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4 min
El hipersalto
Reflexiones |
06.05.15
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Sinopsis

Una fuerte turbación dimensional le sacó del pequeño trance en el que se encontraba. Agitado. Fue el sonido de aquella especie de tren transportador, el cual, de alguna forma imprevisible consiguió que él volviese en sí mismo. Un sonido sistemático, pero a la vez con tintes metálicos. Un sonido ciertamente característico de una sociedad que se esmera en mostrar el orden y la insistencia perseverante, como férreos valores. Implacables, pero disfrazando las sensaciones que, de cualquier forma, intentaban esconder todo aquello con lo que veías a su sociedad asentarse.

Aparentando cierta normalidad, buscó acelerar en dirección a la zona A en la que quedó con su joven anfitrión, los días previos a todo el susto.

Apoyó su cuerpo desmejorado contra uno de los laterales miniotizados, cuando sin previo aviso una suave voz le susurró al oído derecho…

- Y… ¿Bien? - Dijo con una aplicada sonrisa - ¿Te acostumbrarás al hipersalto?

Fue momentáneo, pero tan vivido… una fuerte succión le arrastró al interior de sí mismo, estrujando su cuerpo por un estrecho pasaje infinito, de tiempo indefinido. Luz, gritos, sacudidas… ¡Nace de nuevo! Pareció detenerse en seco, algo que a priori resultaba imposible, así que tal vez ello significaría el inicio del contacto dimensional tras iniciar el hipersalto. Pero no se puede estar seguro de algo a lo que no te has enfrentado.

Despertar, sentir y observar. Hay algo que no se ve, hace un momento lo encontraba… ¿Dónde?, tal vez se había desmayado. No lo sabía a ciencia cierta, es verdad y ahora encontrarse en soledad, entre cuatro paredes que no existen. Diseños débiles de su intransigente imaginación que apenas permitían distinguir la razón del movimiento perpetuo ante las constantes variables de la existencia humana, que no ve soluciones en las realidades a las que tenía que enfrentar cada día de sus vidas sin sentido. Enfocado en un abismo, lúgubre silencio. Estático. Todo, el todo. Acompañado tan sólo por sus inconstantes pensamientos azabache.

En sus recuerdos persistentes oscilaban los instantes de un lado a otro, mientras la débil programación cerebral buscaba la forma de salir del atolladero por sí misma. Era difícil, optar por rendirse y dejarse llevar tal vez fuese una opción mejor. Si estaba vivo era simplemente porque no había muerto, pero la vida misma duraba una vez, así que eso daba en realidad, igual. Un instante fugaz que en esa situación incluso parecía más insignificante de lo que de por sí era. Todo se acaba, ¿Qué venía ahora?, lo había olvidado. Tal vez fuesen esos mismos recuerdos indelebles quienes optaron por borrar lo injustificable de mi persistencia cerebral. Vacíos mentales. Si intentaba recordar el por qué, un pinchazo transportaba un fuerte malestar a un cuerpo que no existe, pero padecía el agudo dolor de las elecciones erráticas.

El mismo sol, la propia luna, las lejanas, y hoy cercanas estrellas, las blanquecinas nubes, los ríos cristalinos, véase la totalidad de elementos -sin importar su estado-, se encontraban ante todo en una variable constante de permanente inmovilidad. Increíble situación, mediante la que los seres vivientes que nos tenían que rodear, desaparecieron y, con un incipiente nerviosismo alcanzó a darse tímida cuenta de que no era capaz de ver sus manos, nada de su ser salvo la esencia mental de que estaba allí. No sentir la permanente asistencia móvil que les conducía a otras direcciones, mientras que la mente brilla por su constante actividad. Se detuvo, pero… no lo hizo, no había cuerpo que detener, en realidad.

Encontrarse fuera del espacio, percibiendo la gravedad que en ese sentido no llegaba más que como un simple truco mágico. Sin puntos de referencia, no distinguía más que la nube plateada invisible que, tal vez incluso era yo mismo. No consigue ir más allá de los límites establecidos del yo, del ser.

- Así que esto es el hipersalto.

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