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13 min
EL HEREDERO DE LUZ 1ª PARTE
Fantasía |
31.12.17
  • 5
  • 1
  • 1740
Sinopsis

Las fantásticas aventuras del heredero de un Reino Maravilloso y lleno de Magia...

El viajero se detiene ante la puerta de la posada y golpea, suavemente con los nudillos.

            ―¡Ayúdenme, por favor! –El viajero, vuelve a golpear la puerta, esta vez con mayor insistencia―. ¡Necesito ayuda!

            ―¿Qué ocurre, quién anda ahí? –La puerta se abre con un leve crujido y una anciana mira al caminante, sonriéndole con expresión bondadosa.

            ―¿Puedo entrar?

            ―Pase, pase; le esperábamos –la mujer, se aparta a un lado, para dejar entrar al hombre.

            Es éste un apuesto varón de treinta y pocos años, de cuerpo atlético, y larga melena blanca, rasgo distintivo de todos los Luminae.

            ―Le hemos estado esperando, Señor –el marido de la anciana, sale del fondo de un oscuro cuartucho, tendiendo una vieja y arrugada mano hacia el recién llegado―; el joven Príncipe está preparado para partir.

            ―Hemos de darnos prisa, los sicarios de Tenebro, me vienen pisando los talones –agotado por el largo viaje, el viajero se sienta en una silla de madera, mientras la anciana, marcha unos instantes para regresar, poco después portando en brazos un bebé de pocos meses, que duerme plácidamente.

            ―Aquí está el pequeño Príncipe, Señor. Ahora, todo depende de usted –con gran cuidado, la buena mujer deposita el bebé en los fuertes brazos del hombre, que acuna al pequeño con gran ternura.

            ―Éste es el joven destinado a acabar con el malvado –susurra, mientras besa los níveos cabellos de la criatura―. Y, yo, el encargado de hacer de él un guerrero fuerte y poderoso.

            ―¡Deprisa, Señor! –Con expresión horrorizada, el anciano, empuja al viajero hacia la parte trasera de la posada, más allá de las cálidas y cómodas alcobas, donde descansan otros viajeros―. ¡El enemigo se acerca, ya se oyen los cascos de los caballos!

            Sinceramente agradecido, el viajero, estrecha las manos del anciano entre las suyas, antes de montar sobre el blanco corcel, que la pareja ha estado cuidando en espera de ese mismo momento.

            Ésa será la última vez que estas tres personas se vean.

            El animal resulta ser un magnífico ejemplar que, en poco tiempo conduce al hombre y al niño a un lugar seguro, oculto en la espesura del bosque. Una vieja choza de troncos y rocas.

            ―Bien, Alteza, a partir de este momento, todo depende de nosotros…

            Y, pasa el tiempo. Y, el niño, crece, sano y fuerte. Y su tutor se siente orgulloso de su alumno.

            Hay, sin embargo, una cosa que entristece y enturbia sus apacibles vidas. Llevan diecisiete largos años viviendo solos, sin saber nada de lo que ocurre más allá de los límites del bosque, que se ha convertido en su amigo, en su aliado, en su hogar, dejando que se centren, única y exclusivamente en el aprendizaje del muchacho. Hasta ese día…

            ―Maestro –con aire respetuoso, el bello muchacho, se acerca a su amado tutor que, sentado en un taburete de madera, se ocupa de fabricar una nueva remesa de flechas para el entrenamiento de tiro con arco―. ¿Me dejáis marchar a buscar las trampas?

            ―Claro, Pupilo, coge uno de los sacos, y mete dentro las piezas que hayan caído en los cepos –el hombre, alza la vista hacia su protegido, y sonríe satisfecho, mientras lo examina de arriba abajo orgulloso de los resultados obtenidos―. No te entretengas demasiado.

            ―No, Maestro, volveré pronto.

            Dicho esto, el muchacho abandona la cabaña de madera y rocas en la que habitan los dos desde hace diecisiete años.

            Con un saco de lino al hombro, comienza la búsqueda de las trampas que su maestro colocase días atrás.

            Acaba de encontrar el primero de los cepos, cuando, un sonido extraño, llama su atención. Ruido inconfundible de cascos de caballos.

            El muchacho, de forma instintiva, lleva su mano al cinto, y empuña su daga.

            ―¡Hola!

            ―¿Quién eres tú? –Más asustado que otra cosa, el muchacho, se gira, y se encara con una graciosa jovencita de negros cabellos, que le sonríe con picardía―. ¿Qué eres tú?

            ―¡Vaya! –La chica, lanza una sonora risotada―. ¿Me tomas el pelo?

            ―No te entiendo… ―El joven, tras darse cuenta de que aquel extraño ser no es peligroso, guarda la daga, y se relaja.

            ―¡Por los dioses, hablas en serio! –La expresión de la joven, cambia de la ironía y la diversión, al estupor más absoluto―. ¿¡Nunca has visto a otro ser humano!?

            ―Sí, claro, vivo con mi Maestro, pero…

            ―Nunca habías visto a una chica. ¿Me equivoco? –La muchacha, vuelve a sonreír, mientras camina en torno al joven de cabellos blancos.

            ―¿Tú eres una de esas chicas? –Él jovenzuelo, coge a la desconocida del brazo, obligándola a detenerse.

            ―Sí, yo soy una chica –ella, sonríe, y hace una reverencia, llena de encanto.

            ―¿Y, hay más cómo tú?

            ―¿Más chicas?

            ―Sí, más chicas.

            ―Bueno, yo tengo varias amigas –la jovencita, se cruza de brazos, y clava sus azules ojos, en los también azules de su interlocutor.

            ―¿Han venido contigo? –Lleno de curiosidad, el chico, estira el cuello, y mira a su alrededor.

            ―¡No! –Ella, vuelve a reír―. He venido sola, con mi caballo –hace un gesto hacia el lugar donde la espera su montura―. Pero en el pueblo viven muchas jovencitas encantadoras…

            ―¿Cómo tú? –Él, sonríe tímidamente.

            ―Pues…, no sé –ella, baja la mirada, turbada.

            De repente, un grito, rompe el íntimo y mágico momento surgido entre los dos jóvenes.

            ―¡Deriana! ¿Dónde estás, muchacha?

            ―¡Es mi tío Robert! –La joven, besa, ligeramente, los labios del muchacho y, saltando sobre su caballo, marcha al galope―. Tengo que irme.

            ¿Volveremos a vernos, Deriana?

            ―No lo sé –la muchacha, se encoge de hombros, dubitativa, mientras se aleja y su voz se pierde en la espesura del bosque.

            El joven, sigue el rastro de su nueva amiga durante unos metros, para rendirse finalmente al darse cuenta de lo tarde que se ha hecho.

            ―¡Maestro, Maestro! –Con el saco lleno con las piezas caídas en los cepos, el muchacho, entra en la cabaña.

            ―Has tardado mucho, Pupilo –Su tutor, suspira profundamente, mientras toma el saco, y lo deja en medio de la choza―, empezaba a preocuparme.

            ―Lo siento, Maestro, me entretuve en el bosque –el muchacho, sinceramente avergonzado, agacha la cabeza, ante la severa mirada de su protector.

            ―¿Ocurre algo, muchacho? –El hombre, después de tantos años, ha aprendido a comprender, y a adivinar, todas las cosas que preocupan al chico―. ¿Ha pasado alguna cosa en el bosque?

            ―No, Maestro…

            ―Acércate, Pupilo –el hombre, sonríe y, cuando el muchacho se encuentra cara a cara con él, le pone las manos sobre los jóvenes y fuertes hombros―; no puedes engañarme, ni ocultarme nada. Veo en tu mirada la turbación. Un secreto.

            ―En el bosque…, conocí a alguien.

            ―¡Vaya! –El hombre lanza una sonora carcajada, y revuelve los blancos cabellos de su alumno ―¡Así que, era eso!

            ―¿No está enfadado?

            ―Bueno; pero me gustaría pedirte que tengas mucho cuidado, Pupilo –el hombre, se acerca a una vieja despensa de madera, construida por el mismo, hace algunos años, y saca una botella de vino, también de elaboración propia―. ¿Cómo se llama tu nuevo amigo?

            ―Ella, se llama Deriana.

            ―¿Ella? –El hombre, llena hasta la mitad dos vasos de arcilla―. Sentémonos, y hablemos.

            ―Sí, Maestro.

            Esa noche, maestro y pupilo, la dedican a hablar y a desvelarse íntimos secretos.

            El joven, descubre, por primera vez, su nombre real, y el de su tutor.

            El hombre, escucha de labios del muchacho, como éste ha estado descubriendo sus poderes, y practicando a escondidas durante muchas noches.

            ―¿Crees que estás preparado, Kain?

            ―¿Preparado, para qué, Maestro?

            ―Para conocer tu origen, y tu destino.

            ―Sí, Maestro, estoy preparado.

            Han pasado varios días, desde la conversación entre maestro y pupilo, y los dos caminan por el frondoso bosque, armados con sus arcos y sus dagas, en busca de alguna pieza para cazar.

            ―¿Ha oído eso, Maestro? –Kain, se detiene, y tensa su arco con una mortífera flecha.

            De repente, de entre unos espesos, una horrible bestia salta sobre Brent.

            Una certera saeta de ballesta, surca el aire, y atraviesa el cuello de la fiera y, ésta cae muerta a los pies del sorprendido Brent.

            ―Vaya, volvemos a vernos –con una amplia sonrisa en los labios, la joven Deriana, salta de su caballo, y corre a abrazar al sorprendido muchacho.

            ―Muchacha, no te conozco, pero te debo la vida –cortésmente, Brent estrecha la blanca y delicada mano que le tiende la bella jovencita.

            ―Encantada de haberle sido de ayuda, Señor.

            ―¡Me has salvado la vida, te estaré eternamente agradecido!

            ―¿Quién ha salvado la vida de quién? –Una voz de hombre, suena tras Brent que, se vuelve, con una expresión de absoluta perplejidad en su rostro.

            ―¿Robert? ¿Robert DeGrind?

            ―¿Brent Tares? –El recién llegado, baja de su caballo, y los dos hombres, se funden en un fraternal abrazo―. ¡Viejo amigo, cuánto tiempo!

            ―Diecisiete años. Desde aquel día maldito.

            Mientras, cogidos de las manos, los jóvenes observan la escena, con expresión divertida.

            ―Parece que se conocen bien –comenta Kain, al oído de la muchacha, que lanza una carcajada.

            Robert, mira a los muchachos, y nota como una maravillosa sensación crece en su pecho, al reconocer al joven Príncipe Kain y, con los ojos empañados por la emoción, hinca la rodilla en tierra, y saluda al muchacho.

            ―Majestad. Es un honor y una alegría para mí, comprobar que seguís vivo.

            ―Kain, muchacho –Brent, rodea los hombros de su protegido―. Éste es el hombre que, hace diecisiete años, arriesgó su vida para salvar la tuya.

            ―D-disculpad mi ignorancia, noble Señor –tartamudea el joven, con aire avergonzado.

            ―Lo volvería a hacer, si fuese necesario, Majestad –Robert y Kain, se miran fijamente a los ojos, antes de abrazarse con fuerza.

            Aquella misma noche, en la choza.

            Los cuatro dan buena cuenta de una suculenta cena, a base de carne y verdura asada, cultivada esta última en el pequeño huerto de Brent.

            Los dos viejos amigos, hablan animadamente mientras cenan.

            Los jóvenes, por su parte, no dejan de mirarse, y cuchichearse cosas dulces al oído.

            ―¿El tirano, sigue vivo? –La repentina pregunta de Brent, consigue ensombrecer la animada sonrisa de Robert.

            ―Por desgracia, el enemigo sigue con vida. Y con más poder del que puedas imaginar, amigo mío.

            ―Tenía la esperanza de que nuestros servicios no fuesen necesarios; de que la Bestia hubiese sido vencida.

            ―No –Robert, dirige su mirada hacia Kain, que ha estado escuchando la conversación con gran interés―. Pero me alegra ver que nuestro joven Príncipe se ha convertido en un muchacho fuerte y, estoy seguro de que será capaz de derrotar a Tenebro, y derrotarlo.

            ―¿Quién es Tenebro, Maestro?

            ―Es la criatura que destruyó el Palacio, y asesinó a tus padres, amado Pupilo.

            ―Así es, joven Príncipe –añade Robert―; la noche que Tenebro y su ejército atacaron el Palacio Real, yo juré a vuestro padre que os cuidaría y llevaría a lugar seguro. Os tomé en brazos, y os escondí en una posada. Después, regresé a palacio, dispuesto a combatir al malvado. Por desgracia, ya era demasiado tarde y, cuando llegué, Tenebro y sus sicarios, ya habían tomado el control.

            ―¿Dónde estabas tú, Maestro?

            ―Me encontraba lejos, en la otra punta del Reino, como emisario de nuestro Rey, para firmar la paz de una guerra, que duraba varios años, y que se había cobrado miles de víctimas –los ojos del curtido guerrero, se llenan de lágrimas, al recordar las terribles escenas, diecisiete años atrás―. Cuando llegué al Palacio, me encontré con que, Tenebro, había tomado el control tras asesinar al Rey y la Reina. Afortunadamente, uno de los soldados supervivientes, me informó que, alguien, había puesto al Príncipe a salvo, y marché en busca del pequeño heredero.

            ―¿Y, habéis vivido aquí, solos, durante todos estos años? –Fascinada por la historia que acaba de escuchar, Deriana mira extasiada a Brent, que le dedica un simpático guiño―. ¡Vaya!

            ―Bueno, Kain necesitaba alguien que le enseñase a despertar y a controlar su potencial en espera del día en que, el joven Príncipe, pueda derrotar al tirano, y recuperar el Trono que por ley le pertenece.

            En ese instante, algo sucede. Algo que parece un rugido, llena el bosque, y las cercanías de la apacible cabaña.

            ―¡Por los dioses! –Brent, daga en mano salta hacia la puerta―. ¡Hemos de huir de aquí, Kain, Robert!

            ―¿Qué sucede, Maestro?

            ―Al parecer, Tenebro, ha acabado encontrándonos, querido Pupilo –explica Brent, al tiempo que empuja al joven y a sus dos invitados, al exterior de la choza―. Aquí corremos grave peligro.

            Ahora, pueden escuchar los terribles rugidos mucho más cercanos.

            Y, de repente, una criatura espantosa hace acto de presencia, para pavor del cuarteto, que se halla ya a lomos de sus monturas.

            Y la bestia, un horripilante y gigantesco equidna ataca sin piedad, agitando su larga cola, infestada de afiladas púas que vuelan hacia Kain y sus compañeros.

            ―¡Cuidado con las espinas, amigos! –Mostrando una valentía digna de admiración, Robert DeGrind, espolea su caballo hacia la bestia, espada en mano esquivando los mortales aguijones.

            ―¡Tío Robert! –Espantada, Deriana, enfila también su montura hacia el monstruo, empuñando su espada.

            La afilada espada de Robert, penetra, hasta la empuñadura, en la tierna y blanca panza del ser que, herido de muerte, contraataca rabioso, logrando atrapar a Robert con sus zarpas delanteras.

            ―¡Suelta, maldita bestia! –Dolorido, Robert, se debate, intentando liberarse de la presa del monstruo, mientras, su sobrina y sus compañeros, siguen atacando al equidna, con el objeto de que éste libere a su amigo.

            De repente, Kain, se aparta de la criatura, y habla con voz profunda.

            ―Maestro, Deriana, retiraos, ha llegado el momento…

            ―¿Qué? –Brent, se ve obligado a cubrir sus ojos, para protegerlos  de la blanca luz que emana del cuerpo de su pupilo―. ¡Maravilloso!

            ―¡Es precioso! –Exclama la muchacha, maravillada, cuando el hermoso ave de luz blanca, surge del pecho de Kain, y ataca al monstruoso equidna, provocando un deslumbrante estallido de luz.

FIN PRIMERA PARTE
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