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7 min
El hombre en su celda
Drama |
25.02.15
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Sinopsis

Un hombre a punto de morir descubrirá una nueva forma de ser libre. Puede que sea algo imposible, pero cuando la muerte se acerca y la locura susurra en tu oído, todo puede pasar. Todo.

Aquel hombre caminaba en círculos en ese sofocante espacio de celda, cabizbajo y agitado podía sentir como la demencia subía lentamente por su cuerpo como una víbora enredándose entre sus piernas y su abdomen, “sss eres mío…sss eres mío…” Él quería llorar, quería tirarse al piso y pedir perdón y piedad, pero él sabía que en el momento que lo hiciera, la poca cordura que le quedaba, sería devorada por la víbora en sus hombros.

Miraba a todos lados rápidamente como si esperara que el lugar fuera a cambiar de repente en un parpadeo, pero el lugar seguía siendo el mismo; una celda que olía a orina y desesperación con paredes de viejo pero duro concreto y un agujero en dónde hacer sus necesidades. El hombre sobaba sus manos sudorosas y frías entre sus ropas deshilachadas, sentía que tenía ganas de ir al baño, pero sólo era un engaño de su cuerpo que no sabía que más hacer, él había dejado de comer y beber por días ya. Sus ojos no eran más que un par de canicas grises rodeadas por pesadas bolsas negras. El hombre en su celda daba vueltas, giraba de aquí para allá, se sentaba y se paraba nuevamente, golpeaba la pared y luego pateaba el piso, su corazón era una enorme piedra en su pecho que irradiaba un punzante calor. Rascaba su rostro frenéticamente hasta dejarlo sonrojado, jalaba mechones de su cabello desgastado hasta que unos cuantos se quedaban entre sus dedos.

  “Ssss pronto…pronto…sss” La víbora estaba ganando, tenía razón después de todo. Pronto esas rejas se abrirían y los guardias lo sacarían de su mugriento agujero para llevarlo con la “Doña” la vieja pero poderosa silla eléctrica. Él se aferraría, tal vez, a las rejas de la celda en un intento estúpido por vivir, y probablemente, los guardias le cortarían los dedos y lo llevarían arrastrado a la silla. Otro más a la lista.

El hombre en su celda temblaba como un adicto que no ha tenido su dosis por más de un día. Entonces escuchó el canto de un pajarillo.

El canto vino tan de repente que pensó que ahora imaginaba al ave, claro que eso era mejor que la víbora susurrándole al oído, se quedó mirando a la pequeña ventana de su celda. Él había evitado mirar por la ventana, temía que al ver el mundo exterior su mente se quebraría, no había mucho que ver desde la celda de todas formas, sólo un terreno con césped seco y amarillento. El pajarillo volvió a cantar.

El hombre se acercó a la ventana que estaba un poco alta para él, pero si se ponía de puntillas lograba ver bastante. No podía ver al pajarillo en ningún lugar, sólo escuchaba a lo lejos el sonido de las chicharras, su canto era como un fuego que arde en el bosque, era un día caluroso así que supongo que esa analogía funcionaba. El hombre presionó su rostro contra los barrotes de la ventana sintiendo el frío y rasposo acero, presionaba con fuera como si esperara que sus huesos se volvieran de gelatina y él pudiera escurrirse fuera de aquel lugar. Obviamente él sabía que eso no pasaría ni por diez mil plegarias. Cerró sus ojos y dejó que el sonido de las chicharras lo llevara a su pasado, recordaba a sus amigos jugando en el campo después de la escuela, recordaba las excursiones que hacían y lo emocionados que iban todos en los autobuses. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro demacrado. Era una sonrisa pura, y en un lugar así, eso era invaluable.

A lo lejos en el pasillo escuchó a los guardias platicar, estaban preparando todo. El hombre abrió los ojos y sintió como sus entrañas caían hasta el fondo. Todo había acabado, la víbora siseaba metiendo la lengua en su oído. Miró por la ventana y sacó el brazo, semanas antes no podía ni sacar la mano, pero sus brazos no eran más que hueso y piel ahora. “Déjenme sentir el sol aunque sea una vez más” Estiró su pálido brazo y sintió el calor del sol, movía su brazo con placer, el calor jamás se había sentido tan bien. Al fondo los hombres se alistaban con armas y garrotes.

Antes de que metiera el brazo, el pajarillo se posó en su mano.

El hombre estaba estupefacto, el pajarillo salió de la nada y como si nada se posó sobre su mano, él intentó hacerse más alto pero los dedos de sus pies ya no daban más, miró fijamente al ave en su mano; el pajarillo vestía plumas color café, nada particularmente hermoso, pero para el hombre en su celda, aquella ave era preciosa. Él la miró con los ojos bien abiertos y el pajarillo lo miró también con sus pequeños ojos negros, sus pequeñas garras se aferraban a sus dedos sin causarle ningún dolor. Los guardias habían empezado a caminar.

El hombre cerró los ojos, buscaba ahuyentar al ave, pero no quería verla partir, eso probablemente le causaría más dolor que los mil voltios que freirían su cerebro. Agitó su brazo para que el ave se fuera, pero en lugar de eso, el pajarillo cantó. El canto fue tan cálido como la luz del sol que aun bañaba su brazo. Él abrió sus ojos y miró al ave nuevamente, los murmullos de los guardias se hacían más fuertes. Entonces un pensamiento vino hacia él, una frase que era real, no era pura poesía o un decir, en su cabeza la frase era tan cierta y poderosa como decir que el fuego te quema o que una bala en tu cabeza puede matarte. “Vuela como un pajarillo” era la frase. El ave lo miraba con sus pequeños ojos negros y agitando sus suaves plumas, él la miraba con sus ojos secos y tristes. “Vuela como un pajarillo” dijo el hombre en su celda y entonces cerró los ojos nuevamente y empezó a llorar de felicidad. El ave voló.

*****

 

Los guardias escucharon el sonido fuerte que vino de una de las celdas. Buscando rápidamente entre el puñado de llaves abrieron la celda con un jalón, el hombre que se suponía iban a ejecutar yacía tirado en el suelo, los tres guardias lo rodearon y lo levantaron del suelo, no había sangre saliendo de ninguna herida. Uno de ellos tomó el pulso en el cuello y el brazo, levantó la mirada y los tres asintieron. El tipo parecía dormido, sus ojos cerrados le daban a su rostro un aspecto de inmensa serenidad. “¿Ahora a quién vamos a freír?” dijo uno de los guardias, su rostro asqueado por aquel hombre, él amaba verlos retorcerse en la silla hasta que el humo y aroma a carne quemada le llegaba a la nariz. Ese bastardo se había salvado, bueno, si es que existe el infierno, él no se salvaría de todas formas.

Mientras sacaban el cuerpo de la celda, uno de los hombres escuchó el canto de un pajarillo, el ave cantaba y cantaba como si supiera lo que era la felicidad o la libertad. O ambas. El guardia miró por la ventana, él no necesitaba ponerse de puntillas, y miró al horizonte más allá de los muros de concreto, él no quería admitirlo, pero en el fondo se alegraba de no tener que ver a otro hombre freírse en la vieja silla. Escuchaba a las chicharras en el monte, pero más que todo escuchaba el alegre canto del pajarillo, el guardia sonrió y se sintió en paz. Y en aquel lugar, una sonrisa como ésa siempre era invaluable.

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