriga.
  • Es sobre Don Agustín – Dijo Don Roberto titubeando un poco – Hace unos meses, Don Agustín y yo tuvimos una conversación. Hablamos de todo lo que hacíamos a diario como trabajar, mantener a nuestras familias y eso; pero algo me sorprendió de todo lo que él dijo y fue una parte en donde él mencionó al diablo.
  • ¿Al diablo? – Preguntó Doña Pancha apretando sus manos.
  • Sí Doña Pancha; pero tranquila, solo déjeme terminar – Dijo Don Roberto tocando el hombro de Doña Pancha – Cuando el mencionó al diablo yo me puse nervioso y le dije que dejara de hablar tonterías, que mejor cambiáramos de tema. Don Agustín serenamente me dijo que tenía ganas de venderle su alma al diablo, entonces, yo le dije que pensara en Dios en lugar de pensar en el diablo; pero solo me sonrío y me dijo que yo jamás entendería cuáles eran sus motivos. Yo supongo que todo esto que le sucedió fue por lo que  dijo. Tenga cuidado Doña Pancha, no vaya a ser que el diablo regrese y se la lleve a usted también – Terminó Don Roberto poniéndose de pie.
  • Mire Don Roberto – Dijo Doña Pancha poniéndose de pie y con un tono de enojo en su voz – Yo me he tenido que aguantar que todos me vean raro; pero no voy a permitir que usted venga a mi casa y me quiera sentenciar a muerte por una ocurrencia suya. Quien sabe que fue lo que ustedes dos hablaron y solo mi Dios sabe que fue lo que le pasó a mi esposo; pero estoy segura que el diablo no tuvo nada que ver en todo esto, fue esa gente mala y envidiosa que vive en este lugar. Váyase de mi casa por favor y no vuelva por aquí ¡jamás! – Concluyó Doña Pancha sacando casi a empujones a Don Roberto.

 

Doña Pancha se sentó en un catre viejo que tenía al lado de la cama y comenzó a llorar. Se sentía desilusionada y preocupada a la vez. Todo lo que Don Roberto le había comentado la había dejado inquieta y pensativa. Al llegar la noche, Doña Pancha terminó de darle pecho al bebé y lo acostó en la cama, ella en cambio se puso a costurar su vestido que estaba deshilado del ruedo.  Poco tiempo después la llama del candil que la iluminaba comenzó a temblar, como si alguien la estuviera soplando. Doña Pancha se sorprendió porque no estaba corriendo aire como para que la llama se moviera; pero lo dejó pasar como algo común sin darle importancia. Instantes más tarde Doña Pancha escuchó que en la cocina sonaban los trastos que ella utilizaba para cocinar, rápidamente se levantó para ver qué era lo que sucedía,  pensando que era un gato que había entrado para comerse las sobras; pero su sorpresa fue grande, cuando al entrar observó que los trastos estaban en su respetivo lugar y nada se había caído al suelo. Entonces, esa sensación de temor comenzó a invadir la mente de Doña Pancha. Le llegaban pensamientos que reafirmaban lo que Don Roberto le había comentado durante la tarde. Ella valientemente se hizo una cruz en la frente y dijo en voz fuerte y clara: “Reprendo todo mal espíritu en el nombre de Dios”; pero al parecer esas palabras no detenían el temor y el miedo que habían comenzado a gobernar su  mente. Con paso apresurado volvió Doña Pancha a donde se encontraba la cama y sujetando con firmeza la sabana que cubría al bebe se tapo de pies a cabeza. Doña Pancha sintió como si una sombra repulsiva la perseguía y cuando se metió bajo la sabana sintió como se apartaba de ella.  Doña Pancha tenía miedo de ver lo que había afuera de la sabana, nunca tuvo esa sensación de temor y angustia en los días pasados; pero ahora, esa sensación era constante. El perro que estaba amarrado en el patio comenzó a ladrar como nunca, estaba inquieto, parecía como si algo lo hostigara. De pronto, aquellos ladridos se acabaron, solo se escuchó un pequeño llanto que entre ecos se perdía y el silencio gobernó nuevamente el patio de la casa. Doña Pancha se asustó aún más al no escuchar al perro ladrar ya que se le hacía raro que de un momento a otro lo dejara de hacer. La piel de Doña Pancha se erizó cuando en el corredor de la casa escuchó unos pasos  que poco a poco se acercaban a donde ella estaba. Ella apretó la sabana con sus manos y cerró los ojos, mientras aquellas pisadas se hacían cada vez más pesadas. El sonido que emitían era muy parecido al sonido que hacen los cascos de un “chivo”.  Los pasos que Doña Pancha escuchaba se detuvieron justamente enfrente de ella. La llama que iluminaba aquel cuarto compuesto de adobe y de barro se apagó. El sudor frío comenzó a recorrer el cuerpo de Doña Pancha y a como pudo abrazó al bebe que tenía al lado suyo y comenzó a rezar una oración. Doña pancha sentía que sus mandíbulas no se movían a su voluntad, sino que el miedo las frenaba. La oscuridad era espesa en aquella habitación pobre y fría, y aquella sensación de temor y de miedo incrementó aún más en el interior de Doña Pancha cuando sintió que unas manos grandes y gruesas comenzaron a sujetar al bebe por la cabeza. Ella no pudo soportar la angustia al pensar que a su bebé le sucedería algo malo si no actuaba en ese momento. Aquellas manos ásperas y huesudas sujetaban el cráneo del bebe con tanta fuerza que el bebé por más que intentaba llorar no podía hacerlo. Doña Pancha se llenó de valor y bruscamente se quitó la sabana del cuerpo. Doña Pancha sintió como su cuerpo se congelaba cuando vio parado frente a ella un monstruo esquelético con la carne pegada a los huesos, la cabeza de aquel desfigurado personaje parecía óvalo, en la parte de los ojos solamente había agujeros con gusanos saliendo de ellos. Su boca estaba costurada y los gemidos que emitía eran agonizantemente infernales. Doña Pancha estaba aterrorizada por aquella escena inquietante que vivía, solo veía como su bebé era sujetado por aquellas manos largas, ásperas y huesudas sin poder hacer nada para impedirlo. Aquel monstruo sujetó las piernas del bebé con una mano y con la otra sujetó su cabeza y con un movimiento brusco y precipitado dislocó el cuello de aquel niño inocente. Doña Pancha pegó un gritó de desespero tan intenso que hasta en las colinas pudo escucharse. Ella cayó al suelo y sin poderse levantar dejó que aquel desfigurado personaje se llevara a su hijo muerto; pero antes de que se retirara totalmente de la vista de Doña Pancha pronuncio estas palabras: “Vendré pronto por tu alma”. Así fue como Doña Pancha perdió  la cordura y jamás volvió hacer la misma desde aquel día.

 

P. Cardona     

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