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5 min
El hombre oscuro (II parte)
Fantasía |
27.04.15
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Sinopsis

Segunda parte de El Hombre Oscuro. La primera, la publiqué el 24 de abril. Espero vuestras impresiones, para mi son muy importantes.

El recibidor estaba tal y como lo recordaba. Amplio y frío. Una enorme estancia circular, rodeada de ventanales que lejos de iluminar el recinto, le conferían cierto aire tétrico, en tanto que mostraban un lóbrego jardín plagado de plantas medicinales y rosales que crecían salvajes. A pesar de la fiebre, la mujer no pudo reprimir una sonrisa al comprobar que las rosas blancas, casi fantasmales, trepaban enredándose en las rejas de las ventanas, enroscándose en ellas, ascendiendo a los pisos superiores. Esas rosas que estaban ahí por ella, porque él las había plantado cuando supo que eran su flor preferida. Esas rosas, cuyo aroma le trajo a la mente el recuerdo de otros tiempos, tiempos felices, que ella y sólo ella se había encargado de arruinar. Ella y su ambición. Ella y sus locos deseos de ver y dominar un mundo que, al final, había estado a punto de destruirla.

En el centro de la estancia, una escalera de caracol de mármol oscurecido por el tiempo, torcida y sinuosa, conducía a las estancias superiores. Al primer y segundo piso de la mansión y a la torre, donde sabía que le encontraría. Ignorando el hecho de que las fuerzas iban a fallarle de un momento a otro, ignorando el sudor frío que corría por su espalda, la mujer inició el ascenso, apoyándose en la barandilla de la escalera, arrastrando con su mano el polvo acumulado en la misma. Fue consciente de que la casa, o por lo menos aquella primera habitación, aquel recibidor, parecía abandonada, como si nadie frecuentase nunca esas dependencias. Y era posible que fuera así, se dijo, porque, hasta donde ella sabía, él no recibía visitas, vivía solo en aquel caserón frío y destartalado. Antes, solamente su hermano y ella habían sido bien recibidos en el recinto. Solamente ellos habían sido autorizados a cruzar sus puertas y habitar en él. Pero ambos habían traicionado esa confianza. Ambos se habían marchado. Era posible que nadie más hubiera visitado la finca después de su ausencia. Era más que probable.

A medida que subía las escaleras, el aire se volvía más y más pesado. Era, se repitió, como si nadie viviera en la casa, como si llevara cerrada desde que se marchó, como si él no hubiese salido de su torre en quince años… y quizá no se equivocaba, pensó. En aquella torre tenía todo lo que le resultaba necesario y, se maldijo a si misma, era posible que deambular por los pasillos y corredores de la mansión, demasiado grande para un hombre solo, le resultara muy doloroso. Sí, tenía que haberlo sido. Ella no habría sobrevivido a la traición de los dos seres que más amaba.

Pero ella no era él, por supuesto.

Aspiró casi vencida del todo por el cansancio, intentando llenar sus pulmones de aire antes de atravesar la segunda puerta, la más incómoda, la que la conduciría a la torre. Sabía que aunque estaba cerrada no estaría echada la llave. Allí no. ¿Para qué, a fin de cuentas? A través de sus goznes veía un leve fulgor verde que le indicaba que él estaba dentro. Era su fuego, su magia, lo que brillaba allí. El fuego verde del poder que ella jamás había sido capaz de dominar del todo pero que para él resultaba un juego de niños. Toda su vida giraba ante ese fuego verde. Era probable que decidiera consumirla en él antes de darle la posibilidad de abrir la boca.

No… desechó tal posibilidad. No la mataría. Habría podido hacerlo cuando la viera ante su puerta. No había cambiado tanto como para que no la reconociese… podría haberla dejado fuera, para que sucumbiese ante la sombra que la perseguía y no lo había hecho. Lo más probable era que sintiera curiosidad. Esa curiosidad fría, analítica que en el pasado la había sacado de quicio. Esa frialdad que había sido el detonante de que…

¡No, basta, basta! Se increpó a sí misma. “Fui estúpida”, se repitió una vez más. “No valoré lo que tenía. Abandoné lo que tenía, por una pasión que apenas duró el chasquido de unos dedos”.

A fin de cuentas, al final, a lo mejor sí merecía morir.

Tembló una vez más. Pero en esta ocasión, mientras empujaba la pesada puerta de entrada a la torre, no supo distinguir si se trataba de la fiebre o del miedo que la consumían a partes iguales. Comenzaba a sentirlo todo lejano, como en una pesadilla, como si no fuera ella la que se encontraba a punto de reencontrarse con su pasado, sino que eso le estuviera sucediendo a otra persona, a otra mujer… trastabillando, entró en la estancia superior, demasiado aturdida como para sentirse torpe y desmañada. Demasiado enferma como para notar que apenas se arrastraba, agarrándose a las paredes, que avanzaba a duras penas, derribando unos cuantos objetos a su paso.

Y, de pronto, lo vio.

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Periodista y escritora. Acabo de publicar mi primera novela, Linus de Inferno, mezcla de fantasía con algo de Ciencia Ficción. Está disponible en Amazon, el papel y ebook. Estoy muy emocionada con ese proyecto.

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