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11 min
El hombre oscuro (IV parte)
Fantasía |
29.04.15
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Sinopsis

Estamos aproximándonos, poco a poco al desenlace de la historia. Esta parte un poco más larga, porque hay mucho que explicar. Como en anteriores entregas, espero que os guste.

Cuando despertó, lo primero que vio fue la ventana que daba al jardín de la habitación que un día había sido la suya. Estaba en su antiguo cuarto, en su antigua cama, envuelta en una cálida sensación que hacía tiempo que la había abandonado. Se sentía bien, la fiebre había desaparecido, aunque conservaba un lienzo húmedo sobre la frente. Durante unos segundos deseó poder quedarse así para siempre, como si la niña pequeña que había sido una vez le gritara que ahí estaba segura, que no saliera de la cama bajo ningún concepto, que nada podría alcanzarla entre esas sábanas blancas.

Pero eso no podía ser. Se frotó los ojos con denuedo y, al ir a incorporarse, se dio cuenta de que alguien se había llevado su ropa. Miró a su alrededor, y descubrió al hombre oscuro sentado en una esquina de la estancia, observándola, con una expresión indescifrable en la mirada. Cubriéndose con las sábanas, la mujer se sentó en la cama a su vez, mientras sus pies descalzos hacían que se estremeciera al contactar con el frío suelo de mármol. Contrariamente al resto, aquella habitación estaba muy limpia; tanto que podía verse reflejada en ese suelo, comprobar por si misma que hacía semanas que su aspecto no podía calificarse de otro modo que de demacrado. Y eso siendo generoso.

-¿Cuánto…? –Murmuró. Por lo menos había recuperado la voz.

-Has estado inconsciente dos días –la voz de él sonó profunda, con el acento que recordaba, carente, sin embargo, de toda emoción-. Tenías mucha fiebre. Pensé que morirías. Ha sido necesaria mucha infusión de sauce para devolverte al mundo de los vivos.

-Gracias. No tenías por qué hacerlo y, sin embargo, me has salvado la vida. Te debo…

-No hables de deudas; ésta no es la mayor que tienes conmigo –El hombre oscuro se puso de pie y clavó en ella sus insondables ojos verdes. Otra persona no lo habría visto, pero ella lo conocía bien. Tan bien que no le pasó desapercibido el ribete de cólera que latía en el fondo de aquella mirada. La culpa fue como un violento bofetón que la sacudió de improviso.

-¡Perdóname, perdóname, Mark, te lo suplico! –saltó de la cama olvidándose de su desnudez. De todos modos, él ya había visto aquel cuerpo antes. Lo había visto años atrás, cuando era incluso más hermoso- Te lo ruego, por favor… disculpa mi marcha. Perdóname. Sé que no lo merezco, pero aún así te lo imploro.

El hombre la miró imperturbable. En su rostro se dibujó algo que quería parecerse a una sonrisa pero que no pasó de una simple mueca retorcida.

-Tan fácil… -dijo- pides perdón y yo tengo que olvidarlo todo. Pides perdón, y se desvanece el hecho de que te marchaste con mi hermano. De que me traicionasteis los dos… las únicas personas en las que me permitía confiar. Pides perdón y dejo atrás quince años de soledad, de amargura, de aislamiento. ¿Es así?

-Lo siento.

-¿Dónde está él? ¿Dónde está Glenn? –preguntó el hechicero. Su rostro volvía a ser una fría máscara, aunque sus ojos delataban el hecho de que sabía muy bien cuál iba a ser la respuesta.

-Glenn está muerto –la mujer sintió una punzada en el pecho al pronunciar esas tres palabras. Todavía le dolía. Todavía resultaba complicado interiorizar que uno de los hombres que había amado y que la habían amado había fallecido por su culpa.

El mago asintió: “ya lo sabía”, murmuró, “Glenn y yo estábamos unidos por lazos de sangre, lazos imposibles de romper, salvo por la muerte, como así ha sido”.

-¿Qué sucedió? –añadió en voz alta-.

Ella parpadeó, retrocediendo sobre sus pasos, se sentó en la cama y volvió a cubrirse. Notó como sus ojos se humedecían de dolor y dejó que algunas cuantas lágrimas rodasen por sus mejillas. Era doloroso, muy doloroso. Era terrible. Pero él merecía saberlo, oírlo de sus labios en realidad, aunque era probable que ninguna información que pudiera darle le resultase desconocida.

-Cuando nos marchamos de aquí –comenzó, ignorando la fugaz expresión de ira que recorría la mirada de su interlocutor- viajamos por todo el continente buscando objetos mágicos al principio, para entretenernos. Éramos buscadores de reliquias, si quieres llamarlo de algún modo. Pero pronto se nos agotó el dinero que teníamos y debíamos conseguir ingresos para sustentarnos. No fue difícil: en todos los lugares que visitábamos sucedían cosas, había problemas que la gente necesitaba solucionar. Sobre todo en aldeas y núcleos urbanos pequeños, donde los habitantes se mostraban más proclives a recurrir a la magia ante casi cualquier cosa.

-Sí, -asintió él- he oído que en las ciudades están dejando de creer en nosotros, los hechiceros, que algo llamado ciencia colma las expectativas de la gente y la magia se ha dejado de lado…

-La ciencia no tiene todas las respuestas –Respondió la mujer-. Aunque a los que la defienden les guste creer que sí. Pero tienes razón: en las ciudades se empieza a apartar a los magos, a huir de nosotros como si fuéramos apestados, a mirarnos con desconfianza… no sé qué será lo próximo. ¿Quemarnos en la hoguera quizá?

“Pero volvamos a lo que nos importa… Glenn. Como te decía, viajamos por los distintos rincones del continente, ofreciendo nuestros servicios para las cosas más variopintas. Al principio se trataba sólo de suministrar hierbas para la fiebre, bebedizos de amor, exorcismos… nada importante o que no se pudiera solucionar en unos pocos minutos. Y nos pagaban bien. Vivíamos bien, íbamos donde queríamos, nos alojábamos en los rincones más hermosos, los más lujosos…”

-Pero…

-Ya conoces a tu hermano. Perdón… conocías… nos volvimos ambiciosos. Queríamos más. El oro, el dinero… nos fascinaba. Nos gustaba cómo vivíamos y cómo nos trataba la gente, cómo se inclinaban ante nuestro poder.

El hombre oscuro esbozó una leve sonrisa no carente de desprecio. Su poder era inconmensurable y no necesitaba de ninguna muestra de reconocimiento. En su opinión, anhelar dicho reconocimiento, enorgullecerse de él, era un síntoma de debilidad. Uno más. La mujer lo sabía: él mismo se lo había repetido hasta la saciedad.

-Entiéndelo –dijo ella-: no éramos como tú. Nadie es como tú. Es imposible. El resto de los humanos necesitamos que a veces se valore lo que hacemos… Mark, la naturaleza humana es así… deberías saberlo.

“Pero no es disculpa –continuó-. No lo es. Simplemente te cuento lo que sucedió. Y lo que sucedió es que llegamos a la ciudadela de Tormack…

-Sumida en las sombras. –El hechicero terminó la frase por ella.

-Justo. La ciudadela de Tormack, la siempre sumida en las sombras; refugio de demonios, la boca del infierno… Glenn recordó las leyendas que rondan esa ciudadela y pensó que sería una buena idea terminar de una vez por todas con el mal que la gobernaba. Creyó que podríamos hacerlo, que las ‘historias de viejas’ –así las llamó- serían poco más que eso. Dijo que la gente tendía a exagerar y yo le creí. Le creí porque eso era precisamente lo que habíamos visto a lo largo de nuestros viajes: exageraciones, cuentos, problemas sin importancia. Ningún demonio era tan fiero como lo pintaba quién quería librarse de él. De hecho, nunca nos habíamos encontrado a ninguno real, para qué vamos a engañarnos. Pensamos que en Tormack sucedería lo mismo.

-Y os equivocasteis –sentenció el nigromante-.

-A más no poder.

La mujer sitió como un escalofrío le recorría la columna vertebral. Recordar los acontecimientos que siguieron a ese error, fatal, todavía la llenaba de pavor. Más aún si tenía en cuenta que la historia no había terminado; que el mismo poder infernal que había segado la vida de su amante iba tras ella, la aguardaba a las puertas del castillo oscuro. Durante un instante, creyó perder la consciencia de nuevo, pero no se desmayó. Los fríos ojos verdes de su anfitrión se habían clavado en ella como dos puñales esmeralda, llenos de cólera y, aunque pareciese una incoherencia, conmiseración.

-No tuvisteis en cuenta nada de lo que aprendisteis aquí –afirmó el mago-. Os repetí una y mil veces que hasta los lugares malditos tienen una utilidad, una misión… ¿Me escuchasteis alguna vez, o estabais demasiado ocupados traicionándome? Tormack fue, durante siglos y más siglos, no sólo el portal a otra dimensión, sino el emplazamiento en el que estaban atadas las fuerzas de esa dimensión. Mover una piedra allí, practicar magia oscura o cualquier tipo de magia, era sinónimo de romper un encantamiento muy poderoso; sinónimo de liberar todo el mal que hasta el momento estaba sujeto ahí. Pero vosotros debíais haberlo sabido: yo os lo había contado.

La mujer parpadeó. Una especie de sensación de irrealidad la invadió por completo al recordar que, en efecto, así había sido. Recordó una tarde de primavera, paseando por los jardines de la mansión con los dos hermanos, una conversación que hasta ese momento se había borrado de su mente.

-Pero vosotros lo destruisteis –Prosiguió el hechicero- ¿No es así? Rompisteis el sello que se había creado casi al inicio de los tiempos. ¡Insensatos! Estúpidos engreídos… y mi hermano está muerto.

La mujer asintió. No sabía si debía seguir o no con su narración, puesto que él había resumido en esas pocas palabras lo que había acaecido. ¿Querría saber cómo habría muerto Glenn? Si lo conocía lo suficiente, diría que no. Pero las cosas habían cambiado tanto…

-Glenn… -intentó continuar, aunque confiaba en que él no se lo permitiría.

-Está muerto –No se equivocó-. No necesito saber más. Me imagino que no fue ni rápido, ni indoloro. No quiero saber más. Después de todo, era mi hermano. A estas alturas, lo que pasó carece de importancia. Por lo menos en lo que a él respecta.

“Pero –continuó- lo tuyo es otra historia. Escapaste y ahora estás aquí suplicando mi protección. Sería tan fácil expulsarte, echarte fuera; dar al infierno lo que pide… mira –añadió sujetándola por un brazo a la fuerza, levantándola casi en volandas y arrastrándola hacia la ventana-, han venido a por ti”.

La mujer intentó apartar los ojos del exterior, pero él se lo impidió. Tras los muros del castillo, una nube roja lo teñía todo de ese color, dándole a los alrededores un aspecto sangriento, cruel. Pero, por algún motivo, lo que quiera que fuese aquello no podía penetrar en la morada del mago. Su magia era demasiado poderosa, tal y como ella había supuesto.

-¿Cómo crees que te mataría eso? –preguntó él en un tono de voz tan bajo que le costó escucharlo- ¿Sería como a Glenn? ¿Te vaciaría de sangre mientras aún vives? ¿te rompería antes todos los huesos, como a él? Sí, no me mires de ese modo… claro que lo sé, lo he sabido siempre… Dime, ¿Qué hago contigo, Isabella? –Era la primera vez que él pronunciaba su nombre- ¿Qué demonios hago contigo?

-Por favor, por favor –suplicó la mujer-… por favor, Mark, no me abandones a mi suerte. No dejes que me mate. Haré lo que quieras: te serviré, te daré el resto de mi vida si es lo que deseas… por favor…

El mago la soltó. Con tanta violencia que ella trastabilló y casi perdió el equilibrio. Su mirada hizo que se estremeciera por lo indescifrable.

-¿Para qué querría que me sirviera una mujer sin palabra? ¿Una mujer que pisoteó mi corazón y todo lo que le ofrecía? No, no quiero nada que pueda venir de ti. No deseo nada tuyo. Lamento que hayas venido y lamentaré la decisión que tengo que tomar en este momento.

-No me dejes morir –insistió ella-. No dejes que me atrape, por favor. Sé que tienes razones de sobra para odiarme pero era joven, era estúpida… por favor, Mark.

-Hay que restablecer el sello –dijo él dándole la espalda-. Tenemos que restaurar lo que vosotros destrozasteis. Y posiblemente no lo consigamos. Intentaré protegerte, por la memoria de Glenn, que te amó tanto como yo, pero no te garantizo nada. Lo más probable es que ambos muramos.

Y así, sin mediar ninguna otra palabra, el hechicero salió de la habitación. 

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  • Llegamos al final de la historia de Isabella. Espero que os sorprenda como les ha pasado a los que ya lo han leído. Todas las opiniones serán bien recibidas.

    Esta es la penúltima entrega. Los magos se aproximan al final de la historia que, seguramente, podáis leerlo mañana. Espero que, con el relato completo, me deis vuestras opiniones.

    Un trozo cortito, que empezamos la semana. El final de la historia está cada vez más cerca. De hecho, esta misma semana lo conoceremos.

    Estamos aproximándonos, poco a poco al desenlace de la historia. Esta parte un poco más larga, porque hay mucho que explicar. Como en anteriores entregas, espero que os guste.

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    Me fascinaba la forma en la que Tolkien introducía poemas en sus obras. Algún día espero poder hacer lo mismo. Esto es un intento que realicé hace años para un compendio de relatos.

    Un corazón roto es capaz de cometer las atrocidades más espantosas. Más todavía si es el corazón roto de una bruja. Pero, en muchas ocasiones, también hace falta muy poco para curar las heridas de ese corazón.

Periodista y escritora. Acabo de publicar mi primera novela, Linus de Inferno, mezcla de fantasía con algo de Ciencia Ficción. Está disponible en Amazon, el papel y ebook. Estoy muy emocionada con ese proyecto.

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